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The New York Street

Un blog lleno de historias

fecha

9 julio, 2012

Carajadas

No siempre sorprende el “sorprendente”…

Llega a las pantallas un nuevo proyecto de Spider-Man y el comentario parece ser unánime: es una porquería.

No entendí muy bien cuál es el motivo por el que se tiene que reinventar a un superhéroe que se ha reinventado hace sólo 10 años (además de los motivos económicos). Esta semana en The New Yorker, Anthony Lane lo destroza. Critica desde la falta de sentido del humor de los personajes (y los diálogos estúpidos de Parker) hasta la escasez de imaginación del director. Esta apuesta por el dinero fijo y el mal cine, sólo revuelve alrededor de la capacidad de los efectos especiales por llegar más arriba y hacer el mayor ruido posible. (Como ese otro bodrio llamado Transformers )

Hace unas semanas leí una serie de comentarios devastadores sobre The Avengers en una página dedicada a los comics. Los fanáticos descargaban bilis acerca de la infidelidad de la película hacia el “espíritu” de Los Vengadores. Sin embargo, a mi me había encantado el tono sarcástico con que el que se autorretratan en aquella película los superpoderes, las superflaquezas y la relación de estos engendros disfrazados con la ciencia y con los humanos. Está muy en la línea de lo que hizo Alan Moore con Watchmen.

The Avengers, con la gran capacidad para burlarse de ellos mismos, me parece no una falta de respeto, sino una puerta de acceso (tal vez la única) para quienes quieran seguir trabajando con la reinvención filomográfica de héroes que no necesitan de “reinvención”.

Recordemos que aquella capacidad de los dioses y semidioses de reirse de sus propios poderes y debilidades –enmedio de la inevitabilidad de su tragedia– es una de las grandes cualidades de las obras de –entre otros– Sófocles y Homero. Con menos humor y nada de transgresión, la saga de este hombre con poderes de araña sólo tiene  futuro en la taquilla de las siguientes semanas.

Después vendrá el olvido y se la tragará.

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Abuelo.

A

Un hombre que parece ser mi abuelo. Tiene el pelo engominado y la apariencia de un tipo “suave”, viste una camisa bien ajustada, de un color elegante; y unos pantalones que le sientan bastante bien. Debe de tener unos 90 años, se le ve “parado” y jovial. Su cabello es blanco pero por aquí y por allá aún tiene algunas hebras grises. Mi abuelo me aconseja sobre  la vida y las decisiones que un hombre tiene que tomar.

Lástima que no recuerde ninguno de sus consejos al despertar.

Me despierto con brusquedad y me doy cuenta que mi abuelo ha muerto, un día como hoy, hace 20 años ¿Coincidencias? Nunca tuvimos una conversación como la de anoche durante mi sueño; y nunca lo vi morir. Supongo que algo de aquella culpa todavía me perturba.

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