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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York City

Cronicas Bronxianas

Dibujado el 2005
(Hacer click en la historieta para agrandar)

Cronicas Bronxianas (2)

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Témpanos


En la silueta de su cintura en bikini adiviné una grieta de solidaridad. Por eso me atreví a mirar entre la ranura de mis dedos y a espiar sus curvas sonrojadas, producto del sol de Punta Rocas, Santa María, San Bartolo y todo el circuito de playas donde ella, mi hermana y sus amigas se pasaban el verano. Fui ampayado.

Recuerdo el escándalo y los insultos que me soltaron ella y sus amigas─se los contó esa misma tarde─por haber cedido a la tentación. No sirvió que les replicara que no llegué a ver nada, que no abrí los ojos del todo, que no se podía ver sino la silueta y ningún detalle grueso. Me mandaron al calabozo por mañoso.

Por eso me sorprendió tanto recibir su llamada.

Desde que me fui de Lima solo la había vuelto a ver en versión online. Tenía la misma cintura expresiva de siempre, la misma manera de atar el pareo alrededor de sus muslos. Las cuatro fotos en ropa de baño llenaban la pantalla de su página. Espié: en su recuadro de conocidos estaban nuestras amigas de siempre. Entre sus sitios favoritos los lugares comunes de ambos y en su conversación los mismos temas de su juventud. En su muro tenía una lista de 85 arrechos con mensajes en tres idiomas. Wakabayashi hubiera dicho de ella lo que siempre dijo de la Princesita de Yungay: «es una jaladita con jale». Alguna vez le sugerí a mi padre que ella y yo podíamos llegar a ser enamorados. «Esa te da cuatro vueltas. De lejos se ve que es una pendeja», me dijo.

Ella llamó a mi celular. Se lo tuvo que haber dado mi hermana o alguna de nuestras amigas comunes. Encontré la excusa que necesitaba para convencerme de volver a verla en cada sílaba de su mensajito telefónico calentón. Nos encontraríamos en el JFK, tomaríamos un taxi a Manhattan e iríamos por allí «a caminar».

Mientras la esperaba, me di cuenta de que no me había preocupado en arreglarme. Mis jeans no los había lavado en un par de semanas y el polo de Gap estaba despintado y tenía el cuello vencido. Era demasiado tarde, los dados ya estaban lanzados. Había pensado en darle una vuelta por la ciudad, tal vez en llevarla a comer y ya. Pero allí esperándola en una sala del aeropuerto, me vino la cretina impresión de que aquello podría durar para siempre. Alentaron mi deseo las tardes de soleada soledad en la terraza de mi departamento con vista a las chatarreras de Atlantic Avenue y mi reciente lectura de un aburrido libro de Kerouac. Tal vez también mis patéticos amaneceres tomándome fotos solo sobre la nieve en el puente de Brooklyn y mis caminatas haiku por las veredas heladas, entre los témpanos de los puentes amarillos de Central Park.

Mientra la esperaba volví a entrar con ella en las oscuras tiendas de ropas de baño brasileñas de una calle estrecha de Miraflores. Acepté ser su ojo avizor cuando ella salía detrás de la cortina del probador en un bikini con manchas de piel de leopardo y me preguntaba: ¿Qué tal me queda éste? Volví otra vez a su cuarto, al lado de su cama, cuando ella me dijo: tápate los ojos que me voy a cambiar. Volví a mirar entre la ranura de mis dedos calientes y a imaginar ese beso de despedida que pudimos darnos y nunca nos dimos. Estaba despidiéndome de ella en Lima cuando la vi llegando a Nueva York.

Tenía los mismos rulos desordenados cubriéndole la mitad del rostro, la misma forma soslayada de mirarme, el mismo sentido del humor que despidieron siempre sus ojos rasgados. Me dijo que había pensado quedarse un par de días en Nueva York pero que en el último minuto había comprado una conexión baratísima a Madrid para esa misma noche. Así que le quedaban unas tres horas para vagar conmigo, otra hora para regresar a su avión. Dijo que quería pagarme lo que costara para darse una vuelta en taxi por la ciudad y que yo la acompañara de regreso hasta el aeropuerto.

