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The New York Street

Un blog lleno de historias

Categoría

Sófocles

Propósito

Una boca dulzona que besa el glande rojo

Ojos que voltean hacia la pared, entre sonidos

Luz de madrugadas que reverbera entre las piernas.

La suavidad de los dedos, el brillo de las mejillas,

La carne tibia: sexo.

 

Si a veces se nos entibia el deseo es por desidia

Si nos cuesta pararnos en tu nombre

Es cuestión de práctica. Cuerpo que dominas.

Todos somos demonio y Dios al mismo tiempo

Fuerza y placer, debilidad y tibieza.

 

Vea la intensidad con que cogemos las riendas

Para no parecer malos. Porque si quisiéramos

Viviríamos de redondeces fortuitas, de palpos eventuales.

 

¿Se puede vivir tranquilo con tan solo recuerdos?

Vivir para recordarlos

Suficientemente tensos para ser sólo uno

Una vez que sea necesario

El respeto a uno mismo y a su pasado

A la necesidad.

 

Necesitamos ¿y qué?

De aquellos deseos también estamos fabricados

De esa bruta paciencia para buscar el placer

Y no convertirnos en cenizas antes de tiempo.

 

Plagar el cielo con la sensualidad, con la contemporánea belleza

Con que surge una y otra vez el sexo

Que repite que quiere brindarnos todo

Que se resiste a ser anulado.

 

De eso se trata.

La isla y los libros

Esta semana he publicado esta entrada en mi blog NEWYÓPOLIS en FronteraD. Trata sobre la experiencia de leer en la ciudad de Nueva York.

Foto por PerrySt-Flickr.

Un libro viejo mirándote desde un escaparate. ¿Cómo resistir la mirada de un libro viejo que uno quiere leer? Ese libro viejo te mira y entonces ¿qué más puedes hacer? De niño fui un mal lector. Le he echado la culpa al dinero escaso, pero la verdad es que mis aficiones literarias en Lima se redujeron a las recomendaciones de uno que otro amigo, a títulos que pescaba en la televisión o en alguna película. Fui un pésimo lector. Pasé de Julio Verne a Gabriel García Márquez y me conformé con una que otra novela de autores latinoamericanos. Me entusiasmaba demasiado Alfredo Bryce Echenique. No sabía leer a Borges. Nunca leí a los griegos ni a los latinos. Ya en Nueva York cometí la estupidez de preguntarle a un amigo que me hablaba de Esquilo “¿Los dramas se leen?”

Pero en Nueva York, con libros viejos y baratos en cada barrio ¿cómo no hacerle caso a los libros? Esta es una ciudad donde basta tener un poco de tiempo libre para disfrutar el día tumbado al lado de un ventanal, leyendo en librerías de anaqueles bien surtidos (No como en Lima, donde abres un libro y un empleado corre a pedirte que pases por caja antes de osar leerlo) En esta ciudad de millones de impacientes lectores, quedan aún librerías suficientes, pequeñas y grandes tiendas desperdigadas en sus diferentes barrios. Pero la madre de todas ellas, el paraíso de los libros usados, es Strand.

La primera vez que entré a Strand fue a un local que ya no existe, en Fulton Street, cerca del puerto de Manhattan y en pleno centro financiero. Una banderola roja flameaba en la entrada y sus “18 millas de libros” (ese es el eslogan de la tienda), parecían haberse apoderado de cada rincón. Era un local húmedo, inapropiado para tanto papel amontonado. Poco tiempo después se abrió el renovado segundo piso del ahora único local, a dos cuadras de Union Square. Strand es una librería modelo, siempre está abarrotada de gente. Cada vez que entro en ella me vuelve la fe en esta ciudad: en Nueva York aún leemos. En esta metrópoli apurada aún es posible entablar discusiones literarias con alguna persona en el tren subterráneo, aconsejar a un extraño tal o cual libro, tomarnos un café mientras preguntamos con amabilidad al vecino, o al pasajero que lee concentrado en el bus ¿qué tal es ese libro? Recuerdo a una enamorada judía, a la que abordé en un restaurante de esos que abren 24 horas, después de la medianoche, para decirle que me gustaban sus bucles pelirrojos. Después de una sonrisa de agradecimiento, ella me soltó su primera pregunta, mirando la edición de tapa blanda de la novela–comprada en Strand–que yo apretaba contra mi sobretodo: “¿Estás leyendo a Faulkner?” Era su autor favorito.

