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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

La literatura es juego

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«Es preciso que todos lo comprendan de una vez: mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él. Porque en el dominio de la literatura, la violencia es una prueba de amor.»

Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego

Es un poco complicado comunicarme con un tipo que cree que Charles Bukowski hizo literatura. Páginas para masturbarse, tal vez. Robert Crumb ¡Él sí! creó situaciones y personajes más perturbadores que  los del viejo Chinaski: Mr. Natural. Eso es literatura. En todo caso la que a mí me gusta. Al fin y al cabo, todo se podría resumir en gustos ¿Por qué negarle la etiqueta literaria a un libro de Harry Potter o a una novela de Tolkien? Pueden convivir en el mundo de la literatura los Onettis y las Allendes, los Bolaños y los Coelhos. Ese escritor que te pone a llorar en el momento en que una puerta se abre y aparece una anciana, después de cien páginas en lo que único que ha pasado son descripciones lindas –estoy hablando de Sebald– tal vez te sorprendería diciéndote que relee cada vez que puede alguna de las historietas de Hergé y que se pone a llorar de risa con las peores comedias en blanco y negro mexicanas.

La literatura alcanzará el final de los tiempos.  «La literatura es un juego en el que un autor se juega todo» dice Javier Cercas. También dice: «Leí a los 15 años a Borges y no me fascinó: me volvió loco». Yo leí a Borges por primera vez en francés, un libro que conseguí en la biblioteca de la Alianza Francesa de Miraflores: Le livre de sable, me acuerdo.  Nadie en mi familia fue capaz de prestarme a Borges en castellano. No existía en la biblioteca del colegio ¿Pueden creerlo? En ese libro de cuentos en francés, Borges pasó ante mí indiferente. Aquél detalle, justificará en el futuro, ante los críticos, estoy convencido, que mis novelas sean menos interesantes que las de Cercas.

La liiteratura es como un círculo de hermanos. A veces una cofradía de vanidades, un frasco lleno de egos. Los escritores, a través de las letras, le comunicamos nuestros sueños a los desconocidos.

Nuestra vida está construída sobre las ficciones que leemos. Sin los grandes personajes de ficción no hubieran existido los discursos que revolucionaron al mundo. Claro que en el fondo, todos los escritores queremos una estatua. Nos duele reconocerlo pero a eso aspiramos, a la pose perfecta en que una fotografía nos eternizará en la contraportada de nuestro libro más leído. Es el caso de Kafka en Praga, de Marai en Budapest, del Goethe sentado en una calle de Vienna, de ese Vallejo, con los zapatos cruzados y sosteniendo el sombrero, en Santiago de Chuco ¿Dónde estará mi monumento? Se tiene que preguntar el hombre o mujer que cree que ha trascendido, el hombre de letras que cree que ha dejado obra.

Hombres y mujeres pretenciosos: la literatura es un juego, combinación que sólo un espíritu noble puede tomar como ejercicio válido. Todo es mentira: juguemos. Hay mejores cosas que hacer que escribir. Hay oceános por cruzar y montañas que faltan escalar.

El mundo de las letras: una bóveda. Oscura y helada, una página que,  para quienes viven mucho y leen poco, no significa nada.

Lincoln era un idiota

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Lluvia que cae contra las escamas del techo, lluvia que corre calle abajo hacia el riachuelo. Agua que se lleva el ayer y promete fruta fresca.

Arranco dos mechones de espárragos de mi jardín. La vanidad de propietario. Heredé unas plantas de espárragos. Se hierven y quedan bien con la ensalada, metidas en el plato, adornadas con quinua.

Abro la última revista The Atlantic: When Lincoln was an Idiot es una crónica escrita por Mark Bowden que deja bien en claro lo que la mayoría de sus contemporáneos pensaban acerca del buen Abraham: incompetente, impresentable, escaso de neuronas, prepotente, idiota…Se murió asesinado y aún su detractores publicaban notas al día siguiente felicitándose por las mejores credenciales de su sucesor. Lincoln perdía la batalla de la opinión pública todos los días de su presidencia.

¿Cuántos de nosotros peleamos la misma batalla día a día? Unidos contra las convenciones y las reglas, haciendo lo que no parece estar bien. En un cerro, me llamaban «mente colonizada». Mientras cruzaba de noche los cultivos empantanados y respiraba el fresco de la madrugada, me preguntaba hasta qué punto la vida es muchas vidas y la que hemos escogido no es la que mejor nos sirve.

La clave es el respeto. Mientras (¿avanzamos?) con las herramientas que hemos conseguido o que nos han puesto en el camino, millones de individuos escarban otros surcos y apuntan a otros horizontes. La religión, que nos fortalece, se ve ridícula analizada con otros ojos que no sean la fe. La fe nos impide recorrer otros caminos.

«En mi mente colonizada yo no podía entender la conexión entre la tierra y los hombres, entre una hoja de coca y la verdad, entre una piedra del camino y la salud, entre una papa y la eternidad». El respeto: camino a la verdad.

