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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Pais de hartos

El submarino negro (Tercera parte)

Un miércoles por la noche llegó tarde y le dijeron que había una llamada para él. Contestó. Era la chica del laboratorio fotográfico:

Hola ¿Cómo estás?
Bien bien, llegando de trabajar. ¿Y tú?
Aburrida, en mi casa (risa nerviosa)
Me llamaste el otro día
Sí. Te he estado llamando toda la semana pero nunca te encuentro.
¿Y por qué me llamas tanto?
Ya te dije. Me gustas.
Pero si sólo me has visto una vez.
Eso basta para mí. Yo a la gente la conozco rápido
Con sólo mirarla a los ojos.
Sí, con sólo mirarla a los ojos ¿Tú tienes enamorada?
¿Yo? No.
¿Por qué no tienes?
No lo sé. He tenido una pero hace tiempo que no estoy saliendo con nadie. ¿Y tú?
Yo nunca he tenido enamorado.
¿Nunca? ¿Cuántos años tienes?
Nunca, es que los chicos que yo les gustaba a mí no me gustaban. Tengo diecisiete ¿Y tú?
Yo veinticuatro.
¿Y qué estás haciendo ahora?
Pensaba escribir un rato en la computadora y después irme a dormir.
¿No quieres conversar?
Sí quiero conversar. ¿Tú estás sola?
Mi abuelito está en su cuarto y mi tía ha salido con mis primas.
¿Sólo vives con ellos?
Sí. Mi abuelito es como mi papá porque él me ha criado. Mis tios no quieren que yo viva acá pero me aceptan porque siempre he estado junto a mi abuelito.
¿En qué parte de la sala estás?
En la sala. Acá está el teléfono y la televisión.
¿Puedes hablar mucho tiempo?
No. Mis tios no quieren que llame, pero si llegan yo les digo que tú eres el que me has llamado (risita)
¿Oye, no prefieres mejor que nos veamos en algún lado para conversar?
¿Puedes?
Sí, claro. Después de mi trabajo.
Yo sólo puedo los lunes porque los otros días mi tía me pasa a buscar por mi trabajo. ¿Qué quieres hacer?
Conversar. También quiero conocerte bien porque apenas me acuerdo de ti.
Yo sí me acuerdo bien de ti (risita)
¿Sí?¿Por qué?
Porque me gustaste (risa nerviosa)Ya te dije.
¿Y siempre llamas a los hombres que te gustan?
No, es la primera vez que lo hago. Pero tú me gustaste porque me sonreiste. Por eso te llamé.

Quedaron en encontrarse al lunes siguiente en la puerta del Cine Pacífico. Ricardo aprovechó para recoger unos discos que tenía que comentar en la sección de música de la revista. Esa mañana había estado reunido coordinando con la señora Trocadero el asunto del nombre de la revista y se había dado cuenta que todo el proyecto sería muy complicado. La gente del Jockey era una ladilla de culo. Querían que sus amigos en el mall, unos cuantos pedantes dueños de tiendas, sobre todo un ex-modelo de insoportable actitud, tuvieran mayor presencia. Querían que sólo aparecieran las tiendas que a ellos les agradaban y los productos que ellos aprobaban. Y querían revisar cada línea del texto que escribía Ricardo.
Habían llegado a un acuerdo sobre el nombre de la revista (Encuentros) pero no podían llegar a un acuerdo sobre el tipo de letra a utilizar en la carátula. El ingeniero estuvo coordinando la llegada de las ejecutivas de publicidad pero habían pasado dos semanas y no sólo no aparecían por la oficina donde les esperaba un cuarto especial con línea telefónica, sino tampoco habían dado aviso de haber vendido ningún espacio publicitario. El ingeniero lo llamó después del almuerzo para contarle un chiste malísimo y después decirle que estaba precupado por las implicancias de la crisis asiática.

Estacionó su carro frente a un parquímetro que no funcionaba. Una trabajadora municipal se acercó para cobrarle el parqueo. Se ubicó en la puerta del cine y al poco rato apareció ella. Color de piel muy trigueño y con cara de tímida. Llevaba una especie de strapless transparente de hilo negro encima de una camiseta blanca y unos blue jeans apretados. Calzaba unos zuecos de suela alta. Lo saludó, le sonrió, le dió la mano. Por fin se atrevió a acercarse más y recibió un beso en la mejilla.

¿Hace mucho que llegaste?
No, acabo de llegar. Estaba recogiendo un material en un edificio atrás del cine.
Mi prima ha venido conmigo y se ha ido a dar una vuelta pero tengo que encontrarme con ella en dos horas ¿Qué vamos a hacer?

Se le notaba nerviosa. Qué diablos pensó Ricardo, ella era la que había comenzado a llamarlo, ella era la causante de que él estuviera esa tarde frente al cine Pacífico.

Acá está mi carro. Te voy a llevar a un sitio que me gusta desde donde se va el mar. Pero sólo puedo estar contigo un par de horas. Mi prima me va a estar esperando.
Vamos a estar menos de dos horas. Es acá cerca.

Se subió al submarino.

La miraba de reojo. No le gustaba su nariz pero tenía algo bonito en la parte de los ojos y en la barbilla. Le pareció que ella transpiraba. Se frotaba las manos constantemente, estaba nerviosa.

Ricardo se fue por el camino de playas hasta la curva antes de la Herradura.Le dijo que se iban a sentar en esa explanada natural a ver la caída del sol. Había unos cuantos pescadores, un par de familias sentadas. Le preguntó a ella si alguna vez había venido y le dijo que nunca había estado en ese lugar. Había venido a la Herradura a bañarse pero nunca se detuvo en ese recodo de piedras.

Estaba tensa, rígida. No lo miraba a él, miraba directamente al mar. Ricardo contó un par de cosas sobre el mar pero no consiguió que se relajara. Todo el asunto le estaba pareciendo estúpido y le mujer no lo miraba, no se reía, era un manojo de nervios.

“Vamos ya”, dijo. Se levantó y le hizo señas para que lo siguiera. Se metió en el auto y se fue manejando sin decir palabra.

¿Dónde te va esperar tu prima?
Déjame en una esquina del parque, allí esta bien. Yo camino.

Estacionó en una luz roja, la chica con un gesto rápido le dio un beso en la mejilla y se bajó. Ricardo ni siquiera la siguió con la mirada. Estaba seguro de que la prima no existía.

                                                                                                   ***
Alguien le había prevenido ya de España. Le dijeron que era un continente aparte. Un amigo de su padre le dijo ─con un whisky en la mano─ que los alemanes decían que África comenzaba en los Pirineos. Pero también le dijeron que los alemanes iban a España a divertirse porque en sus sociedades reprimidas no existía el espacio suficiente. Llegó en un tren directo de París, donde se encontró con la francesita que venía de Inglaterra. Durmió en el aeropuerto creyendo que su avión no había llegado y a la mañana siguiente se topó con ella que lo venía bucando toda la madrugada pero en un piso inferior del aeropuerto. No intentó explicarle que en su cabeza de aeropuertos tercermundistas ni se le había pasado por la cabeza que podía buscarla en otro piso que no fuera aquel en que lo dejó el autobús que tomó desde la última estación del metro.

La experiencia parisina fue mucho mejor que la primera vez, aunque tampoco le gustó la idea de pagar lo que pagó por un simple cuarto de hostal cerca de Montparnasse, desde donde ella tenía que partir para Burdeos.

Después de una sencilla despedida, luego del almuerzo, se besó con ella en el andén y marchó para el Louvre donde los sindicatos habían dado una tregua al gobierno municipal para abrir las puertas aún con los reclamos salariales sobre la mesa de negociaciones. Ya por ese entonces se le había metido en la cabeza que el mejor cuadro del mundo era El nacimiento de la Primavera de Boticelli, el que colgaba del museo de Florencia. Así que tampoco le dio demasiada pena no poder acercarse lo suficiente a La Gioconda, que lo miraba tras su vidrio protector, acordonada por un enjambre de japoneses y japonesas armados con sus cámaras Nikon.

Tanto leer de Portugal se dio cuenta que no se había enterado nada de España, pues le sorprendió que los pasajeros del tren que lo llevaba a Coruña fueran cambiando su idioma cada cuatro horas. Primero el vagón se llenó de vascos cruzando la frontera, donde un gendarme francés le hizo el único interrogatorio serio de todo su recorrido por Europa. Quería saber el nombre de la compañía donde trabajaba en Perú. Por joderlo le inventó un nombre y le dijo en francés que esa compañia de mierda sólo tenía sucursal en Lima. El gendarme abrió la boca para decir algo pero se quedó callado. Alguien en Francia le dijo que los policías franceses eran los más jodidos de Europa, aunque en España le previnieron de los Guardias Civiles, con fama de hinchapelotas entre los que viajaban a dedo y de mano dura con los indocumentados. Por un instante se acordó del ilegal ecuatoriano del bus parisino, agradeció por no estar buscando trabajo de ilegal sino ser uno de los hijos de puta tercermundistas que todavía podían recorrer Europa como turista.