Ahora observo los libreros de mi casa y el signo de Strand está en muchos de esos tomos que el amor por la literatura me ha obligado a adquirir (¿Cómo resistir la mirada de tantos libros hermosos?) Son libros que fueron comprados a menos de la mitad del precio original, a veces con la ventaja de alguna nota conveniente de un buen lector, y en ocasiones con la dedicatoria de un padre cariñoso, un buen amigo o un amante. Allí están mis tomos de tapa dura de la Everyman’s Library: allí leí a Joyce por primera vez. También los cuentos de Rudyard Kipling–qué magnífica experiencia la lectura de The Man Who Would Be King–y las obras completas de Oscar Wilde–difícil resistir la carcajada con The Importance of Being Earnest. En esa misma colección, comprados a menos de ocho dólares, vino Mrs. Dalloway y To the Lighthouse, la imprescindible novela de Virginia Woolf. El enriquecedor diario de Mircea Eliade vino de los anaqueles de Strand, igual que The Sacred and the Profane. También la autobiografía de Ingmar Bergman, The Magic Lantern; y la biografía de Emir Rodríguez Monegal sobre Borges. Hay mucha poesía (Keats, Heaney, Lee Masters, Matthew Arnold, Auden, Plath) y libros que me iluminaron la vida: Macbeth en la edición de la Signet; The Complete Plays of Sophocles editado por Moses Hadas; las traducciones de Dryden y de Allen Mandellbaum de The Aeneid y la de Maude de War and Peace; y History of My Life de Giacomo Casanova (el tomo 1 y 2) De allí también salieron mis libros de ensayos de Eliot, de Pound, de William Carlos Williams; y esa interesante guía por el universo de la buena literatura que Harold Bloom me autografió una tarde con letra tembleque: The Western Canon.

En alguna página de las obras completas de Borges, saboreé hace tiempo un ensayo donde Emanuel Swedenborg pronosticaba que el paraíso prometido por Dios es un espacio para que conversen las almas de quienes fueron buenos lectores en vida. Gracias a mi experiencia en Nueva York, a sus libros usados y a Strand, creo estar cada vez mejor preparado, por si alguna vez me toca llegar a esa eterna tertulia celestial imaginada por el iluminado Swedenborg.

El poder de Sófocles

No sé exactamente por qué me gusta Sófocles.

Como buen peruano cuyo interés por la literatura no pasaba de ser superficial, me mantenía siempre al día con el último libro de García Márquez, Bryce y Vargas Llosa y leía lo que me recomendaban y me caía en las manos. Pero no tenía ni idea de lo que decían los griegos.

Recuerdo una vez que llegó mamá a la casa y me dijo que había tenido una conversación muy interesante con un amigo de la familia que le dijo que había que leer a los griegos, porque “Ellos ya lo habían dicho todo”.

Pero ni siquiera porque tengo este nombre me había preocupado por leer–fuera de uno que otro pedacito que llegaba a mis manos en malas antologías–La Iliada o La Odisea. En el colegio leímos Un mundo para Julius, Aves sin nido, De amor y de sombra y Cumbres borrascosas. Por mi cuenta había leído Cien años de soledad, La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo, Santuario y El lobo estepario. De poesía lo único que había leído era a Vallejo y las antologías (Chocano, Eguren, Becquer, Dario etc, etc)

Y lo que me caía en las manos. Que mirando ahora hacia atrás, al parecer no era ni mucho ni de muy buena calidad.

En la universidad tomé como misión leerme todas las novelas de Vargas Llosa. Leí los cuentos de Ribeyro. Leí a Kafka. Leí a Eco y a Suskind. Un par de novelas de Kundera.Mucha teoría semiótica y de comunicaciones, marketing y mucha historia del Perú (me impresionó María Rostorowski). Y uno que otro poema de los “poetas malditos” que publicaban por ese entonces en las revistitas subterráneas. En la Alianza Francesa leí por primera vez a Rimbaud.

Antes de venir a EEUU descubrí a Bukowski, Ichiguro, Kennedy O Toole, Nabokov. Lei El amor en los tiempos del cólera y El viaje interior de Ivan Thays. Leí La noche es virgen y me pareció un asco de novela. Leí más Bukowski, Sábato, Hemingway, Cortázar, Benedetti y Jorge Luis Borges (sin entenderlo a Borges, sin agarrarle el gusto).

En EEUU me encantó una novela de Michael Chabon, otra de Murakami, leí a Salinger en inglés, a Steinbeck, a Fitzgerald, a Frazer.

