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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York City

Walking Uptown Manhattan


Hay ciertos días en que es necesario bajar la cabeza y seguir caminando. Por cierto que el clima no está malo, es más, me ha venido un repentino deseo de ser libre mirando los edificios desde los ventanales de Hunter. El viento es de color gris, pero los vestidos son de todos los colores. El aire es más fresco, se siente bien recuperarse de la fiebre. ¿En algunos trenes la calefacción es distinta que en otros? No sé por qué ayer me asfixiaba a la misma hora y ahora he viajado fresco y hasta con algo de frío. He llegado con exagerado adelanto.

Una muchacha es de Georgia y yo creía que su acento era británico. Por alguna razón cree que por haber terminado la maestría de literatura debo escribir con un inglés muy bueno. Mirando los grabados del libro de Blake me han dado ganas de adquirir la edición crítica de la Norton.

Quedan pendientes algunas cosas en mi clase de diseño. A los estudiantes les ha gustado recibir una variedad de ejercicios pero voy a seguir intentando darles material. Hay algunos trabajos muy creativos. Creo que las mejores tarjetas de presentación que he visto hasta hoy, lo cual demuestra que se les puede tener fe. Haremos una clase adicional lo cual nunca he hecho antes.

Con el cabello corto, lluvia en Johnson Avenue, bajando por la colinita de Riverdale. ¡Qué difícil resulta encontrar un lugar para estacionarse cerca de Lehman College! Pareciera que todo el barrio se ha comprado un auto desde el año pasado.

El exámen de latín, más sencillo de lo que yo esperaba. Las respuestas se pueden deducir si tienes un conocimiento medio de la cultura clásica. La gramática es la parte más difícil pero para poder cumplir sólo queda memorizar y memorizar. No hay otra. Hemos visto la cuarta declinación.

Toda la historia de Cadmos viene a pelo: Fundador de Tebas, hermano de Europa, mandado por su padre a buscar a la hermana, secuestrada por Zeus. De los dientes de la serpiente sagrada, sembrados en la tierra, nacen cincuenta guerreros que luchan entre ellos. Con los cinco que sobreviven se funda Tebas, pero la familia real de Tebas siempre estará condenada por Ares que llorará la muerte del animal y esconderá su maldición a Cadmos al ofrendarle a su hija Harmonia como mujer. Las Nereidas, las 50 hijas de Nereo con Doris (hijos de Pontus y de Oceanus) Tres Nereidas son las más importantes. De ellas la más famosa es Galatea por la cual pierde la cabeza Polifemo y, Anfitrite, esposa de Poseidón.

Es preciso el comentario de la profesora Bernardo. Siendo feo Polifemo era tan vanidoso como el bello Narciso. Qué gran ejemplo de la relatividad de la belleza y de la estupidez de la apariencia. Hay una chinita en la clase, de apariencia muy bonita. Hay muchas mujeres mayores y un bigotón que llega arrastando los pies. No se le ve tan cansado pero tiene la apariencia de ser alguien mortalmente cansado. El hombre más cansado que he visto en Hunter.

Una larga caminata por Lexington, camino a la 86. Hay tantas cosas que ver en la ciudad, cada calle es tan distinta, tan llena de detalles. Creo que si me propusiera conversar con alguien cada día sería aún más interesante. Debe haber muchísimas historias entre tanta gete que sube y baja las escaleras. El mexicano que sirve los hot dogs no me quiere recordar cómo se llama la col hervida. «Repollo» contesta muy serio. No se le puede replicar nada.

Eneas entra al infierno acompañado de la sacerdotisa, Caronte acepta cruzarlo en su barca luego de ver el presente que lleva consigo: la rama dorada. Debí haber leído La Eneida antes de leer el Infierno de Dante, ahora voy a tener que releerlo. Estoy escribiendo otra vez.

Patrick Stewart es Macbeth


Photo: The New York Press

Anoche vimos Las reglas del juego de Renoir y Frances quedó impactada por la escena de la cacería (masacre) de los conejos. ¡Me preguntó si había escogido la película a propósito!

El clima ha estado tan malo como toda la semana. En la clase de latín hemos empezado con las traducciones del inglés al latín que resultan mucho más complicadas que en el sentido inverso. En la clase de mitología, la profesora Bernardo ha comentado sobre la frase de César a Bruto (Et tu Brute?) que Shakespeare tergiversa, pues en la boca de Julio César, que sólo conversaba con sus pares en griego, la misma frase tiene carácter apotropaico, no reflejaría su corazón partido por la traición sino más bien el profundo deseo de mal para quien le está haciendo mal.

