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The New York Street

Un blog lleno de historias

Los bárbaros

Barbaros

Era una clase de teoría literaria. Era el Profesor Oswaldo Zavala mencionando a Alfonso Reyes, a Caliban, a Foucault-Barthes-Steiner-Eco convertidos en fans enamorados de Borges.

Alguien mencionó a Kavafis (recordé la novela de Coetzee) y en algún lugar del cerebro apareció la imagen: una revista que se llamaría Los bárbaros. ¿Qué día fue? Ayer les enseñaba a los sectarios el cartel original. Es un aviso en blanco y negro que pegué en la sala de lectura del departamento, con los nombres de todos ellos: mis primeros colaboradores. Me parece que era fines de noviembre. La fecha límite de entrega era el 31 de diciembre: el fin del último año sin ellos.

El 21 de marzo Los bárbaros abrieron los ojos y el mundo parecía un laberinto.

La fecha límite para el número 2 es el 30 de junio. Su aparición está proyectada para algún día a finales de agosto.

Bienvenidos a San Gregorio

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Queremos que México salga adelante. ¿Díganme cómo? Así laboriosos: haciendo que gire la rueda de la fortuna con pistoleros contratados: muerte: ponte la venda, no mires, te llevamos a un pueblo llamado San Gregorio: te soltamos a bordo de una camioneta BMW para que te encargues de la familia Montaño, de esos muchachos Martina y Candelario, de ese Valente: insolente, que después de laborar, vuelve a su humilde hogar: ambición desmedida: una pizzería para el pueblo de San Gregorio. Mata al prójimo: muéstranos el camino.

Dice Francisco Goldman que el torrente de palabras con que describe a México Daniel Sada, lo tenemos que poner a contraluz de la escasez con que Rulfo describía los inhóspitos desiertos mexicanos. Rulfo tenía toda la intención de hacernos llorar de pena. Sada quiere que nos desternillemos de risa. El humor dramático: risa sanadora, curativa.

Juan Villoro dice que Sada ha plantado exhuberancia en el desierto abandonado. Sus frases son como baldes de agua. Entramos a San Gregorio y un paisano quiera darnos la bienvenida. Nos sienta y nos dice: tómate un vaso de cerveza y ahora te cuento: esto pasa en mi Mágico querido.

Ante Sada no es posible tomarnos todo en serio, es mejor pensar que se ha dedicado a recrear en la sequedad de la arena mexicana aquella escena en la que Leopoldo Bloom le daba vueltas a la estatua desnuda frente a la gran biblioteca, buscando la respuesta a la pregunta que lo torturaba: ¿esculpieron el ano, sí o no? En Sada también se da esta venia al descalabro como motivo de risa y reflexión. Sólo así podemos entender que un padre y un hijo que han sido capos de la droga se droguen durante varios días, se queden duros esperando el futuro en la casa de un narco en los Estados Unidos. Solo así tiene sentido ese Candelario Montaño que quiere ver el mundo. Ese muchacho que deja la pizzería del padre para irse a fumar marihuana con su mejor amigo, para pedirle trabajo al padre en eso que los ha hecho ricos, equivale al “Welcome ¡Oh life!” con que Stephen Dedalus se va a ver el mundo en el final de A Portrait of the Artist as a Young Man”.

Sada ha sido influenciado por los clásicos: por Virgilio, por Homero (Sada siempre quiso ser poeta, hasta que llegó al DF y le dijeron que los poemas ya no eran como en la época del Ciego. Ahora eran abstractos y muy cortos: Sada se cambió a la prosa) y por Joyce. Su preocupación fue instalar un lenguaje moderno en el territorio donde se plantó a contarnos el mundo. Su mundo es el mundo de las culebras que se arrastan bajo el sol del desierto. Yendo de un ambiente a otro, de una cabeza a otra, burlándose de la realidad que les ha tocado vivir a sus compatriotas del campo, así se escribe El lenguaje del juego. Su esposa dice que se encerraba 12 horas a escibir, después del desayuno, y que salía para la cena con una sonrisa satisfecha, encantado de un territorio que creaba frase a frase, mientras inventaba una lengua nueva.

