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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

febrero 2026

Banana Republicans

El estado de los Estados.

Que lo cuelguen de una cometa y que luego corten el hilo

Celia Cruz

Llegaron los archivos de Epstein cerca de mi casa. Leo que los Clinton saldrán hoy de Chappaqua para ver a un juez. ¿Qué van a decir? Dos semanas atrás escuchaba la entrevista de Terry Gross a Mónica Lewinski y no me queda duda de que Bill es un caso lamentable. El juez, tal vez, le preguntará si ya miró la foto del Príncipe Andrew de rodillas sobre esa chiquilla echada en la alfombra. No sé si Bill querrá decirle que él tomó la foto.

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Chomsky también estuvo en el avión de Epstein pero ya salió su esposa a decir que ambos estuvieron y que el viejo filósofo fue engañado. Que nunca hizo nada incorrecto. Hay otros nombres que tiene más sentido encontrarlos en los archivos de Epstein. Por ejemplo, el miércoles pasado les dije a mis estudiantes que varias de las películas de Woody Allen eran muy buenas. Agregué que su vida era un desastre, que era otro sujeto lamentable, por si no lo sabían. Sospecho que cuando yo digo su nombre, para estos jóvenes es como cuando de niño mi papá mencionaba a la Tongolele o a Pérez Prado.

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Hablando de directores viejos y de Woody Allen, me acordé que alguna vez Armando Robles Godoy dijo en la televisión que todas las monjas eran unas pajeras. Sospecho que los peruanos nos escandalizábamos pero que no pasaba nada. Esa noche, Robles habló con Jaime Bayly sobre los iglúes en el Polo Norte. Describió al detalle cómo los construían los esquimales y qué se veía desde adentro. Y cuando Bayly le preguntó si había estado ahí dijo que no: que lo había leído. Ese señor sí que tenía buen sentido del humor. Lo mismo pasó con el tío Johnny, hermano del padre de mi esposa. Era la fiesta después de un bautizo y el tío Johnny describió con pelos y señales cómo se veía la costa desde el barco cuando uno llegaba a Sudáfrica. Con algunas copas de vino, le pregunté cuándo había ido y me dijo, perplejo, que lo había visto en un documental.

Claro que hablar del tío Johnny me hizo pensar en Johnny Salim. Yo soy de esa generación: la que se paraba con su vaso lleno de leche frente a la tele para tomarla con él. No sé de qué se murió ese tío Johnny del canal cuatro, pero el tío de mi esposa se murió de cáncer, en Long Island. Armando Robles murió atropellado en una calle de Miraflores.

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Ayer mi amigo Tony me preguntó si había visto el discurso del State of the Union. Le dije que lo apagué a la mitad. Que intenté pero me pareció una pérdida de tiempo (Por eso lo del epígrafe y la canción de Celia Cruz). Apenas la escuché, pensé en Trump. Sabe arruinar hasta los momentos más emotivos. Como cuando al anunciar la medalla del Congreso para un general de 100 años, le dice: «Yo había pensado en dármela, pero me han dicho que no se vería bien». Una de las cosas que más le faltan a este presidente es el sentido del humor. Supongo que nadie se lo ha dicho.

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Escuchaba a Celia esta mañana porque ayer una señora de Croton se prendió del micrófono y empezó a cantar Quimbara. Era un Open Mic en una cafetería-librería, con mucha gente de pueblos cercanos. A los pocos minutos yo empecé a bailar. Y eso que me dijeron que no sé bailar. Había un gringo de más de 70 años que tampoco tenía ritmo pero se movía con gracia. Y una adolescente que cantó Zombie de Cranberries y se le olvidó la letra. Tenía una bonita voz.

La inspiración

Si bien está bastante dicho que todo creador se inspira en su realidad, es sólo muy de vez en cuando que me encuentro con grandes ejemplos que validan el ejercicio de usar la vida propia como la máxima materia prima de una obra. Esto me ha pasado hoy al escuchar la entrevista de Sam Fragoso a Noah Baumbach en Talk Easy. La empecé a escuchar el viernes e intrigado por los primeros minutos, busqué mi viejo DVD de The Squid and the Whale (todavía con su sticker de descuento de Virgin Megastore). Ver esa película de nuevo ha sido una gran experiencia.

A diferencia de la primera vez que la vi, allá por 2007, muchas escenas resonaron con mis experiencias y se formaron interesantes conexiones entre la película y los lugares (en Brooklyn) donde se mueve esta familia de padres divorciados y los dos hijos que los sufren. El padre es un hombre blanco pedante e insoportable de esos que abundan en círculos académicos neoyorquinos. La madre es cariñosa, infiel y promiscua. Así Baumbach dijera que había mucho de ficción en su historia, quienes conocían a sus padres asumieron –sin que ellos pudieran hacer otra cosa que negarlo– que todo era verdad. Aquí otra obviedad: es fabuloso cuando la realidad y la ficción se encuentran en el proceso de la escritura.

En la entrevista, Baumbach establece algunas influencias en su película que yo no hubiera entendido en 2007. Por ejemplo su deuda con Peter Bogdanovich, ese director de cine que murió con apenas un fragmento de la fama que alguna vez tuvo (cuyo trabajo he utilizado muchas veces en mis clases de cine, por ejemplo su libro sobre John Ford o su hermoso documental sobre Buster Keaton), y los paralelos entre la vida de Baumbach y Norah Ephron, a quien su madre también enseño que Everything is copy (todo lo que te pasa en la vida es material para tu obra). No sabía que la película Heartburn, basada en la única novela que escribió la autora/ periodista/ guionista y directora de cine, fue filmada en la casa de los Baumbach en Park Slope.

No sé si fue la entrevista o The Squid and the Whale, pero esta mañana, manejando por las calles nevadas de Westchester, me vinieron a la cabeza una serie de situaciones entre 2007 y 2015 que había olvidado. Ciertos nombres, ciertas escenas, aparecieron mientras observaba la nieve y ahí se quedaron. Eran como diminutas películas que interpelaban a mi inspiración.

«Escríbenos», parecían decirme.

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