Había pasado un poco más de media hora, cuando me atreví a darle un beso. Ella me miró a los ojos en la cabina de ese carro color girasol que avanzaba como un buque entre el espeso tráfico y la gente. Me cortó la respiración abriendo la boca y besándome con sus dedos largos y delgados detrás de mi cabeza.

Regresó de Madrid a las dos semanas, para seguir mirándonos a los ojos por unos días antes de volver a Lima. Se quedó una semana más entre mis cubrecamas pasadas de moda. Nos amamos en un hotel de cortesía que le pagaba el trabajo en un viaje relámpago a Boston. Se fue despacio pero se fue y nos mandamos cartas de amor de lo más tontas durante algunos meses.

La primera vez en Nueva York me tapé los ojos para mirarla desnudarse. No sé si se acordaría pero no dijo nada. Quitó mis manos, resbaló su rostro contra mi cuerpo y sólo me preguntó si me había bañado esa mañana. Con la respiración entrecortada, fascinado, le respondí que sí.

15 de julio, Todos somos Corleone


Le contaba a Miguel que después de ser presentado a toda la familia DiSalvo y recibir las felicitaciones de rigor, me sentía parte de los Corleone. Dicen que hay una ropa de baño en la sala por si quiero meterme a la piscina. Los veo jugar bola bacci que se parece un poquito a las bochas, y recuerdo aquellas tardes en familia jugando al tejo en el patio de la casa de Anqui.

Uno de los hijos de uno de los primos de Frances me dijo que él era el arquero en su colegio y me preguntó si era italiano. Le dije que no, que era peruano y me miró otra vez sin saber qué pensar de mí. Al final terminamos en los tiros al arco y por lo menos le pude demostrar al mocoso que yo pateaba al arco mejor que lo que él tapaba con su sangre italiana y ocho cuartos.

Otro chibolo vino a intimidarme con su polo de Italia tetracampeón pero sus tiros al arco parecían los tiros al cielo de mi pata Diego Durojeanni cuando recién llegó a Perú después de pasar 5 años en Virginia. ¿Y tu eres italiano? le pregunté al chibolo. «Yo soy ambos» me dijo y dejó la pelota abandonada para irse a despedir de alguna tía que repartía besos de despedida.

La tia Joanne es experta en artes marciales y también hizo su breve show de kung fú. Dice que nos va a avisar para conocer al Yoda filipino que de vez en cuando viene a EEUU a hacer demostraciones de kickboxing.

A John David lo metieron con zapatillas, pantalón y billetera a la piscina y me hizo recordar cierta noche de juerga en casa de Paloma en La Molina.

«¿Sabes que todavía puedes escaparte?» dice el tío Allen, antes de contar que el hijo mayor está en alguna fraternidad de surferitos en New Jersey, de playa en playa. Despedida para tomar el tren de regreso en Huntington, beso con las primeras páginas de Decline and Fall of the Roman Empire, prefacio de Moses Hadas.

El tren de Long Island demora 1 hora y media desde Huntington hasta Penn Station. Sobre los peldaños de Bryant Park espero el bus expreso que llega a Riverdale pasada la medianoche.

Profesionales del sexo

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Una furiosa puta se dispuso a escribir una queja ante el editor del diario más importante de Resinápolis. A pesar de sus 54 años la mujer se mantenía en forma en base a una dieta estricta de rábano y garbanzos.

La carta había sido una idea de Juan, el hombre mayor de Coop City que la estaba ayudando a recolectar información para escribir sus memorias. Juan sabía de editoriales y creia que las memorias de una prostituta puertorriqueña del Bronx, que había vivido los años locos del apagón, las redadas de Guliani y la waltdisneyzación de Times Square tenía mucho que contarle a los lectores.

