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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

julio 2013

Con Salter en Buensalvaje

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James Salter at Amster Yard. Instituto Cervantes of New York (2013)

Este mes de julio, la buena revista literaria limeña Buensalvaje, sacó esta nota que le hice al escritor James Salter. Salter acaba de publicar una de las mejores novelas del 2013 ( All That Is ). La conversación se realizó en el Instituto Cervantes de Nueva York:

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«James Salter en Manhattan»

Un encuentro con el más famoso de los escritores no famosos

Por Ulises Gonzales


En sus memorias, Quemar los días (1997), James Salter menciona su primera cena en París. En esta, entre catorce invitados, hay una mujer bellísima: una actriz peruana con un vestido negro de seda. Tan hermosa que uno de los invitados, mayor que ella, la toma del brazo, se la lleva a un lado y le dice «No sé quién te habrá acompañado aquí esta noche. Pero sí sé que no te vas a ir con él. Eso es definitivo». Han pasado 50 años desde aquella noche. En ese lapso, Salter ha escrito algunas novelas y cuentos bastante celebrados. Un perfil publicado recientemente en The New Yorker lo consagra como el más famoso entre los escritores no famosos. El 10 de junio cumplió 88 años. Se le ve bien y la memoria no le falla. Antes de hablar de sus libros, se me ocurre preguntarle si recuerda a aquella peruana. «Claro que la recuerdo. Era la esposa de Mickey Knox (el actor que interpreta al mafioso Matty Parisi en El Padrino III). Era una de dos hermanas peruanas. La otra hermana se casó con Norman Mailer. No sé si sabes la historia: Mailer la apuñaló. Una discusión en la cocina, cogió un cuchillo y se lo metió por un costado. Eso fue hace mucho tiempo. Bellísima. Todas las mujeres son bellas en Perú –me interroga con sus ojos azules, muy abiertos–, ¿no es cierto?». En una escena de su última novela, All That Is (2013, aún inédita en español), dos de los personajes debaten el nombre para bautizar a una niña. Uno de los protagonistas menciona uno que podría sonar exótico para los lectores anglosajones: Quisqueya. Cuando se le pide explicaciones sobre el origen del nombre, el personaje responde: «Es de una princesa peruana». Le pregunto a Salter si existe algún tipo de relación entre él y el Perú. «Ninguna. Tal vez muy dentro de mi subconsciente», responde. Me mira con curiosidad.

Casi no ha estado en Latinoamérica. Hace algunos años pasó por Brasil, para promocionar una traducción al portugués. Ha visitado México, de joven, en aventuras con amigos y mujeres, alcohol y peleas que describe con detalle en 00000000. «Glamoroso y romántico» son las palabras que salen de su boca cuando le pregunto cómo se imagina nuestro continente. «Conozco Sudamérica por sus escritores y por su música». Menciona los nombres de tres países: Chile, Argentina, Brasil. «¿El Perú es seguro?».

Conoce la literatura española gracias a una intensa pasión de juventud por Federico García Lorca. «Su vida es un maravilloso marco para su obra. Me gustan las cosas que él percibe y que él quiere. Escribe de modo muy simple y asumo que sus traducciones son bastante buenas. Y lo he leído en español, en esas ediciones bilingües. Así obtienes más de la lectura. Yo lo amo». Ha leído algún texto de Vargas Llosa pero ninguna de sus novelas.

Las obras de Salter casi siempre están ubicadas en los territorios que conoce bien, en los Estados Unidos, con una maravillosa excepción:Un juego y un pasatiempo. La novela fue rechazada varias veces, antes de que un editor entendiera sus cualidades. Apenas fue publicada, se transformó en un libro clave de su obra, y su popularidad creció recomendada de boca en boca. La historia transcurre en los pueblos franceses de provincia, mientras un joven norteamericano viaja con una francesita deliciosa viviendo incontables experiencias, muchas de ellas eróticas. «Europa es diferente. Al menos para un norteamericano. Yo era muy joven entonces y los europeos marcaron en mí una gran impresión. Además, viví allí algunos romances».