Llegó a Coruña y Rosana lo esperaba con la alegría inmensa por verlo por primera vez desde que se marchó de Perú. Son embargo había estado nerviosa calculando si Ricardo llegaría de Frankfurt a tiempo. Cuando el tren llegó a Coruña sólo faltaba media hora para que saliera el colectivo que los llevaría desde el centro de la ciudad hasta la explanada en las afueras de Vigo donde se presentaría REM. En Frankfurt se había comprado el último disco y lo estuvo escuchando en el tren. Rosana se lo había comido canción por canción y ya estaba diciéndole que quería que tocaran At My Most Beautiful y que si no lo hacían se iba a sentir muy decepcionada.

Rosana le presentó a sus amigos, casi todos de la Escuela de Imagen de Galicia, la mayoría de ellos con el pelo largo largo y la sonrisa fácil. El más amigo de ella era Leandro que ni bien llegado a Vigo le preparó un trago de calimoxo y le ofreció armarle un porro de jachís. En la Garconne de Francia había ido a una feria juvenil en las afueras del pueblo con su francesita y amigos, y se había metido a algunas carpas de espectáculos y a un concierto al aire libre, pero aquello no se parecía ni un poco al espectáculo que veía en la explanada de Vigo con los cuatro o cinco mil personas haciendo barullo, tomando calimoxo del pico de sus botellas plásticas de Coca Cola y figurándose siempre algo divertido para hablar, de modo que la espera no resultara muy larga. A Ricardo no le pareció ni larga ni aburrida y ya estaba amando España cuando REM apareció el escenario y saltó con Rosana pegado a la reja de seguridad con It´s the End of the World (and we know it) y aceptó que ella le rompiera los oídos gritándole a Michael Stipe que le tocara At My Most Beautiful hasta que REM tocó la canción y ella le reventó el tímpano con el alarido de felicidad.

Había una chica entre las amigas de Rosana, pequeña y habladora, con los ojos traviesos, que le estuvo preparando los calimoxos extras que se tomaron sobre el pasto de la explanada mientras esperaban el colectivo de regreso. Rosana le previno que ni se le acercara demasiado porque ella era enamorada de su amigo. Así que sólo la estuvo escuchando hablar, sentado a su lado, describiéndole una playa de ensueño al lado de un pueblito como en los cuentos donde el sol salía más hermoso que en toda España, donde los jóvenes se subían a un puente peatonal por donde pasaba el tren de ENFE sólo por el gusto del susto que les daba ver al tren pasar a unos centímetros de ellos. Decía que desde la ventana de la habitación donde ella creció se podía saltar un clavado directo al mar. Hablando de aquello llegaron de regreso a Coruña casi a las tres de la madrugada, se despidió de ella con un beso en la mejilla y se fue caminando hacia la casa con Rosana que quería presentarle a su esposo. A esas horas la avenida Finisterre parecía un cementerio.

8.

-Te estuve esperando todo el fin de semana y no me llamaste. Llámame.

Era la voz de Leyla. No sé qué le vió a Leyla la primera vez que le dió un beso. No era femenina. Y eso le disgustaba. Pero la primera noche fue natural. Pasaron de unas cervezas en un bar en Barranco hasta su cuarto, le tendió una cama al lado de la suya. Se pusieron a conversar, ella mirándolo hacia el suelo.

Nunca se había fijado en Leyla. Había salido varias veces con Claudia, su mejor amiga, pero no con Leyla. Sin embargo ella estaba hablando y él le dió un beso mordiéndole la boca.

-¿Y eso?
-Porque eres linda.

Lo era. Tenía un alma bellísima. Laentablemente él no estaba buscando almas en ese tiempo. Pero estaba tan desesperado buscando el corazón de Karina que Leyla fue un respiro. Una chica sin complicaciones, simpática y que además sabía hablar de todo. La convenció esa misma noche para dormir con ella. “No me gusta dormir solo”, dijo cuando se subió a su cama. Se bajó los shorts y pegó su pene al cuerpo de ella. ¨¿Qué haces?¨ Ella se apartó asustada. ¨Tranquilízate. Sólo que me han dado ganas de hacerte el amor.¨ Leyla no se tranquilizó, pero tampoco dijo nada más. El cogió su mano y se la puso encima de su pene. Ella lo agarró y lo comenzó a sobar. ¨No vamos a hacer nada esta noche¨, dijo. Y no hcieron nada. Ricardo Stoll le metió la lengua hasta la garganta y trató de pegarse un poco más. Tampoco dejó que le agarraran las tetas. Pero se quedaron dormidos con ella sosteniéndole el pene. Ricardo pensó que tal vez estaba con la regla.

Lo mejor fue a la mañana siguiente cuando Leyla le dijo que su papá les había preparado desayuno. Ricardo se metió al baño para echarse agua a la cara y después bajó a la cocina. Al señor lo había visto unas cuantas veces, cuando vino con Claudia a reuniones en casa de Leyla. Era arquitecto, pero para variar en esos años, no encontraba ninguna clase de trabajo y estaba casi un año sin tener ningún ingreso vinculado a su carrera. La mamá de Leyla estaba trabajando en Estados Unidos y desde allí les mandaba plata a él y a sus dos hijas. Con eso sobrevivían. Tomaron jugo de papaya , café, hicieron una sobremesa breve y él se fue. En la puerta de su casa le dio un pequeño beso. Y eso había sido toda su relación con Leyla hasta dos semanas luego cuando escuchó ese mensaje en la contestadora.

La llamó. Primero porque la semana había sido jodida y necesitaba conversar con alguien. Y toda la semana habia tratado de salir con Karina y ella no le había dado ni puta bola.

Hola
Hola, por fin el desaparecido…
Es que he estado hasta arriba de trabajo.
No te creo.
Es verdad.
Pero podrías aunque sea llamarme un ratito ¿no?
Tenía razón. Toda la razón. Pero como decirle a alguien que no te dio la gana ni tenías las ganas de llamarla.
¿Quieres salir esta noche?
Es Martes! ¿A dónde?
Me han hablado mucho de ese bar en el Centro.
¿El Centro?
Lo sabía. La mayoría de sus amigas se hubieran escandalizado si les hubiera dicho que quería llevarlas al centro. Karina lo hubiera mandado a la mierda asi de fácil. Pero pensó que Leyla era distinta. Se le veía mucho más abierta de mente que sus otras amigas.
¿Al Zurich?
Sí. ¿Has ido?
Una vez. Es bacán. Pero hay que ir temprano. Se llena.

Pasó a recogerla en el submarino alrededor de las nueve. Salió con una camiseta blanca y unos bluejeans sueltos. Qué distinta de Karina pensó Ricardo. Ella siempre habría salido con los jeans al cuete. Ajustadísimos. Pero a Leyla le daba lo mismo su figura. Y ese no era su fuerte. Su sonrisa. Ese era su mayor atractivo.

Conversaron de muchas cosas pero nunca de amor ni de nada parecido. Fue divertido. Se cagaron de risa todo el tiempo en su mesa al lado de la orquesta. Y le invitaron una ronda a los músicos antes de largarse. Nunca había estado Ricardo en una cantina estilo alemán. Tampoco había frecuentado bares en el Centro de Lima. Salieron y se fueron haia la Plaza San Martín. Ricardo la apoyó sobre una columna en los pasadizos frente a la Plaza. La besó. La besó otra vez. Metió su lengua todo lo que pudo. Levantó sus brazos y tapándola con su cuerpo, en las sombras, le acarició los pechos por encima del polo. Apretó su cuerpo para que ella sintiera el pene endurecido. Ella se apretó contra él. Estuvieron así un rato más, caminando por las sombras del pasadizo, besándose sobre distintas columnas. Ricardo supo para qué la había traído al centro: siempre había querido hacer eso. Desde que Luis, su amigo de infancia, le dijo que estuvo paseando con una novia por el Centro y se metieron a un hotelito con vista a la Plaza de Armas. Despertar en el Centro de Lima. Era una idea atractiva para su puto background de clase media. En ese ambiente era mucho más difícil que alguien los reconociera, se podía pasear por la plaza besándola y manoseándola en público. Nadie iría a contárselo a nadie. Todo quedaría entre él y ella. Nadie más lo sabría si se metían luego a un hotelito con vista a la Plaza de Armas.

Tengo ganas de bailar.
¿Ah, si? ¿Dónde?
Conozco una discoteca. En Zárate.
¿Zárate?

Había leído un artículo en El Comercio sobre la movida en ese barrio. Antes de eso Zárate sólo era conocido por estar lleno de choros, estar cerca a Lurigancho. Con su viejo, Ricardo también había venido a Zárate a un taller de reparaciones de autos. Y un amigo del colegio, el chino Fujiyama, tenía su fábrica de omnibuses en Zárate, donde construyó un patio gigante al lado de las máquinas y celebraba los cumpleaños de su hijo.

-Hicimos un trabajo de investigación para el taller de periodismo y fuimos allí. Es bacán.
-Vamos pues. ¿En carro?
-No, déjalo en la playa. Mejor tomamos un taxi.