Respeto, muchas veces, es también enfrentarse a la tiranía de quienes creen que todo recurso necesita convertirse en monedas. Pienso en ciertos paisajes contaminados camino a la sierra de La Libertad, pienso en una montaña próspera, los ruidos del amanecer, los animales.

Vallejo: Camino a Santiago de Chuco

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Los festivales de nuestros pueblos muchas veces son sinónimos de desorganización. Fiestas folklóricas o literarias y peregrinaciones culturales casi siempre llevan el riesgo implícito de la falta de programación, las carencias arregladas al último minuto, la mala cama y la mala comida con la ira que éstas conllevan, la última hora siempre improvisada.

Sin embargo, a pesar de uno que otro problema, la peregrinación organizada por el grupo «Capulí, Vallejo y su tierra» a la ciudad de Santiago de Chuco, fue una excepción a la regla. Dividiéndose entre sus obligaciones como catedrático de San Marcos, investigador, escritor  y presidente de una organización de santiaguinos que honra a su poeta, Danilo Sánchez pone frente a sus invitados cada año, desde hace 14, un festival cultural que tiene en el centro de las celebraciones al pueblo mismo, quien participa con animada entrega los tres días que dura la fiesta en tierras santiaguinas.

El evento, que se realiza cada mes de mayo, empieza en Lima. Este año, en la Casa de la Literatura Peruana, se reunieron una buena cantidad de estudiosos y admiradores de César Vallejo. El día de la inuguración tuvo un auditorio repleto y una velada que incluía discursos, poesía, música e himnos–de muy buen gusto–a la memoria del poeta. Fue mi primera vez en la vieja estación de Desamparados y me llenaron de orgullo los peruanos que trabajaron para preservarla y mantenerla. También me causó intriga la noticia, difundida meses atrás, de los intentos de algunos burócratas por transformar la casona en oficinas palaciegas. La casa de la literatura peruana es magnífica. Si es que otra vez trataran de tomarla, cuéntenme en la primera fila para defenderla.

Las conferencias del día siguiente no tuvieron tanto público. Sí dejaron claro la variedad de los invitados que llegaron a las celebraciones. Había una pequeña delegación de casi cada uno de los países de nuestro continente americano. Todos ellos tenían una historia de amor con Vallejo que contarnos. Algunos habían pasado del amor a la pasión, y algunos –gajes de estos eventos– con peor gusto y menos preparación que otros.

Lo más interesante no siguió en la breve estadía en Trujillo (a pesar de la pomposa ceremonia organizada por los vallejianos en un edificio imponente y de pésima acústica al lado de la Plaza de Armas); sino en Santiago de Chuco, a donde llegamos el viernes 16 de mayo, después de 6 horas de pintoresco viaje en autobús. El recibimiento, a cargo del comité santiaguino de Capulí, incluyó el fervor de cientos de niños y adultos, cuyo afecto se prolongó en aplausos, vítores y bandas de música, mientras desfilábamos con letreros y pancartas alrededor de las calles del pueblo. Este afecto se prolongó durante los tres días que estuvimos con ellos.

Hubo fiesta. Bailes multicolores de pallo, la danza típica de los Chucos. Declamación, folklore, guitarra, teatro, adoración al sol, globos lanzados al aire, cañonazos al alba, fogatas en las esquinas, serenatas, talleres de lectura, chicha en el camino, ágapes por la noche, tajadas y café entre la multitud de la plaza, risas y sorpresas. El comité organizador se desvivió en sus atenciones.

Santiago de Chuco tiene la forma de una serpiente bicéfala. Sus dos cabezas son visibles desde el cerro Quillahirca, a donde subimos de madrugada para agradecer a la tierra, donarle chicha y celebrar el amanecer. Los Chucos vivieron allí, adorando a sus deidades hasta la llegada de los españoles. El Señorío de los Chucos se convirtió en una pequeña ciudad que fue próspera en el siglo XX, hasta los años de la Reforma Agraria, cuando se dividieron las haciendas y empezó la decadencia y la emigración santiaguina.

Vallejo no fue tan pobre como lo pinta la leyenda. Visitamos la escuela donde recibió las buenas clases del francés que le serviría para conversar en París y enamorar a Georgette. Sus hermanos y sus padres, enterrados en Santiago, fueron burgueses no tan prósperos. Algunos trabajaron de empleados bancarios, holgazanearon en los mismos cerros y vieron los mismos paisajes magníficos que hoy se asoman frente al Mirador, a la salida del pueblo.

A la entrada de Santiago, nos recibió una bellísima estatua dorada del poeta, con fondo de praderas y cielo azul. Cuando nos acercamos, los encargados del monumento pusieron a funcionar una magnífica caída de agua.

La casa del poeta ha sido bien reparada con ayuda de la empresa privada y del INC y en ella un grupo de escolares interpretaron el poema de Trilce donde Vallejo honra a sus hermanos y a su pueblo. En el cementerio, se ha reproducido la tumba de Montparnasse que los familiares no desean que sea trasladada de regreso. Conocí a un descendiente de Vallejo, un joven con las facciones de su tío bisabuelo, quien declama a los peregrinos para que imaginemos cómo era César antes de que la enfermedad mal curada lo abatiera en París.

