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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Rastas

Marley (2012) documental del mismo director de The Last King of Scotland.
Marley (2012) documental del mismo director de The Last King of Scotland.

Vivimos rodeados de mitos y medias verdades. Nuestras creencias están fundamentadas sobre muchas cosas que «creemos» que son de determinada manera. A veces, basta con que le dediquemos un poco de tiempo a informarnos mejor para que nuestras medias verdades colapsen.

Una de aquellos falsos mitos en los que yo creía –semiconstruído cuando era estudiante de la secundaria– tenía que ver con la muerte de Bob Marley. Yo creía que Marley no había querido operarse del cáncer por un tema religioso; que la muerte le había llegado como consecuencia de algún tabú que le impedía luchar contra su enfermedad, por su desconfianza de hombre espiritual ante la ciencia.

A Bob Marley me lo presentó un compañero a la salida del colegio. Yo estaba sentado en una banca y él vino a mostrarme un casete con la foto en la portada de un hombre negro sonriente, de pelo rasta, bajo el título: Legend. Dijo que era un grupo de canciones extraordinarias. Me grabó una copia en su doble casetera y la tarde siguiente escuché reggae por primera vez. Yo no sabía nada del rastafarismo ni del papel de la marihuana en ese estilo de vida. Tampoco sabía mucho inglés; sin embargo, las melodías eran cautivantes y las letras hablaban de amor universal en un idioma que parecía ser honesto.

Sospecho que alguien me contó el mito acerca de Marley y su cáncer; y yo lo tomé como cierto. En esa media verdad yo creía, hasta ayer que vi el último documental del director escocés Kevin Macdonald: Marley.

Bob Marley no sólo recibió tratamientos de quimioterapia en hospitales de Estados Unidos–para enfrentar una enfermedad que fue detectada demasiado tarde; también hizo un viaje desesperado a una clínica en Alemania, donde un famoso médico intentó sanarlo. Y si Marley no se había tratado a tiempo de un melanoma que le apareció dos años antes en el dedo gordo del pie, no fue por un tema religioso, sino porque la pérdida o mutilación del dedo le hubiera impedido jugar al fútbol y bailar: dos de las actividades que el rey del reggae tanto quería.

Hasta ver el documental, yo tampoco sabía que el padre de Marley era un inglés blanco, que al parecer se hacía pasar como enviado de su majestad. Menos aún, que Marley había vivido un intenso y publicitado romance con la Miss Jamaica/ Miss Mundo 1976, la jamaiquina-canadiense Cindy Breakspeare. Tampoco que ella era la madre de uno de los tantos hijos de Marley: Damian, nacido en 1978.

El documental es un reportaje bastante completo a la historia de la independencia de Jamaica; a los orígenes de Bob Marley and The Wailers; a su iniciación en la música espiritual, apoyada en el rastafarismo, una religión que creía que el Rey de Etiopía era el hijo de Dios: el prometido que llegaría después de Jesucristo. La historia viene bien acompañada con fotos, grabaciones de audio y videos de aquellos años en que Bob Marley era un ídolo juvenil, pero aún no el símbolo más famoso de su país.

Hay entrevistas a sus amantes, amigos, políticos y músicos que lo conocieron; detalles sobre un intento de asesinato, y sobre sus primeros años de emigrante en Delawere en los Estados Unidos, ayudando a su madre.

Gran mérito de Mcdonald: Al terminar este documental, queda bastante claro que la historia real de Bob Marley es mucho más interesante que su mito.

El comunista

obama-comunista

«Acuérdate de lo que te digo, hijo. Todas las personas que te encuentres en la vida y que te digan que son de derechas, son unos hijos de puta».

Esas fueron las palabras –creo recordarlas casi iguales después de casi 21 años–con la que un ciudadano español, compañero de asiento en un bus de Flota Barrios camino a Santiago de Chile, me dio mi primera lección de política internacional. Era mi primer viaje solo, fuera del Perú. Cuando le dije mi nacionalidad, el hombre me resumió en tres ideas, lo que para él representaba a mi país: «Sendero Luminoso, Alberto Fujimori, el cólera».