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La gran belleza

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Una fiesta no lo es si no dura hasta el amanecer. Necesito ver el rostro de mis invitados cuando desaparece la luna. Ver esta ciudad rodeado de amigos, dejándome llevar por la dulce alegría de saberme vivo. Sabernos vivos. Hay una magia adicional cuando un grupo termina entregándose al baile, recorriendo los espacios entre las mesas entregados a la necedad, la sinrazón. Que los pies nos conduzcan al abandono. Después, por la mañana, mientras la ciudad duerme, quiero caminar por la calles que me han otorgado la vida.

Conforme los años pasan, empiezan las voces del desaliento. El «sí, me gusta este estilo de vida, y sin embargo…», como si fuera un pecado descartar el futuro, no asumirse como miembro responsable de una sociedad. Los amigos que nos acompañan, cada cual buscando caminos distintos, tratando de abandonarse al delirio de la fiesta, y escarbando en los tiempos muertos para dejarnos ver que a pesar de la alegría, algo les molesta. Todos tienen una verdad acerca de su historia, todos quieren creer que han hecho lo necesario para no mirar atrás, antes de la muerte, y sentir el peso inmenso de la culpa.

En ciudades de momentos cincelados por los siglos es posible encontrar llaves de laberintos y palacios a los que sólo entran unos pocos. Ser de aquellos pocos fue siempre mi convicción. Decir lo que pensamos y aún tener esa libertad de caminar por cada habitación de nuestra ciudad sin que nadie sea capaz de cerrarnos el acceso. ¿Quien podría disfrutar mejor de esas vistas congeladas en el tiempo sino yo mismo? Escogiendo a mi acompañante, que sonreirá asombrada, porque nunca pensó que la ciudad tenía dueños.

Y entonces, una mañana de mucho solo, descubro (estoy seguro que ya lo sabía, pero esos resquicios de duda…) que todas son poses. Que los que se levantan a las 6 para tomar el tren de las 7 tampoco lo harían si es que no les atormentase la culpa. Que el sentido del deber los mantiene en un estado de insatisfacción, que quisieran hacer otra vez lo que nosotros hacemos, no pensar tanto en el ¿qué pasaría? y mucho más en la necesidad –que ahogan en promesas cívicas y religiosas cada vez que aparece – de abandonarse, de dejarse llevar, de ser felices sin pensar en nada más.

A veces encontramos en el camino a quienes el sacrificio les ha sido útil. Ellos llevaron una vida inspirada que consideran repleta de significado. A veces es un desconocido que nos sorprende con un comentario favorabla acerca de una novela. Nos halaga, si bien sabemos que no volveremos a escribir, que en ese momento se hizo porque estábamos enfermos con el amor ¿Ahora? Llenos de dudas, que se borran si es que creemos en lo que decimos creer: nuestra vida significa esto: ser el centro, vivir para los amigos, que nos adoren y nos adoremos juntos esperando las canas, las arrugas, el silencio final.

¿Y el gran invitado es feliz? No sé. Se tiende al lado de mujeres que no terminan de llenarlo, sigue pensando en una imagen dolorosa de adolescencia: esas rocas por donde caminaba descalzo, sin pensar en otra cosa que meterse al mar. En el sol que cae sobre las piedras mientras el océano se balancea como en una olla a punto de rebalsar. El horizonte. ¿Si se hubiera quedado con ella?¿Qué se hubiera sentido despertar por las mañanas al lado de una mujer que amas?