En el taxi estuvieron besándose todo el camino. Ricardo metió su mano entre las piernas y tocó su vagina por encima de la tela del bluejean. La sobó. La dejó ahí y ella cerró las piernas y la apretó.

La discoteca quedaba en un segundo piso de un edificio construído según sus amigos llamaban “el estilo Miami”: colores pasteles, vidrios de todos los colores, luces de neón por aquí y por allá. Todo pastel, como si el mar de Florida estuviera allí a dos pasos. La pista de baile daba a un ventanal, con una impresionante vista de Lima. La vieja planta recicladora de metales, los cerros inundados de casas, la negrura del cementerio más allá donde no alcanzaba la vista. La punta en cruz de las iglesias coloniales en el Centro. Era excitante. No bailaron. Él delineó la forma de su pechos sobre la ropa al ritmo de “Cuentos de la Cripta”. Metió su lengua en ella mientras Leyla le apretaba el paquete y él comenzaba a soñar con que se la chupara. Tomaron una cerveza y regresaron al Centro. El taxi los dejó a dos cuadras de la Plaza de Armas frente a un soldado que dormía de pie con una metralleta en la mano. Dormía. Ricardo volvió a mirarlo para cerciorarse. Tenía los ojos cerrados y el dedo en el gatillo.

Tocaron el portón de un hotel que él conocía estaba lleno todo el año de turistas. Por una ventanita de la puerta les ofrecieron un cuarto, pero sin baño. No aceptaron porque los dos estaban meándose. Caminaron hasta otro hotel y les dijeron que todo estaba lleno. Ricardo se acordó de un hostal frente a lo que antes eran las tiendas Oeschle. Solía ver el cartel cuando pasaba de niño con la familia, yendo a recoger a su padre del trabajo. Entraron. Subieron más de cuarenta peldaños y el conserje les enseñó la habitación. Ella entró al baño. Ricardo esperó su turno. Cuando salió del baño una luz de mesa estaba encendida al lado de la cama y ella estaba tendida con ropa y con laa piernas abiertas. Le sacó el jean mientras ella lo ayudaba. Ella le desabotonó la camisa. Sacó su polo y ella lo ayudó a desabrochar el brassiere. Leyla se acomodó sobre la cama y le enseñó el trasero redondo y cobrizo. Las lineas de la ropa de baño estaban bien marcadas alrededor de su pubis. Ricardo intentó entrar. Ella se dobló y gritó. Ricardo se asustó y se retiró. “Eres un bruto”, le dijo después en Nueva York.

-Se me antojó, no me di cuenta, creeme. No lo pensé.

Terminaron de hacer el amor, él sobre ella. Y se quedaron dormidos abrazados. Cuando despertó Ricardo, Leyla estaba duchándose. Puso los pies desnudos sobre el parquet del suelo y dio dos pasos hacia la ventana. Trató de abrirla con fuerza pero no pudo. Forzó la perilla y por fin comenzó a ceder. Abrió. Había una pared del otro lado, casi pegada a su nariz, como si el cuarto fuese un cubículo de cemento, una cárcel. No había una puta vista. Entonces se le ocurrió mirar el reloj y se dio cuenta de que era muy tarde.

9.
Semanas antes de viajar fuera del país, por primera y única vez en el submarino, ya sentía Ricardo que su mundo se estaba desmoronando. El ingeniero no lo quería reconocer pero el trato con el Centro Comercial le estaba reventando los huevos. Cada vez que había un problema de dinero ellos se negaban a cubrir cualquier costo. Ricardo había comenzado a recibir también llamadas del fotógrafo y los productores le decían lo que se demoraban en cobrar los cheques, que tenían que perseguir al contador para que los considerara en los pagos de cada quincena. Las ventas de pulicidad no eran lo que habían esperado en un principio. De aquello Ricardo se dio cuenta ni bien intentaron publicar las primeras secciones pagadas para el número de estreno. Todo el esquema consisitía en que las tiendas del Centro Comercial estarían tan interesadas en aparecer en la revista del Jockey Plaza que no les importaría dar dinero. Con lo que nadie contaba es que la mayor parte de los dueños de estas tiendas atravesaba problemas económicos porque las ventas no eran las esperadas y porque estaban hartos de pagar una renta que consideraban “asesina”. Todas las tiendas estaban a punto de la bancarrota. Ni siquiera las grandes anclas del Centro Comercial─las dos megatiendas de departamentos que anunciaban abundantemente en televisión y en prensa─ estaban dispuestas a dar dinero para un proyecto de revista con el nombre del Centro Comercial. Y el sólo mencionar a Solís y a Tocadero los ponía a la defensiva.

La revista de cable también estaba en ruinas. El golpe de gracia para la alicaída empresa y sus trabajdores fue el traspaso del negocio de la compañia americana─Bell South─a sus dueños originales, los Delgado, acostumbrados a sobrevivir en condiciones históricas adversas. Para ellos la criollada de pagar a destiempo o regatear aumentos del personal era un asunto sobre el cual podían brindar una clase magistral. El editor estaba a punto del colapso nervioso porque su trabajo demandaba largas horas en la oficina y la carga adicional de supervisar las ventas publicitarias. Dos veces lo llamaron parta asistir a reuniones de reducción de personal. El editor les dijo que tenían mucha suerte que no hubieran tocado el dinero ni el puesto de nadie de la revista pero que aquello sólo parecía que seguiría empeorando.

La revista del Jockey Plaza estaba parada por falta de decisiones. En una reunión de comienzo de semana, días antes de llevar el material a imprenta, el ingeniero le dijo que estaba tentado de mandar a la mierda a Solís y Trocadero. No sólo no le devolvían las llamadas sino que cuando lograba ubicarlos decían que cualquier problema económico era responsabilidad de la editora, que todo aquello estaba escrito en el contrato. Y tenía razón. Si bien nadie en la empresa, ni Ricardo ni el ingeniero, al brindar por el parto de Paula el primer día y sobarse las manos pensando en el negocio del siglo, se imaginaron que la economía del país se iría al diablo de una manera tan acelerada. En picada.

Unas tardes después, el ingeniero lo llamó a su despacho y le dijo que la revista no iba más. Que prefería no imprimir nada, pagar a los productores y al fotógrafo y dejar todo en el aire. Que prefería no seguir haciendo negocio con esos hijos de puta. Que Ricardo se encargaría de supervisar otros proyectos que el ingeniero tenía pendientes, hasta que saliera alguna cosa importante. Ricardo aprovechó para recordarle que le tocaban vacaciones en una semana y preguntó si podía tomarse las cuatro semanas. “Por supuesto”, respondió el ingeniero. Ricardo suspiró aliviado, los últimos doce meses habían sido los más estresantes de su vida. Necesitaba viajar. Durante esa semana fue a visitar al editor de la revista de cable y le dijo que pensaba tomarse unas vacaciones. El editor le respondió que era el momento más apropiado. Abrió un folder debajo de una ruma de cosas y sacó un papel membratado con el logo de la empresa, firmado por el Gerente General.

─Es tu carta de renuncia voluntaria. “Te la iba a dar la semana pasada y la guardé porque queria encontrar el momento apropiado.” Creo que este es.

Foto: Hubse: “Yet Another Village in the Coast of Spain”/Flickr.com

BORRADOR de El submarino negro (primera parte)


-Entonces tenias la pasion de un personaje de Trainspotting.

Carmela Gil estaba terminando la cerveza cuando le soltó esa frase y Ricardo Stoll no supo de donde la había sacado. Pero ella se levantó de la mesa y asaltó la calle dejando las puertas bamboleantes del bar y largándose hacia la estación del metro. Fue una pena para Ricardo pero nunca más volvió a saber de ella.

Cuatro meses atrás Ricardo estaba en la redacción del periódico, tenía que llenar una nota para la página de Metropolitana y no sabía de qué escribir. Salió al pasillo a fumarse un cigarro. Estaba fumando cuando vio su vida clara. Le había sucedido dos veces : Una a los diecinueve cuando se fue de viaje a Brasil. La otra a los 25 cuando se largó tirando dedo hacia Colombia. Habían pasado cinco años más y esta vez no tenía idea de adonde iría, pero sabía que tenía que moverse. Esa tarde antes de salir del periódico un viejo compañero de la sección de deportes le dijo que había leído “Sostiene Pereira”. Entonces se acordó que nunca había ido a Portugal.

Esa noche manejaba por la Javier Prado rumbo a su casa y Ricardo se sentía en un submarino: todo alrededor era mar y burbujas de aire. Las calles, la gente, los semáforos, las veia todos los días al salir a trabajar y al regresar, algunas veces le provocaban intriga o respeto, otras veces como esa noche sólo le generaban desidia y hartazgo. A veces sus amigos regresaban de madrugada acelerando por la avenida, no respetaban ningún semáforo. Intentó acelerar pero aquello no era lo suyo. La velocidad no le despertaba ningún vértigo, ningún estallido de júbilo, ninguna alegría inmensa. Lo suyo eran los viajes. El submarino seguía allí y por las ventanas sólo veía una ciudad aburrida.

