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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York

Mar, playa, árboles, cielo, sol.

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A la edad en que su hijo ha cumplido los tres años, un padre ha dedicado cinco días de su vida a cambiar pañales.

Me han pasado una lista de diez cosas que debería de saber, y ésta no me la puedo sacar de la cabeza. Serán cinco días completos dedicados a limpiar potos, frotar potos, sacar y poner pañales. Supongo que en los casos de mellizos el tiempo se amplía un poco más. Claro que habría que considerar que en algunas ocasiones el padre no es el único que los cambia. Pongamos que restando las ayudas todo se limita a cinco días entre los dos niños: 120 horas dedicados a la caca y a la pichi.

Habrá que poner la idea de ese tiempo al lado de las horas en que uno los mira con la boca semiabierta ─porque aprenden nuevos trucos, porque hacen un gesto por primera vez─ y al lado de los minutos del día dedicados a mirarlos a los ojos y hablarles. Otro dato que recuerdo de esa lista de diez: A los dos años, los niños aprenden cinco palabras nuevas por día. Si bien todavía no los cumplen, para ver qué pasa les susurro (mientras empujo su coche por la calle Kings Point): mar, playa, árboles, cielo, sol.

“Estas son sus palabras de hoy”, les digo. Me miran, no dicen nada.

Mis pocos recuerdos de su edad están relacionados con el agua. Siempre tuve una imagen estática de la playa de Silaca: las rocas y el mar reventando contra ellas. Sólo la pude sacar de mi cabeza cuando regresé de adolescente. Mi madre me dijo que la última vez que estuve ahí no había cumplido el año. Hay una foto mía de bebé, enrollado en una manta, al lado del Pozo de Piero. Otro recuerdo es en Las Lagunas de La Molina. Mi madre y su prima caminaban entre unas cañas, alguien lanzaba piedras al agua. En las fotos de ese día, yo era un bebé. También recuerdo los chorros de agua en la Costa Verde, esas mañanas en que íbamos a Chorillos en el escarabajo blanco de mi madre, cuando aún no entraba al nido.

¿Qué recordarán mis hijos de este día? Sé que si no lo escribo será otro más de muchos: esas mañanas de verano en que los dos se despertaban aún sin dominar un idioma preciso, en que los sentaba a la mesa en sus sillas para que desayunaran un poco de avena y comieran unas frutas. Luego ellos me hacían señas de que querían salir. Se trepaban en el coche, hacían como que sabían ajustarse el cinturón. Salíamos a la calle y los bajaba de espaldas por los tres peldaños de la entrada.

Algunos días yo estoy más despierto que en otros. En éste apenas si había abierto los ojos. No eran ni las siete. Salir a caminar era parte del proceso para despertarme. Hacía calor. Antes de doblar la esquina de la calle Kings Point  ya habíamos pasado los restos de una ardilla atropellada. Doblando por  la calle Water Hole nos habíamos encontrado con un venado que parecía esperar algo.

Saludé a un par de empleados de una compañía de jardinería, en castellano. Ellos respondieron con un “buenos días” sin demasiado acento  (¿colombianos, mexicanos, ecuatorianos?) Ojalá se les haya quedado grabada a los niños la gentileza con que esos hombres ensombrerados le desean buen día a uno.

Pasamos la casa que ya están terminando de construir: hemos visto el proceso completo desde nuestros paseos en el verano de 2016: la demolición de la anterior, la llegada de la madera, la instalación del garaje donde pusieron las máquinas para trabajar las vigas, la lenta construcción de la chimenea durante el invierno. Esta semana han llegado los setos y los pinos, los han plantado en el perímetro y de pronto ya no se puede ver toda la fachada. Les hago notar a los niños que han removido la tierra que da a a la calle, preparándola para la llegada del césped. Éste suele llegar en camiones, en rollos enormes. Hay un detalle que a los españoles les haría gracia: los camiones de los jardineros tienen un logo dibujado en la puerta en el que dice que pertenecen a la empresa Della Polla.

