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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Historias

El viaje en ferry

Era la primera vez que ella se subía a un ferry. Cuando las plataformas del muelle descendieron para recibir a los pasajeros, el mecanismo hizo un ruido escandaloso.

-Lo malo es que después de haber visto Nueva York, cualquier otra ciudad del mundo te va a parecer pequeña.

No creo que viajar en ferry y atracar en otra ciudad del mundo provoque la misma sensación de insignificancia. Pero puedo equivocarme.

Naoko también venía por primera vez. Ella tenía sus ojitos casi cerrados en una sonrisa. Me hubiera gustado saber lo que estaba pensando.

Además, el viaje es gratis. Difícil tener una mejor vista de la ciudad por ese precio. (La segunda mejor vista es desde el mirador de Brooklyn Heights, cruzando el puente.)

La estatua es el principal atractivo. Si bien te acostumbras a su tamaño, no puedes olvidar la imagen gigantesca que tenías de ella antes de conocerla. Ella es sólo un elemento más en el paisaje. Es más impresionante la vista de la ciudad. Pero claro, la estatua siempre se roba todos los flashes.

Jorge se pasó la bufanda sobre la boca. Su desgarbada figura parecía la de Ribeyro después de las cinco mil cajetillas. Pero él no fumaba. En su foto parecen perseguirlo las gaviotas, que vuelan casi a ras del agua.

Hay otras fotos. Me gustaría saber en qué estarán pensando cada uno de ellos cuando posan con la estatua a la espalda ¿Con qué imagen de ella se estarán comparando? ¿A quién pensarán enseñársela? ¿Dónde terminarán esos retratos, en qué album, en qué cajón de recuerdos?

Yo tengo varias ¿Cuándo vine por primera vez? Creo que el 2001. Y seguramente que desde entonces he hecho el viaje del ferry al menos una vez cada año. Es obligación indispensable para con los amigos. Sobre todo porque es más difícil convencerlos de cruzar el puente de Brooklyn caminando.

Cierta tarde caminaba sobre las callecitas del bajo Manhattan buscando una dirección. El viento era terrible y yo iba en sentido contrario, maldiciéndolo. Las aguas de la bahía se agitaban desesperadas, formando pequeñas olas. Esa fue la misma tarde de la desgracia, aquella en la cual el capitán del ferry se quedó dormido, la proa se llevó de encuentro una de las esquinas del muelle y murieron unos cuantos pasajeros, comprimidos entre el bote y el cemento. Como cucarachas.

A mis amigos nunca les cuento nada de eso. No quiero arruinarles el viaje. No quiero malograrles la experiencia diciéndoles que ahora el viaje en ferry es más seguro pero que antes había más libertad para moverse por la cubierta, para ver la estatua y los edificios desde distintas posiciones.

No se los digo porque me gusta verlos observando Nueva York con una deliciosa mirada de satisfacción. Me imagino que se sienten maravillados de pertenecer al grupo de quienes han visto la puesta de sol sobre los vidrios de aquellos rascacielos, y descubierto el verde reflejo de la estatua de la libertad.

Tantos libros (So many books)

Cosas que recuerdo de Strand (18 miles of books):
1.Encontrar una primera edición de un libro de Richard Burton (y comprármelo a precio huevo)
2.Hallar la edición de Anábasis, la segunda traducción de T.S. Eliot
3.Leer las notas al Génesis de la edición original de la Biblia de Jerusalem y las menciones a los cíclopes.
4.Los libros de la Historia de la religión, El mito del eterno retorno y los diarios personales de Eliade
5.Todos los ensayos de Ezra Pound
6.The Western Canon de Harold Bloom
7.La biografía de Oscar Wilde
8.Buscar libros de drama griego y encontrar una edición traducida de los Comentarios Reales
9.Los versos de Yates
10.Los dramas de Shakespeare
11.La colección de la Everyman Library
12.Los ensayos de Montaigne en tapa dura
13.Los libros Taschen a 10 dólares (Fotografía siglo XX, Iconos del siglo xx, Forbidden Erotica)
14.Las mujeres entre los libros
15.Sobre las escaleras buscando entre los libros pegados al techo
16.Las miradas
17.Los laberintos del sótano
18.Las horas.
19.Un libro sobre la historia del blues por Robert Crumb
20.Los ensayos de E.B. White, recomendados por Iwasaki
21. Un libro viejísimo de Joseph Conrad