Hay detalles negativos. Por ejemplo: la mala política del alcalde de Santiago, que en querella con los organizadores de este festival –quienes no lo apoyan en la destrucción de un hospital donado por Cuba luego del terremoto del 70– le puso candado a la Casa Municipal y pagó a las escuelas de bailarines de los pueblos aledaños para que no participaran. Maldita sea la política en estos eventos. También se critica a las bien enternadas autoridades trujillanas, que dejaron en el patio a los poetas e investigadores que llegaron desde otros países sin la indispensable corbata para ingresar a sus salones privados. Les cerraron las puertas a una cena excluyente en honor a Vallejo.

Todo lo demás fue feliz: las conversaciones que iban hasta la medianoche, las botellas de pisco mezcladas con poesía, los chistes de argentinos, de peruanos, de venezolanos, de pastuzos, de santiaguinos. Algunos músicos que han recorrido el Perú, dijeron desde el escenario que ésta es la celebración cultural más importante de nuestro territorio. Debe de serlo.

Antes de marchar hacia Santiago, durante mi primer día en Lima, encontré una edición bien conservada–Populibros– en mi biblioteca: Trilce y Los Heraldos Negros. Releí en las hojas amarillentas, esos versos que me alcanzaron en la adolescencia y que me hicieron amante de su obra. Ha pasado mucho texto y mucha poesía entre aquellas lecturas y mi vida en Nueva York. Es un milagro haber regresado, después de haber viajado por esos caminos. Un milagro que, para algunos, se repite todos los años.

De maestros y de hombres

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«Fíjense en la pizarra. Así se escribe primero de mayo. En todos los paises del mundo, el primero de mayo es el día del trabajo. Excepto en los Estados Unidos porque este país cree que ésa es una celebración comunista. Por eso celebramos, en otra fecha, el Labor’s Day»

Termino de darle el discurso a mis estudiantes y ya sé que debo hablar menos. A ellos no les importa lo que yo pueda decirles. Por último, están más concentrados pensando en qué momento les reparto la prueba sobre el imperfecto, el presente perfecto y el pluscuamperfecto del modo subjuntivo,  que en mis comentarios –tan fuera de lugar– acerca del día internacional del trabajo.

Algunos de mis amigos parecen recordar, con claridad,  frases y comentarios de sus maestros destinados a convertir su vida en un camino ascendente. Yo no.

Escarbando en mis recuerdos, en esas largas horas que pasaba frente a un pizarrón, sólo me llegan las memorias que me hacen sentir mal: esas lágrimas incomprensibles cuando por un error arruiné una prueba completa de ortografía, y la profesora Doris preguntó desde su carpeta por el inapropiado sonido de mi llanto; el día en que insulté a una compañera de la que estaba medio enamorado, llamándola gorda, y la profesora Zoila nos obligó a darnos la mano; la humillación frente a las barras a las que tenía que saltar y avanzar colgándome de dos en dos, y el profesor Atilio castigándome con dos vueltas completas a la cancha alta y a la cancha baja; la reunión, sentados en una banca de madera de color gris –todos mis recuerdos del colegio vienen con ese color– con el profesor Valiente, diciéndome que una de mis compañeras, una soplona, había descubierto mi intento ilegal por ayudar a un compañero a punto de repetir el año, jurándome que podían expulsarme pero que, para ser más justos, habían decidido expulsarlo a él.

Recuerdo también momentos ligeros, bromas como las del profesor Castañeda haciéndonos saber que la mejor manera de combatir una infección era orinando encima de una herida; o del profesor Barrientos, moviendo las orejas al mismo tiempo que sus cejas al grito de «¡Por la patria!» (Saber que lo botaron del colegio por venderle los exámenes a los alumnos, no disminuye mi fascinación por ese panzón que nos mostraba los fondos agujereados de su saco de terno y nos decía, mientras pedía que lo ayudemos a empujar su Escarabajo que no prendía, que también dictaba en dos institutos y daba clases privadas para cubrir sus gastos).

Hace unos meses, de vacaciones en Lima, me tropecé de casualidad en una rampa de estacionamiento con el Padre Gastón Garatea. Doblado y agotado, me miró sin reconocerme. Aproveché para declararle mi simpatía por su pequeña lucha contra el dictador de mal carácter y cuestionable hoja de vida que sujeta hoy las riendas de la iglesia católica en el Perú. No sé si recordaba que frente a su escritorio, él sosteniendo unas fotocopias de caricaturas de alguno de mis profesores más tontos, él me perdonó la vida. En realidad, reforzó mi impresión de que no tenemos que hacer todo lo que nos dicen las autoridades: burlarnos de ellos es la consecuencia de juzgar el mundo en base a otros principios. «Que no se entere», me dijo antes de devolverme los papeles, con un gesto de entendimiento que se complementaba bien con lo que nos enseñaba en sus clases de filosofía, de las cuales–lo confieso– sólo recuerdo un nombre: Hegel.