Dos kekitos de Magnolia de por medio (perdido en el West Village, con la casaca hasta la nariz y el gorro hasta la barbilla) y un pollito de Pardo’s Chicken (el pollo más jugoso que otras veces, las yuquitas un poco mejores y una ensalada al vapor bastante buena), el tren 2 hasta el BAM para la función de esta noche: Macbeth, con Patrick Stewart (Capitán Picard de Star Trek) en el papel principal.

El teatro Harvey del BAM (Brooklyn Academic of Music) es una reliquia de fines del siglo 19. Fue abandonado tras la decadencia del centro de Brooklyn en los 70s y 80s (violencia y empobrecimiento de todo el sector) y restaurado y recuperado para las artes a fines de los 90s. Dicen que el entonces director de BAM tuvo que entrar a través de una ventana rota en el segundo piso pues todos los accesos normales estaban sumamante deteriorados. Aparte de los delincuenciales 80 peldaños que hay que escalar para llegar a la galería, el diseño es perfecto, pues respeta la decadencia del edificio, lo que resalta–paradójicamante–los detalles que quedan de su esplendor original.

La puesta en escena es sencilla y eficiente. El efecto dramático es potenciado con sonidos grabados, proyecciones en la pared y efectivos cortes entre escenas. La aparición del fantasma de Banquo es chocante, perfecta para ir al intemedio; igual que el informe del soldado moribundo, al principio, atendido por las tres brujas vestidas de enfermeras; y la carnicería en el castillo de los Macduff. Cuatrocientos años después de haber sido representada por primera vez, todavía se nos pone la piel de gallina al adivinar la suerte de las criaturas o al ver las dagas ensangrentadas con que regresa Lady Macbeth.

Patrick Stewart, actor cuajado en Shakespeare hasta mediana edad, a quien el destino puso como capitán de una nave más longeva y afortunada de lo que pronosticaron a su nacimiento, refleja con gran calidad el deterioro mental del hombre poderoso derrotado por los fantasmas de sus víctimas. Lady Macbeth también da la talla: manipulando, ocultando, tramando, y lavando infructuosamente sus desgraciadas manos de reina mala.

Después de haberme perdido King Lear en el BAM con Ian McKellen ( entradas agotadas) valió la pena comprar los boletos esta vez con más anticipación. El teatro estaba lleno. No sé si muchos vinieron sólo a ver a Picard, pero de todos modos se llevaron a casa un gran Macbeth (Tengo entendido que esta puesta en escena fue la sensación teatral de Londres durante el 2007).

¡GIGANTES!

Hace un par de noches estaba en la casa de una amiga que tiene un televisor de 75 pulgadas (exagero un poquito, pero era gigante…) y le pedía a ella y a Frances que se movieran y me dejaran ver, porque estaban pasando en ESPN el resumen de los goles del fútbol europeo.

Mirando las tribunas de los estadios alemanes, ingleses, italianos, viendo esas caras de los hinchas celebrando los goles de su equipo, me pregunté, ¿Cómo es posible que haya vivido tantos años sin disfrutar de ese ritual?

Porque el fútbol, para quienes casi nunca vamos a misa ni se nos ha aparecido la virgen que llora, es lo más cercano a una experiencia religiosa.Hoy, los Gigantes de Nueva York me dieron la oportunidad de vivir una emoción parecida (claro que nunca sabrán estos tíos lo emocionante que es saltar enmedio de la trinchera).

Pero ¡QUé PARTIDO!

El 2002 estuvieron a un paso de llevarse el Super Bowl, pero en la final fueron aplastados sin piedad. Este año no esperaba nada del equipo y creo que por eso fue más emocionante.

Me quedé ronco tras gritar el touchdown de Plaxico Burress. Y más ronco cuando el cronómetro llegó a cero y los Gigantes se abrazaron y en todo el estadio empezó a caer el papel picado.

No importa que haya sido el único en la calle en todo el Bronx, regresando del bar en el auto, tocando el claxon en una ciudad que parecía dormida (estoy seguro que todos siguen en el bar celebrando) Ahí estaba esa misma emoción de los grandes partidos de fútbol. Cierto: Fútbol americano. Pero qué importa. Un gran triunfo para el equipo de fútbol de esta ciudad que es –de lejos– la mejor de los Estados Unidos.

El viaje en ferry

Era la primera vez que ella se subía a un ferry. Cuando las plataformas del muelle descendieron para recibir a los pasajeros, el mecanismo hizo un ruido escandaloso.