He leído más en los Barnes and Noble. De aquellas librerías tengo recuerdos más placenteros (de labios, de sonrisas, de escotes, de caminatas de atardecer, entre las sillas de alguna presentación). Tengo además el autógrafo de Zadie Smith, el de James Ivory, el buen trazo de la firma de Art Spiegelman y la de Frank Miller en Sin City.

Además, he escrito cosas importantes pegado a las ventanas de Broadway. El ambiente espacioso y moderno de B & N se presta más para la lectura que los atestados pasillos, los estrechos pasadizos y el excesivo calor de los locales de Strand.

Sin embargo, me sucede algo difícil de explicar. De los Barnes and Noble recuerdo el placentero silencio de mi lectura. Entre los libros viejos de Strand, siempre me parece estar escuchando una prolongada conversación.

Libros raros


El codo sobre el libro. Detrás de las ventanas del edificio, Harlem. Se ha gastado tanta tinta. Tantas palabras y tantos sueños han derivado de éste, el primero. En algún lugar de La Mancha dice la primera página de la novela. Y el gringo pone el codo sobre el lomo del Quijote. El peruano mira, con la boca abierta.

Apágate

Pablo era un poeta muy malo. Tenía tres temas a los que siempre les daba vuelta: el mal amor, el amor menor, el amor al menor. Por sus poemas de amor al menor fue tildado de pedófilo (con cierta razón) y desacreditado entre los poetas de su barrio que ya lo habían apodado como il poeta cabrissimo.

Por eso no le quedó otra alternativa que dejar la casa de sus padres. Traduciendo poemas del francés al castellano para la editorial Peisa y Sopas del alma del inglés al castellano para la editorial Piratas honrados, consiguió juntar la renta de un despintado departamento en un edificio triste de La Parada, con ventana al burdel del Almirante.

Allí transcurrieron sus mejores días de juventud. Y los de su vejez.

He leído una crítica feroz de un intelectual que compartió auditorios con Pablo, y allí dice que su compañero desperdició su talento por vicioso y vago. Sin embargo, quienes lo conocieron los últimos años de su vida, afirman que nadie lo jodía. Y aquello, sabemos, siempre es importantísimo para los malos poetas.

Que en paz se apague.

Crash

En Canadá abundan los caraduras. No hay suficiente gasolina para apuntalar todas las cosas que habría que reventar de una vez por todas. Líos legales, papeles, fresas desparramadas sobre la consola del automóvil. De pronto todo está estático. Un mal movimiento y las cuatro ruedas se escapan de control.

El espacio galáctico ha sido formado por seres de la misma calaña de Vaughan. No hay que ser un genio para percatarse que los espacios se han acortado, que el tiempo corre cada vez más rápido, que ya no tenemos ni siquiera una hora y media de nuestra vida para dedicarla a escuchar un concierto de música clásica. El espacio galáctico está cubierto con las cicatrices de seres como Vaughan y tal vez sea lo mejor.

Recuerdo las carreras de motos en la playa, una chica rubia con el pezón escapándose ligeramente de la ropa de baño. ¿Sentía lo mismo que yo? ¿Es indispensable el vértigo para evolucionar? ¿Seremos en algún momento máquinas? ¿Y la poesía?

En algún momento nacerá en este país la niña robot poeta. Sus lágrimas se deslizarán por sus mejillas y su voz temblará con la misma calidad con que tiemblan las niñas reales. Y alguien exclamará entre sollozos en el público reunido para apreciar su arte: ¡Te amo!

Escondido entre las cortinas del teatro, su creador sonreirá orgulloso, pero sin olvidar los tres o cuatro detalles que deberá modificar y reparar para su siguiente modelo.