He escuchado reclamos que lanzan quienes compartieron la escuela conmigo. Muchos profesores me dieron todo lo que sabían y todo lo que eran capaces de dar. Otros abusaron de su autoridad: el libidinoso del chato Mendez, un energúmeno apellidado Martínez.

Los veo a todos, en la memoria, caminando gastados por los pasillos de patio, intentando hacerse de la vista gorda antes quienes no portábamos la insignia o nos olvidábamos –a propósito– de la horrible chompa gris del colegio. Pobre gente. De todo su tiempo frente a nosotros, qué poco recordamos.

Y allí estoy yo. Una tarde del primero de mayo. Parado frente a la clase, con la camisa que me aprieta, el chaleco que me abriga, el tobillo que aún me duele y la cojera que apenas me permite ir de una carpeta a otra, entregándoles la prueba. Intentando inspirarles la pasión por un idioma que llena mi vida. En ese intento, sobrellevando mis propias taras, conflictos, deficiencias e inseguridades, he hecho el ridículo, más de una vez.

Tal vez sea mejor: que no me brinden demasiada atención.

Escribir con las tripas: La insensatez de Castellanos Moya

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Hay muchas maneras de contarnos la violencia centroamericana. Una de ellas es la crónica, en la que inevitablemente aparecen los militares, los políticos corruptos y una población atrapada en un territorio irreal, donde ni la modernidad ni la democracia han terminado de llegar. Hay también perfiles periodísticos, informes avalados por organismos internacionales, o crónicas alucinadas como la que nos contaran hace unos años sobre Rodrigo Rosenberg –que contrató a sicarios para que lo asesinaran, convirtiéndose por algunos meses en el mártir contra la corrupción y el desgobierno de Guatemala. También hay video-informes, repletos de maras y de salvatruchas, de guerras y de pandillas donde se confunde el honor y el narcotráfico. Además, están las novelas de Horacio Castellanos Moya.

Horacio Castellanos Moya prefiere –al menos en Insensatez, una de sus novelas más celebradas– abordar la violencia con todo el humor con que se le puede dotar a las situaciones irreales que atraviesa un corrector paranoico, machista y xenófobo; contratado para limpiar de impurezas y apuntar la corrección gramatical de un informe sobre asesinatos y múltiples violaciones de derechos humanos en Guatemala. Las frases que el corrector recuerda, las que le sirven para abordar mujeres o para enfrentarse a desconocidos, son sacadas de los más desgarradores informes de las víctimas y testigos de la violencia. Dentro de aquella violencia, que él siente que lo rodea, que lo persigue y le hace ver espías, fantasmas y asesinos en cada sombra que se mueve por la ciudad; el corrector intentará terminar su trabajo, cobrar el jugoso cheque que le han ofrecido y salir –con la menor cantidad de rasguños– de la tarea insensata a la que se ha comprometido.

No lo consigue. El corrector es como un Woody Allen salvadoreño paseándose por una Guatemala llena de mujeres que no le gustan, cobarde contra el poder, pero no en su obsesión sexual por los rostros pálidos de las extranjeras que conoce como consecuencia de su trabajo en las oficinas del Arzobispado. Sí, claro, la Iglesia está como telón de fondo de esta Insensatez, como garantía de que todo lo que sucederá en esta novela, con protagonista ateo, sólo puede estar contra los mandamientos que ella ordena.

Insensatez es una gran broma, es un libro del desquicio, que sólo podría estar ambientado en un territorio que los lectores imaginamos como una tierra sin ley. También es una condena escrita con rabia, porque esta pesadilla, estas correrías del protagonista entre el pánico, la obsesión sexual, el machismo y la xenofobia, están escritas sobre la realidad histórica, también documentada en Centroamérica, de un pequeño grupo que trabaja con el objetivo de esclarecer el pasado, identificar los crímenes y las violaciones y apuntar a los responsables. Nada de ello sucede. El final es una repetición de lo que seguirá sucediendo en sociedades donde el poder corrompe todo, y el precio por denunciarlo sigue siendo bastante alto.

La historia, que por momentos se llena de la vulgaridad del personaje, un intelectual incapaz de enfrentarse a nadie, corrupto en diferentes niveles, se lee con rapidez. Es un relato fresco, bien contado, que nunca decepciona.

Castellanos Moya, que apareció la semana pasada en el Graduate Center de Manhattan para conversar sobre sus novelas y la imposibilidad de escribir con otro ingrediente que no fuera su rabia, nació en Honduras pero vivió desde los 4 años en El Salvador donde hizo gran parte de su carrera como periodista. Se autoexilió en México y ha vivido en distintas ciudades del mundo, incluída Iowa donde actualmente dicta cátedra. Ha escrito 8 novelas, varios libros de cuentos y ensayos.

Hasta el día de su presentación, yo no lo conocía. Quienes lo admiran –la mayoría de los asistentes–aseguran que otra novela suya que hay que leer es El asco. Ese libro, como Insensatez, también ha sido publicada por la editorial Tusquets de Barcelona.

James Salter, All That Is y la vida a los 80

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A los 87 años, Salter ha escrito una de las mejores novelas publicadas en los Estados Unidos.