He ido por muchos caminos; y si bien recuerdo el énfasis con que este compañero de ruta atacaba a las derechas; me ha tocado ver mi cuota de desastres en las izquierdas. Y he conocido gente excepcional en ambos lados del espectro político. Creer que la justicia social es la tarea más importante que tiene en este momento el Perú;  desear que todos tengamos igualdad de oportunidades económicas; desear que el estado intervenga más para dotar a todos de mejores servicios de salud y educación; tal vez me ponga más a la izquierda que a la derecha, pero no podría etiquetarme con un color o una esquina; menos aún con el símbolo de un partido.

En Audacity of Hope, el segundo libro publicado por el entonces senador Barack Obama; el hoy presidente hace una precisa reconstrucción de las divisiones que impiden la conversación entre republicanos y demócratas; entre conservadores y liberales. Hijo de una madre liberal que fue producto de los años 60s; pero nieto de unos abuelos demócratas pero conservadores hasta el punto de haber votado por Nixon (hecho que su hija jamás les perdonó); Obama cree entender que dentro de las divisiones entre una y otra posición política; el ciudadano promedio de los Estados Unidos lo que añora es un país con cierto orden y estabilidad; con ciertas reglas que les permitan pisar seguros y presagiar el destino del país. Este orden se resquebrajó después de la intervención en Vietnam, cuando los jóvenes gritaron que no iban a pelear más guerras por otros; y la contracultura empezó a reclamar derechos para los grupos que hasta entonces habían permanecido más o menos en silencio, respetuosos del status quo: los gays, los latinos, los negros, los defensores del aborto, entre otros.

En un viaje por el estado de Illinois, que puede ser muy azul en Chicago pero bastante rojo en las zonas rurales; Obama creyó haber visto las imágenes de su madre y de sus abuelos; de los vecinos con los cuales creció. Gente que solo quiere paz para trabajar y un estado que les permita saber que si algo pasa no están completamente desamparados.

La prosa de Obama es simple, sin adornos. Sin embargo; siempre mantiene un ritmo entusiasta, tan convincente como el mejor de sus discursos. Describe sus primeros encuentros con los votantes; su primera visita a George W. Bush; la primera jornada de votación en el Congreso; con una vívida descripción de la Casa Blanca y del Capitolio, con el interior de las carpetas de los asientos garabateadas con los nombres de los senadores que antes se sentaron en ellas.

Obama describe el estilo político usado por republicanos y demócratas como un torneo pugilístico a lo «todo vale»; donde no es importante encontrar o trabajar hacia el encuentro de concordancias; sino demoler al adversario. Aprovechar sus flaquezas–y algunas veces su ingenuidad y buenas intenciones– para destrozarlo y ganar puntos para su partido.

Es un libro muy bien escrito. No sólo una guía para su plan político–y ya vemos hoy lo difícil que le ha resultado conseguir buena voluntad de un congreso que desde el primer momento manifestó que «su único objetivo era que Obama no fuera reelegido presidente en 2012″– sino también un testimonio de esperanza; un proyecto para quien quiera construir una carrera en política.

Obama describe en este libro las estrategias de desprestigio usadas contra otras iniciativas o candidatos demócratas;  las mismas que utilizó la maquinaria republicana–entre 2008 y 2012–desesperada por demoler su imagen.  Menciona los comentarios de demócratas escandalizados por la bajeza y rudeza de los insultos inferidos en programas conservadores; y también su réplica, casi convencido de que estos individuos en control de los medios ultra conservadores dicen lo que dicen para aumentar su sintonía y vender más ejemplares de sus libros.

No creo que los peruanos hayamos caído aún en este grado de violencia  y enfrentamiento entre bandos. Creo que la pobre democracia que tenemos; esa multitud de partiditos y personalidades que cada elección apuesta por la lotería del Congreso; tiene muchas deficiencias, pero aún permite, en casos precisos, en temas esenciales, convergencia de opiniones basadas en el sentido común y en el bienestar del país ¿O tal vez soy un ingenuo y no es así? Pasados los años del carpetazo, creo que las bancadas políticas tienen un poco más de apertura para apoyar o condenar incluso a los miembros de su propio partido. Tal vez sea un pequeño signo positivo de un sistema político que desde todos los otros ángulos no es más que una catástrofe.

