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The New York Street

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FICCIÓN

St. John Perse y el profesor Pain


–No me hagan nada–balbuceó el poeta–. Lo entregaron igual a los tigres. Ellos lo despedazaron. Se lo comieron con avena 3 Ositos.
–No me hace gracia lo que cuenta, profesor Pain–me dijo solemne el encargado de los asuntos financieros del país mientras cerraba el despacho con doble llave: el despacho donde guardaba los preciosos documentos de la confiscación de nuestros territorios. Lo acompañé a comernos un sandwich de atún con cebolla en la carretilla de la esquina y en las escaleras (le tiene pánico a los ascensores) le conté que los poetas de allí no tenían ninguna oportunidad sobre la Tierra.
Su camisa era azul oxígeno y llevaba unos lentes gruesos y llenos de musgo en los goznes de las patitas. A través de los vidrios, empañados y sucios, se veían unos ojos grandes y mezquinos. Su frente la surcaba una grieta perpendicular a la boca y otra paralela. Como si se tratase de una cruz que cargaba desde la concepción.
–Al menos le queda el reconocimiento de los hijos de la revolución–murmuró el encargado, mientras se atragantaba el sandwich.
–Ni eso–dijo el profesor Pain. Alguien ha ordenado la quema de sus libros y, para qué mentirle, ya todos lo han olvidado.
–¿Pero acaso no es él el poeta que le cantaba al nacimiento de las civilizaciones?¿No es acaso el autor del mejor poema que se ha escrito sobre las peregricaciones humanas?¿No es el suyo el poema épico más importante del siglo XX?
El encargado se había detenido. La cebollita del sandwich esperaba casi resbalándose fuera del pan. El profesor Pain no lo podía creer. La camisa azul oxígeno del encargado había perdido vida y los ojos se le habían encogido de rabia debajo de los lentes.
–No sabía que usted hubiera leído tan bien al poeta encargado.
–¿Cómo no leerlo? Es más bien como si él me hubiera leído: a mí, a mi familia, a mis abuelos. Usted sabe que ellos se embarcaron a la patria para recolectar el guano.
Ha pasado una nube negra. El encargado no quisiera seguir hablando de eso. Pero se nota que le apena profundamente el final, la historia de los tigres. El profesor Pain le explica que había demasiada presión de los vengadores nuevos para sacarlo del programa. Que nadie se fijó siquiera en que el poeta había ganado el Nobel. Era el representante de los decadentes, de los que creían en un pasado viejo, masculino y fallecido.
–El problema es que ninguno de los nuevos escribe como ese poeta. ¿Se acuerda de la imagen de la mujer ardiendo a la entrada del desierto? ¿Del gran árbol de bronce?
¡Claro que se acordaba! Cómo podía olvidarlo. Por algo era el profesor Pain.
El encargado no pudo evitarlo: una lágrima se escurrió debajo de sus lentes. La secó con el borde oxidado de su camisa azul.
–Algo se podrá hacer.¿No es cierto profesor Pain?
Pain no entendió. Preguntó qué era lo que se podría hacer. El tipo estaba muerto.
–Algo haremos profesor. Antes de irse pase por mi oficina, le vamos a girar un cheque.
Y Pain entendió.

Él quiso decirle que la queria


Él había estado buscándola. En los pasillos de la universidad, entre el grupo de gente que entraba por la puerta lateral de la facultad, en la rampa donde a menudo la veía rodeada de amigos. ¿En qué momento había comenzado a obsesionarse hasta tal punto que cualquier mujer con el cabello negro demasiado largo le parecía ella? Su hermano estuvo mirándolo una tarde desde el balcón. Sentado en una silla. Le dijo que lo había visto durante al menos tres horas y que nunca se había movido. Pasó por su costado con los chimpunes y la pelota de cuero camino a la canchita y le aplicó una cachetada en la nuca. ¡Reacciona¡ le dijo. Él casi ni sintió el golpe, se paró de la silla y se fue a su cama. Estuvo allí, echado, mirando el techo, unas horas más.

La sucesión de hechos era ésta: la conoció, ella estaba enamorada. El chico era su novio casi desde niños. Le gustaba pero no se imaginaba con ella. Después de varios años volvió a verla. Conversaron sobre su futuro. Lo que a ella le interesaba era muy parecido a lo que a él le interesaba. Ella había terminado con el chico meses atrás. Él empezó a enamorarse de ella. Ella hizo un viaje de promoción y le mandó una postal que el desgraciado del perro hizo picadillo. Él juntó los pedazos, los pegó con cinta Scotch. Se puede decir que después de leer la postal unas cuantas veces, se enamoró completamente.

Siguieron reuniones en su casa, sonrisas en el mismo sofá, agarradas de mano, acercamientos nerviosos. Empezó a perder el control. Nunca había tenido una enamorada. En vista de lo que mal que lo hizo con ella se entiende por qué. Cuando supo que se estaba comportando como un imbécil y que así no tenía ninguna oportunidad decidió alejarse. Se fue de viaje, un viaje de dos meses. Al regresar se sentía un hombre de mundo. Había besado a alguien intensamente. Pensó que a ella también podía besarla igual. El primer encuentro fue exitoso, era todo un viajero. Al segundo o tercer encuentro se dió cuenta de que la estaba haciendo demasiado larga. Torpemente intentó hacerle notar que la quería. Ella, torpemente también, le hizo notar que no estaba segura de lo que quería. Ahora estaba en un mundo muy distinto al de su familia y había una sarta de pelucones que consumían mucha marihuana y definitivamente parecían tener una vida más interesante que la suya.

La peor torpeza fue ir a buscarla. Sabía donde vivía, sabía donde esperaba el bus para ir a la universidad. Así que con un plan brillante pidió el carro de su viejo para ir a comprar pan a la esquina y fue a darse vueltas cerca de su casa –a cuarenta minutos de distancia- hasta que la vio salir. Cuando ella caminaba hacia el paradero, se acercó en el auto y casualmente, como si pasase por allí todos los días, le preguntó si quería que la jalase a la universidad. ¡Qué desastre de nervios! Detuvo el carro a media cuadra de la puerta, cerca del óvalo. «Tengo que decirte algo». Ella lo estaba mirando con una mueca horrible de «por favor, no me lo digas». «Siento algo por tí» ¡Qué más podía hacer! Pero ella le respondió con una mirada mezlca de «lo siento» y «pucha, yo no pues». Se bajó apurada del carro y se fue corriendo hasta desparecer entre la gente que entraba a la universidad. Fue aquella la mañana en la que empezó a verla en todos lados. Después hubo otras historias, otras mujeres, otros viajes. Se volvieron a encontrar. Su piel no tenía la misma suavidad y esta vez cogió sus manos sin sentir que podía matar por ella.

Sin embargo hace algunos días recibió una postal. El «fuerte abrazo» con el que ella se despedía le pareció tan triste como su mirada aquella vez, cuando quiso decirle que la quería.

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