Salter nació en Passaic, New Jersey, en 1925, pero vivió en Manhattan desde muy pequeño. Fue hijo único de una familia donde el dinero no faltaba. Además de una cabaña en las montañas de Colorado, hoy tiene una pequeña casa cerca de la playa, al final de Long Island, a dos horas de la ciudad. Le gusta la buena vida que comparte con su segunda esposa, pero sin ostentación. Le gusta el hogar: «Estar en la cama con tu mujer, con las sábanas limpias durante una noche bella: no hay nada mejor que eso». Trabaja en cualquier sitio donde haya calma, pero prefiere hacerlo en casa.
Si bien ha escrito guiones para el cine (trabajó un tiempo para Robert Redford y habla de él con respeto, aunque nunca se refiere con cariño a su experiencia como guionista), y ha publicado varios libros de cuentos y algunas novelas; la experiencia más importante de su vida no ha sido la literatura, sino sus años como piloto en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Alguno de ellos, durante la Guerra de Corea. En sus memorias suele describir las emociones que le brinda la escritura como experiencias menores comparadas con la adrenalina que le provocaba volar: «Ayer vinimos de Houston. Estuve dando una lectura en Texas. Es verano allí. Un verano muy caliente. Tenía un asiento con ventana. Sucede que el asiento estaba a unos dos metros y medio de la turbina del avión. Era una superficie pulida, de aluminio. Allí todas las piezas de la máquina se juntan de un modo perfecto, como en un reloj. Y esa superficie brilla con los rayos del sol. Y el avión empieza a despegar. Y ¿sabes? Casi sentí como si yo estuviera otra vez volando el avión. Eso es lo que sucede en esos aviones cuando tú eres piloto. Quiero decir, yo no estaba encima del motor, pero sí muy cerca. Y sentía que ese rugido de la turbina se desplegaba sobre mí, como si estuviera en el océano. Esa era la vida. Al fin y al cabo, yo viví aquella experiencia durante doce años. Volar: aquella parte de la vida es maravillosa. Pero tú sabes que eso no dura para siempre. Llega un punto, como también le llega a un jugador de béisbol, en que tienes que detenerte y hacer otra cosa. Yo no había llegado ahí aún, pero sabía que no quería esperar a alcanzarlo. Además, siempre tuve dentro de mí, latente, el deseo de escribir. Había escrito algunas cosas. Escribí poemas de niño, había escrito cuentos, inclusive una novela –que no era muy buena y me la rechazaron–. Decidí que había llegado el momento de convertirme en escritor… aunque me sentí muy mal cuando lo hice. Durante dos o tres años no pude escribir nada. Es decir, sí escribía, pero nada que tuviera algún valor. Me sentía fuera de lugar. Además, sabía que mis compañeros seguían volando. Fue una decisión difícil. Es como pedir el divorcio. No quieres hacerlo pero dentro de ti sabes que tienes que hacerlo, que no hay otra alternativa. Es una situación muy emotiva. Un día le dije a mi esposa lo que quería hacer. Se lo conté a otro piloto, un gran compañero. Esperé un tiempo, lo pensé mucho. Finalmente renuncié a la Fuerza Aérea. Y aquí sigo».

La emoción de sus novelas se construye frase a frase. Salter ha vivido muchos años con el apodo de «maestro de la frase perfecta». En aquel perfil de The New Yorker que lo ha puesto otra vez en la boca de los neoyorquinos, Salter confiesa que con sus novelas quiere demostrar que también es capaz de escribir escenas e historias memorables. All That Is es memorable. «Sabía que quería escribir una historia que abarcara desde el período de la Segunda Guerra Mundial hasta más o menos la época actual. Conozco personas en la Marina y he escuchado las historias que me contaron. Sé bastante acerca del Océano Pacífico, así que sitúo el comienzo de la novela allí».

All That Is empieza en el mar. Salter nos obliga a mirar el conflicto desde ambos bandos. Estados Unidos está a punto de desembarcar en Okinawa. Nos da detalles de las fuerzas imperiales, nos habla de los hombres y mujeres que han saltado al vacío para no ser derrotados, y de los sacrificios que los japoneses están dispuestos a pagar antes de ser vencidos. En ese retrato gigante de la guerra, narrado casi con la misma precisión relojera con la que describe la maquinaria de un avión de combate, el escritor conmina al lector a fijarse en los seres humanos que desfilan por las páginas: vemos a Kimmel saltando al mar cuando los kamikazes se lanzan sobre la flota norteamericana; sabemos que será rescatado, que su nuevo barco será hundido, que volverá a naufragar y que lo volverán a rescatar. Sabemos que este personaje irá por la vida contando los hechos acontecidos durante estas pocas horas de un solo día, los que definieron su biografía. Salter hace que también nos fijemos en su compañero de camarote, otro joven soldado que sobrevive a la batalla naval con el mismo pánico y que recuerda muy bien a ciertas muchachas que encuentra, mientras está uniformado. Ese soldado se llama Philip Bowman, y es el protagonista que regresará a Manhattan y se convertirá en editor. Se casará, será infiel, se volverá a enamorar, será traicionado, traicionará, y volverá a enamorarse mientras cae la nieve en Nueva York.