No quisiera mirar tantas veces atrás. Dedicado al placer, entregado a una vida donde él es el centro, donde tiene la capacidad de organizar las fiestas y también de arruinarlas. De no pensar en otra cosa que en sí mismo: somos todos ridículos, con nuestras ambiciones minúsculas, con nuestros vicios y secretos. Y claro, siempre tiene que volver a pensar en ella. En el día de sol cuando saltaba entre las rocas, salía del mar, la miraba y estaba cubierto de amor. Se lo ocurre que podría seguir escribiendo, que es posible para él una vida sin fiestas, con un poco más de significado. Es posible esa gran belleza.

Las palabras soeces

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No sé por qué me cuesta usar palabras fuertes cuando escribo.

Creo que le debo ese desapego por las lisuras a mi padre, a quien incluso en los peores colerones, las palabrotas se le transformaban en nombres de minas mitológicas como Chuquicamata, sus carajos terminaban convertidos en tímidos carachos, y las mentadas de madre en delgados puñales.

Es verdad que cuando se abusa del lenguaje soez, pierde su impacto. Un caso: si el famoso coronel a quien nadie le escribía no se hubiera mantenido en sacrificado silencio durante toda la novela, la palabra Mierda no hubiese acumulado el titánico poder que aún conserva cuando el personaje de García Márquez la suelta–espléndida e invencible–en la última oración del libro.

No tengo el mismo problema cuando tengo que describir la anatomía humana. Me resulta sencillo hablar de situaciones íntimas, de nalgas y genitales y (evitando ser vulgar) de las diferentes variantes del sexo. Sin embargo, cuando se trata de lisuras (tacos, le llaman los españoles) me sorprendo a mí mismo –si es que los llegué a colocar– eliminándolos después de la primera lectura, casi con la misma diligencia con que me agrada deshacerme de los adverbios.

Pocas veces sucede que los insultos se quedan en la página,  resistiéndose una y otra vez a las revisiones. Aquella es la mejor prueba que necesito para saber que son indispensables. Me convence que  los personajes que he creado necesitan decirlos, que ya no poseen la extraordinaria voluntad de mi padre para cambiarlos en el último segundo.

Entonces salen de los personajes como un vómito y suelo mirarlos satisfecho, complacido.

Lima es un trapo

A esa ciudad que nos vio nacer. Que los cumplas feliz.

La costa

Puente Charles Cullen en Delaware
Puente Charles Cullen en Delaware

La costa este de los Estados Unidos abunda en islas. Algunas son pequeños mundos. Una de ellas es Long Island, en cuyo territorio están dos barrios de Nueva York (Queens y Brooklyn) y también el pueblo de Montauk.

Un poco más al norte, están Cape Cod, Martha’s Vineyard y Nantucket. Cape Cod no es en realidad una isla porque hay un pedazo de tierra que lo mantiene pegado al continente. Sin embargo, su conexión con el mar es total. Estas islas, muy asociadas con la historia de la familia Kennedy –ahora son el destino de verano de los Obama–, forman parte de un sistema económico (antes era la industria de los balleneros, luego la pesca, ahora el turismo) que quienes viven del mar conocen bien. Entre el continente y estas islas hay gran movimiento de turistas y de trabajadores –vía ferry– que dice mucho del dinero que genera la industria del placer y el descanso en los grandes balnearios asentados en ellas.

Hacia el sur de Nueva York, la costa este de los Estados Unidos ofrece un paisaje similar. La orilla de Nueva Jersey es también una especie de brazo colgado del continente. En la parte más baja de ese brazo está Cape May, uno de los primeros balnearios de la costa. Alguna vez fue residencia de verano de jefes de estado y negociantes acaudalados, pero decayó al mismo tiempo que aumentaba la fortuna de Atlantic City. Estuvo moribundo desde la Segunda Guerra Mundial hasta que, a fines del siglo XX, recibiera un nuevo impulso de dinero y de voluntades que lo pusieron otra vez de pie. El balneario hoy se mide, desde las inmensas columnas de grandes hoteles –como el remodelado Congress Hall– con sus contrapartes más famosas del norte.