Llegó a la casa y entró a su cuarto. encendió la computadora y escuchó sus mensajes. Lo estaban invitando a celebrar un cumpleaños en un bar nuevo en Barranco. no tenía ganas de ir pero tenía que hacerlo. Era una buena amiga para la que su presencia significaba algo. Comenzó a releer en la pantalla el artículo que estaba escribiendo para una revista y le pareció tan soso y aburrido como su vida. Decidió dormir una siesta y luego irse a la fiesta. Ricardo llegó a creer que rodeado de conocidos y con algunas cervezas desaparecería la sensación inconfortable de ser uno más.

Se había despertado pasada la medianoche, se había bañado y se había ido para la fiesta. Como lo imaginaba eran pocos los invitados que conocía. Su amiga estaba vestida elegantemente y los amigos, de otro círculo que él no conocía, tambien. Los pocos amigos de él estaban vestidos igual que él, con un polo salido y un blue jean. Estaba Bernardino, el periodista deportivo que siempre tenía un buen chisme que contarle y después se dedicaba a carajear su vida y contar que se largaba por fín del país que estaba haciendo contactos en el extranjero, que estaba aburrido de todo. Media hora después llegó otro grupo que sí conocía bien y toda la conversación giró en torno al fútbol. Dos de ellos también eran periodistas y tenían que partir el domingo a Cerro de Pasco a ver un partido clave para el descentralizado. A uno de ellos la altura le había afectado la última vez que fue y comenzó a pactar para que al terminar el partido pudiera llamar al que sí iba y le diera los comentarios para redactar su nota. Su amiga se acercó coqueta al grupo y les increpó que no bailaran. Como ninguno le hizo mucho caso lo sacó a bailar a Ricardo. Era muy malo para la salsa pero dio algunos pasos, movió un poco la cintura y regresó para pedirse su tercera botella de cerveza.

La mañana siguiente se levantó con resaca a golpe de siete de la mañana. Llegando a la oficina se tomó un café en la bodega y un sandwich triple. No le paró el malestar pero le aguantó el sueño y el hambre toda la mañana y le permitió terminar un artículo mediocre. A la una salió a almorzar con unos compañeros del area de pre-prensa que le habían ayudado a retocar una foto que tenía que salir en la edición siguiente. Ellos lo invitaron a salir después del trabajo a “La tía Clarita” donde había cerveza barata y chicas que atendían.

Decidió ir porque nunca lo había hecho, pidió un par de cervezas y al rato salió del local con dos chicas y Caballero, el maestro de Photoshop del periódico. Ellas los llevaron en taxi hasta un hotelcito barato donde se metieron los cuatro en una habitación con dos camas. Mientras hacían el 69 ella se tiró un pedo.

“Lo siento” dijo y ella y su amiga se rieron. El polvo fue un desastre.

Una tarde decidió que iba a pedir permiso y no fue a trabajar. Se enfermó de algo e invitó a un amigo a la playa. Casi era invierno y en la semana las playas estaban vacías. Manejó hasta El Silencio, se sentó con su amigo bajo una sombrilla de paja y pidió un par de cervezas. Después se dio unas zambullidas en el agua y comieron una jalea mixta que tenía muchos calamares. Siguieron al sur hasta Santa María donde se estacionó frente la mar para ver la caida del sol. Era hermosa. Era su primer día de trabajo en que sentía que recordaría cada instante de la tarde. Manejó hacia Lima y se sintió mucho mejor. Su amigo le dijo que la tarde había estado de putamadre. Esa era la palabra.

La mañana siguiente chequeó en la computadora de la oficina el clima de Lisboa. Vio algunas fotos. No estaba mal.
A mediodía recibió una llamada del banco para decirle que estaba por vencerse la próxima cuota de su auto. En vez de almorzar aprovechó la hora del refrigerio para irse hasta una oficina del banco y cancelar su cuenta. Otra vez se dio cuenta que la mitad del sueldo se le iba en pagar el carro. El submarino negro era un juguete caro.

Cuando estaba pagando vio a una mujer que lo miraba apoyada contra el mostrador. Con uno de los brazos se tapaba parte de la cara. Sólo veía sus ojos. Parecía estar mirándolo y estar sonriendo. Ricardo sonrió porque no la reconocía.

Era la ex enamorada de un amigo, estaba haciendo una fiesta el fin de semana para celebrar su cumpleaños. Su casa quedaba a dos cuadras de allí, estaba invitado. Riardo le dijo que iría. Alguien le había dicho para hacer algo el sábado, pero le apetecía más la fiesta y los ojos de ella.

Cuando llegó a la casa por la noche estaba destrozado. Y aún así terminó en la computadora un artículo de música para la revista que tenía que entregar la mañana siguiente. Antes de sentarse a terminarlo bostezó varias veces y miró desde la ventana de su cuarto el cielo negro de la ciudad.

2.

Aterrizó en París porque el pasaje era más barato vía Francia. Le hubiera gustado aterrizar en Lisboa no sólo porque había leído también Sostiene Pereira sino porque había estado muy atareado las últimas semanas leyendo sobre la geografía y la historia de Portugal. Había una razón adicional: había comenzado a escribir una novela y en ella el personaje principal comenzaba su historia aterrizando en Lisboa.

Pero cuando fue a la agencia de viajes había una oferta. La señora era amiga de su madre y le consiguió un boleto muy barato vía París y con escala a la ida y a la vuelta en Nueva York. Los boletos a Lisboa eran muy caros y en Lisboa no tenía donde quedarse mientras que en París una amiga le había ofrecido alojamiento. Es triste pero es verdad que de los dos días que pasó en París lo que más recordaba era la primera llamada telefónica desde el aeropuerto De Gaulle. Le contestó la grabadora de la amiga que lo iba a alojar diciéndole que estarían ella y sus compañers de piso fuera de Francia por dos semanas, esquiando. Ricardo pensó de todos modos que aquello era su culpa por no haber llamado antes. De nada lo consolaba la idea que había querido darle una sorpresa. Se habia dejado simplemente seducir por la idea de aparecer de pronto en su puerta y aceptarle la oferta que le había hecho en Lima unos años antes:

“Duermo en un cuarto donde sólo tengo mis libros y una hamaca desde donde me echo y veo por la ventana la Torre Eiffel.”

Ricardo vagó por las calles de París intentando conseguir un sitio barato cerca del centro pero fue imposible. Fue al albergue juvenil cerca de los Campos Eliseos pero le dijeron que todo estaba copado y lo derivaron a otro en las afueras en un barrio judío desde donde el subterráneo demoraba casi una hora hasta el centro. La primera noche se fue solo a vagar por la ciudad y conoció a un inglés que trabajaba en el supermercado y que le dio unos datos de los lugares a los que tenía que ir. Para pasarla bien al Trocadero. Ricardo pensó que con aquél nombre el sitio tenía que ser divertido.

Ricardo había leído muchos libros de escritores viviendo en París y sin embargo ninguno le pareció demasiado acorde con la realidad que vio. La ciudad le pareció demasiado fría y dura, lo único que quería ver esa mañana era el Louvre pero cuando llegó hasta las puertas se dio cuenta que tampoco podría hacerlo: los trabajadores del Museo estaban en huelga y al parecer por varias semanas. Después del Louvre se fue a caminar, tomó unas fotos de la Torre desde abajo, completamente echado sobre la gravilla. Se fue a pasar por el Barrio Latino y no vio nada bohemio. Sólo restaurantes caros, casi todos griegos. Antes que le viniera la noche le tomó unas fotos a las gárgolas de Notre Dame. Al final de la tarde volvió a coger el teléfono para irse de París. Su esperanza era una francesa de la Garconne que estudiaba en Burdeos. La había conocido el verano anterior en el Cusco cuando la ayudó a tramitar los documentos que un ladronzuelo le había quitado en el tren camino a Machu Picchu.

Oui Oui.

Parecía emocionada, parecía feliz de volver a verlo y a él también le agradó saber que saldría de esa ciudad que le espantaba. Sabía francés pero casi no pudo conversar con nadie. Encontró a un ecuatoriano en el metro que le dijo de qué trabajaba. Cuando le respondió que estaba de turista dejó de hablarle. Es que era tan raro un latinoamericano de turista, todos venían a quedarse de ilegales y a hacer dinero y los que venían de turistas tenían tanto dinero que no viajaban en metro sino en taxis o en carros alquilados.

Llegando al albergue encontró a un nuevo huésped en su habitación. Era un peruano y quería salir con él a tomarse unos tragos. Ricardo le dijo que le habían recomendado el Trocadero, pero cuando llegaron todo estaba cerrado y lo que estaba abierto se veía deprimente. En uno de los bares sólo había un borracho en una banca frente a la barra. No tomaron nada. El bus pasaba cada hora y no querían tomar taxi porque el que cogieron para llevarlos al Trocadero se había embolsado un dineral. En el paradero del autobús había una pandilla de jóvenes mexicanos que tenía apariencia de familia rica. Estos le sacarn una botella de vino y les invitaron un par de tragos. Era la mejor manera de divertirse en Paris, dijeron ellos.