¿Cuántos escritores publican su mejor novela a los 87 años?¿Cuántos pueden decir que dejaron de frecuentar a Saúl Bellow porque éste era demasiado condescendiente con ellos? James Salter nació en 1925 y 87 años después ha publicado una novela brillante: All That Is. La historia (de amor, para decir que es de algo y que no lo abarca todo, como las grandes novelas) comienza con varias escenas de guerra y de mar, entre ellas la de un oficial de la marina de los Estados Unidos saltando al agua, por error, entre el bombardeo de los kamikazes japoneses en el Pacífico.

Para mí, la experiencia de mi lectura de All That Is comenzó con la foto de Salter en la tapa. Allí estaba el octogenario, sin parecerlo: el expiloto de caza bombarderos, el ex amigo de Bellow y compañero de carpeta de William Buckley y de Jack Kerouac, el ex guionista de Robert Redford.

En The New Yorker acaban de publicar un perfil sobre Salter. «Es un escritor de escritores» dicen los que lo admiran y no se sorprenden de que no muchos hayan escuchado su nombre. «Un escritor de escritores acerca de escritores» dice Joyce Carol Oates que lo considera su amigo. En la contraportada, entre los elogios están los nombres de John Banville y de Julian Barnes. No me extraña: dos escritores a quienes todavía les importa mucho no sólo lo que se dice sino el cómo se dice. Banville te puede conquistar diciéndote como los dioses observan a un adolescente (The Infinities), Barnes te puede atrapar para siempre al describirte una escena en un colegio rural, cuando parecía que Europa nunca llegaría a la mayoría de edad (The Sense of an Ending). Salter te puede atrapar de varias formas: en el aire (The Hunters), en la cama (A Sport and a Pastime) y ahora en el agua (All That Is). A mí me atrapó cuando lo leí por primera vez, esta semana, en una historia sobre una supuesta muerta y dos amantes descubiertos ( Last Night).

Al escribir una nota de un libro, uno se da cuenta que tan inútil es tratar de reducir una historia bien contada a unas cuantas palabras. De lo que se trata –como decía Muñoz Molina, hace muy poco, en una nota sobre Salter publicada el 13 de abril de 2013 en El País– es de recomendarlo, de ponerlo en la vitrina, de decirle a otros escritores que están buscando la luz: léete a Salter.

Otras cosas que dice The New Yorker sobre Salter: la mayor desgracia de su vida fue la muerte de su hija adolescente, quien murió electrocutada en la ducha en una cabaña, al lado de Salter, en Colorado. También dice: a quienes lo conocen más, les ha costado acostumbrarse a que Salter siempre toma notas: mientras conversa, en reuniones, en una cena formal. Salter siempre está tomando notas debajo de la mesa.

La nota también dice que escribía con seudónimo cuando apareció su primer libro sobre un grupo de aviadores en la guerra de Corea: por miedo a que sus amigos lo consideraran un intelectual inútil.

En The New York Times, hace dos días, publicaron un artículo sobre las apuestas que se hacían entre los libreros de Park Slope en Brooklyn, a propósito de los candidatos al premio de ficción. El año anterior, el desastre fue que lo declararan nulo, obviando la pequeña obra maestra de Denis Johnson, la novelita Train Dreams. El 2013 no creo que haya un mejor candidato que Salter. Todas las apuestas a All That Is.

Sol

Se llama sol. En el invierno, al menos en éste, no cumplió con su función de calentarnos. Decoraba el paisaje, evitaba que nos deprimamos por el frío y nos sacudía de las noches más largas del invierno. Nada más.

Hoy, sol apareció. Con 80 grados y las promesas de siempre: llevarnos al mar.

En la casa tenemos unas plantas: promesas de ahorrarnos unos cuantos dólares en el supermercado y entrenernos removiendo la tierra. Las ramas se estiran en sus recipientes de plástico, buscando la luz. En el parque, frente al aire húmedo de las cataratas, nos echamos sobre las mesas de troncos a recibir la gloria amarilla. Nos falta playa

Hoy no he querido abusar de los lentes oscuros: la naturaleza parece estar escribiendo una armonía, frente a nuestros ojos, siempre lo hace el primer día de calor después del largo invierno.

No todo es maravilloso. En el camino encontramos la pulpa sanguinolienta de una ardilla recién atropellada. Un poco más allá, un tronco caído bloquea el camino. Llamo a la policía, doy las direcciones. We got it, me dice el comisario.

Es el comienzo del verano y yo cojeo. Pudo ser peor. Agradezco en silencio y respiro porque ha llegado el ciclo de la claridad.

Amén.

Alberto Fujimori

«Montesinos mandó matar a mi papi», me dijo ella. Estábamos al lado del mar, el cielo tenía un no sé qué de nostálgico. Acabábamos de desayunar, mi ahijada daba vueltas por la casa y todos nos preparábamos, salíamos uno a uno del baño, listos para el día de playa. «Su papá era de la naval y empezó a criticar al gobierno. Lo internaron en el hospital, estaba bien, pero llamaron en unas horas y les dijeron que se había muerto», me dijo mi hermana, que la conocía desde hace muchos años.

