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The New York Street

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Mar

But there is no water

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(Don’t rain on my beach!)

–It doesn’t rain in Peru?

Of course there are places in Peru where it rains. There are beautiful rainy days in the mountains. And of course, we have the jungle.

However, that’s not the place where I grew up, Lima la Horrible, the gray one, la villa de polvo, the piece of land where I learned how was the life on Earth, the city where I never saw an umbrella but in cartoons and movies.

–Mom, the Peruvian coast is one of the most arid places on the world. They only get 2 inches of water per year, and most of that water is not rain but fog,  said Frances (she read it in 1491, that amazing book that old Sal, in Southampton, recommended me a few months ago)

The temperature of the Humboldt Current in the Pacific Ocean blocks the rain from the West. The rain from the East is blocked  by the peaks of the Andes. However, there is life (extraordinary life) in between the valleys created by the many rivers that come down from the melted ice and the lagoons on top of the Andes, all the way to the Pacific Ocean.

And there is no rain: Little lizards go under the rocks and the bunch of friends walk in line to the ocean, to the Pozo de los Compadres, where we are going to get fish, or get sea food, stuck to the rocks where the ocean splash into the coast, sea urchins stuck to the rocks on the bottom of the Pozo, and red crabs, hidden in between the huge black stones.

Sometimes it rains. And there, in the middle of the night in this town of the Peruvian coast called Silaca, everyone runs outside, and we help to put huge plastic bags on top of the roof remade every year with logs and totora straw. And we know now that we have El Niño, that current of hot water that once in a while, around Christmas, comes all the way South, bringing rain, a lot of rain, nightmares and destruction to these people not used to the abundance of water.

And that’s why I was surprised at 19, in Ubatuba, next to Sao Paulo in Brazil, when I saw sand, ocean and trees together, for the first time. And with the same awe, I bought a first umbrella in London, and I forgot it the same day, next to a public phone, when I called Lima from the Underground, and told my family, kind of amazed: It’s raining!

But sound of water over a rock

Where the hermit-thrush sings in the pine trees

Drip drop drip drop drop drop drop

But there is no water

(Eliot)

And here I am, waiting for the sun. Watching the leaves that hide the streets, the animals, the people who roam around this area in Long Island. From the airplanes you’d only see the jungle, the amazing arms of the trees, these people of the forest, surviving another storm, another summer full of rain.

There is rain and no beach (F**uck!)

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Sobre la muerte

La pesca de cientos de animales vivos

La necesidad de estrangularlos

La aleta vieja en el plato. No soy Tolstoi, no soy Whitman

Cada vez que pienso en viejo y en comida pienso en ellos

Como si el hambre me generara memoria

Literaria.

En fin, las cosas que pasan hoy

Las añoraba quien plantaba algodón en el monte

En la tarde cuando bajaba el río y sonaba entre las piedras

Con el alma quieta, mirando el agua.

Niño, joven,

Hombre que no sabe a dónde va

Tal vez la paz es demasiada prueba para el poeta:

Se suele pensar mejor

En la turbulencia y el mercado del desorden.

Añoro las voces de la infancia

la tranquilidad con que organizaban otros mi vida

El deseo que se marcaba transparente en la trusa

El globo de oro inquieto, la sangre

Turbia y negra vertiéndose bajo la piel fresca

¿Vejez? Aquí empiezas

Cuando el futuro es una marca de ceniza en el suelo

Una cruz cargada por otros, el peso de tu cuerpo

Temblando por el escaso equilibrio

Porque quienes te entierran

Son tus viejos.

Oceánico

El mar me ilusiona. Recuerdo haber estado caminando por Madrid, observando un punto “donde tenía que estar el mar”. Al no encontrarlo sentí que la geografía había fallado. No me parecía posible vivir bien en una ciudad lejos del océano. En Ubatuba una argentina me dijo que conocía Lima. Su avión se quedó una noche de más y la mandaron a dormir a un hotel en el mugroso centro de los años 80s. Le pregunté si se había asomado por la Costa Verde, si había camnado por los malecones de Miraflores y Barranco. Me respondió que no sabía que Lima estaba al lado del mar. Casi le digo “¿cómo se te ocurre?”.

En el invierno, mi hermano y yo íbamos a bogar en La Punta. Usualmente los ejercicios sucedían en un pedazo de mar calmo y estancado detrás de los rompeolas. Lo más riesgoso era darse la vuelta, mojarse y perder los remos en la maraña de plantas bajo el agua. Pero un sábado con sol nos lanzaron a competir en las regatas a mar abierto. Tenía 9 años y fue la primera vez que sentí con intensidad la fuerza del océano.

Tenía tal vez 15 cuando seguí a mis primos y salté desde una peña enorme que miraba hacia el mar abierto. Desde allí arriba parecía sencillo nadar en esa inmensidad y regresar. Sin embargo, allí adentro, demasiado consciente de que solo contaba con mis brazos para volver hasta las peñas, nunca me abandonó la idea de morir ahogado.

Alfonso Reyes tiene un buen ensayo en que escribe sobre los griegos y el mar. Se llama “Un dios del camino” y está incluído en una bella antología de sus estudios helénicos, editado por Fondo de Cultura: Junta de sombras. Allí Reyes desmitifica la imagen del griego que se trepa apenas puede a su barquichuelo y se va a navegar en busca de aventuras. “A ser dable, se prefería rodear los golfos y radas, mejor que cruzarlos”, dice Reyes.

Estando en camino a Puerto Montt conocí un ferry. Es un crucero breve pero rodeado de automóviles y familias ruidosas. En Nueva York, el ferry gratuito que cruza hasta Staten Island es una experiencia que siempre recomiendo.

En Lima manejaba de más solo para poder encaramarme con mi refrigerio–un taco, un sánguche–sobre esas rocas al lado del Salto del Fraile, observando el mar. Cuando llego a una ciudad me llama el agua. Ese mundo líquido me promete en silencio, me lleva a otros mundos sin que yo me haya movido.

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