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The New York Street

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Comentario

Los creyentes y las guerras

Los católicos hemos progresado mucho desde el oscurantismo ¿progresarán también los musulmanes?

¿En qué creemos?

Si las religiones enseñan a querernos los unos a los otros–y se parecen tanto ¿no?–¿Entonces por qué nos bombardeamos unos a los otros e inmediatamente invocamos el nombre de sus creencias: judíos, cristianos, musulmanes?

Pakistán y la India se quisieron bombardear mutuamente durante décadas (y no me extrañaría que el furor, la moda retro, les regrese en cualquier momento) invocando las diferencias religiosas.

Cierto que detrás de estas guerras hay temas más importantes que las creencias. A veces la religión es tan solo una máscara de los objetivos específicos: territorios, dinero, minerales, tráfico ilegal de lo que sea, odios personales. Por ejemplo: detrás de los 8 años de invasión e intervención de los EE.UU. en Irak siempre me sorprendía escuchar el argumento–en medios «serios», por gente «seria»–de que uno de los motivos que empujaba a George W. Bush era deshacerse de la persona que había armado un complot para asesinar a su padre.  Y ya deben saber del discurso de despedida del presidente Eisenhower–la línea de partida del excelente documental de Eugene Jarecki Why we Fight–en el cual previene a sus conciudadanos acerca del excesivo poder que están empezando a tener las compañías dedicadas a la producción masiva de armamento.

(Estas semanas Eisenhower ha tenido cierta presencia en los medios de EE.UU., mas no por su discurso contra los fabricantes de armas, sino por su famosa relación extramarital, en vista del reciente lío del General David Petraeus con su biógrafa)

¿Por qué nos seguimos matando, después de varios siglos y seguimos renegando: moros contra cristianos, judíos contra moros, judíos contra cristianos, etc.?

No me creo el cuento del fundamentalismo musulmán como la principal causa de lo que está sucediendo entre Gaza e Israel, porque la matanza lleva tantos años que la responsabilidad recae sobre ambas partes. Tal vez la religión musulmana, en algunas partes del mundo, esté aún al nivel en el que estaba nuestra religión cristiana. Es decir, al nivel primitivo en el que sólo los hombres eran capaces de ofrecer misa, se condenaba el uso de anti conceptivos y casi se le equiparaba con el aborto, se les prohibía a los sacerdotes tener relaciones sexuales como si fueran seres humanos con otra condición genética…ups. Espera ¿el catolicismo todavía cree en esas cosas? ¡No puede ser!…pero si los católicos somos tan avanzados.

Debe haber religiones en niveles de progreso distinto. Hace no muchos siglos era cosa de todos los días para los católicos matar a un emperador sólo por haber dejado caer la Biblia al piso. O torturar a los vecinos en las mazamorras de las catacumbas para que confesaran sus pactos con el demonio. O quemar vivas a las mujeres por haber hecho brujería, o por gozar demasiado del sexo. Así que las religiones progresarán, avanzarán (o retrocederán: si escuchamos las quejas de los fanáticos cristianos que quisieran que la misa se siguiera dando en Latín)

En algún momento los musulmanes avanzarán y su religión tampoco les prohibirá a los homosexuales que puedan vivir juntos, con los mismos derechos que una pareja heterosexual. Porque todos sabemos que la homosexualidad es un tema que viene desde el nacimiento, no es una decisión ni una enfermedad. Ya, felizmente, hemos dejado aquellas épocas «oscuras» del catolicismo y ahora ningún cura católico puede ser castigado por opinar –algo tan lógico–que los homosexuales, por ser personas iguales a todas las demás tienen derecho a vivir juntos; o que las mujeres si son violadas podrían tener derecho al aborto ¿Sí pueden ser castigados? No me digas. ¡Pero si los católicos somos tan avanzados!

Seguridad ciudadana

La policía peruana debería tener a la ley de su lado para combatir el crimen. No la tiene.

En enero de este año tuve que ir a una comisaría limeña. Alguien estuvo forzando la tapa del medidor de electricidad de la casa y mi padre sospechaba que era algún delincuente con ganas de desactivar la alarma para meterse a robar.