Más al sur, conectados con un ferry que mueve importantes negocios aún en los peores inviernos, están las costas de Delaware –otro brazo que se abre hacia el mar– y las islas de Maryland y Virginia. Allí las playas del Atlántico, largas franjas de arena, son el principal atractivo turístico. Sin embargo, los habitantes se las ingenian para atraer a sus visitantes. Una de estas islas es Chincoteague, isla gemela de Assanteague, reserva natural donde vive, en estado protegido, una manada de casi 200 caballos salvajes.

Todos los años, en la última semana de julio, los caballos son arreados por vaqueros que los obligan a nadar desde el refugio hasta la ciudad de Chincoteague. Este espectáculo único, de una manada de caballos cruzando un estrecho de agua salada a nado, es visto por unos 50,000 espectadores que vienen desde muchos pueblos de los Estados Unidos, llenan los hoteles de la pequeña isla, repletan sus excelentes restaurantes de pescados y mariscos, y participan en el festival y en una subasta organizada por el departamento de bomberos. Los bomberos, encargados de la logística, subastan una cantidad determinada de estos caballos salvajes y cumplen con dos objetivos: mantener a la población en un número constante y manejable; y juntar el dinero necesario para operar durante los siguientes 12 meses.

La costa de los Estados Unidos también tiene muchos ejemplos de pueblos que parecen iguales, repletos de carteles de negocios, de tiendas con el mismo nombre, de aburridas zonas de compras asfaltadas con cabañas cerca de la playa. Sin embargo, lugares como Chincoteague, Assanteague, Cape May, Edgartown (en Martha’s Vineyard), Montauk (en Long Island) o Provincetown (en Cape Cod), convierten a estas islas en magníficos destinos turísticos, perfectos para quienes gustan combinar las horas de ocio con el disfrute de la naturaleza y del mar.

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Un rebaño de caballos salvajes pastando en la isla de Assanteague en Maryland
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Faro de Assanteague Island, Maryland
Amanecer frente al mar, visto desde Congress Hall. Cape May, New Jersey
Amanecer frente al mar, visto desde Congress Hall. Cape May, New Jersey
Patos en el puerto de Chincoteague Island, Virginia
Patos en el puerto de Chincoteague Island, Virginia

Teodoro extraña a Samantha

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Ir a Brooklyn es una experiencia extraña. Para mí es volver al pasado. Una vez, en 2003, después de leer Notes from the Underground, me senté en una silla con vista a la Avenida Atlantic para escribir en un cuaderno una larga y pésima novela sobre ese lugar que–aquí incluir un gran suspiro─ninguno de ustedes leerá. Caminar por la avenida Fulton, frente a las estaciones de metro de la línea azul que me recuerdan tantas pequeñas escenas de mi vida preconyugal, fue tan extraño como el filme que llegamos a ver anoche, a las carreras, vagando semiperdidos, en el BAM.

La película se llama Her. El director es Spike Jonze, de quien recuerdo muy bien Being John Malkovich. Primero: porque la vi en Boston, en algún momento de julio de 2000, en mi recién estrenada faceta de pasajero en trance en los Estados Unidos. Segundo: porque esa primera vez me quedé dormido.

Her, ambientado en una ciudad de Los Angeles maquillada para la ocasión ─con más rascacielos y menos inmigrantes mexicanos─ podría entenderse como una pieza de época. Sus personajes, que parecieran haber salido de un casting en el tren L de Nueva York, me hacen también pensar en Ghost World de Daniel Clowes o en algunas escenas de Frazen: a ratos Amy parece ser la hermana/chef  de The Corrections, a ratos ella y su esposo podrían ser los esposos Berglund de Freedom. Sin embargo, Her es  también una reflexión semifuturista sobre la soledad y las relaciones del hombre con sus máquinas. Alguno de mis amigos la entendió como un canto más a la victoria de la computadora. La película es, sobre todo ─si nos ceñimos al guión, dejando al lado las interpretaciones filosóficas─ una exploración de los diferentes caminos que puede tomar la vida de un hombre cuando se siente solo, no tiene muchas amigas y quien mejor lo comprende es su computadora.