“Te compras unas botellas en el supermercado y eso lo bebes toda la noche. comprar alcohol en los bares es muy caro y no hay nada divertido porque las mejores fiestas son en departamentos de parisinos, lugares privados y en los bares de las afueras de París donde sólo se puede llegar en carro.”

El bus no pasaba y regresaron caminando. Todo estaba cerrado, no había ni siquiera un lugar para comerse un emparedado. El McDonalds estaba cerrando, los empleados estaban guardando las sillas de la vereda y no quisieron servirles ni una hamburguesa. Ricardo se sintió mejor sabiendo que la noche siguiente ya estaría en Burdeos.

Al día siguiente el peruano le dijo que quería ir a Roland Garros. Esa tarde jugaba un chileno contra un americano. No habían boletos así que compraron la reventa que les ofrecieron bajando del metro. Eran unos asientos carísimos y muy alejados de la cancha. El chileno jugó muy mal y perdió los dos sets, uno de ellos a cero. Después se enteró que al chileno le habían tomado fotos la noche anterior en una fiesta privada bailando hasta el amanecer con dos francesas que lo hacían emparedado. El tipo había conseguido lo que ellos no encontraron buscando toda la noche. Y gratis.

El tren de gran velocidad llegó en menos de cuatro horas a Burdeos. Allí estaba ella, gordita y bonita, con las mejillas sonrosadas. Fue tanta la alegría de verla que le dio de frente un beso. Llegaron hasta la residencia universitaria, al pequeño cuarto donde ella le había preparado un colchón inflable para que duerma al lado de ella en el piso.

Se sentía tan solo que queria dormir acompañado. Tenía tanto calor que se sacó la camiseta y se la sacó a ella que se quedó en tetas. Quiso abrirle las piernas mientras la besaba pero ella no quería. Al menos hasta que él no insistió y bajó su mano. Ella abrió las piernas e hicieron el amor riquísimo, casi antes del amanecer.

(Continuará…)


BORRADOR de El submarino negro (parte 2)


3.

Había viajado con uno de los fotógrafos que trabajaban en la revista a unas ruinas a 5,000 metros de altura cerca de Huacho, al norte de Lima. Se llamaban Rupac. Fue un viaje desorganizado, como casi todos sus viajes, al que a última hora se unieron su hermano, la novia de su hermano, su hermana y un vecino del barrio. Durmieron en un pueblo abandonado en las alturas, camino a las ruinas y caminaron varias horas hasta llegar a la cima. En la subida y en la bajada vieron un cóndor. Se tomaron unas fotos preciosas haciendo fogata dentro de la escuela del pueblo abandonado en las alturas.

Llegando a Lima fue a revelar las fotos en un laboratorio pequeño al lado del parque central de Miraflores. La chica que le tomó la oden le pidió su teléfono para decirle cuando estuvieran listas. El se fue a almorzar en la curva del camino a la Herradura y cuando estaba terminando lo llamaron para decirle que las fotos estaban listas.

Ese viernes le enseñó las fotos al fotógrafo y le pidió los negativos para hacerle una copia de la foto de la fogata donde salía todo el grupo y la luz del fuego creaba un efecto mágico. El fotógrafo lo invitó a su casa el fin de semana para celebrar su cumpleaños. Pero él ya había decidido ir a la fiesta de la ex-enamorada de su amigo y le dijo que no.

El sábado por la tarde llamó la chica de la tienda fotográfica. El no se acordaba mucho de ella pero ella le dijo que había cogido su teléfono porque le había gustado. Le ofreció salir a recogerla el lunes por la tarde e irse a tomar unos tragos. Ella no tomaba pero podía salir con él. Tampoco podía quedarse hasta muy tarde porque vivía en Comas que estaba a más de una hora de viaje de su casa.

Vivía con unos tíos y con su abuelo, los tíos la habían criado desde que ella llegó a Lima huyendo de los militares que habían matado a su padres en Huancavelica acusándolos de senderistas.

No estaba muy contenta, estaba un poco aburrida de su trabajo. El habló casi una hora con ella. Cuando colgó se puso la ropa para la fiesta y se subió al submarino. Sus amigos también iban a estar en esa fiesta, sus hermanos y unos amigos de su hermana que conocían a la mujer por otros lados. Era una casa pequeña y toda la fiesta era en la sala. Cuando llegó estaban escuchando un merengue y ella lo sacó a bailar. Su amigo, el ex enamorado estaba en un sofá con otra chica que ya estaba un poco borracha. Parecía que estaba intentando besarlo y él fumaba sentado en el sofá y se reía. Ricardo se acercó a saludar y saludó a las amigas de su hermana y a su hermano que estaba tomando cerveza al lado del equipo de musica. Estaba hablando de política

El problema es que la regionalización debe hacerse de acuerdo a los intereses de cada departamento y hasta ahora se ha hecho siguiendo los lineamientos del Estado Central .Claro, si tu eres un arequipeño y te dicen que eres autónomo por qué mierda tienes que hacer tu agenda anual basado en lo que dice un huevón de Lima. Ese es el problema. Hasta ahora el gobierno toda la cuestión de las regiones en el papel la pone muy bonita pero en la práctica se sigue haciendo la misma huevada de antes y si quieres hacer un trámite tienes que ir hasta Lima. Por ejemplo el otro día con mi mamá que tiene sus frutales en el sur queríamos hacer un trámite para un préstamo con el Banco Agropecuario y a pesar que hay una sucursal del Banco en el pueblo, primero tuvimos que hacer un trámite en la capital de la provincia que queda a tres horas por un camino de mierda. Y a pesar que le autorizaron el préstamo, en la oficina le dijeron que todavía tenía que hacer un papeleo en Lima y recibir una autorización de Lima. Que clase de regiones son eso que para un préstamo tan sencillo tienes que pedir autorización a la central de Lima? Mejor te sale hacer todo el papeleo en Lima y seguro que demora menos y no tienes que hacer ese viaje jodido por carretera afirmada.

La mujer que había visto en el banco se llamaba Rosa. Se acercó hasta donde él y le pasó una botella de cerveza. Tomaron un trago y después ella quería bailar. Bailaba extravagantemente y no dejaba de mirarlo a los ojos. Después se acercó al grupo de su hermana y su amigas y ellas dijeron que qué hacía Ricardo bailando con esa ruca. Bailó con ellas que estaban vestidas mucho más elegantes y se alucinaban más finas que todas las otras mujeres de la fiesta. Se sentía bien con ellas y con su hermana. Pero Rosa se le acercó al poco rato y lo secuestró para otro baile. Ahora se dio cuenta que cuando ella le hablaba no pronunciaba bien, que estaba un poco borracha. En algún momento ella se acercó demasiado y le dió un beso. No supo si responder, pero recibió el beso y después las amigas de su hermana se acercaron donde estaba él y se lo llevaron a su grupo.

Que haces besándote con esa ruca?
Ella me ha besado. Ella es la que me ha besado.

Y no besaba mal y la verdad es que le gustaban los ojos redondos color caramelo con que ella lo miraba mientras bailaban y la verdad es que a pesar que estaba bailando con las amigas de su hermana la seguía con la mirada y estaba pensando en seguirla a donde ella le estaba señalando, detrás de las escaleras, camino a su cuarto.

Se sentó en una silla frente a un sofá y empezó a servirse un vaso de cerveza. Se estaba riendo de algo que le habían contado sobre una de las chicas, una que tenía un escorpión tatuado en el brazo y que estaba vestida como una puta. Y de pronto vio venir a su amigo. Donde estaba la chica que estaba con él en el sofá? Venía con cara de rabia y adivinó que tenía que deshacerse del vaso, lo llegó a poner encima de uan mesita al lado de su silla, antes de sentir que él lo empujaba mientra le decía:

Como puedes hacerme esto?

Se cayó con la silla de espaldas y trató de decir que no había sido su culpa que ella lo había besado. Y allí estaba su hermana para decirle a su amiga que se vaya ya que estaba borracho. Y los amigos de su hermano veían todo desde un grupo a lo lejos, al lado del equipo de mùsica que estaba sonando con música electrónica.

Y las parejas que estaban bailando voltearon a ver como Ricardo se levantaba del piso, un poco mareado y como su amigo, el que lo había empujado, se iba entre la gente hacia la puerta de la calle. Su hermana y su amigas trataron de reanimarlo y le repetían que el tipo era un idiota y la tipa una ruca, pero Ricardo no se sintió bien, siguió tomando por un rato hasta que se le cerraron los ojos y entonces su hermana le puso un cigarrillo en la boca y el fumó estando dormido y su amigo vino con una cámara de video y lo filmó dormido y fumando y sosteniendo la botella mientras fumaba y despertándose para decir que lo dejen solo, que se iba.

A pesar de lo que le dijeron se subió a su submarino y se fue a su casa manejando muy bien, aunque la ciudad pasaba muy rápida y él comenzaba a acelerar y a sentir algo de vértigo a pesar que sabía que lo suyo no era la velocidad sino los viajes.

