Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

Summertime

>
2 de enero
Cinco individuos caminan entre los piedrones de Silaca. La luz es espléndida. Hay un tipo particular de silencio que se quiebra con sus suelas. Las lagartijas los observan desde las ranuras entre las rocas: con las patas tensas, listas para la huída. En el cielo, las aves marchan en bandadas y se susurran en su lengua. En el mar los lobos gruñen, dicen algo sobre la calidad del agua, la consistencia azul del océano. Había cinco individuos atravezando este paisaje, conscientes de cierta magia brindada por el principio del año 2011.

***

Los dedos sobre los erizos, estos luchan pero pierden. Una roca en forma de punta de lanza acuchilla las espinas y cuando las puas flotan en el mar, los pececillos se amontonan para comerse la carne del erizo que se aferra a la roca. Un hombre se lanza al Pozo de los Hombres, con la piedra en una mano y, desde otro ángulo, intenta limpiar las rocas por donde luego tendrá que encaramarse para salir.

***

El perro (Athos) salta, brinca, corretea con la lengua colgándole sobre la arena mojada de la playa mientras el brillo del atardecer hace de él una sombra que camina por la orilla. Al hombre le cuesta aceptar que traerlo a la playa fue la mejor decisión. En ese momento a solas, caminar con el perro lo llena de felicidad. Se fija en su propio estado de ánimo. En su paciente recorrido después de haber regresado de un chapuzón en La Batea, fresco, buceando en el agua helada. Mira las huellas que dejan él y Athos en la arena de Tanaka; disfruta como un cerdo ese momento de disipación total, de ningún problema. Presiente que en esos instantes de dejadez completa está cierta semilla importante para sus próximos libros, que aquella caminata es parte de la investigación para su novela y tal vez parte de la trama.


Y esto lo escribe el mismo hombre, ahora rodeado de nieve. Mirando las estalactitas que cuelgan de la casa de los vecinos y la luz blanca de su barrio. Lo escribe después de haber estado una tarde picando la nieve y pensando que Dios es un raspadillero. ¿Es el mismo hombre?

Vargas Llosa: Veinte años después de la pica pica

«Es preciso que todos lo comprendan de una vez: mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él. Porque en el dominio de la literatura, la violencia es una prueba de amor.»

Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego

La semana pasada terminé de leer El sueño del celta. Anoche vi en YouTube un tremendo documental sobre la vida de Mario Vargas Llosa. Ambas experiencias me llevaron a recordar los momentos de mi vida en los cuales su obra me entretuvo, o por lo menos aligeró la pesadez del camino.

El año 1990 fue clave para entender el presente peruano. Allí, en dos podios, a pocos pasos uno del otro, Mario Vargas Llosa y Alberto Fujimori eran los protagonistas principales del debate previo a la segunda vuelta electoral. Vargas Llosa les puso como ejemplo a los peruanos a naciones como Suiza, cuya riqueza no consistía en la cantidad de territorios sino en la capacidad productiva de sus nacionales. Habló de libre empresa y de iniciativa privada. Fujimori, por su parte, fustigó a Vargas Llosa por querer asesinar a los peruanos con un sinceramiento de precios. Lo acusó también– y en ese momento la ficción superó a la realidad– de haber probado drogas en su juventud. El estilo combativo de Fujimori y sus promesas de un cambio progresivo y no traumático, con apoyo del Japón; prevaleció ante los peruanos, quienes desconfiábamos de las imágenes fantásticas que ofrecía Vargas Llosa, de un Perú semejante al Paraíso prometido, sin violencia, con crecimiento y prosperidad basada en la inversión privada.

