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The New York Street

Un blog lleno de historias

El King Kong de Peter Jackson en Times Sq. 25 de diciembre


Estuve leyendo la introducción al libro del japonés Basho.

 

Muy interesante la selección de los ejemplos, realmente te hace ver como va progresando y madurando su poesía. Luego agarré la botella de vino blanco─según Greti era blanco─y me fui para la 42. Greti no fue al almuerzo organizado por Gianpaolo así que almorcé rodeado de sus amigos. «Cada cual más pájaro que el otro» dice Greti. El único que lleva su homosexualidad sin amaneramientos en Gianpaolo, pero es bien gay. Cuando ve a un negro se transforma.

 

Bromas de todos sobre lo buena cocinera que es. La verdad es que la lasagna siciliana le salió muy bien. El vino estaba demasiado rico. El Nero D’Avola no estaba tan bueno como el de la vez anterior. Los dos espressos necesarios para no quedarse dormido. Lo mejor fue la página de 3mendazo animaciones con todos los «Caíste» del Vacilón de la Mañana. Muy graciosos. Bueno y las historias de Pirelli por el bigotitos, que es el que tiene menos pelo en la lengua de todo el grupo.

 

Greti llegó tarde pero solo para dejar algunas cosas de su mudanza. Se va para España la semana que viene. Vino, miró y se fue. Su mamá también miró a todos con una mueca de sorpresa. Gianpaolo dice que espera que a la mamá alguien le haya dicho que él es gay porque sino no la va a soportar. La mamá se muda con Greti por unos dás y al parecer su mayor inconveniente es que a ella le encanta pasearse calata y aquí no lo va a poder hacer. Es bonita la mamá de Greti.
King Kong dura tres horas. Lo mejor de a películas son los efectos: las escenas con los dinosaurios, la escena del naufragio, la búsqueda en la selva, la escena de los salvajes y los ritos de sacrificio (muy a lo Señor de los Anilllos), la escena con los insectos y la actuación de Naomi Watts, que sale preciosa y a la que se le llega a creer que se ha enamorado del Kong.
Regreso a casa en el D. Leo un poco de La Eneida, está bien en inglés, quería leer la versión en español con la introducción de María Rosa Lida pero al parecer la leo primero en inglés, que no está mal. La película me ha gustado en general pero el final es patético. Mejor dicho: las líneas finales de Jack Black, que está bien para School of Rock pero aquí no pues, no la hace. Adrien Brody no actúa mal pero el personaje no le pide más tampoco.

 

Las escenas en el Empire State son muy buenas, pero ninguna como la pelea con los dinosaurios entre las lianas. Y luego le parte la quijada. Me imagino que se llevará el Oscar al menos a los mejores efectos especiales.
Nueva York está bastante llena para ser 25 de diciembre. La función de las 8:40 es la que he conseguido comprando mi boleto a las 6 p.m. Todo lo demás está agotado. Otras películas en cartelera: Syriana y Brokeback Mountain. Camilo se iba a a ver Fanny y Alexander con Antonio. Me mandó un mensajito Hiroko. Naoko se va tres semanas a Japón. ¿Habrá llegado Alena a NY?