«Nadie quiere decirlo en voz alta, pero es muy probable que Montesinos lo mandara matar» me dice mi amigo. Estamos preparando la carne que irá a la parrilla, el cielo del pueblo está limpio de nubes, del jardín no llega el ruido de las conversaciones de nuestra esposas y de los niños que corretean. «Él sabía muchas de las cosas que estaban pasando, porque era el ministro, y nunca dijo nada, es más, apoyaba en todo a Fujimori. Pero cuando empezó a darse cuenta de las cagadas que estaban haciendo parece que ya no quiso seguir quedándose callado y lo amenazaron. Allí nomás le dio cáncer».

Testigos. Eso somos los peruanos que vivimos allí entre 1990 y 2000. Unos más informados que otros, unos más ciegos. Sólo así se explica la furia con la que el año 2000 mi amiga se acercó a la cola de votación en la Universidad Agraria para saludarme, y la vehemencia con que insultó a Fujimori «Ese chino de mierda…»

A pesar de mi crítica a la brutalidad con que se aprobaron las interpretaciones a la Constitución para permitir la segunda reelección, vicié mi voto con dudas. Toledo me parecía un mal candidato. Quería creer en la promesa de que Fujimori era reelecto para terminar con el trabajo empezado.

¿Nos equivocamos? Sí. Las investigaciones del diario El Comercio nos probaron no sólo la cochinada mayúscula que fue el proceso de recolección de firmas –sistema en el que también Perú Posible de Alejandro Toledo y, con seguridad otros partidos, incurrieron en ése y en otros procesos electorales–; sino el grado de corrupción y la dependencia de los políticos del partido de Fujimori a las movidas estratégicas del asesor Montesinos. No se puede olvidar que otros candidatos con mejores cartas de presentación que Toledo, como Alberto Andrade, fueron descalificados mucho antes del proceso electoral gracias a la bien aceitada maquinaria de propaganda y medios orquestada por El Doc.

Somos testigos, en muchos casos silenciosos, de la corrupción y de la destrucción de las instituciones democráticas. Fujimori no llegó al 2000 convencido en su superioridad como candidato sólo por mérito propio. Contó con la aprobación tácita, la complicidad y el silencio de una mayor parte de la población peruana, incapaz de ver más allá del panorama siniestro de incapacidad y violencia que era nuestro país antes de la captura de Abimael Guzmán.

«Esto no pasaba cuando estaba Fujimori» le escucho decir a un comisario de La Molina. Es el verano de 2011 y hemos ido con mi padre a presentar una denuncia porque alguien ha metido la mano al medidor de la electricidad que da a la calle (sospechamos que es un ladrón, que quiere incapacitar la alarma para meterse a robar apenas sepa que la casa está sola), y encontramos a un delincuente que se ríe del policía que le toma la denuncia y de la jovencita que llora asustada porque el delincuente le ha arranchado la cartera. Ha sido capturado por unos transeúntes y ahora, después de pasar unas cuantas horas, por ley, tiene que ser dejado en libertad.

«Así no se puede hacer nada contra la delincuencia. Ésto no pasaba con Fujimori». Mi padre, fujimorista, asiente, corrobora y sugiere que ninguno de los gobiernos que llegaron después de El Chino tiene la capacidad para lidiar con el desorden.

La caída de Fujimori, el documental profujimorista que cuenta como personaje principal con un alicaído –pero orgulloso de su obra– Alberto Fujimori caminando por las orillas de una playa en el Japón y asistiendo a ceremonias de agasajo, brindis en su honor por un grupo de la derecha japonesa que lo celebra, es el tipo de discurso que los fujimoristas conservan como propio: «había que hacer algunas cosas malas para salir del hoyo en el que estaba el Perú». «No se puede juzgar a Fujimori ahora que el Perú está bien. En ese momento lo que se necesitaba es un presidente que hiciera lo que él hizo». «Gracias a que él tomó las decisiones duras que había que tomar, es que ahora podemos disfrutar de crecimiento y democracia». Esas son las frases que yo escucho en mi entorno familiar cada vez que estoy en el Perú y que, cualquier analista, por más inclinado que esté a juzgar con severidad al gobierno de Alberto Fujimori, tiene que haber escuchado.

Entonces, el año 2000, aparecieron los vladivideos.