Aún no tenía edad para votar. Sin embargo, mis convicciones estaban del lado de ese escritor, ya famoso, que había decidido rodearse de los intelectuales y economistas para promover un cambio basado en la iniciativa privada y la libertad de empresa. Mario Vargas Llosa fue apabullado en las urnas. Más del 60% del país, decidió que lo que necesitábamos era un cambio progresivo y le dio la espalda a la plataforma del Frente Democrático, liderada por Vargas Llosa, pero conformada también por dos de los partidos tradicionales que representaban a las más agria oligarquía peruana. Si bien la elección la recibí entonces con la tristeza de un cataclismo que impediría el progreso del país, bastó con que se conociera el veredicto de las urnas para que una sarta de animales maquillados como motores renovadores en el Frente Democrático, se sacara las máscaras y mostrara sus colmillos.

Yo había adquirido, casi de niño, a la salida de un supermercado, una versión en papel barato y tapa sencilla de La ciudad y los perros. Ese libro fue una tremenda revelación: una historia podía estar llena de malas palabras y ser a la vez un novelón; sin embargo, entre los juegos pueriles de mi adolescencia, me había alejado casi completamente de Vargas Llosa (La guerra del fin del mundo, que leí de un tirón en el pueblo de mis abuelos, me dejó el regusto de una obra maestra a la que el autor no se tomó el trabajo de resumir).

En los meses previos a las elecciones de 1990, quise leerlo. Quitándole tiempo a las horas del programa de Estudios Generales, leí La casa verde, Conversación en La Catedral, La Tía Julia y el Escribidor, El hablador, Historia de Mayta, Lituma en los Andes y ¿Quién mató a Palomino Molero?, en préstamos de tres días de la biblioteca de la universidad. Fueron lecturas veloces, inmaduras, de obras que merecían tiempo, lápiz y papel.

No lo volvería a leer sino hasta finales del año 2000, cuando llegó a mis manos El pez en el agua libro al que perseguí mientras hacía mis pininos como mochilero europeo: primero en un ejemplar prestado en Lima, después en La Coruña; en una sala de lectura en Porto; en San Sebastián y, como compañero de tardes desoladas de viajero pobre, en una pequeña librería pública cerca de Picadilly Circus en Londres. Lo terminé meses después, ya habiendo aceptado mi condición de inmigrante, en los fabulosos salones de la New York Public Library en Manhattan. Este libro es un ensayo fascinante sobre un hombre comprometido en cuerpo y alma con el destino de su país.

En Nueva York lo conocí cuando recibía un premio PEN el año 2001, entre otros varios escritores. Departió algunas palabras conmigo, y pareció interesarse en mis primeras experiencias viviendo en Nueva York, a las que comparó con sus años de escritor novato en París. En una conferencia en el recién inaugurado local del Instituto Cervantes, respondió con amabilidad a mis preguntas sobre Faulkner. El año 2009 asistí al homenaje que le brindaron en Guadalajara, México y pude por fin ver la muestra itinerante sobre su vida en una magnífica casona colonial en el centro de la ciudad.

He terminado de leer El sueño del Celta, con la misma felicidad con la que terminé antes La fiesta del Chivo, Las travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. Sin embargo, estos años, mi experiencia más valiosa con sus libros han sido sus ensayos literarios. La verdad de la mentiras es una fuente de información tremenda para el buen lector de literatura inglesa. Allí Vargas Llosa ha reunido sus ensayos sobre autores como Joseph Conrad, James Joyce, Virginia Woolf, Francis Fitzgerald, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Graham Greene y Saul Bellow. Este libro es el compañero imprescindible de muchas de mis lecturas .

El regalo de Humboldt

A veces, menos de las que debería, viene a mi memoria una imagen espantosa. En ella yo tengo quince años y estoy solo y sin saber qué hacer, en la sala del hospital donde se muere mi abuelo. Huele a humedad, a sábanas sudadas, a remedios. Una medialuz muy triste cubre la suciedad de las paredes, del suelo y a todos los enfermos. El doctor me lleva entre unas camillas distribuidas de cualquier manera en la estrechez de la sala, hasta el cuerpo agonizante «Es mejor que se lo lleven a su casa, esta no es manera de morir» dice.

