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The New York Street

Un blog lleno de historias

Discurso de aceptación de Barack Obama


El candidato republicano no ha entendido lo que la gente pide en este momento: CAMBIO. El ciudadano promedio de los Estados Unidos, el inmigrante que ha llegado en busca de oportunidades, el trabajador de clase media, el intelectual que se preocupa por la imagen de su pais en el mundo, la madre que solo quiere estabilidad y seguridad para su familia, el estudiante que no quiere vivir con la angustia de no tener trabajo o no poder pagarse un seguro medico, el soldado que teme verse envuelto en otra guerra de la que no podrá salir con vida, el ciudadano americano promedio que ha visto como en dos períodos consecutivos el gobierno de George W. Bush ha dilapidado las reservas dejadas por Bill Clinton, envilecido la imagen de Estados Unidos en el mundo, depreciado el dolar, inmiscuido en dos guerras de las que no sabe como salir ni como demostrar los resultados que se habia propuesto conseguir al empezarla.

El gobierno de la bravuconada y el odio, del autosuficiente partido republicano que ha despreciado a todas las instituciones, organismos y naciones del mundo que se opusieron a su mal planeada segunda Guerra del Golfo y su toma de Baghdad, desde las Naciones Unidas hasta Greenpeace. El partido republicano y los ultra conservadores que se han burlado de la Convención de Ginebra y del Protocolo de Kyoto; que han vilipendiado a los pacifistas, a los ecologistas, a los evolucionistas. Maldita sea la hora en que los eligieron los norteamericanos.

El discurso de Barck Obama anoche en Colorado fue claro, inspirado y concreto. Estados Unidos puede ser un mejor país que lo que ha sido los últimos 8 años, Estados Unidos puede ser aún el último refugio de esperanza para quienes llegan a estas orillas en busca de un lugar donde se dignifica a quien trabaja y a quien quiere hacer dinero y prosperar en el campo que desee, en base a esfuerzo y sacrificio.

Bob Dylan Concert


Correcta corbatita amarilla y pantalones de soldadito de plomo, sombrero de líder cuáquero y arrugas. Muchas.Ni bien pisa el estrado, correctamente se dirige a su teclado y se coge bien. Empieza con»Everybody must get stoned».

La banda es la que marca la noche la que mueve a la tribuna, mientras la voz de Bob es la que embruja. No carece de fuerza, pero es oscura, entreverada, grave, como si estuviera gritándose a sí mismo. El público es diverso. Sesentones de largo pelo gris y jeans despintados y grupos de veinteañeras, muchachones de cabello largo y otros de pelo corto que no deben tener más de 30. Dylan ya no agarra la guitarra, a pesar de que se lo piden a gritos. Dylan apenas se dirige al público, no es un showman, sólo canta. Debajo del teclado veo que mueve los pies, taconea, sigue el ritmo.

Mucho rock and roll, la banda es buenísima, y sin embargo las canciones no son las que yo conozco. No soy un «hard-core fan». Hay un grupo grande al lado de donde estamos nosotros, pegados a la barra, frente al escenario, que grita con cada tema.Sin embargo, cuando se va, se apagan las luces, el público lo llama insistentemente y Dylan regresa. Otra vez detrás del teclado para empezar con «Like a Rolling Stone» y despedirse con «Visions of Johanna». Eso es más de lo que esperaba. Gritamos, aplaudimos, vibramos.

Dylan se va. Hace una venia muy formal al lado de sus músicos, una reverencia y un guiño-me parece- a los que estamos en primera fila. Cuando se apagan las luces del escenario se abre una cortinita al lado del estrado y sale Bruce Springteen. Pasa frente a mi, a un paso. Con una gran sonrisa, saluda a todos. Parece un fan más, feliz después de un gran concierto de Bob Dylan en Asbury Park, el pueblo en la costa de New Jersey donde Springsteen nació y pasó la mayor parte de su juventud.