Los e-mails cada vez serán más personales y podremos verter lágrimas en ellos con la misma facilidad con que caían las gotas en las cartas antiguas. Y los errores gramaticales serán menos comunes. Serán nuestras cartas y nuestra escritura y las amaremos porque nosotros seremos tan mecánicos como ellas. Nuestros circuitos tendrán marca de fábrica, como ya la tienen algunos corazones, pulmones, córneas, estómagos.

En ese tiempo, no tan lejano, nuestros pensamientos estarán todavía rondando y alguien los captará entre la telaraña de señales y mensajes del pasado. En ese instante mis dedos correrán, listos para agarrarlo: El futuro.

Art Spiegelman en Barnes and Noble

Casi de casualidad me enteré que Art Spiegelman (Maus ) iba a estar en Barnes and noble de Union Square para hablar sobre su libro In the Shadow of No towers. Todo como parte de la conmemoración de los cinco años desde los ataques del 11 de septiembre del 2001. Spiegelman es muy crítico del papel que jugó el gobierno americano luego de los atentados y se queja en cada cuadrito del modo como este atentado fue «secuestrado» -secuestraron el secuestro- por el gobierno de los Estados Unidos. Apenas si los neoyorquinos se estaban recuperando de las heridas y empezando a darse cuenta que habían sido agredidos por el terrorismo, cuando ya, EN SU NOMBRE, se les estaba utilizando para preparar una guerra de características apocalípticas. Las páginas, que no fueron publicadas originalmente por ningún medio masivo en los Estados Unidos (salvo el Forward, un medio orientado a la comunidad judía), fueron reunidas el 2004 para realizar este libro de precioso acabado. Allí Spiegleman describe como fue su experiencia el día de los atentados (el vivía y trabajaba a la espalda de las Torres Gemelas) y cómo se las arregló para superar el trauma de aquél día, gracias a la lectura de antiguas historietas publicadas en las tradicionales páginas a todo color de los antiguos periódicos norteamericanos: Little Nemo, The Katzenjammer Kids, Educando a Papa, La Gata Loca, etc.
Con diapositivas que hicieron didáctica la presentación, Spiegelman describió sus experiencias personales con todo el tema de las Torres Gemelas, detalles de su vida que cambiaron aquél día e incluso compartió su experiencia más reciente, junto a su esposa y co-editora, desde los años de su legendaria revista RAW, Francois, con quien está publicando una revista de comics para niños.
Allí al comienzo de esta entrada, está la foto de mi ejemplar autografiado. Uno de los tantos detallitos que hacen tan especial la vida en Nueva York.

La O


En las mejillas marcaba una tenue sonrosura. Su madre lo estaba esperando con la furia abierta. «Te has pasado de la raya» le dijo tranquilamente mientras el niño empezaba a llorar a causa de la pega. «¿Dónde has estado , malcriado?» decía la madre llorando y el niño respondía con lágrimas y gemidos, que apagaban un tanto el sonido de la golpiza. Como fondo, un noticiero de la televisión, de vez en cuando comerciales. La reprimenda duró un cuarto de hora.

Despúes comieron. La señora había preparado frejolitos verdes con arroz. Los hermanitos miraban el plato en silencio, abrazaban sus cucharitas con toda la boca, intentaban concentrarse en el sonido de su baba reseca y en no prestar atención a los sollozos de su hermano mayor.

El mayor tenía las mejillas coloradas, las orejas calientes, el cabello desordenado sobre el rostro. Solllozaba por el dolor que le carcomía la piel, pero intentaba reconstruír mientras tanto, en su cabeza, los hechos de aquél magnífico día.

Como siempre me he levantado a las cinco y media de la mañana. No había nadie en la calle y todo estaba silencioso cuando he agarrado mis bolsas y me he ido caminando por el borde de la pista hasta la colectora de basura. Había un perro de lengua larga y pelo amarillo, con una cicatriz mal curada debajo de la jeta, que conocía de siempre. El y los otros niños que simpre recogían desperdicios por la madrugada sabían que era el del ciego.