Nochebuena con eggnog

Port Washington, Long Island, 24 de diciembre de 2005

No hace frío. Regresando de Port Chester, de mandar dinero a Lima, de olvidarme tres veces la misma caja de vino alguien se queja detrás mío en la cola subiendo las escaleras de Fordham «I want the Fucking Snow, this is Christmas». Navidad sin nieve y todos felices. Demasiado calor diría yo así que el abrigo está de más. Almuerzo con Francisco en Chinatown, Mamadou no ha querido despertarse. El huarique que recomendó Francisco no es bueno. Te lanzan las servilletas, te sirven tarde la comida, cortan los tallarines de la lasagna. Ni más. Compro algunos detallitos en Mulberry, un cajoncito bacán para Stephanie, incienso que nunca está de más. Me iba a comprar la espada de Kill Bill. Está por todos lados. La mejor era una de acero fintero por quince dólares. El mueble de madera también está fintero. Walter se une para contarnos sus historias en el restaurante de Chelsea, al parecer está harto pero no le disgusta. Todas las bromas que se les ocurran se las hice. No se rió, el único que se ríe es Francisco, que a veces también dice cosas que no me caben en la cabeza, que no entiendo o prefiero no entender. Se parece al primer ministro de Japón. El D desde el SOHO hasta el Bronx y luego otra vez a Penn Station con el panetón, el vino tinto y los tickets ida y vuelta a Port Washington. Camilo me ayuda a comprar el papel de regalo. El viaje a Port Washington dura un poco más de media hora. Es la última parada de la línea y el ticket vale 6 dólares. Nos recoje Stephanie en el AUDI. Es un bonito barrio, una casita bonita como las de Mamaroneck. La familia también es linda, unida. Se respira diferente en casas de este tipo. Sí es una pena que Antonio no haya podido venir, le hubiera gustado. A todos les gustó el panetón. Katie llegó tarde y se sacó los zapatos y en el camino a la estación nos contó sus viajes en auto por los Estados Unidos y sus dos veranos trabajando en un rancho en Wyoming. Después estudió historia en Yale y ahora leyes en la UVA. En las fotos Stephanie sale con sus trencitas de campesina. Nos regaló dos postales preciosas dibujadas por sus niños de Otuzco. Camilo me regaló un libro de viajes del maestro Basho, una combinación perfecta de haiku y narrativa por el poeta más importante de la literatura clásica japonesa. A Stephanie le regaló Eleanor, las viñetas de la niña muerta pero simpática que también le fascina a Katy la de las piernas bonitas de San Marcos. El auto de ella estaba lleno de zapatos y el mapa con el que viajábamos con Miki por el noroeste en Agosto. Ella hizo el mismo viaje pero por el sur. El tren de regreso iba vacío a NY. Como a las cuatro de la mañana ordenando mi cuarto y mi ropa que está todo tirado, hecho un asco. En algún libro (el de Basho) he escrito algo que tengo que colgar en este blog. Le falta vida a las celebraciones americanas. Son buenos intentos pero le falta energía y voluntad de querer con alma. Son como los abrazos que se abraza fuerte pero no se siente la electricidad. Sentí más energía en los quince minutos telefónicos desde Lima. Al tío Pancho no le gusta la idea de Ollanta Humala ganándole a Alan. Bueno, a mí tampoco.

El western de acuerdo a Leone, 23 de diciembre


Pensaba avanzar con el ensayo para la clase de Westrem pero puse esta película y no pude hacer otra cosa que verla durante tres horas. En el universo masculino de Sergio Leone, todo se divide en Lo bueno, lo malo y lo feo. Es una de las películas más honestas y menos pretenciosas filmadas en el contexto de la Guerra Civil. Como siempre hay oro de por medio y varios vaqueros interesados en apoderarse de él. El mejor actor es el malo. El feo el más gracioso. Eastwood cumple bien su papel de bueno, si de eso se trata lo de buscar malhechores con precio de recompensa y salvarlos en el último minuto, con un disparo certero de la escopeta hacia la soga en el cuello del condenado. Luego la repartición a medias. Así es el negocio. Bill Carson sabe donde está enterrado el oro y el dinero. La maestría del gringo Blondie es sacarle el nombre de la tumba antes que Carson muera. Así el feo sabe sobre el cementerio y Blondie el nombre de la tumba. El malo querrá saber las dos cosas y eso le costará la vida. En el intermedio hay asesinatos, robos y perversas vueltas del destino, como la caminata de Blondie con los labios resecos por el desierto, seguido por el feo. Las pistolas que aparecen bajo la espuma, traen a la memoria los ojos de Claudia Cardinale en Érase una vez en el Oeste, otra de las grandes de Leone.

>La Pesadilla antes de la Navidad

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Jack es una calavera que reina en el pueblo de Halloween. El pueblito de Navidad, si bien está mejor iluminado, está lleno de personajes tontos. El único inteligente pareciera ser Santa Claus y sin embargo es lo suficientemente tarado para que tres chibolos lo secuestren con una bolsa de basura. Además de Jack el mejor personaje es Boogie, que baila dentro de su saco de papas moviendo su masa aforme compuesta de miles de gusanos. El tipo de animación lo ha venido perfeccionando Burton desde que hiciera sus pininos en el cine con un cortometraje llamado Vincent, homenaje a Vincent Price con la voz en off del actor, corto incluído en el DVD.
Mañana miércoles es el día del examen de ENG 312. Y el fin de semana se han terminado casi todas las correcciones de la Guía del Futbol. Entra a imprenta el 26.