-Lo malo es que después de haber visto Nueva York, cualquier otra ciudad del mundo te va a parecer pequeña.

No creo que viajar en ferry y atracar en otra ciudad del mundo provoque la misma sensación de insignificancia. Pero puedo equivocarme.

Naoko también venía por primera vez. Ella tenía sus ojitos casi cerrados en una sonrisa. Me hubiera gustado saber lo que estaba pensando.

Además, el viaje es gratis. Difícil tener una mejor vista de la ciudad por ese precio. (La segunda mejor vista es desde el mirador de Brooklyn Heights, cruzando el puente.)

La estatua es el principal atractivo. Si bien te acostumbras a su tamaño, no puedes olvidar la imagen gigantesca que tenías de ella antes de conocerla. Ella es sólo un elemento más en el paisaje. Es más impresionante la vista de la ciudad. Pero claro, la estatua siempre se roba todos los flashes.

Jorge se pasó la bufanda sobre la boca. Su desgarbada figura parecía la de Ribeyro después de las cinco mil cajetillas. Pero él no fumaba. En su foto parecen perseguirlo las gaviotas, que vuelan casi a ras del agua.

Hay otras fotos. Me gustaría saber en qué estarán pensando cada uno de ellos cuando posan con la estatua a la espalda ¿Con qué imagen de ella se estarán comparando? ¿A quién pensarán enseñársela? ¿Dónde terminarán esos retratos, en qué album, en qué cajón de recuerdos?

Yo tengo varias ¿Cuándo vine por primera vez? Creo que el 2001. Y seguramente que desde entonces he hecho el viaje del ferry al menos una vez cada año. Es obligación indispensable para con los amigos. Sobre todo porque es más difícil convencerlos de cruzar el puente de Brooklyn caminando.

Cierta tarde caminaba sobre las callecitas del bajo Manhattan buscando una dirección. El viento era terrible y yo iba en sentido contrario, maldiciéndolo. Las aguas de la bahía se agitaban desesperadas, formando pequeñas olas. Esa fue la misma tarde de la desgracia, aquella en la cual el capitán del ferry se quedó dormido, la proa se llevó de encuentro una de las esquinas del muelle y murieron unos cuantos pasajeros, comprimidos entre el bote y el cemento. Como cucarachas.

A mis amigos nunca les cuento nada de eso. No quiero arruinarles el viaje. No quiero malograrles la experiencia diciéndoles que ahora el viaje en ferry es más seguro pero que antes había más libertad para moverse por la cubierta, para ver la estatua y los edificios desde distintas posiciones.

No se los digo porque me gusta verlos observando Nueva York con una deliciosa mirada de satisfacción. Me imagino que se sienten maravillados de pertenecer al grupo de quienes han visto la puesta de sol sobre los vidrios de aquellos rascacielos, y descubierto el verde reflejo de la estatua de la libertad.

Tantos libros (So many books)

Cosas que recuerdo de Strand (18 miles of books):
1.Encontrar una primera edición de un libro de Richard Burton (y comprármelo a precio huevo)
2.Hallar la edición de Anábasis, la segunda traducción de T.S. Eliot
3.Leer las notas al Génesis de la edición original de la Biblia de Jerusalem y las menciones a los cíclopes.
4.Los libros de la Historia de la religión, El mito del eterno retorno y los diarios personales de Eliade
5.Todos los ensayos de Ezra Pound
6.The Western Canon de Harold Bloom
7.La biografía de Oscar Wilde
8.Buscar libros de drama griego y encontrar una edición traducida de los Comentarios Reales
9.Los versos de Yates
10.Los dramas de Shakespeare
11.La colección de la Everyman Library
12.Los ensayos de Montaigne en tapa dura
13.Los libros Taschen a 10 dólares (Fotografía siglo XX, Iconos del siglo xx, Forbidden Erotica)
14.Las mujeres entre los libros
15.Sobre las escaleras buscando entre los libros pegados al techo
16.Las miradas
17.Los laberintos del sótano
18.Las horas.
19.Un libro sobre la historia del blues por Robert Crumb
20.Los ensayos de E.B. White, recomendados por Iwasaki
21. Un libro viejísimo de Joseph Conrad

He leído más en los Barnes and Noble. De aquellas librerías tengo recuerdos más placenteros (de labios, de sonrisas, de escotes, de caminatas de atardecer, entre las sillas de alguna presentación). Tengo además el autógrafo de Zadie Smith, el de James Ivory, el buen trazo de la firma de Art Spiegelman y la de Frank Miller en Sin City.