El arte de CHERMAN


Es posible que la Lima que quiere Cherman es la misma que yo conocí cuando se me ocurrió llamarla Resinápolis. Es la Lima cochina de Orrego, de Barrantes, de Belmont, la ciudad que parecía condenada a desaparecer entre toneladas de basura, el humo de los microbuses antiguos y el caos del comercio ambulatorio.

El recuerdo más vivo que tengo de esa ciudad, a la cual llegaba cada mañana con mi familia, para dejar a mi padre en las oficinas del banco en la esquina de Camaná con Emancipación, era la cantidad de deshechos que se acumulaba de un día para otro en la berma central de la Circunvalación. Las casitas grises del cerro San Cristóbal se perdían entre el humo de la chatarra quemada y la neblina.

De ese caos salió la cultura que ahora vive en los conos. De ese desorden de vereditas ganadas por los ambulantes, paredes malolientes y cubiertas de smog, se ha producido esta cultura peruana popular que cada vez se ve con mayor claridad en la pintura, en el cine y en la literatura. Del dinero del comercio ambulatorio ha salido la riqueza que ahora florece en el cinturón de barrios que rodean a la antigua Lima y que permite a la ciudad de bronce (y semi bronce) mirar sin envidia a la Lima blanca y vieja que antes la menospreciaba. Ahora sí podemos decir que el Perú está representado en las pollerías del Jirón de la Unión.

Si bien nos gustaba odiarla, creo que reconociamos que en esa Lima desastrosa estaba también el elemento que nos diferenciaba de otras ciudades latinoamericanas, el germen de una cultura en gestación. En esa pesadilla a la que parecia una mala broma haber llamado alguna vez «la tres veces coronada villa» estaba formandose una identidad distinta en la cual se integraba lo criollo y lo cholo con todos sus matices.

Para colmo de las contradicciones, lo criollo empezó a asociarse con lo tradicional, mientras lo cholo se asociaba con lo moderno. Gracias a la piratería y a la informalidad, en esos cubículos hacinados de los campos feriales de Polvos Azules, las Malvinas y Polvos Rosados y en cientos de otros puestitos de las veredas de la capital, era donde Lima se encontraba con lo que sucedía en el mundo.

Creo, que esa es la Lima de la que Cherman ha sacado su arte, la que le ha dado vida. La rica mezcla que se ha producido de esas contradicciones es lo que vemos en esos retratos en los cuales se combina el humor con la crítica social. Es el arte de un Perú que ya no es el de antes, sino mucho más sabroso, más chicha y más cautivante.

Hamlet in the Park

Cuando Hamlet camina por el estrado pensando en la posibilidad del suicidio, uno imagina al propio Shakespeare debatiéndose entre la necesidad de seguir creando o la tentación de la muerte.

En la cola, bajo los árboles de Central Park, como un afortunado lector sentado en mi banca de madera, uno de los muchachos que trabaja para el Public Theater me ofrece –además de polos, camisetas sin manga, jarros y gorritos–declamar uno de los monólogos más famosos del príncipe de Dinamarca. «To be or not to be…» Una chica de enorme sonrisa–que ha estado discutiéndole si tiene ropita de Shakespeare para perros salchicha– le suplica que lo haga. El chico empieza y termina y recibe tibios aplausos (porque si bien él demuestra su buena memoria, es difícil aplaudirla a las 9 de la mañana).

Recuerdo la carraspera del profesor Dunbar antes de empezar a declamar esas líneas de Shakespeare en clase. Lo hacía también de memoria, con mucha más convicción que el muchacho de los polos y las gorras. «Se ha demostrado que durante las 24 horas del día, sin parar, alguien, en alguna parte del mundo está poniendo Hamlet en escena» nos dijo antes de abrir su gorda edición de la Norton, mientras yo repasaba con el índice mi ya subrayada, verde edición anotada de la Folger.

Dos días después de la función, buscando matar el tiempo en Sag Harbor, hurgando en la librería del Gato Negro, desde la primera página de una antología de Akhmatova, me saluda su reacción ante las frases descarnadas que le grita el danés a la descorazonada Ofelia: » To the nunnery!…»

Hay tanto Hamlet en este mundo, que no se puede creer.