La novela avanza como un tren con paradas. Bowman sigue siempre en el tren, otros personajes se bajan en las distintas estaciones y Salter los sigue por unas páginas, nos cuenta detalles de su vida y, poco a poco, estos personajes se desvanecen. Capítulo tras capítulo, el narrador amenaza con abandonar también a Bowman, mas nunca lo hace. Este conoce a una muchacha: una belleza sureña con rancho y caballos. Se casan, a pesar de que ambas familias predicen el desastre. Al finalizar la relación, Bowman acepta vivir la vida según viene y lo vemos avanzar: es un hombre bueno. Vemos también las relaciones intensas en las que parece comprometerse y asistimos a la lenta disolución de las emociones que lo unen con ellas. Conoce a una mujer en un taxi y se enamora. Compran una casa cerca de la playa. La relación progresa sin mayores tropiezos y entonces… hay un giro inesperado. Constatamos: lo han agarrado de idiota. Bowman deambula por la novela, el lector cree que se merece mejor suerte. La suerte llega, y de repente él hace algo que no pensábamos que fuera capaz de hacer. El lector asiente, complacido.

Al preguntarle a Salter sobre dos episodios principales de su novela, me hace ver, con energía, que yo no he entendido al personaje. Me explica las motivaciones de Bowman como si fuera un padre aleccionando a su hijo. Es delicioso escucharlo mencionar los detalles que llevaron a su prota-gonista a actuar de determinada manera, a enamorarse otra vez, o, según yo, a buscar revancha. Me repite el argumento, frases enteras, me dirige hacia donde él quiere llevar a sus lectores: «Sucedió. Fue un accidente. Y (a Bowman) empieza a parecerle, con cierta claridad, que él podría hacer lo que hace. No creo que hubiera ningún cálculo largo y siniestro. Digamos, no se tumbó y esperó por su nueva mujer, como una araña. Jugó con ella. De allí llegaron a, digamos, un acto sexual no muy claro. Es decir, sucedió, pero ninguno de los dos estaba demasiado involucrado. Y es entonces que le vino la idea. Nada siniestro. ¿No fue muy bonito lo que hizo? Supongo que no. ¿Es algo horrible? ¡Sucede todos los días! Me sorprende la reacción emocional de los lectores. Sé que es un poco chocante, cuando lo lees, porque no te lo esperas. Casi te esperas que se enamoren. Pero si lees con cuidado, te darás cuenta que él sabe que no se va a enamorar. Y entonces sucede lo que sucede».

Salter ha mencionado, en sus memorias, la frustración que le provocó, en algún momento, la escasa aceptación popular de sus obras. La única novela que le brindó buenas regalías, suficientes para escribir sin preocuparse por un par de años, fue Pilotos de caza, que fue llevada al cine (adaptación con la que nunca estuvo de acuerdo y de la cual prefiere no hablar). Si bien tuvo siempre presente el deseo de convertirse en escritor, lo hizo no para ser uno más, sino para brillar. «Uno escribe para recibir elogios. Escribe para alcanzar la gloria. Tú quieres escribir y que la gente lea lo que escribiste y que admire tu escritura. Pero los elogios son solo una evidencia de la gloria. No es lo real. El verdadero placer es cuando se te acerca un lector que te dice algo acerca de tu obra e inmediatamente reconoces que esa es la persona para quien tú escribes».

Pilotos de caza es un recuento de las aventuras de un batallón de aviadores en Corea. La escribió aún siendo piloto, a escondidas, porque temía que los otros soldados lo menospreciaran. Dice que «ni siquiera leía en público», temeroso de ser señalado como un intelectual. Como siempre escribió con seudónimo –su verdadero apellido, judío, es Horowitz–, cuando sus compañeros se dieron cuenta de que Pilotos de caza estaba siendo publicada por entregas en una revista literaria, nadie sospechó de él. «Incluso después de abandonar la Fuerza Aérea, yo pensaba que había algo vergonzoso en querer dedicar mi vida solo a estar sentado y escribir».