El abuelo llevaba algunos años paralizado en su cuarto. Él que había sido tan parlanchín, juerguero y mujeriego, casi ya no hablaba y se negaba a que lo muevan de la cama y del cuarto hediondo donde pasaba los días tumbado. «Habrá hecho muchas cosas malas el abuelo, pensé, pero nadie merece morirse de ese modo». El abuelo me miró fijamente desde su camilla. Sus pupilas eran la tristeza. Por su mejilla rodó una lágrima y mi retirada del hospital fue sombría.

La siguiente escena de la historia vendría días después, de madrugada, cuando una llamada de mi tío Ricardo, el sacerdote, nos anunció que teníamos que ir a la morgue del hospital a vestir al cadáver. Frío y verde, en esa sala lúgubre, miré a quien tantas veces me había abrazado de niño. Me moví, cabizbajo, entre otros bultos cubiertos con una lona, algunos muy pequeños, todos echados en camillas tan heladas como la de él.

Por algún motivo, tal vez la angustia de sus páginas, tal vez solo la hora avanzada en que las leo, estas imágenes han regresado vívidas al recorrer algunas escenas de esta maravillosa novela de Bellow: Humboldt’s Gift

Entrevista en Bronxnet acerca de Pais de hartos

>

Vean aquí el video de la entrevista de 30 minutos en el programa Diálogo abierto del 13 de octubre del 2010. El programa fue transmitido en vivo (y por eso se ven ciertos errores en el set) en el canal Bronxnet, una estación que transmite al condado del Bronx a través de la televisión por cable (Canal 67 en Cablevision, 33 en FIOS).
La entrevista gira en torno al proceso de creación de la novela. Se hacen algunas preguntas que tratan de entender la conexión entre algunos hechos políticos peruanos y la trama del libro.
Fue una experiencia muy simpática. Sobre todo porque el presentador me dio amplia libertad para hablar, a pesar de que–según me confesó al final del programa–su intención original era que hablemos acerca del rescate de los mineros chilenos en la región de Atacama.

The Adventures of Augie March


By Saul Bellow, 1953
Penguin Books, New York
585 pp

«Tres cosas hay en la vida/Salud dinero y amor» writes Saul Bellow (390) when Augie March roams the streets of a little town in Mexico where he has arrived with a girl (Thea) and an eagle (Caligula); and hears through a loudspeaker attached to a gramophone the lyrics of that popular song that, in a certain way, summarizes the whole book.

Augie is the son of Jewish immigrants from Ukraine and the poster child of the Great Depression. He goes through life–and almost 600 pages–looking for health, money and love. We, the readers, follow him. Maybe because we fall easily for these kinds of characters: lads making all the stupid mistakes we all made.

His numerous family teaches Augie how to go through life. There is a bossy grandma, an almost blind mother, and an older brother: Simon. Simon, whom Augie loves and respects, believes that money and power are the only two dice that Americans need to play the game of life.

In a certain way, The Adventures of Augie March is more than anything else a novel about America. That is the reason why Bellow opens the first page with these words: «I am an American, Chicago born…» The March kids, Simon and Augie, have to learn first how to make money in order to make love later. Thus, a lot of the conflicts that Augie faces, come from an urgency to accommodate his own interests in life (books and adventures)with Simon’s interests (money and respectability.)

We follow Bellow, gladly, through the episodes. He is such a great writer. We go with Augie when he learns to ride a horse and to steal books. We follow Augie to the Navy and to the raft in front of the coasts of Africa where he discusses boredom with his fellow castaway. We discover with him, while he is making love to Stella, that in life «After much making with sense, it is senselessness that you submit to» (426).

However, at the end…What are we left with?: a summary of Augie’s tribulations. There is no big portrait of a generation. The Adventures of Augie March is the work of a genius but it is not a masterpiece. This is no more than the first big novel of a great writer in the process of learning to rein his horses (he was 38 when he wrote it). It is a comfortable trip, but not a memorable one.

