Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.
Todos tenemos un grupo de números que marcan nuestra vida. Meros dígitos, cuya mención despierta algún recuerdo. Así, un saludo que en algún momento pudo haber sido mucho más formal, se convirtió con los años en el «Feliz 28» con el cual nos saludamos para desearnos una abstracción: la felicidad de pertenecer a un grupo, en un territorio demarcado antes de que uno naciera.
El 28, hemos decidido, es la ocasión para brindar por la promesa de que un DNI es la garantía de nuestro bienestar.
De niño, los 28 tenían la parafernalia rojiblanca que se extendía hasta las pantallas donde los presidentes recibían una cinta de mando y, al siguiente día, los tanques desfilaban, probando que contábamos con un ejército preparado para salvaguardarnos de la ambición de nuestros vecinos.
De joven, en el desorden institucionalizado que fueron los 80s, el 28 se transformó en el día escogido para dinamitar. Alan García, el cretino decepcionado por la lentitud con que malfuncionaban sus recetas de control de precios, se peleó contra sus enemigos ideológicos y nos arrastró al peor desastre económico de nuestra vida republicana.
Sobrevivimos. Ansiosos, desengañados, 28 se transformó poco a poco en una fecha más de negación, cuando preferimos ignorar el discurso e irnos a la playa y acampar en las arenas garuadas de nuestra costa o en las plazuelas remozadas de nuestra sierra.
Sin embargo, ese número lo arrastramos así nos esforcemos en manifestar nuestra apertura a diferentes culturas. Somos gente de allá. Así hablemos otro idioma, un 28 que sale de una boca nos pone alertas, nos conmina a mirarnos otra vez como parte de un todo. Somos individuos hasta que la cifra sale al aire, retumba en nuestra memoria y nos hace un colectivo, un grupo, una nación. El 28 de julio, dichosos, fatídicos, a veces indiferentes, nos convertimos en el Perú.
¿Qué me sorprende tanto? Tal vez es el dolor de cabeza, la sensación de agotamiento después de comerme una ensalada. Así es, amantes de los vegetales: La muchacha de la sonrisa bonita me ha preparado una dieta que está supuesta a rebajar el monstruo de 8 libras que se ha ido formando en estos meses sin ejercicio y vida sedentaria. Se ha reducido de tamaño, pero no del modo esperado. Sudo frío en ese angosto baño caliente. Creía ser afortunado: llevé un libro; ha sido peor. No me ha gustado nada de lo que he leído de Diamela Eltit: El cuarto mundo. Tal vez es un momento inapropiado para conocer a una autora de la que tus amigos te han hablado con tanto cariño. Tal vez no:
» Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado, parecía a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional».
Tal vez la novela mejore. O acabará con mi mala costumbre de coger lo primero que veo de un autor nuevo en el librero.
La música acompaña el camino hasta el Bronx. Son canciones que creía haber perdido. Hay una de Miguel Ríos, viejo rockero cuya música terminé por asociar sólo con los karaokes.
Esta mañana han entrado a mi casa distintas personas, todas preocupadas por hacer mi vida mejor. La más interesante ha sido la que midió mi techo para decidir si es posible instalar paneles solares. Llevaba una gorra de los Yankees y sudaba como un perro. Se tomó el vaso de agua que le ofrecí en unos cuantos segundos y me dijo que él tampoco tenía aire acondicionado en su cocina «¿Para qué?» El otro personaje es Mike, un cincuentón con barba de hippie arrepentido que trabaja para Save A Tree y está dispuesto a salvar a mis árboles por un precio módico.
Vino también un mormón. Un viejo simpático, con una corbata amarrada al cuello, a pesar del calor. Le estreché la mano y le dije, de la manera más amable, que somos católicos. Ahora que se caiga el mundo –y no mi árbol, que maldice mi vecino porque amenaza con destruír la cabañita de su jardín.
La mejor canción de esta mañana en el auto, por la Taconic Parkway, camino al Bronx: Tweeter and The Monkey Man de los Traveling Wilburys. Es increíble lo que podían hacer Dylan, Petty, Orbison y Harrison juntos.
En sus artículos periodísticos, Bolaño no le escatima elogios a la prosa de Jaime Bayly.