El primer rechazo editorial de Un juego y un pasatiempo lo hundió en una depresión: le había dedicado mucho tiempo y se había convencido de que se trataba de una gran historia. Algo similar ha pasado con sus siguientes libros. Salter ha ganado premios importantes (All That Is es una favorita para el Pulitzer), si bien jamás ha alcanzado la popularidad en las ventas de otros escritores que admira, como Bellow, como Hemingway, como Faulkner. Sin embargo, su obra sigue entusiasmando a quienes lo descubren. «El estilo deslumbra y sin embargo es sigiloso, como una lente poderosa y limpísima», escribe uno de los últimos conversos, Antonio Muñoz Molina. El escritor español, que vive en Nueva York, había comprado una de sus novelas (Años luz) pero no la abrió. No sabía nada de su autor, apenas un comentario favorable de un amigo suyo. Redescubrió aquel libro durante el invierno, refundido en un estante. Lo leyó en una noche y entonces no pudo dejar de leer todo lo que consiguió del escritor. Entonces escribió el artículo en El País («Noches leyendo a James Salter») que hizo que en las siguientes semanas se agotaran sus libros en España.

Salter manifiesta interés. «¿Qué dice ese artículo?». «Que todos aquellos que quieran ser buenos escritores deberían de leerlo». «¿Solo eso? Debe ser un artículo muy corto». Dice que quisiera conocer a Muñoz Molina. «Tal vez tomarnos un trago», sugiere, mientras se pone los anteojos e intenta leer El País en el iPhone (pronto desiste al ver que es demasiado extenso).

Ha pasado casi una hora de entrevista y Salter se levanta: tiene otros compromisos. Le pregunto si necesita un taxi. Dice que ha llegado caminando y que se irá del mismo modo. Lo hace erguido, con elegancia. Afirma que le agrada el ambiente escogido para nuestro encuentro: el Amster Yard del Instituto Cervantes. «¡Viva Cervantes!», nos dice en su mal pronunciado español. Y avanzando por una vereda de Manhattan, Salter se va.

*Agradecimiento especial al escritor Héctor Velarde.


Ulises Gonzales (Lima, 1972) tiene una maestría en Literatura inglesa por Lehman College, donde es catedrático. Ha publicado ensayos y relatos en publicaciones de distintos países, así como la novela País de hartos.


Malditos vecinos

suburbios y arboles

Aquello de que las buenas cercas aseguran los buenos vecinos se debe aplicar solamente a quienes no tienen un árbol.

Hoy, a pesar de buenas intenciones y de constante cuidado , los vecinos que colindan con mi propiedad han invocado al infierno por culpa de una rama y dos arbolitos.

Desde que vivo aquí, la vegetación ha impedido que preste mucha atención al desorden que es la apariencia de las casas vecinas. Mis árboles, que los antiguos dueños colocaron en puntos estratégicos, si bien en invierno parecen simples adiciones (bellas) al paisaje de la casa, en el verano, cuando las hojas los cubren, nos brindan privacidad: uno de ellos impide que la ventana del baño se luzca frente a la ventana de nuestros vecinos, otro árbol impide que el interior de la sala se vea desde la calle.

Privacidad. Una palabra que nunca pensé encontrar asociada a la palabra árbol, acostumbrado como estaba a los cuadrados angostos de mi barrio de Lima, a los cercos de concreto con rejas, clavos, púas, trozos de botella y cables eléctricos entre los cuales crecimos.

Sin embargo, a principios de julio, un hombre de rasgos orientales que dice llamarse Hai (tal vez Hi) se mudó a la casa detrás de la mía y tuvo la brillante idea de reducir sus costos de mantenimiento deshaciéndose de los árboles de su jardín. Cuatro viejos pinos gigantes fueron derribados en el lapso de algunas horas. El espectáculo que dejaron fue macabro: raíces que se extendían por el jardín sin vida, sosteniendo muñones de troncos.  Además, la masacre había dejado al descubierto una casa cuya apariencia exterior es lamentable: paredes sucias y descascaradas, puertas roídas por el uso, techos que requieren reparación.

Ahora, en vez de los árboles que recreaban un paisaje campestre – en este barrio donde la ciudad empieza a convertirse en bosque– podemos ver, desde las ventanas de nuestra casa, una estructura sucia, un jardín de tierra y los residuos dejados por el arboricidio.

Además, los jardineros contratados por Mr. Hai nos donaron una rama quebrada: nuestro árbol, cuyas hojas crecían allá en la altura enredadas con los pinos, de algún modo fueron jaladas o golpeadas al momento de la masacre. Tres días después una de ellas cayó sobre el cerco que divide a Hai de sus vecinos, los G___.