>Todo debe cambiar, para que todo pueda seguir igual. 20 de diciembre

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El Gatopardo es tanto el sabio refinamiento de Fabrizio el príncipe de Salina (Lancaster), como el cinismo de su sobrino Tancredi (Delon) como la arrebatadora sensualidad de Angélica, (Claudia Cardinale). El fondo de la historia son las guerras civiles italianas, el advenimiento de la República y la decadencia de la aristocracia siciliana. Tancredi está dispuesto a marchar al monte con los camisetas coloradas de Garibaldi porque cree que es la única manera de preservar el viejo mundo de su tío. Para el príncipe de Salina esto es una revelación que disfruta mejor entre las sábanas del barrio de las putas. Porque «ella es la pecadora» , la esposa cucufata a la que en décadas de matrimonio y varios hijos de por medio ni siquiera le ha podido ver el ombligo. El rechazo carnal de la esposa, lo interpreta como uno de los signos adicionales de la decadencia. La escena más elocuente, si bien hay varias memorables, es la de la risa de Angélica en la cena de su presentación en sociedad. Una risa llena de salud y vida campechana que los aristócratas rechazan. Carente de modales, de refinamiento, de ningún tipo de auto-control. Este es el futuro que necesita su sobrino Tancredi. Este le dará el dinero que necesita para ascender políticamente y que su casa sobreviva a la decadencia representada por las monas, culpa de la permanente contaminación genética y los matrimonios entre primos. La sangre nueva viene envasada en el cuerpo voluptuoso de Angélica, en su sonrisa sensual, a la que ni siquiera el refinado Fabrizio puede resisitir en la escena del vals. Luchino Visconti hace que al final Fabrizio se escurra entre las calles poco iluminadas de Sicilia, después de haberse negado a ser postulado como senador, luego de haber descrito a su amada Sicilia como el pueblo que se niega a cambiar porque se considera el pueblo perfecto. Algo que el estudiado político del norte, anestesiado con las promesas de la nueva República, es incapaz de entender. Queda pendiente leerse a Lampedusa, que se murió ni bien terminó este libro, asegurándose la inmortalidad.

>Como era gostoso o meu frances

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Desde que me he mudado al Bronx casi no piso Brooklyn. En el BAM están dando una muestra de cine brasileño y esta película clásica de Nelsón Pereira, rodada en los 70s casi totalmente en el idioma de los nativos topis. La trama básica es que un francés, a merced entre las guerras de nativos contra los colonizadores portugueses en el siglo XVI, es capturado por una tribu de indios caníbales. Confundido con uno de los portugueses, aunque nadie quiere darse cuenta que el tipo no habla ni un pepino de portugués, es puesto a trabajar y se le concede la esposa de un guerrero que ha sido asesinado por los portugueses. Los dioses le dan ocho meses de vida durante los cuales el francés llega a aprender el idioma y las costumbres de los topis. Incluso llega a pensar que se ha ganado su derecho a la vida. Sin embargo, tras ocho meses de rica vida con la esposa y apacibles tardes de hamaca tumbado al sol, su esposa le recuerda con una flecha bien lanzada, que no puede pretender escapar a su destino y que tiene que enfrentarse con coraje a su suerte. El jefe incluso ya le ha asignado a ella el cuello del francés. Lo matan, se lo comen. Y los ojos de la esposa captados en primer plano, mientras devora algo con la música de fondo de los ritos tribales, nos recuerda que la carne humana también se come.
A Stephanie le ha parecido una peli demasiado rara, además que no ha practicado nada de portugués. Pero en general le ha gustado. Yo esperaba algo distinto, no un encuentro con los canibales. Viene a pelo ahora que estoy leyendo La Tempestad , en la que Caliban, el antropófago de la isla juega uno de los papeles principales en la obra de Shakespeare. He quedado con ella para ver Días de Santiago. Y me ha confirmado la invitación para Camilo y Paco de pasar la Navidad en Port Washington con su familia.