Una de las cosas sorprendentes del libro que colecciona artículos y columnas publicadas por Roberto Bolaño en los últimos años de su vida (1998-2003): Entre paréntesis, Anagrama (2004)*, es el amor que le profesa a la prosa de Jaime Bayly. Tomando como referencia el lanzamiento de Yo amo a mi mami y considerando los libros publicados anteriormente, Bolaño no duda en calificar la prosa de Bayly como «luminosa«, poniendo al escritor peruano dentro de un grupo de 10 escritores latinoamericanos cuya narrativa podría considerarse «viva».
«Heredero de Vargas Llosa», «el oído más maravilloso en la ficción en español», «extraordinaria fuerza en la escritura de diálogos» son algunos de los elogios que sobresalen del artículo de Bolaño y que, para mí, que he leido con muy poco cariño algunas de sus últimas novelas, me fuerzan a intentar su relectura. Sólo guardo buenos recuerdos de No se lo digas a nadie, pero sobre todo de Los últimos días de la prensa. Intenté querer La noche es virgen, en una edición pirata, pero además de la pésima calidad de la impresión, me molestó, creo recordar, el poco trabajo de edición, la decisión de contar y contar sin podar nada. Lo mismo puedo decir de El cojo y el loco.Tendré que volver al texto para ver si la culpa ha sido de un mal lector o, creo sospechar, Bolaño exagera.
Como muchos otros limeños creciendo a principios de la década de los 90, pasé grandes momentos de entretenimiento con las desfachatadas entrevistas de Bayly. Recuerdo ahora, en particular, una entrevista al humorista Carlos Alcántara, que debe estar en el decálogo de las conversaciones más entretenidas de la historia de la televisión peruana.En este segmento televisivo, la risa deviene tanto de las respuestas del humorista como de las certeras preguntas y repreguntas de su entrevistador.
Otro momento solemne en mi vida con Bayly, fue la entrevista al símbolo sexual mexicano Bibi Gaitán. Bibi, que era una doña nadie para la mayoría de peruanos, gracias a la destreza con que Bayly nos enrostró en la cara la sensualidad de la cantante (mala cantante, hay que decirlo), con preguntas subidas de tono, con dobles sentidos fascinantes para nuestra adolescencia acostumbrada a la pacatería televisiva, se convertió en un fenómeno masivo y nos llevó hasta la locura:quienes vimos el video de Bibi, regresamos alguna madrugada limeña de la borrachera en los kioskos improvisados de Chorrillos a principios de los 90, hasta las gradas del hotel Crillón, para gritarle declaraciones de amor a las ventanas donde suponíamos que ella dormía. No nos hubiéramos atrevido a tanto sin la osadía televisiva de Bayly.
Así que le guardo cariño. Así que me gusta cuando Bolaño lo piropea de escritor a escritor y hasta demuestra su simpatía y curiosidad con aquella frase de un personaje de Yo amo a mi mami, que se va a desfogar el estómago al baño con la frase: «Me voy a alimentar a los chilenos» (típico ejemplo del ingenio con que se manifiesta esa tara nacional que es el chauvinismo y el antichilenismo).
Bolaño también demuestra perplejidad e ignorancia ante el repetido uso de la palabra «pata», que equipara con el «cuate» mexicano, sin estar completamente seguro («¿De dónde viene la palabra pata«? se pregunta, cuando no existía aún la indispensable página oficial de peruanismos de Martha Hildebrandt en Internet.)
Otros autores peruanos a quienes Bolaño les dedica páginas de análisis y les sirve elogios como lector, son Vargas Llosa, Alfredo Bryce (a quien llama «un devorador de páginas blancas», equiparando esta cualidad con la de Bayly) y César Vallejo, personaje principal de su novela Monsieur Pain.
*Para esta nota, me he servido de una edición, accesible en bibliotecas de los Estados Unidos, de Entre paréntesis, en inglés: Between Parentheses, New Directions, 2011. Las citas, en esta nota, son mis traducciones del texto en inglés.
Carátula de la revista The New Yorker. Beto y Enrique miran juntos el momento en que la Corte Suprema de los Estados Unidos declara la inconstitucionalidad del Acta de Defensa del Matrimonio (DOMA).