Dicho esto, tras sólo haber leído el 10% de su libro; lo que me queda bastante claro es que el presidente de los Estados Unidos es un hombre que no sólo está muy bien preparado para el cargo que ostenta; sino que también sigue creyendo en lo que lo atrajo a la política: crear oportunidades para todos; apoyar desde el gobierno a quienes lo necesitan; defender la libertad económica y religiosa del individuo; pero oponiéndose con toda su alma a que siga siendo la clase media trabajadora–y no la pequeña clase privilegiada quien pague con sacrificios una deuda fenomenal, adquirida tras el desmanejo económico y las aventuras bélicas promovidas por el gobierno de George W. Bush.

Obama no es un comunista. Él cree en la mínima intervención del estado. Pero no estará jamás del lado de una minoría de privilegiados si se trata de sacrificar los privilegios ganados y las victorias políticas de la clase media, la clase trabajadora y las minorías.

Allí, en esa posición, también estoy yo.

La importancia de balbucear

Hilary Mantel, la pluma de Inglaterra
Hilary Mantel, la pluma de Inglaterra

A veces, cuando estoy nervioso y quiero decir algo, balbuceo.

En aquellos momentos, me siento víctima del terror: el cerebro –leal amigo–me podría fallar en algún momento de mi vida; entonces tendría que lidiar con el universo a ciegas, sin él.

Hilary Mantel conversaba con The New Yorker, hace ya algunas ediciones. Decía que un escritor sólo es tan bueno como el próximo párrafo que sea capaz de escribir. Así se liberaba de cualquier orgullo,  de esa obra que ella consideraba apenas un regalo; porque al sentarse a escribir  un libro nunca sabía con seguridad lo que iba a ser capaz de poner en un papel.

La escritura es un don. Nos sentamos con la idea de decir algo. Es obvio que balbuceamos y luego empieza a aparecer el universo, la conjunción feliz de palabras, imágenes, sonidos, puntos y comas que se enlazan como si fuera por arte de magia: se nos dibuja una sonrisa, el mundo se llena de color. Escribimos porque nos gusta y nos hace felices.

Hilary Mantel alguna vez fue una muchachita muy pobre, viviendo con su madre y el amante de su madre; sospechando de las escuela y de sus maestros.

Terminados sus estudios, Mantel consiguió un trabajo que no le agradaba. Entonces, abrigó la idea revolucionaria de dejarlo todo para escribir un libro sobre los revolucionarios franceses.

Lo hizo y el libro no se vendió. Nadie entendía que su novela, para el mercado de ficción histórica, llegaría más allá de los consabidos lugares comunes a los que suele estar acostumbrado el lector de este tipo de libros (intrigas de dormitorio, traiciones, romances que pasaron desapercibidos pero que fueron trascendentales para la historia, etc.) Fue un largo balbuceo para el cual Mantel se había preparado; leyendo durante meses todo lo que pudo sobre Robespierre, Danton y los héroes de la revolución.

Mantel se puso gorda, sin querer; y siguió escribiendo porque todos los días se sentaba y las palabras e imágenes que aparecían escritas sobre el papel la maravillaban. No creía merecerlas. No había hecho nada: salvo sentarse y comenzar a balbucear sobre un papel.

Este año, después de ganar el Man Booker Price–la novela Wolf Hall, una ficción histórica sobre la figura de Oliver Cromwell, oscuro político inglés, odiado por muchos y respetado por algunos; la sacó del montón y la puso en la línea de los escritores trascendentes–Mantel se dio el lujo de mudarse a un pueblito a tres horas de Londres. A la casa donde siempre quiso vivir hasta retirarse, lejos del ruido y de las obligaciones de los «escritores que no escriben» como dice ella; de aquellas distracciones editoriales que hasta ese momento consideraba que iban pegadas a su trabajo de escritora.

Ahora sigue balbuceando frente a una página en blanco, lejos del mundo, en su propio espacio; y dice satisfecha: «me lo he ganado».