3
El cuarto de estudiantes era muy chiquito, apenas si cabia la cama de ella, una mesita frente a la ventana y un mini refirgerador. Habia una división donde estaba el lavadero y una cocinilla. La cama era pequeña pero se las arreglaban para entrar dos. Total casi todo el tiempo estuvieron uno encima del otro.

Mi mamá va a venir mañana a recogernos para ir a casa. Le dije que venías conmigo y me dijo que te podías quedar con nosotros. Sólo el fin de semana.

Ella vivía en un pueblito cerca de la desembocadura de un río en el Atlántico. Eran unas cuantas casas desparramadas en el campo, tenía gallinas, patos y un senderito de piedra por el cual se llegaba a la casa principal. La madre era regordeta y sonrosada como la hija y el padre era regordete pero taciturno. Cuando Ricardo llegó a la casa y lo saludó ni siquiera le devolvió el saludo, parecía un retrasado mental.

Le habían preparado una cama mullida con una vista preciosa de una laguna que estaba cerca de la casa. Se quedó dormido ni bien se echó sobre la cama (porque una característica de Ricardo, característica valiosísima para su apetito viajero, era que se quedaba dormido en cualquier lugar con facilidad.) A la mañana siguiente lo despertó el peso de ella sobre su cuerpo. Había saltado sobre la cama desnuda y le estaba dando besos.

-Mis papas salieron, no van a estar toda la mañana..
Ricardo trató de explicarle que no había comprado condones porque en el camino siempre estuvo la mamá al lado y se había sentido cohibido. Ella pensó un segundo, saltó de la cama y regresó en unos segundos con tres paquetitos. Sacó uno y se lo colocó ella misma, después se colocó sobre él.

A mediodía regresaron los padres y el papá le preguntó si quería acompañarlo a la tienda de pescado a hacer compras para el almuerzo. Había cambiado, no era el mismo tipo retardado de la tarde anterior, era amable, muy sorprendido que hablase francés el peruanito, hasta se rió de algunas de las bromas de Ricardo. La casa del pescador era un chalet de dos pisos al lado del río. Tenía dos camionetas al frente de la casa y por uno de los lados en una especie de garaje pero sin puerta había habiliitado la pequeña tienda donde estaban las bandejas de plástico con pescados , langostas y cangrejos, al lado de una pequeña balanza. Ricardo estaba tratando de comparar la casa del pescador de la pequeña provincia francesa con las que tendrían los pescadores allá en Lima. El puta hasta tenía bolsas de plástico impresas con su nombre su dirección y teléfono. También hacía repartos a domicilio. Camino a casa el padre le preguntó cuanto tiempo que conocía a su hija.

Desde febrero cuando fue al Cuzco, la conocí en la Plaza de Armas, justo al día siguiente que le habían robado la cartera con su documentos.

Después preguntó si pensaba quedarse mucho tiempo.

No, sólo hasta el martes que tomo el tren para Roma.

Había planeado estar sólo tres días con ella y la había pasado tan bien que al final alargó la estadía hasta una semana. Pero si no cogía el martes el tren para Italia no iba a tener tiempo para hacer el recorrido completo que había planificado en Europa: Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, España. No tenía la visa de Gran Bretaña pero pensaba sacarla estando en Roma. Dependiendo del tiempo que tuviera podía pasar o no pasar por Alemania donde había una familia que le iba a dar alojamiento en un pueblo cerca de Frankfurt. Después tenía que ir a España donde su amiga Rosana que lo estaba esperando con dos boletos comprados para un concierto de R.E.M. en las afueras de Vigo. Si tenía tiempo viajaría a Barcelona y a Madrid desde donde salía su vuelo de regreso a Lima.

El padre preparó el pescado y abrió los vinos. Había del tinto y el blanco para que Ricardo pruebe los que el padre consideraba los mejores vinos de Burdeos. Habían puesto también toda una variedad de quesos sobre la mesa y pan. La conversación se fue de Francia a Perú y la situación política y económica. Las coas habían estado bien económicamente pero había como una pequeña crisis que parecía estar desarrollándose lentamente e iba carcomiendo los éxitos económicos. Había aumentado el desempleo en los últimos meses, se comenzaba a hablar del efecto dominó de la crisis asiática. Algunas empresas comenzaban a amontonar deudas y la maquinaria estatal parecía estar demasiado preocupada en asegurar una fórmula que le permitiera al dos veces elegido presidente un tercer periodo de gobierno.

Ellos después hablaron que en Francia tampoco las cosas iban muy bien, que el estado había reducido los fondos dedicados a la educación y que el desmpleo estaba en aumento. Claro que a Ricardo las cosas no le parecieron tan mal en esa pobre casa de campo donde el padre trabajaba de chofer del autobús de la escuela y la madre de empleada de limpieza de un club naturista en las afueras del pueblo. Se acababan de comprar un automóvil Peugeot verde que en Perú podía costar más de 20,000 dólares y que por supuesto que no lo podía compar ni el chofer del autobús del colegio ni la empleada de limpieza peruana aunque trabajaran juntos y ahorraran dinero varios años.

Terminado el almuerzo ella lo invitó a montar bicicleta por los alrededores. Se fueron por un camino de tierra afirmada entre arbustos y árboles de avellanas.

Si tenemos suerte veremos un jabalí, dijo ella.

Dos semanas antes yendo en bicicleta ella y su hermano casi se habían dado de narices contra un jabalí enorme en medio del camino. Y la semana anterior camino a Burdeos su madre chocó su camioneta contra uno de esos animales.

Era un lago no muy grande pero profundo y en la orilla del frente algunos pescadores estaban probando suerte con sus cañas y anzuelos. Apoyaron las bicicletas contra la grama que cubría el borde de la laguna y se echaron a descansar detrás de unos arbustos desde donde nadie los veía.

cuando te vas a Italia?
El martes
Entonces vas a estar unos días más conmigo en Burdeos?
El lunes y el martes en la tarde quiero tomar el tren para Paris para hacer la conexión con Roma.
Yo me voy unos días a Inglaterra a la casa de mi amiga Claire. Podemos quedar para encontrarnos en París cuando vengas de vuelta.
Si, sería maravilloso encontrarte en París.

Tomaron las bicicletas de vuelta casi con la caída del sol. Esa noche ella se las arregló para meterse a su cama unas horas durante la madrugada, se fue a su dormitorio antes de la salida del sol.

4.
A las siete de la mañana tenía el auto encendido. Su desayuno fue un pan que encontró en la cocina untado con mantequilla. Se había levantado a las cinco para terminar un artículo para la revista sobre Guerras y Civilizaciones, un documental que lanzaban esa semana en HBO. Esa mañana tenía que ir a entrevistar a una cantante de música peruana en su casa de Barranco y después llegar antes de las once al periódico para terminar cuatro notas de la sección Metropolitana. Su ruta de todos los días era hasta la bajada de la via Expresa, luego subía por Javier Prado hasta Camino Real y de allí escogía las calles según el tráfico hasta las oficina de la revista. La idea de entrevistar a Susana Baca no era de él sino de Patricia, una de las vendedoras de publicidad que creía que podía incursionar en el periodismo. Tenía el soporte total de José Luis Carranza, el diseñador gráfico de la revista y buen amigo de Ricardo. José Luis estaba templado de Patricia que estaba casada y tenía una hija pero vivía en constantes peleas con su esposo. Al parecer en una de sus conversaciones con José Luis la noche había terminado en besitos y arrumacos. Y de allí el salto al periodismo. Apoyemos a Patricia! Apoyemos a Susana Baca, valor nacional! Al parecer la primera idea de Patricia había sido entrevistar a un cantante de rock que también era ídolo de telenovelas pero el editor había dicho convencidísimo que ese huevón no aparecía en su revista mientras él fuera editor. José Luis había propuesto a Susanita Baca y Patricia hizo la sugerencia que al editor le pareció encantadora.

Llegó 7 y media de la mañana a la revista y Patricia y José Luis ya lo esperaban en la puerta. Iban a ir en el carro de ella que tenía malograda la alarma y no quería dejar el carro tirado en ningún lado por mucho tiempo. Se fueron por la Costa Verde y subieron por Chorrillos. Todavía era un cuarto para las ocho cuando llegaron al puerta de Susana Baca, una casona antigua frente al puente que une Barranco con Chorrillos.
Patricia le estaba explicando a José Luis como usar la cámara profesional que había conseguido prestada de una amiga. Para efectos de la entrevista Patricia era la reportera principal de la revista, José Luis era el fotógrafo oficial y Ricardo Stoll era el apoyo logístico, además de periodista de un diario destacado.