La huachaferia según Vargas Llosa


Desde que me mudé al Bronx, he estado pocas veces en Brooklyn. La más interesante de mis escasas visitas, ha sido sin duda la de esta semana a la casa del profesor Joaquín Martínez.

Es la tercera vez que nos reunimos con él y con Camilo y, para variar, ellos hablaron casi todo el tiempo y yo escuché. Ávido, sintiéndome afortunado, como aquél norteamericano con perfecto español que hace unos años se paró de una mesa contigua antes de retirarse, para saludar y lamentarse, pues había estado durante varias horas «disfrutando de la conversación».

Entre otras cosas, el tema más recurrente fue el de los libros leídos. Como siempre, he hecho una lista de los que me gustaría leer. La reunión anterior fueron The Winter’s Tale , de Shakespeare y Le Planetarium de Sarraute; esta vez han sido El maestro y Margarita de Bulgakov, The History of the Conquest of Mexico de Prescott e Historia de mi vida de Casanova (que ya he empezado).

Joaquín ha terminado de leer el libro de Prescott y parece muy impresionado por el trabajo del norteamericano, quien describe con pelos y señales un país que nunca había visitado, usando gran imaginación y capacidad de síntesis.

Uno de los temas de la conversación, entre muchos otros, fue el de la huachafería. Camilo mencionó un artículo de Vargas Llosa sobre el tema, que hoy he encontrado buscando en Internet: («¿Un champancito, hermanito?»). Me parece tan feliz, que aquí lo copio. Fíjense en el párrafo final, soberbio; y en su mención a Manuel Scorza («en Scorza, hasta las comas y los acentos parecen huachafos»).

Huachafería es un peruanismo que en los vocabularios empobrecen describiéndolo como sinónimo de cursi. En verdad, es algo más sutil y complejo, una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal; quien la desdeña o malentiende, queda confundido respecto a lo que es este país, a la psicología y cultura de un sector importante, acaso mayoritario de los peruanos. Porque la huachafería es una visión del mundo a la vez que una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.

La cursilería es la distorsión del gusto. Una persona es cursi cuando imita algo -el refinamiento, la elegancia- que no logra alcanzar, y, en su empeño, rebaja y caricaturiza los modelos estéticos. La huachafería no pervierte ningún modelo porque es un modelo en sí misma; no desnaturaliza patrones estéticos sino, más bien, los implanta, y es, no la réplica ridícula de la elegancia y el refinamiento, sino una forma propia y distinta -peruana- de ser refinado y elegante.

En vez de intentar una definición de huachafería -cota de malla conceptual que, inevitablemente, dejaría escapar por sus rendijas innumerables ingredientes de ese ser diseminado y protoplasmático- vale la pena mostrar, con algunos ejemplos, lo vasta y escurridiza que es, la multitud de campos en que se manifiesta y a los que marca.

Hay una huachafería aristocrática y otra proletaria pero es probablemente en la clase media donde ella reina y truena. A condición de no salir de la ciudad, está por todas partes. En el campo, en cambio, es inexistente. Un campesino no es jamás huachafo, a no ser que haya tenido una prolongada experiencia citadina. Además de urbana, es antirracionalista y sentimental. La comunicación huachafa entre el hombre y el mundo pasa por las emociones y los sentidos antes que por la razón; las ideas son para ellas decorativas y prescindibles, un estorbo a la libre efusión del del sentimiento. El vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito musical, a tal extremo que se puede formular una ley sin excepciones: para ser bueno, un vals criollo debe ser huachafo. Todos nuestros grandes compositores (de Felipe Pinglo a Chabuca Granda) lo intuyeron así y, en las letras de sus canciones, a menudo esotéricas desde el punto de vista intelectual, derrocharon imágenes de inflamado color, sentimentalismo iridiscente, malicia erótica, risueña necrofilia y otros formidables excesos retóricos que contrastaban, casi siempre, con la indigencia de ideas. La huachafería puede ser genial pero es rara vez inteligente; ella es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa, y, por encima de todo, sensiblera. Una mínima dosis de huachafería es indispensable para entender un vals criollo y disfrutar de él; no pasa lo mismo con el huayno, que pocas veces es huachafo, y, cuando lo es, generalmente es malo.