Una novela extraordinaria: Bajo el volcán

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He pasado tantas veces frente a ese libro en Strand y jamás asocié su nombre con la de aquella película en la que Nicolas Cage agota su vida consumiendo licor en un motel barato. Otra prueba de que los libros muestran una cara y esconden otra. Otro dato firme de que la literatura te transforma la vida. Esta tarde he leído en voz alta unos pasajes que ciertamente transmiten toda la belleza de una caminata entre las ramas de una trocha de tierra afirmada, por el campo de México. Así que he recordado los caballos alrededor del pueblo y al mismo tiempo al pescador inglés que me hablaba hace unos meses de matrimonio, acerca de un pueblito cerca de Cabo San Lucas, donde se puede vivir sin que la civilización se entrometa.
Es sol y es playa y es cena a la luz del sol, mirando el jardín, descubriendo si…

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Mundo color chicha

chicha

Escuchaba solo música de combi

Suave camay amigo, ponte al toque, lleva conmigo, sube al chévere

Remoto tenor, maldito pies de plato, bolsa de heno

consagrada a tu frío.

La ciudad cosecha vientos que soplan en 1980 sobre la pampa desierta

entre el Cerro San Cristóbal y la Circunvalación

perros pálidos, lentos, como pesas con hambre

olvidadas por sus dueños, libres para encontrar la muerte

A su lado, esos niños descalzos y resistentes

Detrás, el humo negro de la chatarra:

Esa sensación llamada Lima.

Causa, sube y no me converses,

saco la chaira ¿sabes?

tengo filo en las uñas

causa, causa, causita

¿Has visto mi cicatriz? Me la hicieron en Luri

Guarda con avisarle a nadie. Sigue tranquilito.

¿Qué es un niño que camina con miedo?

Un encuentro afortunado con la realidad

Chispa que divide a quienes entienden lo que sucede

y los que viven alterados en una casa de paja,

frente a la tele

¿Con qué concha te atreves?

Un dolor en el estómago porque el puñetazo había perforado mi barriga

¿Así se muere?

Aprendemos a vivir a golpes,

¿y quienes reciben la puñalada antes?

Antes del necesario choque protector.

Dicen que no hay que comer pescado

pero si ayer nos hemos atragantado un cebiche

Ojos de sospecha, tal vez acostumbrándonos a la idea

de que en este lugar es tan fácil morir.

Luego descubrieron que solo los pobres mueren del cólera

El divino protector extendió su manto invencible

sobre mi familia y mis amigos

mi casa de paja

mis vecinos,

sobre mí.

Vivir

Julio Ramón Ribeyro en Miraflores. Foto de Jorge Deustua.
Julio Ramón Ribeyro en Miraflores. Foto de Jorge Deustua.

¿Qué cosa es vivir? Hoy releía Solo para fumadores y encontraba esta frase genial de Ribeyro (que se la tiene que haber leído a algún francés):  «ese simulacro de la felicidad que es la rutina»

Conversaba a la hora de almuerzo sobre las enseñanzas de Josei Toda, líder budista quien en algún momento fue acusado de blasfemo y apartado de su iglesia por reclamar que «Buda estaba en cada uno de nosotros»; que no era necesario pedirle permiso a ningún monje para encontrar el sendero iluminador del budismo.

Ayer leía en el New York Times la historia de la creadora de la página Brain Pickings, Maria Popova, que había desertado de la vida académica para dedicarse a crear una especie de enciclopedia de «datos inspiradores».  «No vivo tan bien, pero sólo hago esto, que me gusta y me alcanza para vivir con comodidad», declaraba al NYT esta búlgara, residente de Brooklyn.

Hoy volvía a ver, con mis estudiantes, el primer video de Fabián C. Barrio antes de salir a dar una vuelta por el mundo en su moto; parafraseando un texto llamado «Instantes» (falsamente atribuído a Borges); y una entrevista donde declaraba que «lo único valioso que tenemos es el tiempo. Depende de nosotros hacer algo con él.»

Ayer miraba conmovido la entrevista a los fallecidos chefs del restaurante limeño Nanka y veía como Lorena Valdivia lloraba al recordar con gratitud la bondad de su padre para invertir en un restaurante al que ella y su pareja le iban a dedicar su vida.

Esta mañana encontré un cuento que me publicaron en Lima hace ya 6 años y recordaba la intensa pasión con que lo reescribía, cuando en aquel momento no podía salir de los Estados Unidos y la nostalgia me quemaba.

Con mi padre, en el teléfono, recordé un instante en Curitiba en que vi pasar la muerte; y él me recordó otro momento allá por los 80s, cuando mi madre se salvó de ser arrollada por un auto frente a la Clínica San Felipe.