Pero mi amigo Camilo Torres me dijo: si quieres tomarte en serio la literatura,tienes que empezar leyéndote a los griegos. E hizo una lista: La Odisea, La Iliada, Esquilo, Sófocles, Eurípides, y la lista en el futuro seguia con La Eneida, La Comedia, Shakespeare…

Me dijo que Esquilo era el maestro de maestros. Sófocles era el más renombrado, Eurípides era el influenciado, el último de los grandes pero no tan grande… Me gustó Esquilo pero me encantó Sófocles. De más está decir que La Odisea y La Iliada están entre mis libros favoritos junto a varios dramas de Shakespeare. Junto a Sófocles.

Me gusta. Tengo una traducción que me fascina de Moses Hadas, de la Bantam Books. En papel misio, y tapa de cartulina negra.

Algunas veces que no sé qué leer, simplemente cojo el librito y me lo llevo en el tren. Hojeo alguna tragedia. Nunca me decepciona.

Esta mañana me llegó a la oficina el ejemplar de abril de la revista Poetry. En la contracarátula están impresas estas líneas de Sófocles en color púrpura:

O for mortals, what
Power there is in songs,
What greatest happiness
That can make bearable this
Short narrow channel of life!

Me alegro de conocer a Sófocles.

Reading Lolita in Tehran

Esta es la respuesta a la primera parte del libro de la escritora iraní Azar Nafisi. Es un conjunto de memorias acerca de un grupo de lectura conformado por mujeres iraníes, estudiantes de literatura inglesa, a comienzos de la década de los 80. La lectura se realiza mientras se implementa en Irán el riguroso control “moral” del regimen del Ayatholla Khomeini.

Algunas de las obras discutidas en Teherán: Lolita de Nabokov, Daisy Miller de Henry James, El Gran Gatsby de Fitzgerald, Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, Madame Bovary de Flaubert. De cierta manera, este libro está escrito desde un punto de vista parecido al de una muy buena novela gráfica que leí hace algunos años: Persépolis de Marjane Satrapi.

Response paper to Reading Lolita in Tehran
By Ulises Gonzales

The idea of putting The Great Gatsby on trial made me think about the whole idea of criticism, particularly recent criticism about the whole idea of a Western Canon. When critics take on the task of criticizing a novel, aren’t they starting a new trial on the literary works of the masters?
Even the trial by the Iranian people at the time of the Islamic revolution was an exercise of criticism. Although the tools where not the old ones established by Aristotle—and all the classical critics who followed him—but by those of fanaticism and religious ideas. There are novels and poems that have stood many trials, survived them, and come out stronger than before, such as Sophocles, Virgil or Shakespeare. Others, sometimes enthroned as the sublime expression of literary achievements, have succumbed to those trials and have been forgotten.
From my point of view, Nafisi is doing the same that the British critic Leavis did when he named Eliot, Conrad, James and Austen as the greatest novelists of English literature. Nafisi is using Fitzgerald and Nabokov’s novels as a way to interpret the years he lived in Iran after the Islamic Revolution. Picking us those authors—and leaving others in obscurity—Nafisi is also acting as a critic. As George Steiner claimed in Real Presences,, if there was no criticism, then creators could be considered critics. This is so because when a writer decided to use a novel or a poem as his or her influence or to follow a certain writer’s style, that writer is exercising criticism. Even when I picked Leavis or Steiner to write this paper, I am exercising criticism and putting these authors on trial, once again.
Nafisi’s book is a memoir of the hardest years of the Islamic Revolution. Iran is not as it was when Nafisi was teaching at the University of Tehran , but her book stands as a valuable recollection of those times. Through her book, we could understand how literature helped her to survive all those years. Also, in reading her book we have a powerful demonstration of how to use literature as a way to analyze a society. Iran and its leaders are analyzed through fictional characters like Professor Humbert or Gatsby.
The answers given at the trial of Fitzgerald’s novel could summarize the different points of view of Iranian society at that time—its doubts and contradictions.
I agree with Roland Barthes when he writes in Criticism and Truth that a novel is eternal not because it gives just one meaning to many different men, but because it suggests many different meanings to a single man. I would like to think that Reading Lolita in Tehran has also many different meanings according to the many interests of its author and readers.
Some of the readings and interpretations in Nafisi’s private classes are strongly attached to the feminism, and the analyses I like the most of Lolita came from that specific point of view. There are other meanings that the reader picks up on when Lolita is analyzed through the historical events happening in Iran at that time. Some comparisons with the new regime place the novel against totalitarianism. Another reading has to do with the profession of the author and her deep love for literature. She uses Nabokov, Austen, James and Fitzgerald because she admires those novels as art.

Those different layers of interpretations and readings are what is most captivating for me. The complexity of different loves: her students, her books, her country. All of them are (re)interpreted through a bunch of novels that she loves.

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