Entonces Fujimori apareció montado en un jeep ordenando la cacería de su mano derecha, dicen (fuentes muy confiables) que coleccionando todos los videos que lo incriminaban. Entonces nos enteramos que el muy popular y carismático exalcalde de Huancavelica se había vendido al mejor postor para votar con la mayoría fujimorista, que el todopoderoso Kuori había estafado a sus votantes vendiéndose por varios puñados de dólares, que el magnífico Crousillat, con peor suerte que los Azcárragas mexicanos, había mantenido las pantallas calientes para el régimen, durante años, haciéndose de la vista gorda ante la corrupción y los excesos, pintándonos el país de las mil maravillas que Montesinos y Fujimori controlaban. Entonces Fujimori declaró que convocaría a nuevas elecciones, para dejar un gobierno democrático. Llegó el viaje asiático, el Congreso le dio la espalda y ordenó una investigación y un fax llegó desde el Japón…

Fujimori no está en la cárcel pagando sólo por los crímenes que cometió. También sirve condena por quienes nos prestamos a aplaudirlo. Entre otras cosas: por convocar el orgullo de las Fuerzas Armadas en la operación contra los emerretistas en la casa del embajador japonés, por adjudicarle la derrota de Sendero, la pacificación y la renovación de nuestra patria. Porque temíamos que las alternativas eran Fujimori o el horror.

En sus memorias del proceso electoral de 1990, El pez en el agua, Mario Vargas Llosa da detalles sobre los entretelones de su cierre de campaña, sus dudas de presentarse a una segunda vuelta, su voluntad de renunciar para que Fujimori asumiera de una vez el poder, de un modo ordenado; y la mala impresión que le dejó el chinito del tractor convertido en vengador anónimo. Mi memoria vuelve, una y otra vez a ese debate, cuando yo era fredemista convencido y creía que darle el poder a Cambio 90 era un salto al vacío. En esa memoria, siempre veo a un joven con 17 años recién cumplidos, con los ojos muy abiertos, viendo como Fujimori despedazaba a Mario Vargas Llosa en cada una de sus intervenciones. Tal vez había sobreestimado el poder de oratoria de Vargas Llosa o subestimado la elocuencia y el cálculo de Fujimori, un político criollo con todas las artimañas propias de aquellos.

No se puede acusar a Mario Vargas Llosa de otra cosa que de ingeniudad. No escuchó la batahola publicitaria creada por los delincuentes agazapados bajo la bandera del Fredemo. No quiso ver a los apostadores que pusieron todo su dinero al caballo del líder de Libertad y que lo abandonaron apenas perdió. Ese debate lo ganó Fujimori. He escuchado decir lo contrario, pero no puedo verlo. Recuerdo mi sensación de tristeza cuando Fujimori sacó su carta más brillante, esa carátula del diario Ojo, para la mañana siguiente, que ya daba por vencedor del debate a Mario Vargas Llosa. Nadie pudo negar la veracidad de aquella acusación. La manipulación del público a través de los medios no la inventó Montesinos. Vargas Llosa se metió en política para vencer a un bribón y terminó derrotado por un pillo. Sin embargo, hoy que Fujimori purga condena y el mundo entero lo califica de gobernante corrupto, se puede decir que su revancha ha sido bastante dulce.

¿Se debe liberar a Fujimori? Como bien opinan Gustavo Gorriti y César Hildebrandt (a quien le he perdido mucho del respeto que le tuve, desde que leí El enano), no se debe liberar a un preso condenado, menos aún a uno que ni siquiera se arrepiente por el sufrimiento que le ha causado a tantos peruanos y el daño infligido al sistema democrático que juró defender.

Nos engañó. Y aún más: hay pruebas suficientes de que el fujimorismo y su líder siguen embelesados con la pintura que quisieran que se perennice por los siglos en la historia del Perú: la del chinito que salió de la nada, que se enfrentó a la incapacidad de los partidos políticos establecidos, reconstruyó el desastre dejado por los gobiernos del APRA y Acción Popular, desmembró y liquidó al Partico Comunista del Perú con un efectivo programa de capturas y arrepentimiento, insertó al Perú en el sistema financiero internacional, sacándonos de la condición de parias en que nos convirtió Alan García, distribuyó, con eficacia, títulos de propiedad a muchísimos inmigrantes que habían llegado a Lima en la informalidad total, convirtiendo a millones de peruanos, de un día para otro, en sujeto de crédito; reunificó a territorios abandonados durante décadas con la reconstrucción de sus pistas y autopistas y el trazado de nuevas y modernas carreteras, terminó con el problema limítrofe con el Ecuador, al que con tanta ineficacia se había enfrentado Fernando Belaúnde, venciendo en la guerra y consiguiendo un tratado de paz y límites que alejó para siempre la sombra de una guerra, que lidió bastante bien con los desastres como el fenómeno del Niño ( al que todavía recordábamos los que tuvimos que vivir el vía crucis de 1983, lluvias e inundaciones que dejaron el norte aislado, destruido y Lima en crisis de desabastecimiento).

Aquella lista de tareas cumplidas, esconde en muchos casos los abusos y los crímenes que se cometieron en el gobierno fujimorista. Las ventas de las ineficaces empresas públicas llenaron los bolsillos de algunos funcionarios, las obras sociales en los pueblos y la preparación de las rondas campesinas dejaron a muchas mujeres estériles por programas de planificación mal implementados, la guerra contra el terrorismo mató y mandó a prisión a muchos inocentes, la conquista de la opinión pública se realizó mediante la compra de autoridades, medios de comunicación que considerábamos imparciales y políticos, que siempre –ya desde la dictadura de Odría que Vargas Llosa radiografía tan bien en Conversación en La Catedral– se habían vendido.