-¿Cómo estás Mandrake? El perro sacó la lengua, bostezó enorme. Y le dijo:

-Tengo que enseñarte algo.

La mesita era inestable y de vez en cuando, si se movían mucho en las sillas, temblaba la mesa. El foco desnudo colgaba sobre sus cabezas. Sólo se escuchaban ellos mismos. Cuatro hermanos. El mayor, el menor y las gemelas.

-¿Qué has estado haciendo todo el día hasta esta hora? Preguntó su madre, que sorbía despacio los frejoles verdes pero hacía menos ruido que todos al comer.

«¿Qué le digo?» pensé. «No puedo decirle que me fui con Mandrake, que visité la tumba del pobre ciego, que me arañaron las calaveras de las pesadillas que lo protegen, que adelanté mi vida en sesenta y cinco años, que la vi muerta y vi la muerte mía y de mis hermanos. Que sé que en pocos meses a esta zona de La Lavandería se la comerá el fuego, pero que yo entonces, ya no estaré aquí. ¿Qué le digo?»

-Me encontré con unos amigos y nos fuimos a jugar fútbol. Hablaba sollozando, todavía le dolía. Sus hermanos se concentraban más que nunca en los frejolitos verdes, en cada granito de arroz, en la blancura de su platito de plástico, en los filos de la cuchara semi oxidada.

-No te creo. ¿Donde fuiste?

-Sígueme, dijo Mandrake. Y el perro empezó a caminar dando tumbos por el borde de la carretera. Dio unos pasos y volteó para asegurarse que el mayor lo seguía.

No pude responderle nada. Siempre le hablaba a Mandrake: Mandrakito para aquí, Mandrakito para allá. A veces encontraba algunas frutas podridas y se las lanzaba. Al principio (y eso se debe acordar Mandrake) también le tiró piedras. Le acerté una vez en la cabeza. Mandrake huyó dando gemiditos. El perro venía temprano con el ciego. El ciego estaba más temprano que todos los niños y se iba al rato que yo venía, cojeando, con su perro. Mandrake siempre regresaba, una media hora después, solo, y se quedaba mirándonos. No ladraba, husmeaba como todos entre la basura, comía una cosita por aquí, otra por allá. Pero al comienzo a los niños nos gustaba apedrearlo, le tirabamos rocones que casi siempre Mandrake esquivaba. Pero una vez le di con una piedra en la cabeza. Y de eso, Mandrake se debe acordar.

-Sígueme, volvió a repetir Mandrake. Con un tono de autoridad que el mayor reconoció. Estaba tan acostumbrado a temer a su padre. Hablaba siempre con el tonito de mando de Mandrake. No sabía que un perro podía imitar tan bien la voz de su padre. Se sorprendió pensando en todo el tiempo que había pasado desde que este se había marchado. Eran casi siete años que no lo veía y todavía se acordaba del tonito mandón de su voz.

El iba detrás del perro, por el borde de la carretera. Caminaron hasta la puerta abierta de la casa del ciego. Había algo en la estufa que olía muy bien, como a cerdo. Chicharrones tal vez. Entraron a la casa

-Siéntate y sírvete-,dijo Mandrake. Así que tomé asiento en una mesa pequeñita, con dos sillas. En un rincón había una cama tendida y al lado de la cama había un anaquel. Sobre el anquel, dos libros gruesos encuadernados en cuero. Sobre la mesa, confirmando la predicción de mi olfato, un enorme sandwich de chicharrón de chancho. No me atreví a comer. Entonces se apareció el ciego, me tocó la espalda y tomó asiento en la otra silla, frente a mí.

Era la primera vez que se me congelaba la sangre. El ciego me hizo una mueca divertida y me volvió a invitar a comer. Era la primera vez en mi vida que estaba tan cerca de él y, cosa curiosa, lo primero que me impresionó es que el ciego mañoso veía. Pasé por alto el hecho que me habría causado más pánico: Mi madre y yo habíamos ido al entierro del ciego.

-¿Qué hiciste todo el día?