Estando en la comisaría, conversando con uno de los policías, llegó un patrullero con un joven esposado y una muchachita (unos 20 y tantos años) acompañada de su madre. El muchacho la había seguido por una vereda, le había arranchado la cartera y la había empujado hacia la pista. Era de tarde. El asalto había sucedido a plena luz del día. Ella tuvo suerte de que en aquel momento no pasara por la pista ningún automóvil.

El que no tuvo mucha suerte fue el delincuente. Un grupo de transeúntes con cierta idea de la justicia vieron el incidente y lo persiguieron. No sólo recuperaron la cartera, también capturaron al delincuente y le propinaron un par de patadas.

«En unas horas lo vamos a tener que soltar» nos dijo el policía, mientras asistíamos a toda la escena y el ladrón miraba con aire de aburrimiento que la muchacha –aún con rezagos del trauma del asalto–daba su declaración.

«¿Cómo que lo van a soltar?» preguntó mi padre.

«Eso dice la ley. No podemos retenerlo más de cierto tiempo. Y él lo sabe».

Nos dijo que retener a un delincuente más del tiempo permitido es ilegal. Que la policía se arriesgaba a que regresara el delincuente bravucón con un abogado a decir que se habían violado sus derechos. «Esto no pasaba con Fujimori», dijo el policía, ante la complacencia y aprobación de mi padre, simpatizante fujimorista.

Hoy, en la televisión peruana, presentaron el caso de un caballero que mató a dos delincuentes armados que intentaron asaltar la camioneta donde viajaba con su novia. El caso (muy publicitado en Lima) ha desatado una gran controversia porque –tras un año de investigaciones, falsas acusaciones e intentos de chantaje–un fiscal ha decidido que el caballero que mató a los dos delincuentes en defensa propia es culpable y debe ir a prisión.

Su novia se presentó en televisión y dijo que en estos tiempos en que todos estamos hartos del nivel de delincuencia,  este caso ponía a prueba a nuestro sistema judicial. Tiene razón.

No comparto la idea de un gobierno «ideal» de mano dura. Tal vez la justicia contra el crimen organizado funcionara mejor en el decenio fujimorista porque la mafia en el poder tenía un control más directo: siempre es posible ser diligente, rápido, dar órdenes, cuando se puede pisotear los debidos procesos.

Hay que respetar las formas legales. Sin embargo, por el bien de los ciudadanos que aún creemos en ellas, es imprescindible endurecer los castigos para los delincuentes. Si no es así, la policía creerá–con mucha razón–que perseguir a los asaltantes y pirañas de todo tipo, es una pérdida de tiempo.

Un fiscal no puede mandar a prisión a un ciudadano que se defendió y mató a dos criminales. El respeto a la seguridad de todos debe estar por encima de los derechos de un par de maleantes armados.

La marimba del Colorado

Este artículo ha sido publicado originalmente en el blog Newyópolis de la revista FronteraD.

La premiada miniserie describe un mundo que gira alrededor del consumo de la marihuana.

A principios de su gobierno, Obama organizó una conferencia via internet con los ciudadanos de los Estados Unidos.  Recuerdo que uno de los primeros comentarios del presidente, en un tono entre sarcástico y preocupado (el país estaba aún metido de lleno en la crisis financiera), fue la cantidad de solicitudes que le habían llegado pidiendo la legalización de la marihuana.

En las elecciones del 6 de noviembre, dos consultas populares en Washington y en Colorado han legalizado la marihuana para consumo recreativo (Massachusetts también la ha legalizado con fines medicinales, tal como es aceptada en California). ¿Se veía venir?

Pasar por la adolescencia sin haber consumido marihuana siempre fue difícil. Más aún después de que los hippies la hicieran parte de su parafernalia y Bob Marley conquistara al mundo con sus canciones de paz, amor y ganja. Una droga con propiedades relajantes. Si hay gente que toma café para estar más alerta ¿Por qué no dejar que algunos fumen marihuana para estar más relajados?

Drogas: la humanidad siempre ha vivido con ellas. Cada vez que los gobiernos han intentado controlar su consumo, la consecuencia inmediata ha sido el aumento en el precio y la aparición de mafias ¿Por qué no legalizarla?

