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The New York Street

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Alan García

Choleando, choleándonos

Discutiendo la "raza" peruana.
Discutiendo la “raza” peruana.

El documental Choleando, iluminador reportaje, es una entrada feliz y necesaria para quien esté interesado en la identidad peruana.

“En el Perú hay mucho racismo” concluye una reportera, tras sus entrevistas en la calle. A quienes nos toca el tema, nos ha bastado la observación empírica (reforzada por el testimonio de una reportera de Media Networks para quien sus órdenes siempre eran: “que no salgan marrones”) para decir lo mismo.

Sin embargo, uno de los entrevistados reclama: “No hay racismo porque las razas no existen”.

En ese momento, Choleando investiga–en la sociología, la lingüística, la psicología–para explicar el “racismo” desde la razón. Porque el “choleo” es tal vez un problema más grande que el de las supuestas razas.

Las razas no existen. Son construcciones mentales, basadas en apariencias, con el objetivo de incluirnos en un grupo y excluirnos de otro. La belleza no tiene que ver con los fenotipos: nos lo dice un cirujano plástico, que nos explica las milenarias fórmulas de la estética griega o renacentista; y nos lo confirma un brichero y una brichera que atestiguan que a los hombres y mujeres blancas que llegan en manadas al Cuzco les aloca el color de piel cholo, el olor cholo, el cabello cholo.

Una italiana sufre porque la piropean “como si fuera un perro” en las calles limeñas; una peruana negra nos dice que está cansada de que la crean jamaiquina o cubana; una congresista puneña nos explica que nadie le hace caso en la cola de los hospitales, que la ningunean mientras dejan pasar a otras mujeres que lucen occidentales.

Si bien reconocernos parte de un grupo y ponerle a otro grupo características negativas basadas en sus rasgos físicos, es una tendencia humana; las leyes tienen que evitar que se discrimine y se ofenda con impunidad.

Choleando conversa con un ejecutivo del INDECOPI (del área de protección al consumidor) Enseña los videos difundidos por el programa Panorama, a la entrada de la discoteca Café del Mar, de propiedad del jugador del Bayern Munich Claudio Pizarro; donde los porteros niegan el ingreso a una pareja de resgos mestizos; mientras dejan ingresar a otra de rasgos caucásicos. Café del Mar fue clausurada por seis meses y multada–por ser reincidente–por 241,500 soles (US$93,000).

El racismo es una forma de discriminación asentada en sociedades estamentales. El racismo es ignorancia; y es también un esfuerzo desesperado por impedir la movilidad social.

Choleando concluye que el racismo está en retirada en el Perú. Poco a poco, el éxito de individuos de raza mestiza hace que las voces “racistas” se apaguen. Hoy, por fin, quienes sufren la discriminación sienten que la justicia está de su lado.

Se podría acelerar el proceso de eliminación de esta torpe herramienta de control social: denunciándolo. También invirtiendo en infraestructura educativa y luchando contra conductas racistas que llevamos incorporadas en nuestra personalidad.

Los desastrosos videos de Alan García, usando en sus discursos la variada gama de sus estereotipos sobre los seres humanos de los Andes, de Europa y del África; es una muestra perfecta del racismo manifestado sin ningún autocontrol.

Todo en esta vida se paga

Si el terrorismo saca los dientes, los peruanos tenemos que pisarlos

En 1985 yo tenía 13 años y  vivía en la ciudad de Lima. Recién me enteraba del significado del término “desigualdad social”. Sin embargo, como tantos otros muchachitos de mi edad y mi condición social, no sabía cómo enfrentarme con aquel término. Era un sistema injusto y sin embargo–al menos en teoría–; de mantenerse igual yo no tenía nada que perder.

Uno de mis tíos era un líder socialista. Su partido había alcanzado el poder y –según los términos con que era insultado por compañeros de mi colegio que tenían dinero– asumí que se trataba de un buen giro hacia la izquierda. Su líder arengaba para enfrentarse contra el imperialismo de los Estados Unidos, el abuso y la manipulación de la banca internacional y de sus representantes nacionales: la oligarquía peruana.

Mientras tanto, mientras la historia oficial sucedía en la capital; otro fenómeno–más importante para esta nota–se desarrollaba entre las montañas. Un hombre de clase media, como yo, proponia un modelo de gobierno que no pasaba por las urnas sino por el conflicto armado.  Entre los informes de la televisión y los periódicos, aprendí términos relacionados a este movimiento: sendero luminoso, guerra popular, lucha armada, subversión, sinchis, fosas comunes, terrorismo.

