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The New York Street

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Memorias

La Rucoleta

La Rucoleta: no sé dónde escuché por primera vez ese sobrenombre derivado del nombre de mi colegio. Supongo que al finalizar la secundaria. En nuestros retiros espirituales todos los colegios de Lima pasaban por la paleta creativa y eran rebautizados.

Años después, una noviecita se me ofendió cuando le dije que ella había estudiado en el Regina Pachis. Supongo que por la misma experiencia habrá pasado mi hermana y sus amigas mujeres, cuando los enamorados «listos» de otros colegios les preguntaran si ellas eran estudiantes de La Rucoleta. Es que en la escuela secundaria, todas nuestras conversaciones tenían que girar o entrar de lleno en una deliciosa charla monotemática: el sexo.

Era el tiempo del descubrimiento del desodorante,  de las confrontaciones hormonales y el bigotito ralo, cuando la jungla negra se apropiaba de todo el espacio vacío de nuestra ropa interior. Recuerdo mi pavor intenso cuando después de varias horas de vigoroso ejercicio, de improviso brotó algo caliente y mi cama se cubrió de vergüenza.

En aquella época–difíciles 80s–era difícil encontrar material educativo. Me llenan de nostalgia las fotografías de algunas muchachitas hermosas en revistas del hogar que coleccionaba mi madre (¿Se habrá dado cuenta de que le faltaban ciertas páginas?) La imaginación era la más intensa productora de imágenes. Estas  servían para calmar aquella etapa de locura temporal llamada pubertad.

Era un proceso complicado. Por ejemplo: recuerdo a una compañera que se sentaba frente a mi carpeta. Entre sonrisa y sonrisa creí estar enamorándome de ella. Una vez se puso un clavel en la oreja y volteó a preguntarme si me gustaba. Me gustaba. Por esas tardes, en una conversación informal de hora de almuerzo–masticando alguna salchipapa con bastante ketchup y mostaza–escuché que uno de mis compañeros contaba que mi musa se le ponía a los más bravos de su barrio. «Es una ruca. Se la ha chupado a varios» dijo él –jurando con los dedos cruzados sobre la boca, para que no quedaran dudas. Cuando volví a ver a la muchacha, lo que me interesaba de ella ya no era el destello que despedían sus ojos, sino esas curvas debajo de la blusa, aquellas formas redondeadas debajo de la falda gris. No podía mirar su boca sin que me diera calentura.

Durante algunos meses mis noches eran ella. Hasta que en algún recreo, otro compañero desvió mi atención. Me pidió que me sentara junto a él (¡caleta, caleta!) sobre una banca de madera: frente a nuestra banca, cruzando el patio; con los tirantes sueltos, las medias bajas y las piernas completamente abiertas, una de mis compañeras nos invitaba a prestarnos unos prismáticos y meternos de cabeza en la zanja prometida. ¿Cómo podía hacernos esto? A nosotros, a quienes la genética tenía condenados a ser–siglos después de la invención de la civilización–marionetas de nuestro instinto de conservación. Agarrados a la banca con ambas manos, pretendiendo ensayar distintas poses para ver mejor sin llamar su atención, observábamos muy agudos aquellas piernas largas que se abrían de par en par. Interpretábamos la sonrisa de la muchacha como una propuesta cochina. Su sonrisa sería la luz en la oscuridad de nuestra habitación: contra esa boquita de 13 años iría–entre sueños–el intenso chorro blanco de nuestra desesperanza.

Una tarde nos avisaron que se realizarían examenes médicos obligatorios. Nos formaron en grupos y nos hicieron esperar al lado de la oficina del tópico. Los compañeros que salían del tópico nos daban claves de lo que nos iba a pasar: nos desnudarían, nos tocarían, examinarían nuestro recto y nos harían preguntas incómodas. Recuerdo que un compañero dijo que el doctor le había preguntado si se masturbaba: «¿Qué es eso?», dije yo, genuino ignorante. «Si te corres la paja» me explicó el compañero, y yo comprendí, muy avergonzado, que aquél día me harían confesar el delito, el crimen al que había forzado mi cuerpo durante quién sabe cuantas miles de ocasiones. Llegado mi turno, ya desnudo, noté que el doctor, tras examinarme, hacía aspas o cruces al lado de una lista de palabras en jerga médica. Entonces me preguntó: «¿Te masturbas?» Y yo, sin saber nada aún de mis Derechos Miranda, negué enfáticamente. El médico marcó una cruz al lado de una frase inescrutable y yo supe ( o creí saber) que había descubierto mi mentira.