Tocaron el timbre de la casa de Susana a las ocho en punto. Ella les respondió por el intercomunicador con la misma suave voz de sus canciones y les abrió la puerta. Entraron al patio y caminaron hasta la puerta de la casa donde un hombre de barba y un poco bizco los hizo pasar a la sala. Hablaba con seseo y tenía facciones de indio pero era muy blanco. (Después se enterarían que era la pareja de Susana, su manager y además arreglista y compositor. Era boliviano y tenía muchos años menos que la cantante.)
Mientras se acomodaban en la sala Patricia explicó de qué se trataba la entrevista, para una nueva sección de la revista llamada Perfiles donde se entrevistarían a “peruanos con mucho valor.”
La diva bajó descalza por la larga escalera caracol de mármol sosteniendo con sus manos su larga túnica color rojo tierra.
Tenía la mirada dulce y hablaba con voz dulce mientras respondía todas las preguntas que Patricia le hacía y que José Luis había corregido varias veces. Un par de veces se hizo evidente que Patricia no había escuchado su música pero Susanita disimuló y siguió hablando de cómo había heredado esa casona de una señora entusiasmada con su idea de fundar una escuela de música y después recorrieron los patios de la casona y les contó la historia de cómo conoció a su marido, el boliviano que Ricardo se dio cuenta todo el tiempo no dejaba de mirarle las piernas y las tetas a Patricia.

Llegó al periódico un poco tarde y lo estaban ya esperando los de pre-prensa para que le de una mirada a unas fotos que tenían que salir con su artículo en la próxima edición.

Cuando vamos otra vez a la tía Clarita Ricardo? Esta vez me toca pagar a mí, le dijo Caballero que estaba retocando la foto de una vedette para la carátula de un periódico de espectáculos. Le estaba quitando un rollo de grasa de la cintura.

Ricardo sonrió pero no respondió nada, lo de “La tía Clarita” le sonaba al pedo de un puta.

Señor Stoll lo llama el Ingeniero, le dijo la secretaria cuando pasó por el área de recepción camino a su oficina.

El ingeniero era el dueño del periódico, de otras revistas y socio principal de la imprenta más importante del país. Lo había conocido cuando Ricardo trabajaba de asistente en una revista y se amanecía con el editor vigilando que se haga el trabajo de retoque, filmación y que las películas llegaron a tiempo a la imprenta. Lo puso a dirigir el área de Metropolitana del periódico pero siempre le había ofrecido que cuando hubiera un puesto mejor lo iba a ascender.

Parió Paula, le dijo con una sonrisa que brotó entre su espesa barba negra.

Le explicó que esa tarde tenían una reunión con el gerente del nuevo gran Shopping Center del Jockey Plaza, para explicarle su proyecto de hacerle una revista de calidad como la que él había visto en un reciente viaje a Chile y que se distribuía gratuitamente entre los visitantes del Centro Comercial Parque Arauco.

Nos vamos a llenar de dinero y quiero que tú dirijas todo el proyecto. Tengo el contacto con la imprenta, tengo a la vendedoras de publicidad que es una amiga mía, una señora que es una estrella de las ventas. Necesito que te concentres a partir de hoy en este proyecto y que vayas conmigo a hablar con el gerente del Jockey.

Subieron al carro del ingeniero y se fueron al Centro Comercial. En una sala privada los recibió el gerente, Javier Solís, un cuñado con un peinado a lo Alan García, una enorme papada y una barriga que trataba de esconder debajo del terno de diseñador. Entendió el proyecto, entendió las cifras y sobre todo entendió que el Centro Comercial no pagaría un centavo por la revista a pesar de supervisar cada detalle de la impresión y el contenido. Tenían aún que decidir un nombre, el nombre de las secciones y el tipo de papel, pero Ricardo se haría cargo de aquello. Como no. Solís les presentó a su asistente, Giovanna Trocadero, que vestía de traje sastre, siempre parecía nerviosa y hablaba con voz afectada como hablan casi todos los pitucos de Lima. Ambos parecían correctos y gentiles, parecía un negocio redondo y el Ingeniero parecía estar contento.

Siempre me da cosa hablar con esta gente, le confesó el Ingeniero en el auto regresando a la oficina. Siempre parece que te sonrieran de compromiso y te estuvieran ocultando algo.

Para Ricardo los pitucos pitucos sólo se quieren entre ellos. Sólo se entienden entre ellos y se juntan entre ellos. Hay los pitucos buena gente que entienden a todo el mundo y hacen amigos en todas las clases sociales y son simpáticos y siempre es grato conversar con ellos. Hay los pitucos insoportables que creen que están en el país de los mil desastres y que le hacen un favor al país viviendo en él. Y hay los pitucos que llegaron a la escala más alta de la pituquería lamiendo culos y que para sostenerse en el mundo de los pitucos tienen que impostar la voz y aparentar todo lo que no son.

La ventaja de vivir en el mundo de los pitucos es que controlan todo lo que está de moda y la pasan bien porque el dinero les sobra. Tienen los clubes, las discotecas de moda, las fiestas, las playas y los restaurantes donde se congregan y la belleza está por todos lados, algo trascendental en esta tierra donde hay tantas mujeres y hombres feos. Y tienen tanto dinero a la mano que se pasean por todo el mundo cuando les da la gana. Eso último sí que lo envidiaba Ricardo Stoll para el que cada viaje significaba una terrible juntadera de plata.

Lo triste es que sean una minoría tan pequeña, una congregación diminuta cuya realidad no corresponde con la de la mayoría de la población porque no tener familia y no tener dinero en el Perú equivale a quedarte siempre alejado de ese 1 por ciento de la pituquería que controla las cosas caras y bonitas del país. Pero no era un problema sólo del Perú, viajar le había enseñado a Ricardo que la misma realidad de minorías y mayorías con sus actitudes de desprecio y sus irreconciliables diferencias sociales, existían en todos los países. Por eso corregía tantas veces a la gente cuando decían con actitud de desprecio:

Esto sólo pasa en el Perú.

Solís y su secretaria por alguna razón le parecían pitucos de la tercera clase, es decir los que se sostenían por sus actitudes de desprecio hacia los demás, por la impostura de sus actitudes y su voz. Dos tipos pedantes que lo único valioso que tenían era su posición económica la cual dependía de cómo se aferraran al trabajo que los amamantaba. Por alguna razón extraña a Ricardo esa gente le provocaba pavor, esa sensación de tratar con gente que nunca lo incluiría entre su círculo de amistades, esa relación laboral absolutamente fría en la que nunca estarían de por medio una conversación franca, un par de cervezas, una manotada en la espalda o una broma cariñosa.

Pero así era el mundo y él tenía que estar contento de estar dirigiendo un proyecto que parecía ser importante y tener mucho futuro. Y en la carrera que había elegido. Con algo de suerte y mucho trabajo pronto también tendría dinero y se llenaría de plata y tendría una oficina más grande y un carro más nuevo y un departamento de lujo.

Por alguna razón que no entendía del todo, aquél prospecto a Ricardo no le despertaba ningún vértigo, ningún estallido de júbilo, ninguna alegría inmensa. Lo suyo, eran los viajes.

Se tuvo que quedar más horas que nunca en la oficina porque la reunión lo había retrasado todo. Entregó sus artículos de Metropolitana e ignoró dos llamadas al celular diciéndole que tenía que pasar por la revista a recortar un poco el artículo de las “Guerras y Civilizaciones” porque Patricia había vendido una página más de publicidad y en vez de dos páginas el artículo tenía que caber en una. Se quedó en la oficina e ignoró una última llamada casi sobre la medianoche. Cuando estuvo en el carro escuchó el mensaje que no era de la revista sino de la chica de la tienda fotográfica que quería conversar con él. A esa hora casi no había autos en la Javier Prado, se le cerraban los ojos de sueño y sentía un intenso dolor en la parte de atrás de la cabeza, como un calambre. Pensó en virar hacia Barranco a tomarse una cerveza, pero más pudo el sueño, más pudieron las ganas de dormirse de una vez y dejar de pensar en la idea absurda que lo estaba atormentando desde la reunión de la mañana.

“Esto no es lo tuyo compadre, este negocio no te gusta, o es que en el fondo eres una mierda, uno más entre esos huevones que también regresan casi la medianoche a sus casas después de trabajar? Un conformista, un don nadie hijo de puta.”

Le hubiera gustado tener valor para responderse esa misma noche pero estaba demasiado cansado y tampoco tenía la respuesta muy clara.

Foto: Colegialas y micros. De: Pierre Pouliquin/Flickr.com

Primer capítulo La Cólera Funesta, 24 de noviembre

Lo escribí para el Bronx Journal, debería salir en próxima edición. Es el primer capítulo de la novela que pienso escribir sobre el asesinato de Tartufo, que es un tema al que le he venido dando vueltas desde 1999. En esa epoca escribi casi 100 páginas pero no llegué a nada. Ahora tengo una estructura general del libro y espero que eso me ayude a terminar la novela. el título también es tentativo. lo escogí porque son las primeras palabras del canto Uno de La Ilíada.
El final tiene que ver con el motivo del asesinato, que es algo que debo desarrollar en los capítulos siguientes del libro en que sus amigos descubren los hechos que han llevado al crimen y también algunos datos oscuros de la vida de Tartufo en sus viajes solitarios por Sudamérica. los datos encajarán solo en la parte final y la encargada de darle la forma final será Tatiana. el mapa que acompaña el texto lo hice en Illustrator y Photoshop sólo para esta edición del Bronx Journal.