>O We Happy Few, We Band of Riders

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Publicado en la página 7 de The Bronx Journal. Homenaje personal, con cachita a Shakespeare. No hay truco. Cada obra es mejor que la anterior. Releo a Hamlet y me gusta más que antes. Pero Iago es el personaje más interesante de todos. Todavía recuerdo como se revolvían las tripas leyendo Otelo y al pobre moro devorado por los celos. Y Emilia que grita y Iago que calumnia. Y la pañoleta. Y Cassio ensangrentado. Pero si nunca le hice nada. Siempre le fui fiel. Iago. Hazlitt opina que hace Iago más daño cuando no está haciendo daño. Cuando no tiene su mente tramando algo. Las inconsistencias del tiempo en realidad son dos tiempos. El racismo en tiempos de Shakespeare, hay una larga historia de racismo en la crítica de Otelo. Desde Coleridge hasta Bradley. Bradley opinaba que poner a un negro a hacer de Otelo era repulsivo para el público. Que mejor poner a un morenito. La he publicado, Mr. Dunbar la ha leído y en clase solo ha dicho un parco «I liked it» que ya es bastante.
El título proviene del discurso de Henry V, la arenga a sus soldados antes de la batalla contra las franceses en Agincourt, donde ganan los británicos y se apoderan de casi un tercio de Francia. Si no hubiese muerto joven y su hijo no hubiese sido un inepto los reinos de Inglaterra y Francia hubieran tenido grandes posibilidades de unificarse. La frase sobre la piedad es el discurso de Portia, disfrazada, frente al Duque de Venecia, cuando tiene que defender su teoría, disfrazada de abogado, y salvar a Antonio de la ira de Shylock.
And this is the winter of our discontent, es la primera frase de Richard III, luego de la coronación de su hermano, antes de empezar toda la serie de asesinatos que lo llevarán hasta la corona. Otra frase famosa es la que pronuncia al final de la batalla, cuando lucha ensangretnado solo con su espada y casi derrotado: «A horse, my kingdom for a horse»

>los cuartetos de Eliot.

>Nada en la ciudad. Toda la tarde entre los libros. Un lomo saltado y luego Los Cuartetos con una taza de cafe. Fabulosos. Y el juego del tema del tiempo escrito por Eliot antes que Borges. El libro del editor de Esquire (el que se leyó los 17 tomos de la Enciclopedia Británica) es ademas muy interesante y escrito con un tono de humor genial, me ha gustado mucho y recién voy por las primeras páginas.

Primer capítulo La Cólera Funesta, 24 de noviembre

Lo escribí para el Bronx Journal, debería salir en próxima edición. Es el primer capítulo de la novela que pienso escribir sobre el asesinato de Tartufo, que es un tema al que le he venido dando vueltas desde 1999. En esa epoca escribi casi 100 páginas pero no llegué a nada. Ahora tengo una estructura general del libro y espero que eso me ayude a terminar la novela. el título también es tentativo. lo escogí porque son las primeras palabras del canto Uno de La Ilíada.
El final tiene que ver con el motivo del asesinato, que es algo que debo desarrollar en los capítulos siguientes del libro en que sus amigos descubren los hechos que han llevado al crimen y también algunos datos oscuros de la vida de Tartufo en sus viajes solitarios por Sudamérica. los datos encajarán solo en la parte final y la encargada de darle la forma final será Tatiana. el mapa que acompaña el texto lo hice en Illustrator y Photoshop sólo para esta edición del Bronx Journal.

La cólera funesta
Por Ulises Gonzales

El bar está en una de las calles transversales de la avenida Grand Concourse. No
recuerdo el nombre de la calle. Es pequeña y estrecha, no se extiende más de dos cuadras. El bar es antiguo y con muchos detalles de madera que le dan el aspecto de una cantina del viejo oeste. El piso es de cuadrados blancos y negros como los tableros de ajedrez. Esa tarde, en una mesa circular grande de madera descascarada, estaba sentado Tartufo de cara a la puerta, rodeado por la brasileña Tatiana, por su hermano Alexei, compañero de viajes por Sudamérica; y por Antonio, compañero de escuela al que no veía desde los últimos días del colegio. Por las puertas maltrechas, antiguas pero recién pintadas de negro, entraron los asesinos.