La carátula de la próxima semana (8 y 15 de julio) de The New Yorker es una maravilla. Y como todo lo que es bueno genera conversación, ya se escuchan las diferentes opiniones acerca de si era apropiado poner en la carátula a Beto y Enrique (Bert & Ernie) los dos amigos de Plaza Sésamo, en una edición que conmemora la reciente decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos que declara la inconstitucionalidad del Acta de Defensa del Matrimonio (DOMA), una ley que permitía que las parejas del mismo sexo, a pesar de estar legalmente casadas, no tuvieran derecho a ningún beneficio del gobierno.
El columnista June Thomas en la revista Slate, después de aclarar que los creadores de las marionetas nunca pretendieron darle una orientación sexual a estos personajes, celebra que se trate de una carátula ingeniosa y tierna pero critica que sea inapropiada. Reclama:
«Público norteamericano heterosexual: hay una importante diferencia entre amigos del mismo sexo y amantes gays. ¿Hay en Estados Unidos hogares en los cuales dos amantes pasan disfrazados como dos buenos amigos? Sí, ciertamente. Y seguro que conforme los prejuicios contra las parejas de homosexuales y de lesbianas se desvanezcan, muchas de estas parejas van a comenzar a salir a la luz. Pero aquello no significa que toda pareja de amigos que viven juntos está haciendo el amor noche a noche, con locura. Es claro que Beto y Enrique se quieren el uno al otro ¿Pero acaso Enrique se la chupa a Beto? Me parece que no…»
La carátula me parece una magnífica manifestación del sentimiento de una comunidad homosexual que asiste con regocijo a una decisión histórica de la Corte, que los revindica como seres humanos con los mismos derechos que sus compatriotas heterosexuales. Sin embargo, me parece más relevante el artículo publicado en esa misma revista por Jeffrey Toobin–experto en la trayectoria histórica de la Corte. Toobin deja claro que esta decisión a favor de los homosexuales no hubiera sido posible, jamás, sin la victoria de Barack Obama en 2008 y sin una victoria de los senadores demócratas en 1987, cuando bloquearon la nominación de un juez ultraconservador, Robert Bork, y obligaron a Ronald Reagan a nominar a un juez moderado: Anthony Kennedy.
Es el juez Kennedy quien escribió la opinión de la mayoría –de 5 contra 4– que declaró DOMA inconstitucional. Esta dice: «el Acta de Defensa del Matrimonio (DOMA) instruye a las autoridades del gobierno, y en efecto a todas los individuos que tienen que interactuar con parejas del mismo sexo, incluyendo a sus propios hijos, que su matrimonio vale menos que el matrimonio de otros. El princial objetivo de DOMA y el efecto necesario de esta ley es rebajar a aquellas personas que están legalmente casadas, en un matrimonio del mismo sexo».
Toobin destaca lo importante que ha sido para la causa de los homosexuales que Anthony Kennedy haya sido un conservador moderado y que los jueces nominados por Barack Obama (Kagan y Sotomayor) sean de tendencia liberal.
También predice que, así como ya resulta inevitable que California legalice los matrimonios homosexuales, esta decisión siembra la semilla para una inevitable votación, en un futuro próximo, que permitiría que la Corte Suprema declarara la inconstitucionalidad, en todos los estados, de cualquier trato discriminatorio hacia las parejas homosexuales que desearan casarse.
Mi teléfono es un modelo Samsung de hace 3 años, imitación del formato Blackberry. Tiene Internet –muy lento– y una pésima capacidad para recibir mensajes multmedia.
Esta tarde, mientras cruzaba un jardín, un amigo me mandó un mensaje que era una foto. Demoró unos segundos, apareció, pero aún no podía ver: el reflejo del sol convertía lo que allí estuviera en una mancha negra. Entré a la casa, volví a mirar la pantalla en la sombra. Era un pedazo de concreto, había unas flores encima: una tumba. Leí las letras sobre la lápida: César Vallejo.
Otra persona que no tuviera afinidad con lo que nos une, hubiera encontrado otra gráfica para decirme «Estoy en París». Sin embargo, en nuestra tradición, para él y para mí, la tumba de César Vallejo en Montparnasse, es más que una proclamación de un viaje, es una declaración de nuestros intereses literarios.