Tiempo después, casi al terminar la media, un amigo me mostró lo que había escrito contra la madera de su carpeta. Ya habíamos discutido mucho el tema y habíamos concluído–solo en base a su larga experiencia–que el único colegio con mujeres realmente bellas, era uno al cual él, por intemedio de un primo con las hormonas más alborotadas de Lima, tenía acceso casi ilimitado. Eran todas rubias, delgadas y maravillosas, como las modelos de piernas abiertas de Penthouse que su padre escondía bajo un montón de ropa en un armario. Mi amigo había escrito en la carpeta: «Más vale correrse un pajazo en la carpeta, que tirarse a una chica de la Rucoleta».

Recuerdo bien la risa estúpida con la que él celebraba su rima original y consonante.  También recuerdo mi cara cojudísima celebrando su eslógan (¿por qué mi amigo siempre tendría tan malas notas en literatura?) y la baba que tragué cuando me ofreció que él y su primo–que ya los conocía todos–podían invitarme a un prostíbulo.

No acepté. Hasta hoy me arrepiento (a pesar de que a mi amigo le conocí épocas oscuras en las que se le pegaron bichos y debió afeitarse de los pies a la cabeza). No acepté por miedo. También, por cierta creencia estúpida de que mi primera experiencia tendría que ser sin pagar, con una chica bonita como aquella que se sentaba delante mi carpeta; o una que al menos me abriera las piernas con una sonrisa de gusto, como aquella en el patio del recreo.

No fue así. Poco tiempo después acabó el colegio y yo–tímido y desesperado–robé cien viejos soles del bolsillo de mi padre y me fui de putas.

Importancia del coronel Aureliano Buendia


Foto del abuelo Ulises García y de sus amigos galleros, en Jaquí, Arequipa, alrededor de 1930.

«Continuando hacia el sur, después de pasar grandes zonas de grama e islotes con lobos marinos y aves guaneras está el balneario de Silaca. Este, es poblado en verano, ancestralmente, por una familia de Jaqui (25 kilómetros tierra adentro).
El balneario de Silaca tiene el aspecto de un pueblo serrano en medio de ruinas y andenería. Allí las pozas tienen nombres como: Los Hombres, Las Sirenas, Las Viejas,Desembarcadero, de Piero, Los Curcos o Jorobados, de La Cruz, Los Compadres, Brujillos, Vladimir y Los Pajaritos. Entre Los Compadres y Brujillos está la punta guanera de Puerto Viejo, el Islote de Lobería, la quebrada e islote de Santa Rosa y la ensenada de Ocopa.»

A mi abuelo también le picaba la bola de carne que le creció en la frente. De repente miró el cielo y, escuchando el eco en las piedras del monte, murmuró: Se murió el compadre.

A veces se acercaba de noche hasta el final del corral, se sentaba a fumar un cigarrillo sobre una piedra enorme, y veía a su padre vestido de blanco bajo las ramas del granado.

A mi abuelo no le gustaba ver a los muertos, así se tratase de sus antepasados, así que regresaba hacia su habitación y se echaba a esperar el sueño leyendo el último número de su suscripción de Selecciones.

A mi abuela le diagnosticaron un tumor maligno en el cerebro que no le permitía ni siquiera levantarse de la cama. Su hijo viajó hasta la casa de un curandero en las montañas de Huancayo, para que el curandero–que trabajaba asociado con el espíritu de un médico famoso– le preguntara el nombre de mi abuela y le dijera que vaya tranquilo porque ella ya se había sanado

(Miles de kilómetros hacia el sur-oeste, en Anqui, la hacienda de mis abuelos en Arequipa, mi abuela se levantó de su cama después de varios meses, como si nada hubiera pasado, y volvió a la rutina de administrar la casa-hacienda.)

A mi tía abuela, la que se murió antes de los cuarenta años, la vieron sentarse en un pozo de Silaca, a conversar con las sirenas. Una de ellas le regaló un anillo mágico que desapareció misteriosamente.

Mi madre subió un día a la azotea de su casa en el pueblo de Jaquí, a más de 20 kilómetros del Oceáno Pacífico, y vio al pueblo navegando enmedio del mar.

Yo vi a mi abuela nombrar a las cosas desde el baño mientras lentamente amarraba el cabello gris con su peineta. Yo vi a mi abuelo tomando sol bajo las buganvillas del parque de Jaquí y a mis primos castigados por comerse un fabuloso pedazo de carne, sujetado por un gancho al techo del patio.

Vi mujeres calatas en blanco y negro y a oscuras, arrodillado frente a una vieja revista escondida debajo de un colchón del cuarto, al lado del fogón de la casa.

Leí una historia parecida a la de mi familia bajo el tronco de un olivo mientras los peones robaban todo lo que podían.