La carta al editor del periódico cumpliría la función de despertar el interés del público por el tema de la prostitución. La matrona empezaba su carta así:

«Quiero dejar constancia que he ejercido mi trabajo en las peores condiciones que la ciudad brindaba a las prostitutas. Me considero una sobreviente del oficio, en cierta forma una heroína de las rameras de Nueva York.»

La matrona miró su laptop, reordenó algunas palabras, miró por encima de su café late a algunas parejas que caminaban por la vereda de Kingsbridge Road y prosiguió:

«Sin embargo, hoy que las condiciones son óptimas para el ejercicio de mi profesión, que gracias a la tecnología puedo seleccionar a mis clientes y mantener cierta seguridad sobre mis contactos, la ciudad ha inventado una nueva estratagia para evitar que pueda ejercer mi oficio…»

La ramera se detuvo un instante. Se puso a pensar si lo que escribía era sincero o si toda esa farsa del libro de memorias no era tan solo un pretexto para vengarse de Sofía.

Sofía. Sofía. Sofía.

Le preguntó como eligieron sus padres un nombre tan bonito mientras la miraba parada en la calle e imaginaba su lengua debajo de la minifalda. Ella le dijo que nació en Sofía, y cuando la puta le preguntó donde quedaba Sofía, la tachó de ignorante. «Zorra puertorriqueña, anda a la escuela antes que te apeste tanto el coño que no puedas trabajar».

Se imaginó las piernas bronceadas de Sofía y los senos firmes de pezones duros debajo de las camisetas sin mangas que tanto le gustaban. En la mesa al lado de la puta, una pareja de soldados comentaba que la temperatura estaba en 100 grados. Uno de ellos la miró a los ojos. Era un soldadito pendejo. Le preguntó su nombre. La invitaron a sentarse con ellos pero la matrona dijo que tenía que acabar de escribir sus e-mails. Pensó otra vez en Sofía. Volvió a la pantalla y escribió el final de su carta al editor:

«Tiempos complicados para las profesionales de la prostitución. La tecnología nos vuelve voces, sonidos, imágenes. El roce de la piel ya no es el objetivo del sexo. Ahora las máquinas han creado entornos a los que las profesionales de cierta edad no estamos acostumbradas. El mundo es más fácil pero a la vez más complicado. Las decisiones tomadas por la ciudad en las últimas semanas no contribuyen a simplificar esta transición .»

Se percató que no podía concentrarse en escribir con la cabeza en la entrepierna de Sofía. Era la primera vez que la ramera le pagaba a una puta.

Cerró la laptop y aceptó sentarse con los soldados. Les prometió que lo iban a pasar muy bien si ellos pagaban por un cuarto con aire acondicionado y la dejaban quedarse sola a pasar la noche. Les dijo que necesitaba concentrarse en un examen para una carrera que estaba estudiando en Internet. Envuelve con sus historias y promesas a los muchachos que se percatan que a pesar de las arrugas el cuerpo de la mujer es prometedor. Ella les ofrece acceso total y algunas variantes que no han visto antes. Los soldados asienten, ella insiste en el aire acondicionado y recuerda que Sofía debe estar malográndose con el calor en alguna cama ajena. Imagina sus labios entreabiertos y la tremenda soledad entre sus piernas.

Se siente toda una puta cuando recuerda decirles a los muchachos que el pago es por adelantado. Se siente tremenda mientras marcha con ellos y toma el taxi en la esquina de la 63, cuando acaricia sus recuerdos al mismo tiempo que su filosa excitación, mientras manosea ambos bultos al mismo tiempo que le da direcciones al chofer el taxi. Se siente satisfecha, orgullosa, toda una profesional.