Los G___. Recién esta semana he conocido el apellido de los vecinos, porque llegó una carta, en realidad una fotocopia de una carta certificada, con sello de recibo del municipio. En esa carta, la señora, el señor y los niños Glazier –pues The G____ Family figura como el remitente– dicen que la rama se cayó porque nuestros árboles están enfermos. Solicitan eliminarlos porque presentan signos de deterioro, en especial las dos hermosas ramas que cruzan el cerco y cuelgan sobre su territorio.

Debo decir, que la casa de la familia G___ es tan fea como la del Sr. Hai. Su techo está tapado por una lona de plástico y su cerco de madera hace años que luce descuidado y a punto de colapsar. La señora G____, casada con un baterista cincuentón y dueño de un negocio musical venido a menos (lo digo basado únicamente en la apariencia de su casa, podría estar muy equivocado) es una mujer de raza negra nacida en la Provincia Constitucional del Callao. Sí, en este pueblo a 40 minutos de Manhattan, como probándome que las malas costumbres te siguen alrededor del mundo, la bruja G___ es peruana.

Lo supe hace tres años cuando vino a tocar la puerta para quejarse de otra rama que había semi colapsado y amenazaba la integridad de su jardín (los G__no tienen árboles, ni siquiera arbustos. Su patio trasero podría estar ubicado en un barrio sin lluvia de Lima) Teníamos tres meses viviendo en la casa, pero doña G__ nos torturó hasta que nosotros pagamos para que la rama sea removida, si bien nuestros abogados nos previnieron que el costo de remover ramas tenía  que ser cubierto por los G__ . Entonces nosotros queríamos ser buenos vecinos. Hoy la llamo bruja y me parece un término bastante conservador.

Un inspector de la ciudad nos visitó para verificar el reclamo. Constató que nuestros árboles lucen mejor que la casa de los G__: frondosos y saludables. Desde la cerca que nos divide, debajo de las ramas en conflicto, miramos juntos la descuidada propiedad de los G___ y decidimos que nuestros vecinos no tenían sentido de lo que lucía bien y mal. Lo de Hai le provocaba al inspector el mismo disgusto que a nosotros. Nos contó su propia historia con vecinos insoportables: uno de ellos asesinó su cerco vivo rociándole químicos a las raíces. El vecino vendió la propiedad y se mudó a Miami dejándolo con una rabia atracada en la garganta que después de muchos años aún no se le pasa.

En estas semanas, dos expertos han revisado nuestros árboles y han declarado por escrito que crecen en buen estado y que merecen larga vida. Se podarán –como lo hemos hecho antes– las ramas muertas, las que podría llevarse el viento. El resto seguirá creciendo, dándonos sombra, protegiendo nuestro derecho a ignorar un tantito la vida privada de nuestros vecinos. Se les ha protegido con un líquido que bloquerá el impacto de las bacterias; la semana próxima un hombre araña se colgará entre sus ramas para colocar un cable que impida que las ramas en algún momento se abran demasiado y colapsen.

Me gustan mis árboles. Me preocupa que mis vecinos se levanten por las mañanas, los vean y encuentren en ellos enemigos. El inspector dice estar de nuestro lado. Nos ha pedido tomar fotos que documenten la desgracia,  que serán incluídas en el expediente para promover una ordenanza municipal que impondrá penas severas para quienes quieran imitar a Hai.

El día en que sea delito atentar contra los árboles, caminaré hasta la puerta de Hai y de G___ cargando una maceta con una pequeña mata. Tendrá una tarjeta y en ella una inscripción breve y cariñosa: Planten más árboles, malditos vecinos.

28

Todos tenemos un grupo de números que marcan nuestra vida. Meros dígitos, cuya mención despierta algún recuerdo. Así, un saludo que en algún momento pudo haber sido mucho más formal, se convirtió con los años en el “Feliz 28” con el cual nos saludamos para desearnos una abstracción: la felicidad de pertenecer a un grupo, en un territorio demarcado antes de que uno naciera.

El 28, hemos decidido, es la ocasión para brindar por la promesa de que un DNI es la garantía de nuestro bienestar.

De niño, los 28 tenían la parafernalia rojiblanca que se extendía hasta las pantallas donde los presidentes recibían una cinta de mando y, al siguiente día, los tanques desfilaban, probando que contábamos con un ejército preparado para salvaguardarnos de la ambición de nuestros vecinos.