Eran tres y vestían de impecable terno gris. Cargaban las ametralladoras como si no les importara que los vieran. A Tartufo se le escapó una mueca grotesca mientras Tatiana daba de alaridos y Alexei se lanzaba a cubrirla. Antonio atinó a tirarse y quedó tendido en diagonal sobre dos recuadros negros. Cuando se terminaron las balas los asesinos corrieron hacia la calle y se perdieron entre los autos estacionados en las callejuelas paralelas. La policía nunca pudo explicar cómo tres hombres armados pudieron escapar sin dejar rastro en las calles ruidosas del Bronx.

El dueño del bar era un italiano viejo llamado Pizeli. Pasada la conmoción de los disparos ordenó cerrar dejando solo a los amigos del muerto. Tatiana lloraba abrazada a su hermano que miraba el rostro de Tartufo buscando alguna clave. Antonio intentaba recordar debajo de la sangre, al compañero al que ayudaba a repartir las caricaturas malditas de los profesores en los últimos años de la secundaria. Tatiana y a Alexei no conocían al Tartufo que él conocía. Él se acordaba de un sujeto pequeño con gafas de marco de carey y muy estudioso. Nunca supo nada del Tartufo viajero.

Los hermanos Gil habían llegado aquella tarde en un viaje que habían ido postergado durante más de una década. Tartufo había ofrecido varias veces, sin cumplir, ir a Brasil para el carnaval. Estuvieron a punto de coincidir en un congreso en Lima que se había cancelado intempestivamente por una crisis política. Después Tartufo había empezado a viajar y había resultado casi imposible ponerse de acuerdo.

Tatiana era alta y delgada y su piel era de un brillante color naranja. Alexei mantenía el pelo largo y la barba descuidada con que Tartufo lo conoció. Alexei y Tatiana eran siquiatras graduados y trabajaban juntos en el hospital más importante de Porto Alegre. Tartufo había viajado y trabajado algunos meses en Europa, después se había instalado a vivir en Nueva York y conseguido una plaza temporal de profesor en una universidad del Bronx.

Tartufo los recogió del aeropuerto Kennedy en su Fiat rojo. Le dijo a Alexei que lo compró porque le recordaba el auto con el que ambos habían recorrido las playas brasileñas bajo la consigna de “una playa distinta y una mujer para cada día del verano” cuando eran dos amigos viajando por primera vez por Sudamérica. Tartufo se enamoró de Tache al conocerla, la primera mañana de carnaval y Alexei se enamoró de la mejor amiga de Tatiana: Mirelle. Unos días después, Tartufo se despidió de Tache para regresar a su país, con un primer tímido beso en la boca sin sospechar que no la vería por muchos años. Tampoco contaba con que el correo perdería el paquete inmenso con cintas de audio, videos y cartas que Tache le prepararó. Las cartas incluían una lista de todas las palabras groseras en el idioma portugués y una relación de los lugares del mundo a donde le gustaría viajar acompañada por él. En la cinta grabada Tatiana cantaba la canción Magdalena, la triste melodía que tararearon a dúo caminando abrazados por la playa donde recibieron juntos el amanecer del sábado de carnaval.

La noche previa a la llegada de los hermanos Gil a Nueva York, Tartufo había visitado a una amiga que acababa de dar a luz en una clínica de Manhattan. Ante su sorpresa el doctor era Antonio, al que no veía desde el colegio. Lo invitó: “Voy a llevar a unos amigos brasileños al bar Pizeli me gustaría los conozcas.” Antonio llegó tarde, para la tercera ronda de cervezas. Agregaron una silla a la mesa pero a Tache le disgustaba el aire frío que entraba por la puerta. “Tartufo te cambio de lugar,” suplicó Tatiana. Minutos después entraron los asesinos.

Tatiana y Alexei se quedaron dos días más para el entierro. Desde Brasil su madre les recordó entre sollozos que había vaticinado algo terrible para ese viaje preparado con tantos meses de anticipación. De Tartufo ella solo recordaba sus ojos bondadosos y una mochila gigante que cargaba a la espalda al llegar con sus hijos de la playa y que debía de pesar el doble que él. Recordaba además los comentarios entusiasmados de sus hijos acerca del peruano que se expresaba en portugués masticado y caminaba descalzo por las calles de Porto Alegre.