Siempre dije que no probaba drogas por temor a que me vayan a gustar. En mi adolescencia, el alcohol y la nicotina fueron mis únicas sustancias «recreativas». Las veces en que me ofrecieron marihuana –ese tronchito que iba de mano en mano en las reuniones de la facultad–dije que no. No debido a «sólidos principios familiares» sino por miedo a enviciarme.  Alguna noche de juerga en el barrio bohemio de  Barranco, también me alcanzaron un recipiente transparente lleno de un polvito blanco. Dije que no. Es verdad que por temor, pero también porque no tenía ni idea de lo que tenía que hacer con eso.

Tal vez porque ninguno de mis padres «se mete» nada –aparte de esas copas de más en Navidad, cuando a las 4 de la mañana mi padre manejaba de regreso a casa sin manos y en zig zag–, o quizá porque la mayor parte de mis compañeros y amigos crecieron del mismo modo, nunca probé la marihuana.

Hasta los 21 años. Entonces, picado por la curiosidad, en un campamento fuera de Lima, le pedí a uno de mis amigos (y profetas del uso moderado del cannabis) que me preparara un troncho perfecto. Tirado en una hamaca, mirando el mar, empecé a fumar. Sólo recuerdo haberme reído de más (lo cual suelo hacer de todos modos, sin necesidad de estar stone).

Luego de aquella experiencia, acepté los tronchos, muy de vez en cuando, más convencido de que aquél era un vicio que yo podía controlar. Sin embargo, tal vez por mi escaso dinero –o por tacañería–, si bien probé hierba (y en España hachís) jamás la compré, ni me volví un fumador.

Entiendo que la marihuana te despierta la creatividad. Mis compañeros de la facultad contaban que el director de cuenta los alentaba a encerrarse con el departamento creativo a fumar marihuana antes de empezar una campaña. Entiendo que para otros la cocaína cumple la misma función. También que son vicios que algunos son capaces de controlar y algunos no. Conozco amigos que fueron adictos, consiguieron dejarlo y viven felices de su decisión; conozco otros que fuman con regularidad y que de vez en cuando empolvan sus narices y no se consideran adictos. Muchos de mis amigos también han llegado a la conclusión de  que tomar cierta dosis semanal de alcohol o fumar una cantidad diaria de cigarrillos es parte importante de su personalidad.

Legalizar la marihuana en Washington y en Colorado (o en cualquier otro estado al que se le ocurra el mismo procedimiento); debería venir de la mano con leyes mucho más estrictas acerca de la ilegalidad de conducir.  Tendrían que implementarse penas muy severas para el comportamiento inadecuado en espacios públicos. La droga nos desinhibe, nos estimula y nos empuja a hacer todo tipo de idioteces.

La llamada telefónica más estúpida fue la que hice a una chica de la cual estaba muy enamorado. Sin el alcohol haciendo burbujitas en mi cerebro, jamás me hubiera atrevido a decirle lo que dije aquella noche. ¿Si hubiera fumado marihuana hubiera dicho algo más coherente? ¿Ella habría corriendo venido a mi lado? No lo creo. Bueno, me estoy desviando del tema. Malditos recuerdos.

Meses atrás, acompañé a un amigo neoyorquino a comprar su paquetito de marihuana: su dosis semanal. Fue muy sencillo: tocó la puerta, saludó, charló sobre el clima, pagó y recibó un paquetito a cambio. El «dealer» era un dominicano simpático: un miembro muy activo de la comunidad, dedicado a una actividad ilegal.

La marihuana también ha ingreado hace mucho tiempo a la cultura popular. Es común ver en los quioscos de Newyópolis publicaciones orientadas al consumidor de hierba. En televisión, una de las miniseries más interesantes acerca de este tema es la comedia Weeds, donde Elizabeth Perkins protagonizaba (hasta la penúltima temporada) a una guapísima madre de clase media que provee de marihuana a los vecinos del respetable suburbio donde vive; y que se enamora de un capo mexicano que traslada hierba «buena bonita y barata» por un túnel que cruza la frontera. (Un túnel que no tendría nada que envidiarle a la cómoda ratonera por donde, en 1990, el presidente Alan García dejó que fugaran los presos del grupo terrorista Túpac Amaru (MRTA), incluido su ex compañero de carpeta y líder del MRTA: Víctor Polay.)