-Jugué fútbol mamá. Y fui al centro.

-¿Al centro?¿Y a qué fuiste al centro? Ella tampoco estaba mirándolo a los ojos, sino al plato de frejolitos verdes. El mayor esperó por un momento, esperaba que los frejolitos verdes le contestaran. Sus hermanos estaban estáticos. El menor había dejado de comer. Lo miró.

Yo nunca he ido al centro. Debe ser interesante el centro, a veces he escuchado de él en los noticieros. Creo que cuando tenga tiempo voy a ir con mi hermano mayor al centro. Iremos los dos.

Y el hermano menor se sintió por primera vez en su vida, orgulloso de su hermano mayor. Y curioso: ¿Qué podría haber hecho el mayor en el centro? Tiene que haber hecho algo más interesante que ir al centro. El menor estaba esperando la respuesta mientras le daba vueltas a los frejolitos dentro de su boca.

-A pasear. Fui al centro a pasear

-¿Y con qué plata eh? ¿Qué plata tenías tú para ir al centro?

Y ahí tenía la respuesta perfecta. La única que me podía salvar de todos los problemas y de las otras preguntas y de contar mi verdadero viaje, mi extraña incursión en el mundo de los ciegos, de las pesadillas, de los fantasmas, de los perros que hablan.

-Me fui caminando.

Hasta donde me alcanzaba la memoria, era la primera vez que escuchaba de alguien que se fuera de La Lavandería hasta el Centro caminando. Eso me convertia en un pionero y en un viajero. Me sentí orgulloso de mi respuesta y recordé por primera vez las palabras del ciego que me acompañarían para siempre en mis futuros viajes: «Siempre quedan mundos por descubrir». (Continuará)

Las hojas que caen

Alrededor de una mesa de madera oscura, en el bar de un club de golf, cuatro hombres juegan a las cartas. El más viejo se llama Carmile, hijo de dublineses, enseña una herida de guerra que le ha malogrado un ojo. El más robusto, que carga herencia siciliana y lleva las gafas pegadas a un rostro sonrosado y liso se llama Matty. El tercero, alto y tullido por desgracia de la polio, de herencia napolitana y carácter explosivo, se llama Lenny-. Tony es el cuarto: pequeño y delgado, de bigote boscoso y ronca voz de fuerte acento español. Los cuatro hombres se han reunido a jugar cartas alrededor de aquella mesa, casi la mitad de todos los domingos de su vida. Carmile tiene 84 años, Matt 82, Lenny y Tony acaban de cumplir 80. Esa tarde, el bar está lleno de gente y sobre el campo de golf, muy cerca de la casa club, flamea al tope del asta una imponente bandera de los Estados Unidos.

Matt se levanta de la mesa a mitad del juego para ir a la barra, Lenny protesta que Matt siempre lo hace cuando va perdiendo. Matt dice que no está perdiendo, que necesita beber algo y que no se demora. El muchacho que sirve los tragos, un dominicano de piel cetrina, le pregunta como van los negocios. Sabe que Matty adora conversar sobre dinero.
–Escucha: ayer vendí lo que quedaba de mi companía. No me gustó, pero tuve que hacerlo ¿Tú sabes que tenía una flota de carros para distribuir aceite?
–Lo sé Matty. ¿Con hielo?
–Con poco hielo. De joven yo era el único de mi manzana que tenía un auto. Todas las muchachas me pedían que las llevase a la playa ¿Te he contado eso?
–Varias veces Matty. ¿Algo para picar?
–Un poco de maní. Eran otros tiempos, este país ya no es lo mismo. ¿Sabes tú lo que ha malogrado a este país?
–No Matty. ¿Qué ha malogrado a este país?
–Los negros y los hispanos. Están en todos lados.
–Yo soy hispano Matty.
–No, no. No me refiero a tí. A otros hispanos ¿Entiendes? Antes también había inmigrantes…pero era diferente. Más controlado ¿Entiendes?
–Tu bebida con hielo y tu maní Matty. Entiendo.
–Mi familia llegó desde Sicilia sin dinero y hablando italiano, pero yo y todos mis hermanos aprendimos inglés ¿Te he contado eso?
–Muchas veces Matty.
–O.K. Gracias ¿Eh? Gracias, gracias.