Alexei lo había conocido en un albergue juvenil en Viña del Mar, regresando de conocer Machu Picchu. Cargaba una maleta llena de baratijas compradas en el mercado inca de Pisac y una viejísima guitarra en la que interpretaba melodías quechuas aprendidas de un músico callejero del pueblo de Chincheros. Para Tartufo, Viña era la escala inicial en su primer viaje de mochilero por la geografía sudamericana. Salieron a la noche, a comer y a beber, con un grupo de argentinos y un belga ecologista demasiado preocupado por la cantidad de servilletas que utilizaban para limpiarse: “Cada servilleta es un árbol que muere en el Amazonas”, decía. A las cuatro de la mañana, borracho, Alexei gritaba por las calles de Viña a voz en cuello, la primera palabra en portugués que aprendió Tartufo: “Buceta”.

Tartufo y Alexei viajaron juntos hasta Buenos Aires. Al llegar a la frontera brasileña se separaron porque Alexei tenía que alcanzar a unos amigos en Florianópolis y Tartufo quería conocer Río de Janeiro. “Ve a Río, pero no pases el carnaval allí. Llámame para encontrarnos en Florianópolis. De allí vamos en mi auto hasta la casa de mis amigos en el litoral de Porto. Vas a pasar carnaval con mi gente.” Tartufo vivió dos semanas en Río y luego partió hacia el sur. Se encontró con Alexei y se turnaron conduciendo el viejo Fiat hasta la playa donde su hermana Tache y los amigos los esperaban. Tatiana ayudó al peruano a disfrazarse para el primer desfile de carnaval. Tartufo marchó por las calles del balneario disfrazado de brujo macumbero y entonando una sencilla melodía que Tatiana le enseñó. Tache iba al frente del desfile, disfrazada como la reina del grupo. Quedan muy pocas fotos de ese carnaval, pero en ellas siempre aparecen ambos abrazados y sonriendo.
Antonio, como médico, pudo entablar alguna conversación profesional con los brasileños durante el velorio. Pero ésta siempre acabó en detalles que no conocía de la vida Tartufo. El entierro fue tenso, sobre todo por los familiares que llegaron de Lima la tarde previa queriendo saberlo todo. Los padres no preguntaron nada pero los hermanos fueron un poco hostiles. No bastó que Antonio les dijera que no lo veía desde el colegio, que lo encontró la noche anterior en una sala de partos, que previamente no tenía ni idea que Tartufo vivía en Nueva York. Querían saber si había visto las caras. “¿Llevaban el rostro descubierto? ¿Dijeron algo?” “Claro que llevaban el rostro descubierto” respondió Antonio. Y sin embargo no se explicaba como ninguno de los testigos del bar, ni él ni los hermanos Gil habían podido colaborar en la elaboración de los retratos hablados. “¿Y dijeron algo? ¿Dijeron algo?” preguntó acusador el mayor de los hermanos, apuntándolo con el dedo medio. Antonio no supo qué responder.

Acompañó a los brasileños al aeropuerto y a los padres de Tartufo que le encargaron algunos trámites sencillos para la repatriación de los restos de su hijo. No pudo dormir bien durante varias noches luego del entierro. Dos semanas después del asesinato, Antonio despertó a su mujer con los gritos que profería en medio de una pavorosa pesadilla. “¿Qué decía?”, preguntó Antonio. “No lo sé. Era como si hablaras otro idioma, algún idioma antiguo”. Antonio se levantó más temprano que de costumbre y salió a caminar por el malecón del río Este. Recordaba alguna de las palabras de sus pesadillas y la voz gutural proveniente de unas bocas resecas, de las gargantas detrás de unos cercos de dientes amarillentos. No podía estar totalmente seguro de las palabras pero sí de otro detalle que lo aterraba tanto o más que la posibilidad de conocer la frase que creyó haber escuchado esa tarde en el bar Pizeli entre el ruido colérico de las metralletas: Veía en la pesadilla, delineados, casi como fotografiados, los rostros arrugadísimos y furiosos de las tres asesinas.

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