Es una comedia. Podríamos empaquetarla como tal, si no nos encontráramos a nosotros mismos, mirando demasiado a la pantalla, recordando nuestra primera sesión de sexo virtual en el chat, o ─sólo unas horas antes de llegar al cine─ preguntándole a Siri: ¿cómo carajos llego al BAM?

Las conversaciones que puede generar la película son muy interesantes. La nuestra sucedió en un restaurán alemán acogedor, en una calle congelada de Brooklyn que me trajo sus no pocas memorias. Se recomienda ir a verla con compañía inteligente. Si va con su teléfono, aténgase a las consecuencias.

Los mejores actores de la película son Joaquin Phoenix, como Teodoro; y la voz ultrasensual de la computarizada Scarlett Johansson, como Samantha.

Recuento de novelas (2013)

Diego Trelles PazBioy me lo llevé a la costa de Arequipa. Fue una de las mejores novelas que he leído en mucho tiempo. Mientras leía, encontré los defectos que algún crítico le había señalado. Ya lo había empezado a fines de 2012, y lo dejé en los primeros capítulos, descorazonado por la violencia exagerada con que se abre la novela. De todos modos, sus virtudes son muchas más que sus defectos. En segundo intento, pasadas las primera páginas, el libro se sostiene como un mastodonte de imágenes. Bioy es una novela que se merece Lima. Las calles y las esquinas por donde pasa la violencia de la historia, son elevadas a categorías de títulos, que avanzan con un ritmo que invoca al vértigo.

El enanel enano de ampueroo, esa breve Historia de una enemistad, pergeñada hace ya muchos años por Fernando Ampuero, la encontré en el librero de una de sus primas lejanas.  Fue la novela ideal para el verano de 2013. Contada desde la anécdota de la relación laboral del autor con un tal César Hildebrant, la figura de este periodista de malos modales –quien para muchos de nosotros, televidentes engañados, alcanzó la talla de semidiós de la pantalla–se hunde página a página bajo la descarga de tinta. La novela, llena de humor, es una revancha escrita con pasión. Al terminarla, me paseé por Quilca buscando otra novelitas de Ampuero: Puta linda. Otra historia breve y muy ágil.

Al ensoldadosdesalaminatrar a Soldados de Salamina, ya estaba entrenado en el ritmo de Javier Cercas (por Anatomía de un instante), e igual me tomó por sorpresa la aparición del personaje Bolaño, que convierte a ese episodio–poco trascendente– de un narrador sufrido en busca de personaje, en una novela desenfrenada, con múltiples lecturas: una máquina de la literatura que apela a las armas del fantaseador de Los detectives salvajes.

El placer de mi lectura de Arrecife de Juan Villoro consistió–además de constatar su capacidad para sorprender con frases frescas y conexioArrecifenes inesperadas–en imaginar la manera como Cocaine Nights de Ballard había sido reimaginada por Villoro en México, con su andanada de solitarios, drogadictos  y artistas delirantes en un ambiente de pánico matizado con esa fantasía moderna que son los viajes con todo incluído.

all that isJames Salter, el escritor que penetró en mi vida con una foto a dos páginas y un perfil en The New Yorker, presentó en 2013 una novela que le tomó más de una década. Me propuse conocerlo. Primero con la lectura de lo que encontré a mano: Last Night, su impecable colección de cuentos, y después con All That Is, maravillosa recreación de una vida que empieza como soldado en el Pacífico y que transcurre con belleza y pasión por Europa, lugares de EEUU y Nueva York. Es una obra maestra. Luego, quiso la fortuna que pudiéramos compartir el sol de la tarde en su terraza de Long Island mientras Salter se preocupaba por el destino de la ciudad después de Bloomberg. Es un deber dejar dicho que leí también A Sport and a Pastime, la joya erótica de Salter, basada en sus experiencias juveniles en Francia.