Sobre la mesa, Lenny mueve el brazo accidentalmente y descubre que Matt esconde dos cartas bajo su servilleta.
–¡Es la última vez que juego con Matt!–, grita.
Carmile trata de calmarlo: si él ya sabe que el viejo es un tramposo.
-¡Y un cochino! –agrega Tony– ¡Siempre habla con la boca llena de comida! ¡Un tramposo y un vulgar! Tony lanza sus cartas, se para y ayuda a Lenny a levantarse.

Matt regresa a la mesa arrastrando los pies, tratando de no derramar bebida ni de voltear el recipiente de maní. Algunos socios, desde sus mesas, levantan sus jarros de cerveza y brindan a su salud. Matt brinda, extiende la mano, hace un comentario coqueto a una mesera regordita y le apreta un cachete con sus dedos embarrados de sal. Mientras Matt regresa, Lenny ya arrastra su andador, camino a la puerta de salida, seguido por Tony. Al llegar Matt a la mesa, Carmile lo recibe con una sonrisa fría. «Eres un maldito tramposo, Lenny no quiere volver a jugar cartas contigo». Matt dice que no le importa. Se sienta, bebe de su refresco, derrama un poco de líquido que chorrea hacia el borde del cuello. Estira el recipiente de maní hacia Carmile, que lo mira con la mirada extraviada de su ojo dañado y piensa: “¿Qué pasará por la cabeza de este viejo hijo de su madre?”

Matt insiste en jugar cartas pero Carmile le dice que no. Que ha arruinado la tarde, que ya no quiere jugar. Prefiere mirar el campeonato de golf, en una enorme pantalla de television. El golfista toma impulso para golpear la bola. El silencio en ese lejano campo de Virginia se contagia a los socios que llenan las mesas del bar de este club de golf en Nueva York. El jugador golpea. Es un pésimo golpe, la bola vuela por encima de los árboles hasta donde la cámara no la puede seguir. Algunos socios en el bar aplauden divertidos. Matt es uno de ellos. Carmile lo mira.

***

Tony y Carmile juegan golf todos los sábados por la mañana. Se unen a Matt y Lenny para jugar a las cartas los domingos. El convenio tácito es que Lenny debe soportar los trucos de Matty (más descarados conforme pasan los años) y que ellos tres deben aguantar el carácter explosivo de Lenny. Matt y Lenny han peleado muchas veces. Matt siempre pretende que el juego de cartas no le interesa, pero odia perder. Carmile intenta ser neutral, si bien le hacen gracia las malas bromas de Matty y las rabietas de Lenny. No le desagrada que Matty le ponga apodos. Como aquél cuando apenas se estaba haciendo a la idea de su cicatriz en el ojo y a mitad de un juego de cartas Matt lo apodó: «Mira con Truco». Matt también intentó una vez apodar a Lenny y a sus piernas destrozadas: Lenny lo cogió del cuello con ambas manos. Casi lo estrangula, frente a todos. Matt a veces agarra el bigote de Tony, se lo sacude y le dice que no parece un gallego sino un cuatrero mexicano. Tony se desquita insultándolo, gritándole que es un sucio y un vulgar, un mal educado. A veces todos terminan levantándose la voz. Se insultan, botan las cartas y se largan del club jurando no volverse a ver nunca más.

El sábado siguiente Carmile y Tony juegan golf. Después de ajustar las correas de las bolsas al carrito de golf, el caddy master les asegura que no tendrán jugadores esperando detrás de ellos. Carmile le agradece la información con un billete de veinte dólares. A Carmile le gusta tomarse su tiempo en cada hoyo y detesta cuando otros socios lo apuran. Algunos tienen pésimos modales. Años antes, al ver su cicatriz, los socios, los administradores y los empleados lo llamaban “General” con respeto. Ahora, piensa Carmile, muchos de los socios y de los empleados ni siquiera saben lo que significa “La gran generación”.