Ahora se vienen las batallas legales en el Congreso. Los simpatizantes de la propuesta que ha ganado en dos estados de la Unión, tendrán que lidiar con la contradicción de legalizar el consumo de marihuana en territorios que forman parte de un país que la prohibe.

Si se ganan esas batallas, los amantes de la marihuana tal vez empiecen a cambiar sus destinos de entretenimiento y turismo: desde las permisivas calles de Amsterdam con sus coffee shops, hacia las vacaciones con sonido grunge en Seattle, o temporadas de ski ahumado entre las blancas montañas de Colorado.

V for Vendetta

En el poema «Dover Beach», el poeta y ensayista británico Matthew Arnold, hace una comparación bellísima entre él, en la playa Dover de la costa inglesa, contemplando las luces de la costa francesa 18 millas hacia el sur; con el último ser humano en la historia que creyó en la existencia divina de los dioses griegos, en Zeus, Hera, Atenea.

Me imaginé una escena paralela: el último hombre que contemple una cruz con respeto, que levante los ojos al Cielo e imagine al Dios en el que creemos los cristianos. ¿En qué creemos hoy? La fe de Arnold no era la misma fe de los sacerdotes medievales a los que él visitó en los Alpes franceses -«hombres muertos en vida», dice de ellos-.

A pesar de todos los adelantos de la vida moderna y del pensamiento crítico, Arnold ve con pena la pérdida de la fe, esa corriente que le daba sentido a la existencia. ¿Cuál es es el sentido de la fe ahora? ¿La intolerancia? Matar en nombre de Dios debería ser castigado como el peor de los pecados, sin embargo, del otro lado del espectro político la perspectiva no es muy alentadora, ¿Qué hay de esos individuos que se aprovechan del miedo de las masas para gobernar, para recortar libertades y estupidizar al pueblo con el pretexto de la seguridad y la amenaza terrorista?

De eso trata V for Vendetta, una de las primeras novelas gráficas de Alan Moore (Watchmen), llevada al cine por los hermanos Wachowski. Hay que tener mucho miedo cuando las opciones totalitarias son las que ganan mayores simpatías: Hamas en Palestina, los fundamentalistas en Irán, en Irak, la derecha radical en Europa, Chávez en Venezuela, Humala en el Perú. La gente está dispuesta a darle su voto y su conciencia a los que les ofrezcan orden. La libertad total es una religión que ya pasó de moda, como la religión de los griegos. Ahora la religión es la de la libertad controlada, la de las masas sumisas y homogéneas, donde todo puede ser sacrificado si se trata del bienestar común.

Otros gobiernos van más allá -porque pueden darse ese lujo: atemorizan a la población utilizando los medios de comunicación masivos, fabrican evidencia y mienten descaradamente acerca de sus motivaciones hasta que el Congreso-asustado también-los autoriza a organizar una guerra preventiva. Tres años después comprobamos que son unos idiotas no unos visionarios y que algunos de ellos se llenaron de dinero ¿Alguien los juzgará?¿La historia? ¿O es que ya no es malo predicar y al mismo tiempo ser un hijo de puta (con perdón de las putas)?

Muy temprano, con el poder de la ley, he de desahuciarlos: 14 de marzo

 

 

karakter posterKarakter (1997) es un filme inolvidable. Cada personaje ha sido desarrollado hasta alcanzar gran altura y algunas de las escenas llegan a ser a nivel de cinematografia, memorables.

Vader, es el padre. La bronca entre Jakob y su padre cuando este le arroja una daga. La de la fiesta celebrando que se recibe de abogado. La de el joven Jakob acosado por el agente en la celda, cuando su padre lo niega. La escena en la azotea del estudio, su padre enfrentando al joven armado en la calleja, en el parque con su madre, la testarudez de la madre negándole la posibilidad del matrimonio al padre de Jakoba.

Si hay algo que lo estandariza a todos es su genialidad para ser testarudos e inquebrantables en sus decisiones. La pobre asistente, enamorada de Jakob, no tiene otro camino que retirarse de su vida y olvidarlo.

El amigo comunista es el que le da la noticia final: eres un capitalista. Y Vader muere con la daga en un suicidio perfecto.

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