tumblr_mkfwin8zlX1rarsdao1_1280-1La recomendación de leer El pasado de Alan Pauls vino de otro libro: Entre paréntesis, la colección de crónicas de Bolaño donde éste, además de rescatar aspectos positivos del alma narrativa de Bayly, pone a Pauls como representante de lo que debería ser el futuro de la novela latinoamericana. Es una novela muy argentina, en el sentido Rayuela del término argentino. Se tiene que leer, se aprende mucho de imágenes y personajes, y la novela se extiende, con excesiva generosidad, hasta que el lector acaba por sentir piedad–y rogar por el amor–mientras el personaje se coquea y se masturba hasta sacarse sangre.

Un episodio en la vida del pintor viajero comienza con una tranquila descripción de una vida dedicada al arte. Las páginas, escritas con bGM11913.jpgelleza por César Aira, tienen el talento de prepararnos para lo inesperado. Sin paciencia, el lector cree que la historia avanza sin mayor trayectoria, hasta que llega «el» episodio, y es entonces como si una tormenta hubiera desgarrado el breve libro en dos partes y, a partir de allí, lo que queda lo leemos con la intensa electricidad del choque que una sola imagen produce en nuestra mente. Aira demuestra la capacidad para pintar que tienen las palabras.

TanDon Quijote importante como las novelas mencionadas, ha sido la lectura de Don Quijote de La Mancha. Ese bloque blanco que es la edición de Francisco Rico, lo compré a 10 soles en el otoño gris del campo ferial Amazonas de Lima, y durante 2013 conoció conmigo los subterráneos, los aviones y los cafés de Nueva York. Lo había leído de niño, en fascículos que descubrí este año en mi antigua habitación, con las páginas amarillentas. Sospecho que mi niñez pasó por esas páginas sin sentirlas. Esta vez fue distinto. Si es leída con atención–y con notas–la vida de nadie debería de ser igual, tras terminar esa epopeya de humor y de sabiduría, escrita en dos tomos por Cervantes.

Este texto, con ligeras variaciones, apareció en mi blog de FronteraD hace una semana.

Oh mi Hellboy

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Cuando Julia se despertó, el hombre estaba sentado en el asiento a su lado, mirándola. Julia lo inspeccionó, incrédula. Él tenía lentecitos y vestía traje.

El autobús había salido de la capital a medianoche. Antes de quedarse dormida, Julia recordaba que su compañera de asiento era una señora con trenzas, que cabeceaba contra el asiento de adelante, con un costal de yute entre las piernas. ¿De dónde salió este hombre? pensó.

Este hombre la miraba con amabilidad. No esperó mucho tiempo, la miró a los ojos y le hizo una propuesta: le ofreció dinero por venderle el alma de esa criatura que ella tanto recordaba. Marcelo ya no es una criatura, Julia, le dijo. ¿De qué está hablando usted?, joven. No te voy a pedir que te abras el mandil ni que me enseñes los pechos, dijo el hombre. Julia se puso muy colorada.

—El trato es muy simple, dijo el hombre. Yo te doy cien soles. Mira, acá sobre tu vestido voy a dejar este billete nuevecito. Es verdadero, puedes chequearlo. Y te voy a dar este papelito, con este lapicero, y tú vas a escribir “sí”.

Julia trato de mirar por sobre el hombre, por la ventana,¿Habrían ya pasado la pampa?¿El desvío de la Panamericana, por esa carretera recién construída, que otras personas decían que la llevaba en casi nada de tiempo hasta su pueblo? No se veía nada. Muy oscuro estaba.¿De qué hablaba este hombre?

Tienes que volver Julia, le dijeron sus parientes. Todo está muy cambiado. Vas a encontrar tu casa, igualita, sólo necesitas levantar un poco de piedras del muro de la cocina que se han caído con las últimas lluvias. Y ponerle más paja al techo. Pero si toda mi familia se ha venido, todos están en la capital. No todos Julia ¿Te acuerdas de tu primo? ¿el Ciro?