De joven, en el desorden institucionalizado que fueron los 80s, el 28 se transformó en el día escogido para dinamitar. Alan García, el cretino decepcionado por la lentitud con que malfuncionaban sus recetas de control de precios, se peleó contra sus enemigos ideológicos y nos arrastró al peor desastre económico de nuestra vida republicana.

Sobrevivimos. Ansiosos, desengañados, 28 se transformó poco a poco en una fecha más de negación, cuando preferimos ignorar el discurso e irnos a la playa y acampar en las arenas garuadas de nuestra costa o en las plazuelas remozadas de nuestra sierra.

Sin embargo, ese número lo arrastramos así nos esforcemos en manifestar nuestra apertura a diferentes culturas. Somos gente de allá. Así hablemos otro idioma, un 28 que sale de una boca nos pone alertas, nos conmina a mirarnos otra vez como parte de un todo. Somos individuos hasta que la cifra sale al aire, retumba en nuestra memoria y nos hace un colectivo, un grupo, una nación. El 28 de julio, dichosos, fatídicos, a veces indiferentes, nos convertimos en el Perú.

En la Taconic, pensando en voz alta

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¿Qué me sorprende tanto? Tal vez es el dolor de cabeza, la sensación de agotamiento después de comerme una ensalada. Así es, amantes de los vegetales: La muchacha de la sonrisa bonita me ha preparado una dieta que está supuesta a rebajar el monstruo de 8 libras que se ha ido formando en estos meses sin ejercicio y vida sedentaria. Se ha reducido de tamaño, pero no del modo esperado. Sudo frío en ese angosto baño caliente. Creía ser afortunado: llevé un libro; ha sido peor. No me ha gustado nada de lo que he leído de Diamela Eltit: El cuarto mundo. Tal vez es un momento inapropiado para conocer a una autora de la que tus amigos te han hablado con tanto cariño. Tal vez no:

” Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado, parecía a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional”.

Tal vez la novela mejore. O acabará con mi mala costumbre de coger lo primero que veo de un autor nuevo en el librero.

La música acompaña el camino hasta el Bronx. Son canciones que creía haber perdido. Hay una de Miguel Ríos, viejo rockero cuya música terminé por asociar sólo con los karaokes.

Esta mañana han entrado a mi casa distintas personas, todas preocupadas por hacer mi vida mejor. La más interesante ha sido la que midió mi techo para decidir si es posible instalar paneles solares. Llevaba una gorra de los Yankees y sudaba como un perro. Se tomó el vaso de agua que le ofrecí en unos cuantos segundos y me dijo que él tampoco tenía aire acondicionado en su cocina “¿Para qué?” El otro personaje es Mike, un cincuentón con barba de hippie arrepentido que trabaja para Save A Tree y está dispuesto a salvar a mis árboles por un precio módico.

Vino también un mormón. Un viejo simpático, con una corbata amarrada al cuello, a pesar del calor.  Le estreché la mano y le dije, de la manera más amable, que somos católicos. Ahora que se caiga el mundo –y no mi árbol, que maldice mi vecino porque amenaza con destruír la cabañita de su jardín.

La mejor canción de esta mañana en el auto, por la Taconic Parkway, camino al Bronx: Tweeter and The Monkey Man de los Traveling Wilburys. Es increíble lo que podían hacer Dylan, Petty, Orbison y Harrison juntos.

Ahora, a trabajar.

Bolaño, Entre paréntesis y Jaime Bayly

jaime bayly
En sus artículos periodísticos, Bolaño no le escatima elogios a la prosa de Jaime Bayly.

Una de las cosas sorprendentes del libro que colecciona artículos y columnas publicadas por Roberto Bolaño en los últimos años de su vida (1998-2003): Entre paréntesis, Anagrama (2004)*, es el amor que le profesa a la prosa de Jaime Bayly. Tomando como referencia el lanzamiento de Yo amo a mi mami y considerando los libros publicados anteriormente, Bolaño no duda en calificar la prosa de Bayly como “luminosa“, poniendo al escritor peruano dentro de un grupo de 10 escritores latinoamericanos cuya narrativa podría considerarse “viva”.

“Heredero de Vargas Llosa”, “el oído más maravilloso en la ficción en español”, “extraordinaria fuerza en la escritura de diálogos” son algunos de los elogios que sobresalen del artículo de Bolaño y que, para mí, que he leido con muy poco cariño algunas de sus últimas novelas, me fuerzan a intentar su relectura. Sólo guardo buenos recuerdos de No se lo digas a nadie, pero sobre todo de Los últimos días de la prensa. Intenté querer La noche es virgen, en una edición pirata, pero además de la pésima calidad de la impresión, me molestó, creo recordar, el poco trabajo de edición, la decisión de contar y contar sin podar nada. Lo mismo puedo decir de El cojo y el loco.Tendré que volver al texto para ver si la culpa ha sido de un mal lector o, creo sospechar, Bolaño exagera.