Absalom, Absalom

>

By William Faulkner, 1936
Vintage International, New York
313 pp.

Once upon a time there was a student at Harvard who felt guilty of belonging to a rotten society: the American south. In order to explain his guilt and to soothe it, this student tells his Yankee roommate the tragedy of a certain Thomas Sutpen: his efforts to fulfill a dream by concealing his black blood, hiding his criminal past, and protecting his daughter from an incestuous relationship. This could be one reading of Absalom, Absalom.

The book starts with young Quentin Compson’s first encounter with Rosa Coldfield. He was about to leave his little town to go to Harvard when he is summoned by Coldfield. She is an old woman confined to her house for half a century, who believes that by giving Quentin more details about the drama of the Sutpen’s clan, the whole tragedy of the South could be better explained to the world.

The narration develops in circles. Faulkner jumps in time and does sudden changes of voice. The sentences are long. The subjects and verbs are purposely muddled up. The same facts are told from different angles. This technique contributes to create a feeling of despair in the reader: The same kind of dismay that wraps up Compson when he narrates the story to his Harvard roommate.

At the end of the war the South of Absalom, Absalom has disappeared. The world of Coldfield has been vanquished and removed. Faulkner uses the tragedy of Sutpen, his clan, and his victims, to show us the dire dimensions of that collapse.

Under Western Eyes

>
By Joseph Conrad, 1911
Everyman’s Library, London
336 pp.

Conrad speaks of crime and punishment, guilt and atonement. In the same way that Virginia Wolf was the English master of describing the feelings of her heroines in times of tranquility and reflection, none of the 20th century’s English writers could equal Conrad’s masterful descriptions of the violent struggle happening inside the minds of his novels’ heroes.

Most of the stories(the crimes, the double-agent plot, the fights inside the revolutionaries’ circles), had been heard by Conrad while frequenting friends’ houses or had been well covered by the press. And Razumov, the main character of Under Western Eyes, has been built–as Jocelyn Baines explains in her definitive biography of our novelist–facing Dostoyevsky’s creatures.

However, the struggle that Razumov faces is not only as intense as the one of Raskolnikov’s, but it also goes farther. It becomes a general representation of the character of a nation.

Under Western Eyes becomes Conrad’s best attempt to portray for his English readers the psychology of Russia; it is also his attempt to exceed the talent of Dostoyevsky, whom he never liked.

White Noise


«The supermarket shelves have been rearranged. It happened one day without warning». Don DeLillo finds the way to write the epic of a society with no major tragedy but its boredom and its chronic depression.

There is a theology behind and beyond these creatures’ lives. But it is has been established just to create an order. As a nun explains to Jack Gladney (this kind of Leopold Bloom figuring out what to eat today and where to go later, but in a little town in America at the end of the 20th Century):  «if we did not pretend to believe these things, the world would collapse.»

Paradise exists: an organized country where the lack of real problems creates a bunch of zombies eating pill after pill, moving through a place where there was «nothing to do but wait for the next sunset.»

This is the world of the Gladney family. White Noise is a scary portrait of a society where ignorance and routine is the rule. A creepy place where it makes perfect sense to ask ourselves, as his father-in-law asks Jack before giving him a gun: «Were people this dumb before television?»

In Cold Blood

>
This is one of those books that grips you by the neck, opens your skull, and fills your brain with images, voices, dialogues and fears.
It’s terrific storytelling. Capote did not know anything about crime until he started interviewing the murderers and detectives involved in this case. However, he portrays the characters of this story as if he had hung out with them in Kansas all his life.
Somehow, Capote writes for us a captivating version of how the life of the Clutters was prior to their death, or the life of the assassins way before the murder.
Following the criminals in their trip from Kansas to Mexico and back to Kansas and Las Vegas, little by little he weaves around the readers this whole world, one that terrifies us as if we were the ones waiting in that house in Kansas, that full- moon night of November in 1959.

Crea un blog o una web gratis con WordPress.com.

Subir ↑