No nos hemos cruzado hoy con la pareja que hace jogging empujando el coche de su hijo: Ozzie, un cachetón lleno de rizos. Tampoco con su abuela, una profesora de música en un pueblo del interior de Virginia con quien nos hemos puesto a hablar, una mañana cualquiera, caminando por Water Hole. Ella nos ha contado que su nuera es actriz de Broadway─su última obra antes de dar a luz a Ozzie fue Mamma Mia─, que su hijo es trompetista, que ella y él se conocieron a bordo de un crucero. Dijo que los dos han puesto una compañía de entrenamiento físico, y que entre sus clientes están los Seinfeld y la Paltrow.

Hoy tampoco hemos visto a la señora de cara redonda y ojos bondadosos que le alquila una parte de la casa a una pareja de puertorriqueños de Rincón. Ella nos contó que su vecino del frente durante muchos años fue Pelé, que un antiguo novio fue futbolista del Scratch, que hoy divide su año entre East Hampton y Colorado. Tampoco hemos visto a las tres mujeres que pasean juntas a sus perros, ni a la pareja de latinos setentones con sombrero que siempre parecen estar haciéndole algo nuevo al jardín de su casa.

Antes de llegar a la playa nos ha saludado un cardenal parado sobre la rama más alta de un árbol. Al entrar en la playa se nos ha cruzado un conejo. He detenido el coche para que le digan “hola” y “adiós” mientras éste nos vigila por el rabillo del ojo y al final desaparece enseñando la cola blanca, saltando detrás de unas matas. No hay nadie en la arena de la playa, no hay pescadores en el canal, no hay empleados limpiando los botes estacionados. Tampoco esta Charlie, el encargado de mantenimiento contratado este año por  la asociación de vecinos. Ayer lo vimos lavando su viejo Cadillac color beige con una manguera, al lado de la entrada.

Vamos hasta el borde del agua, pasando frente a las duchas y a una pequeña zona techada. A los niños les gusta imitar el sonido del coche que avanza sobre las piedras de la entrada. El camino de regreso tampoco ha tenido más detalles. Las palabras que les he repetido resumen bastante bien las emociones de un día común y corriente del verano de 2017, ese año en que aún no habían cumplido dos:

Mar, playa, árboles, cielo, sol.

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Un museo cerca del Parque. El Met de Nueva York

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Hércules mata a un jabalí

Qué precioso es Central Park en invierno. Sobre todo ahora que cada caminata por esos lugares me trae recuerdos: que la vez que ésto y lo otro, que con ella y que con él, con ellos, o solo con mi alma. Frente a ese césped que hoy está cubierto de nieve donde alguna vez nos sentamos sobre unas mantas para merendar, por ese recoveco entre los arbustos donde recuerdo haber jugado fútbol con un grupo internacional de amigos, con botas y bluejeans. Caminando por ese camino donde una madrugada llegué para hacer mi larga cola y conseguir dos entradas para ver a Rosario Dawson en Two Gentleman of Verona, de Shakespeare in the Park. Debajo de ese puente de piedra por donde pasé otras veces, cuando recién llegado, tanto tiempo atrás.

Esta tarde lo más interesante es un halcón de pecho blanco y plumas de color marrón. Espera sobre las ramas de un árbol a que una ardilla descuidada se le ofrezca de almuerzo. Lo vi planear y escoger con cuidado su posición, atento, detrás de unas ramas sin hojas. No me quedé para ver el desenlace. Seguí caminando hacia el este, gozando con ese ruido blando de voces, de ramas, de pasos que ofrece el Parque.

A veces, al entrar al Met, consigo que me dejen pasar con la maleta colgada de un hombro. Esta tarde ansiaba la comodidad, así que me deshice de la maleta y del abrigo en los guardadores.  Encontré el programa para ese día y era perfecto: en 10 minutos comenzaba una visita guiada. Los Highligts Tours son paseos organizados al azar. Los guías te enseñan lo que se les antoja durante un lapso de una hora. El programa se elabora según su capricho.