La cólera funesta
Por Ulises Gonzales

El bar está en una de las calles transversales de la avenida Grand Concourse. No
recuerdo el nombre de la calle. Es pequeña y estrecha, no se extiende más de dos cuadras. El bar es antiguo y con muchos detalles de madera que le dan el aspecto de una cantina del viejo oeste. El piso es de cuadrados blancos y negros como los tableros de ajedrez. Esa tarde, en una mesa circular grande de madera descascarada, estaba sentado Tartufo de cara a la puerta, rodeado por la brasileña Tatiana, por su hermano Alexei, compañero de viajes por Sudamérica; y por Antonio, compañero de escuela al que no veía desde los últimos días del colegio. Por las puertas maltrechas, antiguas pero recién pintadas de negro, entraron los asesinos.

Eran tres y vestían de impecable terno gris. Cargaban las ametralladoras como si no les importara que los vieran. A Tartufo se le escapó una mueca grotesca mientras Tatiana daba de alaridos y Alexei se lanzaba a cubrirla. Antonio atinó a tirarse y quedó tendido en diagonal sobre dos recuadros negros. Cuando se terminaron las balas los asesinos corrieron hacia la calle y se perdieron entre los autos estacionados en las callejuelas paralelas. La policía nunca pudo explicar cómo tres hombres armados pudieron escapar sin dejar rastro en las calles ruidosas del Bronx.

El dueño del bar era un italiano viejo llamado Pizeli. Pasada la conmoción de los disparos ordenó cerrar dejando solo a los amigos del muerto. Tatiana lloraba abrazada a su hermano que miraba el rostro de Tartufo buscando alguna clave. Antonio intentaba recordar debajo de la sangre, al compañero al que ayudaba a repartir las caricaturas malditas de los profesores en los últimos años de la secundaria. Tatiana y a Alexei no conocían al Tartufo que él conocía. Él se acordaba de un sujeto pequeño con gafas de marco de carey y muy estudioso. Nunca supo nada del Tartufo viajero.

Los hermanos Gil habían llegado aquella tarde en un viaje que habían ido postergado durante más de una década. Tartufo había ofrecido varias veces, sin cumplir, ir a Brasil para el carnaval. Estuvieron a punto de coincidir en un congreso en Lima que se había cancelado intempestivamente por una crisis política. Después Tartufo había empezado a viajar y había resultado casi imposible ponerse de acuerdo.

Tatiana era alta y delgada y su piel era de un brillante color naranja. Alexei mantenía el pelo largo y la barba descuidada con que Tartufo lo conoció. Alexei y Tatiana eran siquiatras graduados y trabajaban juntos en el hospital más importante de Porto Alegre. Tartufo había viajado y trabajado algunos meses en Europa, después se había instalado a vivir en Nueva York y conseguido una plaza temporal de profesor en una universidad del Bronx.

Tartufo los recogió del aeropuerto Kennedy en su Fiat rojo. Le dijo a Alexei que lo compró porque le recordaba el auto con el que ambos habían recorrido las playas brasileñas bajo la consigna de “una playa distinta y una mujer para cada día del verano” cuando eran dos amigos viajando por primera vez por Sudamérica. Tartufo se enamoró de Tache al conocerla, la primera mañana de carnaval y Alexei se enamoró de la mejor amiga de Tatiana: Mirelle. Unos días después, Tartufo se despidió de Tache para regresar a su país, con un primer tímido beso en la boca sin sospechar que no la vería por muchos años. Tampoco contaba con que el correo perdería el paquete inmenso con cintas de audio, videos y cartas que Tache le prepararó. Las cartas incluían una lista de todas las palabras groseras en el idioma portugués y una relación de los lugares del mundo a donde le gustaría viajar acompañada por él. En la cinta grabada Tatiana cantaba la canción Magdalena, la triste melodía que tararearon a dúo caminando abrazados por la playa donde recibieron juntos el amanecer del sábado de carnaval.

La noche previa a la llegada de los hermanos Gil a Nueva York, Tartufo había visitado a una amiga que acababa de dar a luz en una clínica de Manhattan. Ante su sorpresa el doctor era Antonio, al que no veía desde el colegio. Lo invitó: “Voy a llevar a unos amigos brasileños al bar Pizeli me gustaría los conozcas.” Antonio llegó tarde, para la tercera ronda de cervezas. Agregaron una silla a la mesa pero a Tache le disgustaba el aire frío que entraba por la puerta. “Tartufo te cambio de lugar,” suplicó Tatiana. Minutos después entraron los asesinos.

Tatiana y Alexei se quedaron dos días más para el entierro. Desde Brasil su madre les recordó entre sollozos que había vaticinado algo terrible para ese viaje preparado con tantos meses de anticipación. De Tartufo ella solo recordaba sus ojos bondadosos y una mochila gigante que cargaba a la espalda al llegar con sus hijos de la playa y que debía de pesar el doble que él. Recordaba además los comentarios entusiasmados de sus hijos acerca del peruano que se expresaba en portugués masticado y caminaba descalzo por las calles de Porto Alegre.

Alexei lo había conocido en un albergue juvenil en Viña del Mar, regresando de conocer Machu Picchu. Cargaba una maleta llena de baratijas compradas en el mercado inca de Pisac y una viejísima guitarra en la que interpretaba melodías quechuas aprendidas de un músico callejero del pueblo de Chincheros. Para Tartufo, Viña era la escala inicial en su primer viaje de mochilero por la geografía sudamericana. Salieron a la noche, a comer y a beber, con un grupo de argentinos y un belga ecologista demasiado preocupado por la cantidad de servilletas que utilizaban para limpiarse: “Cada servilleta es un árbol que muere en el Amazonas”, decía. A las cuatro de la mañana, borracho, Alexei gritaba por las calles de Viña a voz en cuello, la primera palabra en portugués que aprendió Tartufo: “Buceta”.

Tartufo y Alexei viajaron juntos hasta Buenos Aires. Al llegar a la frontera brasileña se separaron porque Alexei tenía que alcanzar a unos amigos en Florianópolis y Tartufo quería conocer Río de Janeiro. “Ve a Río, pero no pases el carnaval allí. Llámame para encontrarnos en Florianópolis. De allí vamos en mi auto hasta la casa de mis amigos en el litoral de Porto. Vas a pasar carnaval con mi gente.” Tartufo vivió dos semanas en Río y luego partió hacia el sur. Se encontró con Alexei y se turnaron conduciendo el viejo Fiat hasta la playa donde su hermana Tache y los amigos los esperaban. Tatiana ayudó al peruano a disfrazarse para el primer desfile de carnaval. Tartufo marchó por las calles del balneario disfrazado de brujo macumbero y entonando una sencilla melodía que Tatiana le enseñó. Tache iba al frente del desfile, disfrazada como la reina del grupo. Quedan muy pocas fotos de ese carnaval, pero en ellas siempre aparecen ambos abrazados y sonriendo.
Antonio, como médico, pudo entablar alguna conversación profesional con los brasileños durante el velorio. Pero ésta siempre acabó en detalles que no conocía de la vida Tartufo. El entierro fue tenso, sobre todo por los familiares que llegaron de Lima la tarde previa queriendo saberlo todo. Los padres no preguntaron nada pero los hermanos fueron un poco hostiles. No bastó que Antonio les dijera que no lo veía desde el colegio, que lo encontró la noche anterior en una sala de partos, que previamente no tenía ni idea que Tartufo vivía en Nueva York. Querían saber si había visto las caras. “¿Llevaban el rostro descubierto? ¿Dijeron algo?” “Claro que llevaban el rostro descubierto” respondió Antonio. Y sin embargo no se explicaba como ninguno de los testigos del bar, ni él ni los hermanos Gil habían podido colaborar en la elaboración de los retratos hablados. “¿Y dijeron algo? ¿Dijeron algo?” preguntó acusador el mayor de los hermanos, apuntándolo con el dedo medio. Antonio no supo qué responder.

Acompañó a los brasileños al aeropuerto y a los padres de Tartufo que le encargaron algunos trámites sencillos para la repatriación de los restos de su hijo. No pudo dormir bien durante varias noches luego del entierro. Dos semanas después del asesinato, Antonio despertó a su mujer con los gritos que profería en medio de una pavorosa pesadilla. “¿Qué decía?”, preguntó Antonio. “No lo sé. Era como si hablaras otro idioma, algún idioma antiguo”. Antonio se levantó más temprano que de costumbre y salió a caminar por el malecón del río Este. Recordaba alguna de las palabras de sus pesadillas y la voz gutural proveniente de unas bocas resecas, de las gargantas detrás de unos cercos de dientes amarillentos. No podía estar totalmente seguro de las palabras pero sí de otro detalle que lo aterraba tanto o más que la posibilidad de conocer la frase que creyó haber escuchado esa tarde en el bar Pizeli entre el ruido colérico de las metralletas: Veía en la pesadilla, delineados, casi como fotografiados, los rostros arrugadísimos y furiosos de las tres asesinas.

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