Pero sería una equivocación deducir de esto que sólo hay huachafos y huachafas en las ciudades de la costa y que las de la sierra están inmunizadas contra la huachafería. El «indigenismo», explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú prehispánico estereotipado y romántico, es la versión serrana de la huachafería costeña equivalente: el «hispanismo», explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú hispánico estereotipado y romántico. La fiesta del Inti Raymi, que se resucita anualmente en el Cusco con millares de extras, es una ceremonia intensamente huachafa, ni más ni menos que la Procesión del Señor de los Milagros que amorata Lima (adviértase que adjetivo con huachafería) en el mes de Octubre.

Por su naturaleza, la huachafería está más cerca de ciertos quehaceres y actividades que de otros, pero, en realidad, no hay comportamiento u ocupación que la excluya esencialmente. La oratoria sólo si es huachafa seduce al público nacional. El político que no gesticula, prefiere la línea curva a la recta, abusa de las metáforas y las alegorías y, en vez de hablar, ruge o canta, difícilmente llegará al corazón de los oyentes. Un «gran orador» en el Perú quiere decir alguien frondoso, florido, teatral y musical. En resumen: un encantador de serpientes. Las ciencias exactas y naturales tienen sólo nerviosos contactos con la huachafería. La religión, en cambio, se codea con ella todo el tiempo, y hay ciencias con una irresistible predisposición huachafa, como las llamadas -huachafísicamente- ciencias «sociales». ¿Se puede ser «científico social» o «politólogo» sin incurrir en alguna forma de huachafería? Tal vez, pero si así sucede, tenemos la sensación de un escamoteo, como cuando un torero no hace desplantes al toro.

Acaso donde mejor se puede apreciar las infinitas variantes de la huachafería es en la literatura, porque, naturalmente, ella está sobre todo presente en el hablar y en el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos, como Vallejo, y otros que los son siempre, como José Santos Chocano, y poetas que no son huachafos cuando escriben poesía y sí cuando escriben prosa, como Martín Adán. Es insólito el caso de prosistas como Julio Ramón Ribeyro, que no es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una extravagancia. Más frecuente es el caso de aquellos, como Bryce y como yo mismo, en los que, pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza en el que hasta las comas y los acentos parecen huachafos.

He aquí algunos ejemplos de huachafería de alta alcurnia: retar a duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula «de» o la conjunción «y» en el apellido, los anglicismos y creerse blancos. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida real; llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y comérselos entre ola y ola; decir «pienso de que» y meter diminutivos hasta en la sopa («¿Te tomas un champancito, hermanito?») y tratar de «cholo» (en sentido peyorativo o no) al prójimo. Y proletarias: usar brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar rock and roll y ser racista.

Los surrealistas decían que en el acto surrealista prototípico era salir salir a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte. El acto huachafo emblemático es el del boxeador que, por las pantallas de televisión, saluda a su mamacita que lo está viendo y rezando por su triunfo, o del suicida frustrado que, al abrir los ojos, pide confesión. Hay una huachafería tierna (la muchacha que se compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar (y organizar) el mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas) parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los espartanos no; entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro. El más huachafo de los de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo es el XVIII y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacre Coeur y el Valle de los Caídos. Hay épocas históricas que parecen construidas por y para ella: el Imperio Bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras huachafas: telúrico, prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre o a una mujer), devenir en, aperturar, arrebol. Lo que más se parece en el mundo de la huachafería no es la cursilería sino lo que en Venezuela llaman la pava. (Ejemplos de pava que le oí una vez a Salvador Garmendia: una mujer desnuda jugando billar, una cortina de lágrimas; flores de cera y peceras en los salones). Pero la pava tiene una connotación de mal agüero, anuncia desgracias, algo de lo que -afortunadamente- la huachafería está exenta.

¿Debo terminar este artículo con una frase huachafa? He escrito estas modestas líneas sin arrogancia intelectual, sólo con calor humano y sinceridad, pensando en esa maravillosa hechura de Dios, mi congénere: ¡el hombre!

