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The New York Street

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Macondo

Macondo and vampires

Macondo, a painting by Graham Brown

Tenía las manos pálidas, con nervaduras verdes y dedos parasitarios, y un anillo de oro macizo con un ópalo girasol, redondo, en el índice izquierdo. La casa se impregnó a su paso de la fragancia de agua florida que Úrsula le echaba en la cabeza cuando era niño, para poder encontrarlo en las tinieblas.

Cien años de soledad, Gabo.

Macondo is a small hamlet in the middle of the Colombian Caribe. In the 60s Gabriel García Márquez put Macondo on the  map thanks to a splendid novel: Hundred Years of Solitude. The Americans got to hear for the first time about Macondo when Shakira mentioned it in one of her songs. To say the truth, most of the Hispanics in the US knew about the existence of Macondo just  because of a character in the soap opera El Cartel de los Sapos who always talked–with some contempt– about “the fucking people from Macondo“.

In Macondo, and this is something almost unknown, live the last Colombian vampire. Also the last zombie. They never get together nor talk to each other because some complication of their families, a long dispute of more than a hundred years over a bunch of banana trees. The family of the zombi had the trees over the old canal (the acequia) and the family of the vampire claimed that even if the tree belonged to the zombies, the bananas were growing over their land and were theirs. They had a couple of mini wars and a zombi almost got killed. After a last bloody incident the two families grew very distanced from each other. That was the reason why there was never in that town a kind of odd alliance between vampires and zombies like in other towns in the Caribbean Sea.

[A small tribute to Gabo, the greatest old fart. On his 80th Birthday.]

El mito del eterno Macondo


En el galeón español regresan de los Estados Unidos los inmigrantes asustados. Se fueron agarrándose a su última esperanza, pero ahora regresan absolutamente desesperanzados a terminar su vejez.

Sin embargo el destino, que va en círculos, les tenía preparada una última sorpresa. Cuando el capitán del galeón, un marsellés de mal carácter, intentaba ganar una atajo para desembarcar la carga en el Perú rapidito y seguir viaje hacia las minas del sur, se le atracaron los mástiles en una maraña de lianas y vegetación salvaje.

Al bajar del barco para comprobar la magnitud de los daños, los marineros se encontraron con una turba de inmigrantes hambrientos y haraposos que habían partido 2 años antes, huyendo de los fantasmas y los gallos de pelea, en busca del camino del mar.

Pero el mar no estaba por ningún lado. Lo único que quedaba de todo el desastre era el velamen del destrozado galeón y un montón de jaulas vacías con las que los maquinistas coreanos, en complicidad con el capitán, querían hacerse un sencillito extra a su regreso a los Estados Unidos, capturando loros en peligro de extinción y monos tití.

Todo lo demás era espacio y silencio, que sería llenado de mineral una vez que el barco anclara en las costas doradas del sur.

Como el marsellés ni los coreanos parecían saber en lo que se habían metido, los dos peruanos, con ayuda de los más forzudos de los haraposos aventureros, se hicieron del dominio del galeón y procedieron al reparto equitativo de los víveres y de las gaseosas.

Cuando no quedó más que repartir, los peruanos y los aventureros– todos hombres honrados de la costa de Barranquilla–(¡ve tu a saber como terminaron los coreanos y el marsellés metiéndo al galeón por el Caribe!) decidieron seguir por una trocha misteriosa entre la ciénaga, donde creyeron que se pudo haber escondido el mar.

A los pocos días llegaron a un terreno que les pareció propicio y uno de los peruanos, que tenía sueño fácil, despertó sudando y gritando que había visto la imagen de un cóndor gigante cargando entre sus garras dos carneros dorados bañados en sangre.

El líder de los barranquilleros, que parecía tener talento para descifrar los sueños y que además parecía haberle cogido afecto a los peruanos, les dijo a los otros “Hasta aquí nomás llegamos. Acá se funda la ciudad”.

Sin embargo no aceptó el nombre que, según el peruano, le había gritado el cóndor mientras él dormía: Resinacocha.

El líder de los colombianos ya tenía el nombre pensado desde hace bastante tiempo y hasta parece que había escrito un par de cuentos acerca de una ciudad con ese nombre.

Hincó un huesito de pollo en la ciénaga y allí volvió a fundar Macondo.

(Escrito en Austin, Texas. January 31st, 2007)

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