Como muchos otros limeños creciendo a principios de la década de los 90, pasé grandes momentos de entretenimiento con las desfachatadas entrevistas de Bayly. Recuerdo ahora, en particular, una  entrevista al humorista Carlos Alcántara, que debe estar en el decálogo de las conversaciones más entretenidas de la historia de la televisión peruana.En este segmento televisivo, la risa deviene tanto de las respuestas del humorista como de las certeras preguntas y repreguntas de su entrevistador.

Otro momento solemne en mi vida con Bayly, fue la entrevista al símbolo sexual mexicano Bibi Gaitán. Bibi, que era una doña nadie para la mayoría de peruanos, gracias a la destreza con que Bayly nos enrostró en la cara la sensualidad de la cantante (mala cantante, hay que decirlo), con preguntas subidas de tono, con dobles sentidos fascinantes para nuestra adolescencia acostumbrada a la pacatería televisiva, se convertió en un fenómeno masivo y nos llevó hasta la locura:quienes vimos el video de Bibi, regresamos alguna madrugada limeña de la borrachera en los kioskos improvisados de Chorrillos a principios de los 90, hasta las gradas del hotel Crillón, para gritarle declaraciones de amor a las ventanas donde suponíamos que ella dormía. No nos hubiéramos atrevido a tanto sin la osadía televisiva de Bayly.

Así que le guardo cariño. Así que me gusta cuando Bolaño lo piropea de escritor a escritor y hasta demuestra su simpatía y curiosidad con aquella frase de un personaje de Yo amo a mi mami, que se va a desfogar el estómago al baño con la frase: “Me voy a alimentar a los chilenos” (típico ejemplo del ingenio con que se manifiesta esa tara nacional que es el chauvinismo y el antichilenismo).

Bolaño también demuestra perplejidad e ignorancia ante el repetido uso de la palabra “pata”, que equipara con el “cuate” mexicano, sin estar completamente seguro (“¿De dónde viene la palabra pata“? se pregunta, cuando no existía aún la indispensable página oficial de peruanismos de Martha Hildebrandt en Internet.)

Otros autores peruanos a quienes Bolaño les dedica páginas de análisis y les sirve elogios como lector, son Vargas Llosa, Alfredo Bryce (a quien llama “un devorador de páginas blancas”, equiparando esta cualidad con la de Bayly) y César Vallejo, personaje principal de su novela Monsieur Pain.

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*Para esta nota, me he servido de una edición, accesible en bibliotecas de los Estados Unidos, de Entre paréntesis, en inglés: Between Parentheses,  New Directions, 2011. Las citas, en esta nota, son mis traducciones del texto en inglés.

Beto y Enrique son gays

bert and ernie
Carátula de la revista The New Yorker. Beto y Enrique miran juntos el momento en que la Corte Suprema de los Estados Unidos declara la inconstitucionalidad del Acta de Defensa del Matrimonio (DOMA).

La carátula de la próxima semana (8 y 15 de julio) de The New Yorker es una maravilla. Y como todo lo que es bueno genera conversación, ya se escuchan las diferentes opiniones acerca de si era apropiado poner en la carátula a Beto y Enrique (Bert & Ernie) los dos amigos de Plaza Sésamo, en una edición que conmemora la reciente decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos que declara la inconstitucionalidad del Acta de Defensa del Matrimonio (DOMA), una ley que permitía que las parejas del mismo sexo, a pesar de estar legalmente casadas, no tuvieran derecho a ningún beneficio del gobierno.