– Mario Vargas Llosa. Publicado en El Comercio, Lima, 28 de agosto de 1983. Derechos Reservados.

Danza

La danza es la demostración de que el universo gira en torno al cuerpo humano. ¿Volvemos al polvo danzando? Tal vez el juicio final no sea sino un gran baile.

La música rusa tiende a la grandilocuencia, como si fuera un análisis de temas muy complicados. Aquella compuesta en los Estados Unidos refleja la belleza del instante.

Esto una generalización. Sin embargo, me parece que a eso se debe el «peso» de la música de Stravinsky que acompañaba a uno de los ballets que vi ayer en el Lincoln Center, en comparación con una partitura neoyorquina creada para otra coreografía de Robbins.

Las bagatelas de Beethoven estaban en un punto medio entre ambas. Eran como esos ejercicios de respiración profunda y de contemplación, en los cuales el artista se despeja antes de concentrarse en la creación de una obra maestra.

Jerome Robbins tribute. New York City Ballet



Jerome Robbins
era un genio. Fue un compositor y coreógrafo prolífico: West Side Story, Fiddler on the Roof, Gipsy; por nombrar sus obras más famosas.

El momento negro fue su colaboración con el comité anticomunista del Congreso. Quienes lo conocieron, afirman que el remordimiento lo torturó hasta el día de su muerte, en 1998.

Las coreografías que compuso y dirigió para el New York City Ballet (NYCB) fueron también generosas, y en algunos casos extremadamente entretenidas. Tal es el caso de The Concert (or The Perils of Everybody), considerado por muchos como el ballet más divertido de todos los tiempos.

The Concert, fue el tercer ballet que nos tocó presenciar anoche, parte de un trio compuesto por Robbins utilizando música de Chopin: Definitive Chopin.

Una de mis mejores experiencias en el Lincoln Center.

Poussin en el Met


Poussin’s Blind Orion Searching for the Rising Sun, inspiraría el Endymion de Keats

La exposición de Nicolas Poussin (1594-1665) en el Met de Nueva York es una colección de algunos de los mejores cuadros del maestro francés. Influenciado por las teorías de Leonardo Da Vinci, las pinturas de Poussin se cuentan entre los paisajes más hermosos que han sido pintados.

En uno de ellos, Orfeo deleita a los pastores y pescadores con su música mientras la serpiente amenaza a Euridice; en otro la viuda de Phocion–historia sacada de las Vidas de Plutarco–recoje las cenizas de su esposo mientras personajes anónimos prosiguen con su rutina al borde de un lago. Su tema favorito es el de la desgracia inesperada. Paz y luz llenan el paisaje cuando se asoma intempestivamente la violencia del oscuro infortunio. Poussin gusta representar a la tragedia en forma de serpientes.

Un benefactor italiano amigo del Papa y un banquero francés que le brindó su amistad, hicieron posible la vasta obra de Poussin. Dice la crítica que el autorretrato que el artista le dedica al banquero está inspirado en el concepto de la amistad definido según los ensayos de Montaigne.

Otro de sus cuadros es el retrato de tres monjes meditando frente al crepúsculo al lado del río Anio. Poussin habria querido imaginarse a Horacio, quien se sentaba allí a escribir sus Odas.

The River Renoir


In that corner of the world where I lived, there was a river. The river brought life every Summer and his arrival was announced with stones and lightning.

The river was filled with good music, short stories and long novels. Once in a while it came with fascinating movies. Every Summer the river brought foreigners, who came singing their journeys using complicated words. Everyone who has a simple soul learns how to use the interesting words that come with the river. The river teaches you. First the sound of the words, and then their meaning.

I learned very young that some of these words are used to make the people cry; while others can be used like magic ointments, to refresh the inner self and to treat the deepest wounds.

Traveling, I met people who went through the same experience, who collected the same memories, the little stories and the bravest words.

I listened to the songs of their journeys. And I learned that in these times, when far away from home, every immigrant misses a river.

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