—Yo lo sé todo, Julia. Ya tú me debes estar reconociendo. Tú me has visto en la televisión ¿no? Sólo te voy a dar este papelito y tú sólo tienes que escribir “sí”. Nada más. Y me lo das. Total, tú ya no vas a regresar a la ciudad, te vas a quedar a vivir en tu pueblo ¿no?. A ti que te puede importar lo que le pase a Marcelo o a su familia. ¿Que cómo sé yo que te regresas para siempre, harta de la capital? Yo lo sé todo, Julia. Sólo escribe SÍ.

Julia sentía un frío que le penetraba por los zapatos y le provocaba escalofríos. Creyó que su cuerpo se había vuelto débil, que había perdido la costumbre de la helada en tantos años de costa. Miró hacia los asientos de adelante, todos estaban cubiertos con frazadas y tiritaban. El único al que no parecía importarle nada la temperatura, era a este hombre que le alcanzaba un lapicero y un papel, que le insistía, recordando memorias que Julia creía que ya no tenía.

—¿Te quería Marcelo?¿Como a una madre?¿Por eso dejaste que succionara tus pezones tibios?¿Recuerdas que tu primito Ciro te pidió lo mismo?¿Que abrió la puerta de tu habitación mientras tú te cambiabas la ropa y repasó con su lengua ambos pechos?¿Recuerdas que puso su mano allá abajo? Todo lo sé, Julia. Escribe sí y te prometo que no te voy a molestar jamás, que puedes hacer de tu vida lo que quieras.

Y Julia dejó que Marcelo besara sus senos porque quería sentir lo mismo que le hizo sentir su primo. Y ahora ella regresaba y lo iba a volver a ver. Sólo a eso iba, si era sincera. Porque nunca creyó esa mentira del dinero para la reconstrucción, de la necesidad del regreso que algunos de sus amigos mencionaban. Regresaba hacia Ciro. Además de él sólo le quedaban del pueblo sus malos recuerdos, toda esa sangre que recordaba, la noche que asesinaron a su padre. ¿Podría acaso volver a asomarse por el valle? ¿Se atrevería a reconocer la piedra donde él apoyaba la cabeza antes de que lo asesinaran? De Marcelo ni nadie de esa familia sé nada. Dónde estarán, seguro que bien, porque ellos tenían una buena escuela, iban todas las mañanas. Julia le había preparado una buena lonchera, le había asegurado su corbatita para el desfile. Ella había jugado con él a ser mayores, su primera familia en la ciudad después de la desgracia. Eran otros tiempos, pensó Julia.

—Ya está. Un sí escrito bien claro. Eso es todo. Ahora me voy. No querrás que te arruine tu llegada contándote detalles de la vida de Ciro. No. Me has vendido el alma de Marcelo, con el derecho que te da haber sido la única mujer a la que él ha amado de verdad, la única en la que hubo reciprocidad. Y eso es todo lo que necesito. Tú ya habías cumplido con la primera condición de este trato. Abriste una noche las ventanas del cuarto de Marcelo ¿Recuerdas ese sueño en el que te pedí que dejaras las ventanas abiertas? Lo hiciste. No te pongas colorada Julia, ya nada sobre este muchacho te debería importar.

—Eso me dijo ese hombre de la televisión, y ahí nomás, yo me quedé dormida y él desapareció. Cuando abrí los ojos, allí estaba la señora de las trenzas, a mi lado, y en el bolsillo encontré un billete nuevo, de cien soles. Nunca se lo había contado a nadie. Fue en ese bus en el que regresé al pueblo, Ciro. Tú estabas casado pero igual me buscaste. Y yo de nada me arrepiento.

País de hartos. Lima: Estruendomudo, 2010. Impreso (pp. 129-131)

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