A Carmile le agrada jugar golf con Tony porque casi no habla. Avanzan por el campo haciendo mínimos comentarios. Ese sábado son sólo dos pero durante muchos años fueron cuatro: Carmile, Tony, Lenny y Matty. Lenny tenía el mejor juego de los cuatro, hasta que la polio le terminó de arruinar las piernas. Matt siempre jugó mal e hizo el papel del payaso del grupo. Hasta que su columna se arruinó. Las peleas entre Matty y Lenny empezaban el sábado en el campo de golf y seguían los domingos en el juego de cartas. Esa era su rutina de los fines de semana. Tony usualmente hacía causa común con Lenny, si bien en algunas ocasiones le comentaba a Carmile en privado–invocando cierta complicidad por sus ancestros celtas–, que aquellos altercados eran comunes entre sicilianos y napolitanos. “Esto es cosa de mafiosos italianos”, decía.

Ese sábado demoraron casi cuatro horas en jugar los dieciocho hoyos. El campo tiene la peculiaridad de un hoyo adicional. El 19, el hoyo de la despedida. Desde el hoyo 19 se puede ver muy de cerca la casa club y por eso es el más importante: los socios, a través de los ventanales, sentados alrededor de las mesas del bar o bajo los toldos de la terraza de la casa club, pueden apreciar cuan malos golfistas son los otros socios. Es el hoyo que los jugadores escogen para sus apuestas más jugosas. El caddy les comenta que un grupo de socios apuesta siempre mil dólares en el hoyo 19. Los jugadores de cartas fueron siempre más modestos y apostaron invariablemente la misma cantidad: el almuerzo del domingo.

Esa tarde gana Tony en el 19. Carmile reconoce molesto que si bien ha ganado en el resultado general, a él le tocará pagar el almuerzo del domingo. Carmile ha conversado por teléfono con Lenny y le ha prometido que jugará sólo si no juega Matt. Que no volverá a jugar nunca con Matt. Matty no lo ha llamado durante la semana, pero Carmile espera que juegue. “El viejo tramposo no podrá resistir la tentación de venir. Así sea sólo para vernos jugar”, piensa.

Mientras conducen el carrito de golf hacia la casa club, ven algo que les provoca escalofríos. Dos empleados desatan el nudo de la bandera que flamea sobre la casa club. Con la fuerza del viento la bandera se enreda sobre sí misma y el asta se estremece. Los empleados rehacen el nudo peleando con la fuerza del viento y, mientras Carmile y Tony se acercan en el carro de golf, silenciosos, sin dejar de mirarla, la bandera empieza a flamear a media asta.

Durante sus más de cien años de existencia, aquél ha sido el signo tradicional de respeto ante la muerte de uno de los socios. Carmile no recuerda en qué momento de su vida empezó a ver el detalle de la bandera como un símbolo de extrema importancia. No recuerda cuando empezó a pensar, que alguna vez, aquél detalle significaría que él había muerto. Tal vez después de su primer ataque al corazón. Carmile mira como flamean las estrellas blancas y las líneas rojas. Sabe que no necesita decir nada, que Tony está pensando lo mismo que él: mientras no estén los cuatro juntos siempre han de sentir esa ansiedad en el pecho que los llevará, como ese sábado, hacia la casa club. No se dan cuenta que sus zapatos de dos tonos van dejando una larga huella de barro sobre la alfombra del club.

Carmile y Tony se detienen bajo el portal de la oficina de gerencia. Atentos y en silencio, frente a la puerta abierta, observan por un instante a la gerente, que aún no lo has visto, preocupada en la lectura de documentos. Carmile suelta de golpe la pregunta que lo tortura:

–¿Quién se murió?

La gerente levanta la vista de sus papeles y lo mira por unos segundos, extraviada. Piensa por un instante en lo que debe decir. Se demora una eternidad en contestar. Por fin, con la mirada fija en el ojo malo de Carmile, les dice un nombre: «Mister…»

Los dos amigos escuchan atentos, inmóviles. Entonces se abre en su mente un agujero y por allí viajan sus recuerdos, hacia las hojas que caen.