Además, he escrito cosas importantes pegado a las ventanas de Broadway. El ambiente espacioso y moderno de B & N se presta más para la lectura que los atestados pasillos, los estrechos pasadizos y el excesivo calor de los locales de Strand.

Sin embargo, me sucede algo difícil de explicar. De los Barnes and Noble recuerdo el placentero silencio de mi lectura. Entre los libros viejos de Strand, siempre me parece estar escuchando una prolongada conversación.

Invierno


¿Alguna vez dejará de asombrarme la cantidad de joyas que contiene el edificio del Met?
Es en lo primero que pienso cuando abandono el edificio. Cuantas obras maestras, cuantas piezas únicas que simbolizan los devaneos y los caprichos del arte universal.

Esta vez el clima ha sido pudoroso y nos ha permitido caminar entre los árboles del Parque Central hasta el lado oeste. Durante el regreso recordaba la voz de acento sureño que describía le primer cuadro de Manet rechazado por el Gran Salón de París: En la floreciente capital francesa, los curadores no dudaron en estamparle la R (Refused) en la parte posterior del lienzo. Monet y Renoir corrieron la misma suerte.

Debe haber sido difícil de digerir para Manet que un pintor de la misma época se llame Monet. Supongo que tendía a confusiones. Tal vez por eso no quería que lo llamen impresionista. No sé si lo ha logrado, no sé si le sirva de consuelo que el guía lo llame una y otra vez: el «Padre del impresionismo».

¿Y se imaginan a Van Gogh, paseando en el salón «alternativo» de los impresionistas y pensando «Caramba, esto es lo que yo quiero hacer»? Alguien debería ofrecerse a convertir en poster el cuadro de las recogedoras de olivos. Cada vez que paso por esa sala me asomo para ver si ya, si a alguien le interesó el cuadrito. Total, ni siquiera hay tantos cuadros de Van Gogh en el Met. Pero solo tienen posters de la noche estrellada, de los girasoles y de los cipreses que mece el viento.

La semana ha sido tranquila. Terminó el resfrío, después de tres días seguidos de antibióticos. El lunes he vuelto a tomar la raqueta y contra todo pronóstico, con las manos heladas, he vencido una vez más. Me ha llegado mi curso de latín y el libro de gramática. He boceteado una idea para un cómic. En el aeropuerto he abrazado a una vieja amistad. Me he comido un mondonguito buenazo. Me han dado chicha de sobre.

Como para probarme, que uno no se debe quejar mucho del invierno.

Libros raros


El codo sobre el libro. Detrás de las ventanas del edificio, Harlem. Se ha gastado tanta tinta. Tantas palabras y tantos sueños han derivado de éste, el primero. En algún lugar de La Mancha dice la primera página de la novela. Y el gringo pone el codo sobre el lomo del Quijote. El peruano mira, con la boca abierta.

Esta cara

Hace varias semanas que no enciendo un televisor.Veo nubes con la boca abierta. Hay ciertas escenas que no se pueden olvidar. Hay otras que se deshacen en el fondo de la olla y se convierten en burbujitas.

Río cuando cago. Sueño con otras mujeres, pocas veces con ella. Pero con ella sueño. No sé si me entiendan. Adelanto la hora un minuto y me siento a salvo. Peleo con los pies.

Disfruto con mis propias aventuras. Mis fotos nunca salieron como las imaginaba. Escucho voces en mis pesadillas y las silencio a voluntad.

Fabrico castillos en castellano y a veces lloro. Mis lágrimas tienen sentido. Amo los caracoles marinos.

Apágate

Pablo era un poeta muy malo. Tenía tres temas a los que siempre les daba vuelta: el mal amor, el amor menor, el amor al menor. Por sus poemas de amor al menor fue tildado de pedófilo (con cierta razón) y desacreditado entre los poetas de su barrio que ya lo habían apodado como il poeta cabrissimo.

Por eso no le quedó otra alternativa que dejar la casa de sus padres. Traduciendo poemas del francés al castellano para la editorial Peisa y Sopas del alma del inglés al castellano para la editorial Piratas honrados, consiguió juntar la renta de un despintado departamento en un edificio triste de La Parada, con ventana al burdel del Almirante.

Allí transcurrieron sus mejores días de juventud. Y los de su vejez.

He leído una crítica feroz de un intelectual que compartió auditorios con Pablo, y allí dice que su compañero desperdició su talento por vicioso y vago. Sin embargo, quienes lo conocieron los últimos años de su vida, afirman que nadie lo jodía. Y aquello, sabemos, siempre es importantísimo para los malos poetas.

Que en paz se apague.

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