Alguna vez, el guía te llevará a ver el Templo de Dendur. Otra vez, irá directamente hacia los vitrales diseñados por Louis Comfort Tiffany, o hacia un jardín chino de la Dinastia Ming. Otra tarde, quizá te lleve hacia el paisaje panorámico de los jardines y el palacio de Versalles pintado por John Vanderlyn, a ver a los Reyes Magos de Giotto, o al Aristóteles que acaricia la cabeza de Homero, según Rembrandt. Otro día te llevará a ver a los paisanos tomando la siesta retratados por El Viejo Pieter Bruegel, el retrato de Juana de Arco de Bestien Le Page, los cipreses de Van Gogh, las mujeres de Gauguin enseñándote la sandía y los pechos jugosos, invitándote a tumbarte a su lado en la hamaca de la siesta polinésica.

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Jeroglifos en la pared del Templo de Dendur.

En otra ocasión, el guía preferirá llevarte a que conozcas los tapices que alguna vez colgaron sobre las altas paredes de algún castillo medieval, o la soberbia mesa de mármol que adornaba el palacio del Cardenal Fernese. Quizá también te llevará a que conozcas unos tejidos fabricados con alambres y material reciclado por el ganés El Anatsui, o te contará la historia de cómo Rosa Bonheur, disfrazada de hombre, consiguió pintar la Feria de Caballos de París. Y si tienes más suerte, el guía te llevará una tarde─para que por fin la conozcas─ante el retrato de Gertrude Stein (el de Picasso), o frente al trasero desnudo de una prostituta parisina mirándose frente al espejo, pintada por Toulouse-Lautrec.

budaEsta tarde, mi guía tiene gustos hogareños. Nos enseña primero las habitaciones y los murales pintados al estilo griego en las paredes de una villa romana sepultada por la lava, en la zona del Boscoreale, cerca de Pompeya. Luego, vamos hacia las complicadas figuras simétricas de las alfombras del arte religioso musulmán. Nos explica el valor que tenían aquellos tejidos entre los mercaderes holandeses ─tanto o más que los tulipanes. Luego nos conduce frente a un retrato de Vermeer, el de una empleada que se ha quedado dormida sobre una mesa soñando con su amado. Allí, frente al fresco, señala la alfombra persa, que los holandeses colocaban encima de sus mesas y no en el piso. La guía sigue por los pasillos hasta un cuadro de Degas ─el de las bailarinas que se preparan en desordenado conjunto, detrás del escenario, y hacia la galería americana para que veamos el retrato de Madame X por John Singer Sargent. Frente a esta mujer, de piel blanca como la muerte y vestida de negro, nuestra guía nos explica el detalle del vestido descolgado, el escándalo que fue ver a esta mujer de sociedad en el Salón de Pintura de París: chismes de pintores que han sobrevivido al tiempo.

FullSizeRender (2)Después de la visita guiada, la libertad: dibujos originales de Leonardo Da Vinci, miniaturas de cobre de un Hércules joven con detalles dorados en el cabello, armaduras japonesas, cascos alemanes tallados con preciosas figuras, estatuas de Shiva con dos manos de piedra negra desprendidas, una estatua imponente de Buda, papiros con los mandamientos escritos en el Libro de los Muertos, vasijas amarillas con formas vegetales, patios y balcones españoles, una tarde de toros pintada por Goya, la escultura de una mujer echada, como en una dulce muerte, frente a la cual una muchacha que parece japonesa me enseña su cámara y me pide que le tome una foto.

Salí del Met porque ya cerraban. Aún era de día, caminé por la calle 79 hacia Lexington, mirando ese edificio del Centro Cultural Ucraniano al que le falta la bandera, unos edificios más allá, la Misión de Irak. El mundo sigue su curso, la nieve aún no se ha derretido. Miro una esquina y recuerdo aquella vez en que caminaba por allí, después de unas clases en Hunter, y la noche en que salía de un concierto en el Summer Stage de Creedence Clearwater Revival, la vez que caminé por primera vez hacia el zoológico, por esa camino de piedras, junto al Parque Central, en otros días lejanos, acá en Nueva York.

El hueco en el muro

Hay un hueco en el muro, carajo dejen de ver ese video, ya lo vi como quinientas veces ,estoy harto de ver videos sobre Japón, ahora que si te pones a pensar qué cosa es eso de ver primero fotos de Valparaíso y luego escuchar videos japoneses.