Leo a Julio Ramón Ribeyro, escucho a Fabián Barrio, a Lorena Valdivia, leo a Maria Popova, hablo con mi padre y con mis alumnos. Toco el rostro de mi esposa, salto la verja que impide que el conejo suba a nuestro dormitorio, me siento en una silla y les escribo.

Creo que mi destino, amables lectores, consiste en escribirles–al menos esta noche–sobre mi búsqueda de la vida y la felicidad.

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De joven nunca tuve problemas escogiendo dónde me gustaría pasar el verano. Mi familia tiene acceso, desde hace más de un siglo, a una playa casi privada. Las familias de los veraneantes vienen del mismo pueblo, y todos ellos están emparentados de uno u otro modo.

La playa se llama Silaca y queda a poco más de 590 kilómetros de Lima.

De Silaca guardo muchas memorias. Casi todas maravillosas. Muchas de ellas están condensadas en este cuentito llamado «Visitando la playa» que he revisado y reescrito varias veces desde el año 2005. Es un cuento escrito en un estilo muy clásico, sin más pretensiones que rendirle un homenaje a un paisaje y a la familia de mi madre, que siempre me recibió con los brazos abiertos, que me alimentó, que me cuidó y que aguantó los errores que cometía este limeñito sin conocimiento de los códigos del pueblo, que llegaba…

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Choleando, choleándonos

Discutiendo la "raza" peruana.
Discutiendo la «raza» peruana.

El documental Choleando, iluminador reportaje, es una entrada feliz y necesaria para quien esté interesado en la identidad peruana.

«En el Perú hay mucho racismo» concluye una reportera, tras sus entrevistas en la calle. A quienes nos toca el tema, nos ha bastado la observación empírica (reforzada por el testimonio de una reportera de Media Networks para quien sus órdenes siempre eran: «que no salgan marrones») para decir lo mismo.

Sin embargo, uno de los entrevistados reclama: «No hay racismo porque las razas no existen».

En ese momento, Choleando investiga–en la sociología, la lingüística, la psicología–para explicar el «racismo» desde la razón. Porque el «choleo» es tal vez un problema más grande que el de las supuestas razas.

Las razas no existen. Son construcciones mentales, basadas en apariencias, con el objetivo de incluirnos en un grupo y excluirnos de otro. La belleza no tiene que ver con los fenotipos: nos lo dice un cirujano plástico, que nos explica las milenarias fórmulas de la estética griega o renacentista; y nos lo confirma un brichero y una brichera que atestiguan que a los hombres y mujeres blancas que llegan en manadas al Cuzco les aloca el color de piel cholo, el olor cholo, el cabello cholo.

Una italiana sufre porque la piropean «como si fuera un perro» en las calles limeñas; una peruana negra nos dice que está cansada de que la crean jamaiquina o cubana; una congresista puneña nos explica que nadie le hace caso en la cola de los hospitales, que la ningunean mientras dejan pasar a otras mujeres que lucen occidentales.

Si bien reconocernos parte de un grupo y ponerle a otro grupo características negativas basadas en sus rasgos físicos, es una tendencia humana; las leyes tienen que evitar que se discrimine y se ofenda con impunidad.

Choleando conversa con un ejecutivo del INDECOPI (del área de protección al consumidor) Enseña los videos difundidos por el programa Panorama, a la entrada de la discoteca Café del Mar, de propiedad del jugador del Bayern Munich Claudio Pizarro; donde los porteros niegan el ingreso a una pareja de resgos mestizos; mientras dejan ingresar a otra de rasgos caucásicos. Café del Mar fue clausurada por seis meses y multada–por ser reincidente–por 241,500 soles (US$93,000).

El racismo es una forma de discriminación asentada en sociedades estamentales. El racismo es ignorancia; y es también un esfuerzo desesperado por impedir la movilidad social.

Choleando concluye que el racismo está en retirada en el Perú. Poco a poco, el éxito de individuos de raza mestiza hace que las voces «racistas» se apaguen. Hoy, por fin, quienes sufren la discriminación sienten que la justicia está de su lado.

Se podría acelerar el proceso de eliminación de esta torpe herramienta de control social: denunciándolo. También invirtiendo en infraestructura educativa y luchando contra conductas racistas que llevamos incorporadas en nuestra personalidad.