Hoy leía en el blog de Ricardo Bada, que al ver los mensajes que le dejaban a Balzac sus lectores, alrededor de su tumba, Víctor Hugo decía «Una tumba como esta es una prueba de la inmortalidad». Es lo mismo que se me ocurría al mirar la pequeña y mal definida foto en la diminuta pantalla de mi teléfono Samsung: desde París, 75 años después de su muerte.
Podrán pasar cosas en el mundo: como leer en inglés y Entre paréntesis, del aprecio –para mí desconocido– de Roberto Bolaño hacia la prosa de Jaime Bayly; encontrar al despertar una historia terrorífica, y muy breve, sobre una ballena que llega a morir en una playa del Golfo; conversar, sin perder la paciencia, con un vecino que sin asco ha eliminado los árboles que me impedían ver su despintada casa, su sucio y desordenado jardín; reorganizar mi oficina, limpiar papeles acumulados en un año, con la radio, y enterarme de la historia del Jeremy de Pearl Jam; saludar a una amiga en Santiago que está perdiendo la cabeza; recordar un cumpleaños en Lima–un día tarde, para variar–, volver a pensar en este amigo, que ha dejado unas flores en Montparnasse y recordar los cuadros de París que menciona Salter en A Sport and a Pastime.
Podrá pasar de todo en un primer día de julio y sin embargo, la foto de la tumba de un poeta llena la tarde de su inmortalidad.
Montauk lighthouse, Long Island, NY. Photo by Oldsamovar@ Flicker.
I have seen a Jitney bus parked in a narrow street in Portland, Maine. I didn’t know what it was doing there. From that trip to Portland I only remember a bar close to the port, the lighthouse, an ice cream store, the story of a blue lobster told by a tour guide on a tour bus, the front of the house of Longfellow and that Jitney bus parked on one of its streets.
Why? Because the Jitney is one of the symbols of my first wanderings at The End of Long Island. It is the magical word that connected me to a land I barely knew when I first came here, in the winter of 2007.
While I was a student in Manhattan I read a lot about New York. I lived in Brooklyn and did not have a car, but somehow, perhaps through the newspapers I understood that the word «Hampton» represented a certain mix of the words summer, comfort and high class. Once I asked my roommate in Brooklyn about the way to get to East Hampton and she told me that there was a bus that would charge me a lot of money for a trip that could last up to 3 hours. She touched her forehead in a gesture that summarized the craziness of even thinking about paying so much, in order to go to a beach so far away.
Every area in New York State worthy to be known, I visited for the first time with my wife, who showed me places where she did her own wanderings when she was a kid or a teenager.
For example: Cold Spring, the town by the river where we traveled together on a weekend, by train from the Bronx, was a place where she has been before on a hiking trip. The FDR Home and the Vanderbilt Mansion in Hyde Park, another short getaway, were places where she had been before, as a kid. We went to New Paltz and the Ashokan Reservoir, and she had vague memories of a trip she made with her parents when she was a little brat.
To me, the rivers, lakes, castles and farms on our way to those places were a revelation: an unknown world of views I never imagined were so close to the city where I had been living for almost 6 years.
Of course, the biggest discovery was on Long Island, the towns all the way to the east. I had read some stories about East Hampton and Montauk: New Yorkers had been visiting the area for many decades, and have transformed the region in their favorite spot for the Summer.
There is a lot of money in the Hamptons (Bridgehampton, Southampton, Amagansett, East Hampton). More than anything a stupid Peruvian with no real knowledge of money –like me– could have imagined. However, the area is much more than big houses. Its beaches are surrounded by vegetation and dunes, and the local communities have fought hard to keep the area free of the big hotels and huge resorts, protecting their wildlife and a certain vibe of primitive beauty.
This region was –it is not anymore– a collection of fishermen villas and a farmer’s region. Most of the farms became mansions and gardens, and the fisherman left because of the high cost of living. However, a bunch of anglers still leave Montauk every day to get lobster, fish and sea food. And between those big mansions, the beaches and the golf courses you will find farmers selling their produce at the side of the street, in a kiosk next to their farm.