Metropolitan Museum & Rodeo Bar

Desde el techo del Metropolitan Museum, Central Park parece un bosque. Sirven Martinis y cerveza, algunos turistas solo miran, nos miran pasar, se pasean entre las esculturas recalentadas. Es uno de los primeros fines de semana que hace calor de verano.

Las canas de la guía se mueven con mayor rapidez que el grupo. Pasamos de los retratos de las tumbas de los egipcios y las momias conservadas con su cargamento de oro, del templo desenterrado y regalado por Nasser piedra por piedra, hasta el retrato de Lavoisier por David (un poco antes que le cortara la cabeza la guillotina) y a la soberbia imagen de Aristóteles apoyado en el busto de Homero cargando la cadena y el escudo de Alejandro Magno. Rembrandt, que influencia a Goya. Esas sombras que esconden sin tapar del todo, los gatos oscuros a raya a medio metro del hijo del enano y el estilo que aprovecha Manet cuando empieza a pintar. Y de Manet vamos al techo. Un Martini sin cereza y a mirar. En las veredas del Met abundan los retratos de geishas, el hot dog en Lexington Avenue, los vendedores de frutas parecian un trio de albaneses. Tal vez griegos.

¿Mesa para 10? ¿Para 12? Al final fueron como 15 porque no contaba con Gianpaolo y sus amigos. 3 pisco sours al hilo, jarras de sangría, las velas y el happy birthday to you. Jillian consigue un pollo saltado sin pollo al mismo precio, y el del pelo grasoso no la deja de mirar. Río ha llegado desde Panamá y Patricia a recoger sus cuadros con el novio. Lucy vino con el del pelo grasoso pero creo que ya se ha arrepentido de traerlo. Antes de irnos ya todos estamos un poco cansados. Juego de palabras con el conejo. Siempre el doble sentido que se presta para la cochinada y las carcajadas de Gillian que acaba de filmar un documental en el South Bronx. Llamada desde Rodeo Bar, correr a ver a Elana James, ganadora del Grammy, con violin y folk music, bajo, country, bandera de Texas (Elana es de Austin). Alejandra me saca a bailar, un par de Coronas extras y a tomar el taxi con parada en la 86.

Hay dos formas de alcanzar el cielo. Sonrisa en el taxi. Casi nos quedamos dormidos, el taxista conversa en el celular todo el camino, cruzamos la 87, salida 10. Me lo dice. Subimos a oscuras, pongo mi alarma para despertarme, si puedo, antes de las 6.

Faustus and forgiveness

 

matchpoint
Scarlett Johansson and Jonathan Rhys en una escena de Match Point, el filme de 2005 dirigido por Woody Allen.

 

Si el taxista sube en la siguiente esquina
si los hombres se alojan en las bodegas
si las mujeres golpean con los terrones de lona
si la bola muerta entra de todas maneras

Tanta cerda en vilo
tanto contramano.

Entre los rieles de los trenes y la ruta. Gimnasio, dos vueltas con libro. Los acantilados de Neruda, las ruinas de Paz. Las notas en el registro, varias A. 86 grados. Como que no quieren pero van a escribir el ensayo contra MVLL. No sobre literatura sino sobre convicciones politicas. Juan me dice que anda depre, pero igual me avisan que ha llegado a Lima el Pobre Diablo. Alejandra me recuerda que no me olvide sus telas. Me invitan de nuevo a recordar el picnic mas largo del mundo. En el tren 1 a Manhattan subrayo la llamada de Faustus a Mefistófeles. Se arrepiente de haberle entregado su alma pero es que lo quiere todo. Y no cree en nada. Desfilan los pecados capitales, todavia podemos pedir forgiveness.

Me llevo una pila de libros a la casa, el de Marlowe y el de Moll Flanders que tengo que leer para el examen. Los diarios de Eliade, Barthes, etc.