Fujimori mismo, obnubilado por el poder que le ofrecía su yunta Montesinos, se presentó con él, en vivo y en directo, y nos lo presentó como el artífice de aquella magnífica obra que estaba legándole al pueblo peruano.

Nos mantuvo ciegos. Nos compró con caramelos. Nos dio orden y a cambio obtuvo el apoyo y el silencio. Pudo haber sido peor. Hay peruanos menos ciegos, más rebeldes, con más información y capacidad crítica que reaccionaron a tiempo. La pasión mal correspondida de una mujer puso el primer Vladivideo en manos de otro político oportunista y los partidos a quienes Fujimori había vilipendiado durante 10 años tuvieron su venganza. Huyó del país y nos mandó un fax. Vivió como un rey en el exilio y creyó que al llegar al Perú lo íbamos a levantar en hombros, que sus fieles huestes de lameculos lo iban a proteger y le iban a abrir las puertas de Palacio de Gobierno.

Fujimori está en la cárcel –una prisión de lujo- porque él lo quiso. Porque vino al Perú siguiendo un pésimo cálculo político. Se puso en manos de la justicia y fue sentenciado en debido proceso.

Visto con la perspectiva que otorga el tiempo, este gobierno de Humala es mejor que el segundo gobierno de Fujimori: nos podemos burlar de Humala y de su mujer, podemos denunciar a cualquiera de los personajes de su partido sin temer que nos llegue un mensaje en clave desde el Pentagonito pidiéndonos silencio. Podemos oponernos, sin temor a que los medios de comunicación se cierren en una batalla sucia en nuestra contra. Podemos criticar, juzgar y hacer empresas sin pagarle cupo a Vladimiro Montesinos.

Que pida perdón, que jure que nunca va a querer volver a ser candidato. Que se desvista de los mil errores que cometieron quienes estaban a su cargo. Que se arrepienta. Después hablamos.

 

Una versión editada y adaptada de este artículo ha sido publicada en el blog Newyópolis de la revista FronteraD.

Mañana vienen los Madmen

Poster de la sexta temporada del drama televisivo MadMen, que comienza mañana.
Poster de la sexta temporada del drama televisivo MadMen, que comienza mañana.

Recuerdo la primera vez que ví un capítulo de Los años maravillosos. Era la representación de una época, vista en conjunto con las transformaciones sociales a que se enfrentaban las familias –padres e hijos. Las aventuras del pequeño Kevin eran fascinantes por sus aproximaciones a temas universales (el amor, la amistad, la hermandad, la paternidad). Yo, que pertenecía a una clase media parecida a la de la familia Arnold, sentía que él estaba experimentando las inseguridades juveniles por las cuales yo había pasado de adolescente. Sin embargo, los traumas de Kevin estaban amortiguados por una familia, siempre cercana a lo que le sucedía a sus hijos, una relación parecida a la de mis padres conmigo y con mis hermanos.

MadMen también retrata una era. Sin embargo,  en el universo –disfuncional– de Don Draper, la familia es sacrificada. El personaje principal, con una enorme carga emocional sobre su cuello (por un pasado de violencia que lo marca en sus relaciones con jefes, empleados, amantes y clientes), es quien despliega ante nosotros la crueldad y el glamour del mercado de la publicidad: Madison Avenue, en Manhattan, epicentro del negocio publicitario, le pone el nombre a la serie.

Junto a Draper, a sus jefes y a los empleados de la agencia, entramos al Nueva York de mitad del siglo XX y al gran negocio que mueve la rueda del capitalismo y el progreso.

El dinero y todo lo que se puede consegir en esa sociedad con él, es lo que vemos desde los ojos Draper, quien ha trepado  hasta donde está pisando a más de uno, sosteniéndose sobre su personalidad arrolladora, inspirado por el único deseo de tener más.

Draper tiene la esposa y la familia que desea, en los suburbios de Westchester. Tiene una casa con todas las comodidades que se le permiten a quien pertenece al segmento más alto de una sociedad capitalista. Lo ha conseguido mintiendo sobre su origen, al igual que muchos de los empleados y jefes con quienes convive a diario. En el mundo de Draper todo se puede sacrificar. Hay sólo un amo al que hay que obedecer y ése se llama «productividad». Su esposa y sus hijos serán los primeros en sufrir por la ambición de Draper.

Como en Los años maravillos, los eventos que transformaron la sociedad norteamericana, también se cruzan en MadMen con cierta violencia: la cotidianeidad del divorcio, la llegada de las drogas, la guerra, el violencia política, las batallas por los derechos de las minorías, la libertad sexual y el aborto, etc. Sin embargo, en este universo donde Draper vive, es difícil sentir empatía. Es muy fácil percibir lo endeble que resulta este universo de pantallas, carteles y eslogans que la aristocracia de la publicidad contribuye a crear.

MadMen, si tuviéramos que resumirlo en una sola frase, sería: un drama de diálogos y situaciones brillantes, un mundo con personajes muy interesantes, llenos de dudas, que sólo reciben respuestas bastante vagas.

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