Los desastrosos videos de Alan García, usando en sus discursos la variada gama de sus estereotipos sobre los seres humanos de los Andes, de Europa y del África; es una muestra perfecta del racismo manifestado sin ningún autocontrol.

Profundidades de Arguedas

Bellísima portada de la edición conmemorativa.
Bellísima portada de la edición conmemorativa.

Me he metido a Los ríos profundos desde Nueva York, en la bella edición de aniversario de Estruendomudo. Había estado buscando una edición mejor que la que tenía en mi biblioteca, sin embargo las ofertadas en Amazon eran carísimas.

Mi primera sensación es de culpa: he debido leerlo antes.

Leí El Sexto, en el colegio; y El Zorro de arriba, el zorro de abajo en la universidad. De la novela sobre la cárcel limeña sólo recuerdo cierto asco causado por la preocupación descriptiva de las bajezas y humillaciones de los presos. Si bien a los televidentes peruanos,  el motín con «Mosca Loca» quemando vivo a otro prisionero, ya nos había preparado para el zoológico dantesco que retrataba Arguedas en El Sexto.

Los zorros me impactó más. Me estremecieron las cartas redactadas antes del suicidio y me agradó la prosa limpia; y las ideas bien elaboradas dentro de la ficción, sobre la violencia del proceso migratorio, y la vida precaria y mafiosa de Chimbote.

Que Arguedas se matara fue un error que los peruanos pagamos caro: él era el elegido. Tanto para escribir sobre los traumas  del traslado del mundo de los Andes a la Costa; como de la llegada del occidente a los Andes. Muy difícil alcanzar su intensidad. Claro que los demonios que lo mataron pueden haber sido los mismos que lo obligaron a escribir con esa fuerza.

No esperaba encontrarme con tanto de Joyce en un libro limpio, poético, fácil de leer, repleto de intensas descripciones; que tal vez mi primera lectura apenas si ha «olido». Porque éste es uno de los libros que reclaman–igual que El retrato del artista adolescente–una segunda lectura.

Un crítico de Joyce decía que al leer El retrato pensó que  alguien le había contado a Joyce los pormenores de su propia adolescencia. Mi experiencia en el colegio,  si bien es geográficamente más cercana a la de Ernesto,  es mucho más parecida a la de Stephen Dedalus. A mí–animal de ciudad, limeño– me es difícil identificarme con un joven en cuya mente cohabitan, con tal intensidad, el catolicismo y el animismo andino.

En el momento en que Ernesto se da cuenta del abismo que lo separa del Markask’a ( a quien él había considerado durante gran parte de la novela como un amigo muy cercano); supe que sólo Ántero podría haber sido Stephen Dedalus. Ántero (Markask’a) se pudo haber convertido en el joven escritor que vivía en la torre de Martello o marchaba dubitativo sobre la arena de la bahía de Dublin.

Ernesto no. Al enterrar en el patio de la escuela su zumbayllu, tras notar que la mente de su amigo Markask’a también había sido penetrada por la cochinada del mundo; que él también veía las relaciones con las mujeres con la misma perturbadora «suciedad» que el limeño Gerardo; Ernesto escoge otro camino: el que lo regresa hacia el mundo andino (tal vez de vuelta al padre);  y lo separa para siempre de la «occidentalizada» ciudad de Abancay.

Arguedas usa a Joyce, y se aleja de Joyce. «He leído y  entendido a Shakespeare–dice el escritor en sus cartas póstumas–; y hasta al Ulises de Joyce.» Lo ha entendido y lo ha convertido en otro personaje, para que se mezcle con los demás estudiantes en ese colegio católico de los Andes; mientras nos pinta con intensos colores sus ríos, sus chicheras rebeldes, sus pongos, sus huayruros borrachos, sus arpistas trovadores y viajeros.

Gran parte de la magia del libro es la mirada de Ernesto sobre los hechos de Abancay. Su interpretación del universo, su concepción original del mundo.

Tal vez  es la única mirada de un escritor con proyección universal que ha llegado al corazón de ese universo. Aquel mundo que todavía permanece allí en los Andes, paralelo al de nuestras ciudades y nuestros Dedalus.

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