Things Fall Apart

To Chinua

My friends don’t want to come because there is no bathroom here.»We climb the rocks, we find a place far away from the huts and it is a wonderful experience to shit feeling the breeze of the sea, feeeling that you can be surprised by somebody»

They don’t agree. At least some of them. It’s difficult to convince a group if not everybody likes the idea of spending the weekend without a bathroom. I always liked to spend the summer here. The day of my arrival, I used to leave the shoes somewhere around and do not get them until I left to the city.

I like to climb the rocks, to swim, and to feel the surface of the stones under the sea, under my toes. This must be happiness. I climb the big rock and jump into the water. No limits. This is America, Asia is somewhere across the ocean. Can you feel it? This is freedom.

At night, just the stars. I didn’t like to sleep in the huts, I preferred to get a mattress outside, at the plaza. There were some trucks parked in the main plaza. My cousin brought some tapes. It was a comedian. Full of bad words, full of nice jokes. Everybody laughs. Everybody goes to sleep early, there were not too many things to do after dusk. Maybe to play cards. Maybe. We used to play cards in the morning, over the mattress in front of one of the huts. We were five or maybe six cousins. The youngest was the wisest, nobody could beat her. Perhaps she always tricked us, perhaps. I preferred to go to the sea. To help my uncles to get urchins, lapas or barquillos. I loved to eat the orange meat of the barquillos. Juicy! To feel the salt in my mouth. I could be here for months, just swimming and eating sea food.

When I was 16 I met this girl. I saw her during many summers but she was just a little girl with big black eyes. That summer she was bigger. And her long black hair was beautiful. The summer before she asked me what I was reading and I showed her my hulky book: The War of the End of the World. She smiled. I think there were those teeth which trapped me. Next day we went to catch some bait to the sandy beach next to ours. I was driving and she jumped into the car, to sit next to me, to show me that she could be funny. On the beach we walked on the sand next to each other. She was wearing these fantastic tanga as a leopard skin. I was instantly attracted. We men are so simple. I liked her and she liked me.

She taught me the next morning how to whistle with two fingers. I kissed her over a stone, on our way to fish. None of us were wearing shoes. You don’t need to wear shoes to meet the woman of your dreams. Was she? She waked me up every morning with her wet kisses. Her tongue was alive, toyful, full of tricks. It was a gift. I learned many things with her. I played cards and next to the light of the candles we kissed each other bodies in silence. She sent her sisters-she was the oldest of four daughters-to the beach, just to let me weight her breasts in her bedroom. I can remember the smell of the earth, the breeze of the dawn when she came to tell me hi. To embrace me, to smile together. That lasted the whole summer.

A year after that I met her on the street of the town. I haven’t see her since the summer and I knew she was pregnant. I knew also that the policeman that she loved was married and had run away. She became heavy, round, beautiful. I missed her black eyes and our whistle lessons. I missed our summer. The winter is a horrible place to be, at least in these small towns of the Coast. There is nothing intelligent to say during the winter. There are no reasons to explain. That’s why I looked at her and said nothing. That’s why I’m telling you this story. Winter is for discontent.

When we were watching each other and I was trying to avoid the sight of her round belly, a woman clad in purple walked in front of us. «Where there once was a fire, ashes remain,» she said, and kept walking on the sand towards who knows where. I could not recognize her. Perhaps I did not know her. In the town people look to me as if they knew me. I just see them during my summers, sometimes I never see anybody but the sea. I am a city boy. I heard the voice of this strange woman, mixed with the sound of the breeze and the olive leaves. The wind whistles stronger that her during the winter. My woman looked at me, she said bye and that was it. Could we had a better end?

There is always difficult to find among my friends a group to come here. Not too many people like to spend the weekend in a place with no bathrooms. I would like to meet her again, but I’m afraid that everything is different now. But maybe one day, hidden among the stones, feeling the breeze, she will surprise me.

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