El columnista June Thomas en la revista Slate, después de aclarar que los creadores de las marionetas nunca pretendieron darle una orientación sexual a estos personajes, celebra que se trate de una carátula ingeniosa y tierna pero critica que sea inapropiada. Reclama:

“Público norteamericano heterosexual: hay una importante diferencia entre amigos del mismo sexo y amantes gays. ¿Hay en Estados Unidos hogares en los cuales dos amantes pasan disfrazados como dos buenos amigos? Sí, ciertamente. Y seguro que conforme los prejuicios contra las parejas de homosexuales y de lesbianas se desvanezcan, muchas de estas parejas van a comenzar a salir a la luz. Pero aquello no significa que toda pareja de amigos que viven juntos está haciendo el amor noche a noche, con locura. Es claro que Beto y Enrique se quieren el uno al otro ¿Pero acaso Enrique se la chupa a Beto? Me parece que no…”

La carátula me parece una magnífica manifestación del sentimiento de una comunidad homosexual que asiste con regocijo a una decisión histórica de la Corte, que los revindica como seres humanos con los mismos derechos que sus compatriotas heterosexuales. Sin embargo, me parece más relevante el artículo publicado en esa misma revista por Jeffrey Toobin–experto en la trayectoria histórica de la Corte. Toobin deja claro que esta decisión a favor de los homosexuales no hubiera sido posible, jamás, sin la victoria de Barack Obama en 2008 y sin una victoria de los senadores demócratas en 1987, cuando bloquearon la nominación de un juez ultraconservador, Robert Bork, y obligaron a Ronald Reagan a nominar a un juez moderado: Anthony Kennedy.

Es el juez Kennedy quien escribió la opinión de la mayoría –de 5 contra 4– que declaró DOMA inconstitucional. Esta dice: “el Acta de Defensa del Matrimonio (DOMA) instruye a las autoridades del gobierno, y en efecto a todas los individuos que tienen que interactuar con parejas del mismo sexo, incluyendo a sus propios hijos, que su matrimonio vale menos que el matrimonio de otros. El princial objetivo de DOMA y el efecto necesario de esta ley es rebajar a aquellas personas que están legalmente casadas, en un matrimonio del mismo sexo”.

Toobin destaca lo importante que ha sido para la causa de los homosexuales que Anthony Kennedy haya sido un conservador moderado y que los jueces nominados por Barack Obama (Kagan y Sotomayor) sean de tendencia liberal.

También predice que, así como ya resulta inevitable que California legalice los matrimonios homosexuales, esta decisión siembra la semilla para una inevitable votación, en un futuro próximo, que permitiría que la Corte Suprema declarara la inconstitucionalidad, en todos los estados, de cualquier trato discriminatorio hacia las parejas homosexuales que desearan casarse.

Un amigo me manda foto

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Mi teléfono es un modelo Samsung de hace 3 años, imitación del formato Blackberry. Tiene Internet –muy lento– y una pésima capacidad para recibir mensajes multmedia.

Esta tarde, mientras cruzaba un jardín, un amigo me mandó un mensaje que era una foto. Demoró unos segundos, apareció, pero aún no podía ver: el reflejo del sol convertía lo que allí estuviera en una mancha negra. Entré a la casa, volví a mirar la pantalla en la sombra. Era un pedazo de concreto, había unas flores encima: una tumba. Leí las letras sobre la lápida: César Vallejo.

Otra persona que no tuviera afinidad con lo que nos une, hubiera encontrado otra gráfica para decirme “Estoy en París”. Sin embargo, en nuestra tradición, para él y para mí, la tumba de César Vallejo en Montparnasse, es más que una proclamación de un viaje, es una declaración de nuestros intereses literarios.

Hoy leía en el blog de Ricardo Bada, que al ver los mensajes que le dejaban a Balzac sus lectores, alrededor de su tumba, Víctor Hugo decía «Una tumba como esta es una prueba de la inmortalidad». Es lo mismo que se me ocurría al mirar la pequeña y mal definida foto en la diminuta pantalla de mi teléfono Samsung: desde París, 75 años después de su muerte.

Podrán pasar cosas en el mundo: como leer en inglés y Entre paréntesis, del aprecio –para mí desconocido– de  Roberto Bolaño hacia la prosa de Jaime Bayly; encontrar al despertar una historia terrorífica, y muy breve, sobre una ballena que llega a morir en una playa del Golfo; conversar, sin perder la paciencia, con un vecino que sin asco ha eliminado los árboles que me impedían ver su despintada casa, su sucio y desordenado jardín; reorganizar mi oficina, limpiar papeles acumulados en un año, con la radio, y enterarme de la historia del Jeremy de Pearl Jam; saludar a una amiga en Santiago que está perdiendo la cabeza; recordar un cumpleaños en Lima–un día tarde, para variar–, volver a pensar en este amigo, que ha dejado unas flores en Montparnasse y recordar los cuadros de París que menciona Salter en A Sport and a Pastime.

Podrá pasar de todo en un primer día de julio y sin embargo, la foto de la tumba de un poeta llena la tarde de su inmortalidad.

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