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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

octubre 2009

Habrá que saltarlas

Las calles de Lima antes del amanecer están apagadas por la neblina. No se ve mucho detrás de aquella manta de agua fina que cubre su cemento. Entre sus veredas de calma, caminaba yo, por primera vez en la ciudad después de mucho tiempo.

Pasa el primer colectivo, la luz de sus faros se abre paso entre la neblina, estiro la mano y me subo. Los pasajeros adormecidos parecen notar que visto diferente, les debe extañar que cargue un sobretodo negro hasta los tobillos. Al chofer no le gusta como me visto. El y su cobrador me gritan que me baje. Les ruego que me lleven unas cuadras más allá, que no les voy a causar demora. Las gargantas de los pasajeros se unen a la del chofer. Me gritan que no sea problemático. Saco la metralleta debajo del sobretodo, los ametrallo. Me apeo en la siguiente esquina y sigo caminando.

Desde los jardines de las residencias antiguas,protegidas por paredes altas, alambres de púas y cercos eléctricos, viene hasta mí una música de grillos. No sé si es la queja por sentirse encarcelados, si bien en este tiempo han de haber ya encontrado consuelo en su pedazo de tierra, en su lote de grama emparedado. Esa música me trae recuerdos, me hace temblar con presentimientos.”Estoy harto. Tengo que verla a ella, decirle cuanto la quiero”, pienso. Entre las veredas de paredes altas, con la música de los grillos, sigo caminando.

Los cerros

Rodean a la capital como sus hermanos o como centinelas. Trepan hasta la sierra y escriben los bordes del desierto. No tienen el verde de otras montañas pero sí despiden más vida y más muerte.

¿Acaso nuestros gallinazos no se han alimentado de su polvo? En esas lomas de arena rancia, miles de hombres de sierra han levantado sus chozas, protegido sus pertenencias y empezado una nueva vida de deliciosas promesas.

Muchos han de haber sido consumidos por el hambre con que esta ciudad devora la esperanza. Sin embargo, otros habrán descifrado los secretos de su silencio, de la paz con que el viento adereza las tardes cuando sopla apacible sobre sus sequedades.

Desde allí se ve el mar, además. No poca cosa. Imagínate limeño a ese muchacho que revienta de pastos y de cielo azul, descubriendo el desierto y la vastedad del océano.Buscando entre aquellos cerros que rodean a la capital, la fuerza para transformar el universo.

Entre aquellos hermanos que la rodean, encontrarás magia.

La Catedral

Nunca había mirado de aquella manera la Catedral. Creo que malinterpreté su físico exhuberante y me concentré demasiado en el contenido. En la oscuridad entre sus paredes y el altar.

Jamás me fijé con detenimiento en las puntas que cortaban la neblina de agosto, ni en sus campanas que conectaban a quienes fueron testigos de todas las barbaridades que se cometieron frente a ella.

Alguna vez los tiranos piadosos que tuvimos, se persignaron mirando como se alzaba su arquitectura. Y sus malos pensamientos fueron barridos por el repique aburrido de sus siglos.

Nunca me fijé, hasta hoy, amedrentado por esta novela, en las amenazas que alzaban sus puntas contra el cielo. La batalla desigual contra la garúa que había librado esta Catedral de Lima, flor virreinal.

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