No regresaremos al vegetariano del especial de la noche, los precios han subido las chicas no son tan delicadas en el trato. Una de ellas es bastante grosera. Hay que ver todas las pelis de Alec Guiness. Hay que ver The Proposition que ayer encontré a $5 en el Blockbuster.

En Match Point el tema de la suerte el movimiento ascendente, la identidad con el sujeto cuyo lugar es deseado. Las nalgas de Scarlet Johanssonn bajo la lluvia. En 2001, el libro, el final de Hal es muy claro, se analiza desde un punto de vista psicoanalítico. Y en Dora Freud no dio pie con bola. Al gallego le dieron una clase de teoria literaria, pero ha fracasado. Entra Hunter. La reina de Inglaterra se queda estancada al cruzar el arroyo. Y esos cuernos hermosos desafiantes, se decide el destino de la reina. A ver si alguien se acuerda: Reyna es el tipo que marcaba a Maradona.

Fast Memo


En el edificio hay dos puertas levadizas. Ninguna tiene seguro contra choques. «Si no hubiera sido por el seguro total no hubiéramos podido comprar la Toyota». Mamaroneck se inundó. Apareció en la primera página del Journal News la foto del edificio donde viví cuando llegué a Nueva York. Parece que se va a derrumbar. Es una decadente y llena de cucarachas torre de Pisa. Las mejores memorias son ciertas tardes de sol acompañado por ella y ciertos fines de semana mirando de corrido El Padrino 1, 2 y 3 junto con Buenos Muchachos.

Hay por algún lado un video de la primera vez que salí a trabajar en el invierno con toda esa nieve. El guatemalteco Herman decía que quería que le presentase algunas peruanas porque no conocía a ninguna (estaba casado, le gustaban las motos, las correas y botas de cuero de serpiente y mencionaba a todos que Guatemala había tenido 25 años de guerra civil).

A Cristóbal , el ecuatoriano que trabajaba de superintendent en el edificio, le gustaba repetir que Herman estaba mal de la cabeza. Cristóbal va de compras a Home Depot y compra doble de todo «uno para el doctor otro para mi casa». Creo que ahora vive en alguna de las Carolinas intentando encontrar la fórmula para trabajar menos pero siempre sacar el doble de provecho.

Es la primera vez (creo) que ordeno una Cider Ale. No estaba mala. En el restaurante Harvest de Hastings on Hudson el bisteck estaba demasiado cocido. Demasiado elegante para tan mala comida. Mejor estaba el muffin de esta mañana con energy drink.

Ha salido el sol. Estamos esperando que aparezca el camión con el último The Bronx Journal. Tengo que seguir escribiendo sobre Middlemarch. Me aceptaron para el curso de 3 días de Writing Across the Curriculum en Lehman.

En NY

Me fuí a Nueva York para vivir en el humo
Tal vez porque estaba cansado de tan poco trabajo
De la poca prisa
Tal vez porque me golpearon feo en mi última pichanga
Tal vez porque se casó el amor de mi vida
Tal vez porque no era bueno para nada.

Nadie me creyó cuando dije que me mudaba para Brooklyn
Que quería estar cerca del subterráneo
Que me gustaba el ruido de la gente, las largas esperas

Jugábamos fútbol al medio de la tarde
Acompañé a una brasileña enmedio del pánico
Se me cayeron las torres a su lado,
Esperando el tren uno hacia el Bajo Manhattan
¿Una guerra? ¿Cuál guerra?
Allí sólo veía la amenaza terrorista
¿Por qué alistar los aviones, los aeroplanos, los tanques?
¿Cuándo empezaron a soltar las bombas?

El Bronx tiene bonita vista al río
Camino entre las hojas nuevas, estación que llega
Abrazo a los cardenales que se quedan
Las tinieblas del pasado nuevo y revelado
Las canchas de tennis con sol
Las pecas de mi novia

Les mentiría si les digo
Que nunca he sentido miedo
Y que no he sido feliz,
En Nueva York.

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