Esos años, a la incompetencia de los gobernantes para darle a la población los beneficios que se le había prometido; había que sumarle la paranoia que creaba un movimiento (con escasa simpatía hacia la clase media peruana) que parecía desarrollarse imparable y acercarse cada vez más al objetivo de tomar el poder con las armas.

Por aquellos años escuché por primera vez la frase “hay que destruir para volver a construir”. No la decía Sendero Luminoso, sino una de las mejores bandas subterráneas limeñas: Narcosis. El tema de arrasar con el sistema para edificar otro, por más que Sendero Luminoso se estuviera adjudicando todo el trabajo de campo, ya tenía en el Perú otros adeptos famosos.

Es ridículo pretender que la violencia de Sendero apareció de la nada. Nuestro sistema aún tiene suficientes deficiencias como para que germinen en su vientre varios movimientos de este mismo tipo.  El sistema neoliberal está diseñado para premiar la agilidad en temas económicos y no para conseguir la igualdad social. Por eso se sugieren parches, se producen debates, se establecen diálogos.

Sin embargo, el modelo de justicia social colectivista que Abimael Guzmán tenía en la cabeza, ese “Pensamiento Gonzalo” que los neo senderistas pretenden resucitar, es el modelo que usaron los chinos (los mismos que ahora producen en alianza con Apple –o cualquier otra multinacional que pague por ver– los iPad, los iPhone y algunos de los automóviles más lujosos del Motor Show ). Los del Movadef, y quienes junto a ellos predican el regreso a la ideología retardada de Sendero Luminoso, los que se refieren con veneración de filósofo al Camarada Gonzalo; bien podrían mudarse a la China, para disfrutar de las consecuencias, del bienestar económico conseguido tras más de medio siglo de maoismo.

Es una patraña querer llamar a lo que sucedió entre 1980 y 1992 una “guerra civil”. Como si dos ejércitos se hubieran enfrentado y uno de ellos hubiera sido derrotado en los campos de batalla. El estado peruano –mal preparado, tercermundista en muchos sentidos–se enfrentó como pudo a una organización de delincuentes, inspirados por su cabecilla e ideólogo.

Muchos individuos han encontrado en el desarrollo de sus ideologías, la solución a sus ambiciones de dejar una marca en la historia peruana. Alan García quiso hacerlo enfrentándose con el sistema bancario internacional y estatizando la banca. Fracasó. Abimael lo intentó:  miles de peruanos murieron por cruzarse en el camino de sus ambiciones históricas.

La marca en la historia que Abimael quiso dejar, no escamitaba el número de muertos. Era un modelo donde sólo era posible la eliminación de cualquier adversario.

Muchos criminales van 25 años a la cárcel por un número limitado de homicidios. Las campañas de amedrantamiento de Sendero, sus aniquilamientos selectivos (de autoridades locales: alcaldes, gobernadores; que también amaban a su país con la misma o mayor intensidad que la de Abimael Guzman), sus ejecuciones masivas, sus atentados improvisados y los crímines de chantaje a quienes no se prestaban al juego y los enfrentaban; dejaron un saldo de alrededor de 70,00 muertos (casi la mitad de ellas, bien adjudicadas por la Comisión de la Verdad a la improvisación y desorganización del antiterrorismo). La cadena perpetua para los responsables de estas muertes es una pena ya de por sí pequeña. Pedir que salgan de la cárcel es el descaro, es la burla.

Incluso antes de que Sendero Luminoso fuera detenido, millones de peruanos habían empezado a trabajar en construir otro sendero de progreso económico que, hasta el día de hoy, ha brindado mejores resultados que los años del terror.

Por respeto a quienes murieron y a quienes hoy siguen trabajando para conseguir objetivos ambiciosos de desarrollo, los cabecillas de Sendero Luminoso tienen que seguir tras las rejas a perpetuidad. Cualquier individuo que pretenda equiparar la violencia de Sendero con la valentía (la ridícula insignia de “izquierda macha”); o que insinúe nominarse como el próximo caudillo de la guerra popular, tiene que ser silenciado.

Si Sendero saca los dientes, el estado peruano tiene que dejarlo sin aire. Debe pisotearlo y reventarlo. Por simple respeto a quienes están apostando su vida por el desarrollo del Perú. Nadie puede pretender llamar con otro nombre al cáncer que fue Sendero Luminoso y ser escuchado. Dejar con vida a Abimael Guzmán y a la cúpula de Sendero sólo fue una muestra de generosidad del estado, cuando la mayor parte de peruanos clamaba por su ejecución.

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