 

La clase: siento haber estado como ido, el café parece que ya no me hace nada, en eso estaba pensando esta mañana. La verdad que no planifiqué levantarme a las siete y media pero una vez que lo hice me pareció lógico bañarme y venirme a Lehman. No caminé porque tenía flojera y quería usar la Metrocard que compré en la madrugada: sí funciona.

 

Muchos buses amarillos en el camino, ¡qué temprano se levantan los niños para ir al colegio! Recuerdo cuando yo iba al colegio y eran las 8:05 y ni siquiera habíamos bajado a tomar desayuno. Pero tiene su gracia viajar en el bus, no caminar sino vivir como viven los demás, ir en el mismo bus que los demás, observar como se comporta la gente.

 

Además hay un hueco en la pared, pero no me interesa tanto tocar ese tema ahora, más bien ver lo que dice Carling. Siempre quiso decir eso: no falto a una clase desde antes que ustedes hubieran nacido. 25 años. Me imagino que su frase abarca a casi todos en la clase, excepto a mí, tal vez al gordo que se para quedando dormido. Lo veo, a diferencia de otras clases esta vez no ronca. El triángulo en la pizarra es el principio: Yates, Joyce, Woolf. Me alegro de haber comenzado a leer el Ulises, debería leer otra vez el ensayo de Loayza sobre Ulises antes de ir a verlo.

 

¿Cómo estará Camilo? Es una joda que no tenga teléfono. Carling dice que viene de un funeral. Me acerco al final de la clase a preguntarle pero es imposible siempre hay gente que se demora más de la cuenta hablando con él y no me da ganas de esperar. Como ese pato que estaba en la mañana esperando a la entrada del Computer Center, parecía que quería que le abran la puerta, usar el Internet. La gente estaba semi dormida y el pato tal vez estaba viviendo una pesadilla, quién sabe.

 

Tengo que leer el hoyo en la pared pero me imagino que será algo parecido a esto. Al menos ya escribí el poema que quería basado en el poema que leímos en clase de Yeats. No hay mejor poeta en el siglo XX. Así de categórico. Así que tengo que leer Yeats, es increíble que tenga su libro en mi casa y apenas si he hojeado un poco, igual que el Ulises, me puse la tarea de leer aunque sea unas líneas todos los días y mira donde me he quedado.

 

Ahora mismo debería estar escribiendo el ensayo que tengo pendiente sobre Walden, pero me imagino que es lo que Camilo dice: soy un diletante. No tengo que pensar en esa chica, sus besos son como apagados. Pero no voy a decir su nombre, aún tengo cierto deseo de privacidad, lo que supongo que está bien. Algo anda mal en mi cabeza ciertamente, algo falla. Así me he sentido las útlimas dos semanas, tal vez tres. ¿La mejor película? He visto muchas, pero la mejor: Hamlet , la de Laurence Olivier. En blanco y negro. Al menos creo que me está mejorando el sentido del humor. Qué lindos ojos los de ella. Qué lindos, dime si no es una muñeca. ¿Y la chica de la clase? Qué mirada, tenía como dos puntitos de luz en cada ojo. Hamlet, otra vez. Tengo que hablar de Hamlet. Brillante. El fantasma, la luz, la actuación de Olivier, la puesta en escena. Me quedo con el personaje de Richard III, sólo con él, pero como película Hamlet me parece mejor acabada. Ahora no tengo nada que decir. A veces me pasa, tenía tantas cosas de las cuales hablar y todo por culpa del hueco en la pared. Me imagino que acá tengo que detenerme.

Postdata: El reservorio de agua está vació desde hace casi un año. No es justo. Otras cosas que no son justas: todas las cosas que tengo pendientes por hacer. Dos cafés y todavía tengo sueño. Otra vez, nada. Hueco en la pared. Leer más Yeats, ensayo de Carlin, Walden, Poe, Pound. Vacío en el estómago. ¿Vendrá ella? ¿Qué hago? Hueco en la pared, más bien hueco en mi cabeza. Hueco en el estómago. Muchas lecciones que prefiero olvidar.

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