Besé a una prima de labios gruesos entre la ropa tendida en la casa de Silaca.

Acompañé a mi abuela a tomar baños de a sopapos, sentada en el agua brevísima del pozo de las viejas. Saqué muchas lisas y borrachos con mi hermano, lanzando un cordel con baterías de carro como plomada y anzuelo para tiburones, desde la piedra más alta del Desembarcadero.

Me lancé al mar de cabeza desde lo alto de La Lobería y nadé entre los lobos de mar alrededor de las piedras donde mi tía abuela recibió el anillo de las sirenas.

Escuché las historias de las caravanas de mulas, cargadas de vino y de alimentos, sobre las que mis abuelos cruzaban los cerros, durante largas jornadas, emborrachándose para ir a veranear.

Recuerdo aún la casa de portones desvencijados y descascarados muros de adobe, donde entró la diligencia que llevaba a la Guerra del Pacífico al coronel Márquez, con un cargamento de dinamita desde Lima, que nunca llegaría a tiempo para la batalla de Arica porque las abuelas lo obligaron a quedarse para la hora del té.

Yo vi a la tía abuela Adela, entre los restos de la casona colonial, entre los fierros retorcidos y los desperdicios regados, en un patio donde sus sirvientes y ella salían a cagar.

Nochebuena con eggnog

Port Washington, Long Island, 24 de diciembre de 2005

No hace frío. Regresando de Port Chester, de mandar dinero a Lima, de olvidarme tres veces la misma caja de vino alguien se queja detrás mío en la cola subiendo las escaleras de Fordham «I want the Fucking Snow, this is Christmas». Navidad sin nieve y todos felices. Demasiado calor diría yo así que el abrigo está de más. Almuerzo con Francisco en Chinatown, Mamadou no ha querido despertarse. El huarique que recomendó Francisco no es bueno. Te lanzan las servilletas, te sirven tarde la comida, cortan los tallarines de la lasagna. Ni más. Compro algunos detallitos en Mulberry, un cajoncito bacán para Stephanie, incienso que nunca está de más. Me iba a comprar la espada de Kill Bill. Está por todos lados. La mejor era una de acero fintero por quince dólares. El mueble de madera también está fintero. Walter se une para contarnos sus historias en el restaurante de Chelsea, al parecer está harto pero no le disgusta. Todas las bromas que se les ocurran se las hice. No se rió, el único que se ríe es Francisco, que a veces también dice cosas que no me caben en la cabeza, que no entiendo o prefiero no entender. Se parece al primer ministro de Japón. El D desde el SOHO hasta el Bronx y luego otra vez a Penn Station con el panetón, el vino tinto y los tickets ida y vuelta a Port Washington. Camilo me ayuda a comprar el papel de regalo. El viaje a Port Washington dura un poco más de media hora. Es la última parada de la línea y el ticket vale 6 dólares. Nos recoje Stephanie en el AUDI. Es un bonito barrio, una casita bonita como las de Mamaroneck. La familia también es linda, unida. Se respira diferente en casas de este tipo. Sí es una pena que Antonio no haya podido venir, le hubiera gustado. A todos les gustó el panetón. Katie llegó tarde y se sacó los zapatos y en el camino a la estación nos contó sus viajes en auto por los Estados Unidos y sus dos veranos trabajando en un rancho en Wyoming. Después estudió historia en Yale y ahora leyes en la UVA. En las fotos Stephanie sale con sus trencitas de campesina. Nos regaló dos postales preciosas dibujadas por sus niños de Otuzco. Camilo me regaló un libro de viajes del maestro Basho, una combinación perfecta de haiku y narrativa por el poeta más importante de la literatura clásica japonesa. A Stephanie le regaló Eleanor, las viñetas de la niña muerta pero simpática que también le fascina a Katy la de las piernas bonitas de San Marcos. El auto de ella estaba lleno de zapatos y el mapa con el que viajábamos con Miki por el noroeste en Agosto. Ella hizo el mismo viaje pero por el sur. El tren de regreso iba vacío a NY. Como a las cuatro de la mañana ordenando mi cuarto y mi ropa que está todo tirado, hecho un asco. En algún libro (el de Basho) he escrito algo que tengo que colgar en este blog. Le falta vida a las celebraciones americanas. Son buenos intentos pero le falta energía y voluntad de querer con alma. Son como los abrazos que se abraza fuerte pero no se siente la electricidad. Sentí más energía en los quince minutos telefónicos desde Lima. Al tío Pancho no le gusta la idea de Ollanta Humala ganándole a Alan. Bueno, a mí tampoco.

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