There is wildlife everywhere. The deer can show up at any road around the town, the rabbits will stand still, their ears up while the cars pass next to the lawns where they rest; the wild turkeys will run to hide behind trees and bushes, and once in a while there will be a line of cars on Three Mile Harbor, waiting to let a turtle get to the other side of the road.
During the summer, the fishermen standing on the rocks next to the inlets, by the piers and hills, next to the water, are part of the landscape. There are also the tourists, everywhere, the campers, the surfers and the local people who do their best to smile and not be bothered.
Also, once in a while, roaming through these streets, there are people like me: strangers who belong to a different world, taken by their daydreaming to the first morning they stepped on a corner in Manhattan, to take a Jitney bus, all the way to The End.
Una pelota que cruza el paisaje. Un grupo de gente que observa: la pelota corta los árboles, hace un tajo en el cielo. Esa esfera pequeña, ese pedazo de corcho con plástico hace una parábola –practicada durante cientos de horas–, cae sobre la hierba, cerca de un hoyo, y empieza a correr. Una pelota entra en un hoyo: el juego más estúpido del mundo.
Después de golpear, agotado, el hombre avanza hacia la gruta que se abre entre los árboles, por donde una luz colorea las hojas de los pinos, que atiza el sol y que mece la brisa.
Es posible adivinar un enlace entre el ser humano y la naturaleza (ésa recreada, perfeccionada para que un par de suelas caminen por ese campo de golf, para que la bola ruede sin complicaciones hacia el hoyo 19). Sin embargo, por allí camina todo tipo de hombres. Los hay los quienes entienden la vida (o creen que), quienes no entienden nada y quienes creen que la entendieron y están equivocados. Se juntan al borde del camino y durante cuatro o cinco horas, dependiendo de su destreza, consideran que sus deseos están contenidos en cierta cantidad de hectáreas, por esos caminos de hierba ignorantes de la violencia con que suele crecer en otros lugares, la hierba bien alimentada por la lluvia. Cae nieve, quema el sol, llueve (con seguridad) y salen los insectos a bañarse. Una manada de jardineros aparece de madrugada para contener la grama, para entrenar al suelo a mantenerse parejo, similar al día anterior.
Algunos de estos hombres que juegan, experimentaron la guerra. Entonces marchan agradecidos porque tienen amigos que los acompañan, que tienen piernas, brazos, ojos que les permiten jugar al golf. Un juego estúpido, como todos. Un invento para asesinar el tiempo que nos queda.
Es verdad que para algunos de ellos es un reto: un viaje a la mano de un padre que te enseñaba el beneficio de la perseverancia, del temple que debe de tener el hombre que persigue una pasión. Sin embargo para esos otros que beben, que gritan, que marchan como monigotes, con sus ojos atontados, la boca torcida en gesto de pertenencia a la manada, el golf es una pérdida de tiempo. Es un juego que vale sólo para decir que lo han perdido. Ellos no disfrutan del ejercicio, ni del paisaje y ni siquiera escuchan lo que podría decirte ese hombre que los mira, dueño de algunas certidumbres.
Quisiera dejar pasar lo que he sentido hoy: deshacerme de una sensación (si no te importa el juego, no lo juegues). Supongo que lo escribo para que la sensación pase (por un tiempo), para reirme de ella –como deberíamos de hacerlos todos– al ver al hombre jodido frente a una pelota, al mono idiota, al imbécil que cree estar jugando al golf y no sabe que él es el juguete.
Quisiera haber apuntado en una libreta todos los detalles. Porque luego me encuentro con ella y me dice: «No, así no fue ¿no te acuerdas?» Y lo que yo me acuerdo tiene que ver muy poco con lo que en realidad pasó.
Ella llegó una mañana de febrero en que nevó, como hoy. Yo era más joven, vivía en Brooklyn y poco sabía del invierno. Ella llegó al aeropuerto acompañada de una amiga que–cuando pasó lo que pasó–se dedicó a criticar sin mirarme a la cara. Yo creí que les había prometido un tour por Nueva York pero ella me dice que les había prometido el Empire State. Puede ser cierto porque cuando neva clausuran el balcón. Y nadie sube hasta allá para darle vueltas a la tiendita de recuerdos y tomarse un café.
Ella era trigueñita, del bello color de la arena mojada–como leí en una crónica cubana. Tenía…