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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

junio 2013

Se ve un pez en el Pozo de las viejas

Silaca

El pozo se alimenta con un chorro, es más sequedad que pozo, es agujero

Queda al final del camino, arrastrando los pies,

Para allá marcha mi abuela, convencida del poder curativo de la sal

Se mete una sopada, que equivale a sentarse y a mirar

El mar.

 

Allí crecí

Paciencia y silencio de un balneario sin arena

Tumbándome sobre la piedra plana y esperando

La llegada de una ola implacable

¡Ducha ducha!

Niños que buscan piedras redondas y planas mientras aprenden el secreto de las orillas

Cerros con narigones mirándonos

Por esa tierra rojiza que luce tan bien en mis pies de niño descalzo

 

Al fondo, los lobos

Muy cerca uno de otro, soy lobo tú eres loba

Hagamos lobitos.

Descansando, echándose panzazos, en el agua de Silaca.

 

Una sopada en el Pozo de las Viejas, luego armar las trenzas, volver a la casa

Encender las brasas y calentar la olla

¿Caldo de locas?¿Sudado de lapas?

 

Entre sus muslos blancos y arrugados,

En ese pozo

Cruzó un pez color pez (nada extraordinario).

Creó el reflejo de sí mismo

Y escapó con el siguiente chorro.

 

Un camino ascendente entre las rocas ingeniosas

Ropas mojadas, calor, la brisa que traen los pájaros que vuelan pronto

Lejos del pozo

En un pueblo de mar.

The End of the Island

montauk
Montauk lighthouse, Long Island, NY. Photo by Oldsamovar@ Flicker.

I have seen a Jitney bus parked in a narrow street in Portland, Maine. I didn’t know what it was doing there. From that trip to Portland I only remember a bar close to the port, the lighthouse, an ice cream store, the story of a blue lobster told by a tour guide on a tour bus, the front of the house of Longfellow and that Jitney bus parked on one of its streets.

Why? Because the Jitney is one of the symbols of my first wanderings at The End of Long Island. It is the magical word that connected me to a land I barely knew when I first came here, in the winter of 2007.

While I was a student in Manhattan I read a lot about New York. I lived in Brooklyn and did not have a car, but somehow, perhaps through the newspapers I understood that the word “Hampton” represented a certain mix of the words summer, comfort and high class. Once I asked my roommate in Brooklyn about the way to get to East Hampton and she told me that there was a bus that would charge me a lot of money for a trip that could last up to 3 hours. She touched her forehead in a gesture that summarized the craziness of even thinking about paying so much, in order to go to a beach so far away.

Every area in New York State worthy to be known, I visited for the first time with my wife, who showed me places where she did her own wanderings when she was a kid or a teenager.

For example: Cold Spring, the town by the river where we traveled together on a weekend, by train from the Bronx, was a place where she has been before on a hiking trip. The FDR Home and the Vanderbilt Mansion in Hyde Park, another short getaway, were places where she had been before, as a kid. We went to New Paltz and the Ashokan Reservoir, and she had vague memories of a trip she made with her parents when she was a little brat.

To me, the rivers, lakes, castles and farms on our way to those places were a revelation: an unknown world of views I never imagined were so close to the city where I had been living for almost 6 years.

Of course, the biggest discovery was on Long Island, the towns all the way to the east. I had read some stories about East Hampton and Montauk: New Yorkers had been visiting the area for many decades, and have transformed the region in their favorite spot for the Summer.

There is a lot of money in the Hamptons (Bridgehampton, Southampton, Amagansett, East Hampton). More than anything a stupid Peruvian with no real knowledge of money –like me– could have imagined. However, the area is much more than big houses. Its beaches are surrounded by vegetation and dunes, and the local communities have fought hard to keep the area free of the big hotels and huge resorts, protecting their wildlife and a certain vibe of primitive beauty.

This region was –it is not anymore– a collection of fishermen villas and a farmer’s region. Most of the farms became mansions and gardens, and the fisherman left because of the high cost of living. However, a bunch of anglers still leave Montauk every day to get lobster, fish and sea food. And between those big mansions, the beaches and the golf courses you will find farmers selling their produce at the side of the street, in a kiosk next to their farm.

There is wildlife everywhere. The deer can show up at any road around the town, the rabbits will stand still, their ears up while the cars pass next to the lawns where they rest; the wild turkeys will run to hide behind trees and bushes, and once in a while there will be a line of cars on Three Mile Harbor, waiting to let a turtle get to the other side of the road.

During the summer, the fishermen standing on the rocks next to the inlets, by the piers and hills, next to the water, are part of the landscape. There are also the tourists, everywhere, the campers, the surfers and the local people who do their best to smile and not be bothered.

Also, once in a while, roaming through these streets, there are people like me: strangers who belong to a different world, taken by their daydreaming to the first morning they stepped on a corner in Manhattan, to take a Jitney bus, all the way to The End.

El juego más estúpido de todos

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Una pelota que cruza el paisaje. Un grupo de gente que observa: la pelota corta los árboles, hace un tajo en el cielo. Esa esfera pequeña, ese pedazo de corcho con plástico hace una parábola –practicada durante cientos de horas–,  cae sobre la hierba, cerca de un hoyo, y empieza a correr. Una pelota entra en un hoyo: el juego más estúpido del mundo.

Después de golpear, agotado,  el hombre avanza hacia la gruta que se abre entre los árboles, por donde una luz colorea las hojas de los pinos, que atiza el sol y que mece la brisa.

Es posible adivinar un enlace entre el ser humano y la naturaleza (ésa recreada, perfeccionada para que un par de suelas caminen por ese campo de golf, para que la bola ruede sin complicaciones hacia el hoyo 19). Sin embargo, por allí camina todo tipo de hombres. Los hay los quienes entienden la vida (o creen que), quienes no entienden nada y quienes creen que la entendieron y están equivocados. Se juntan al borde del camino y durante cuatro o cinco horas, dependiendo de su destreza, consideran que sus deseos están contenidos en cierta cantidad de hectáreas, por esos caminos de hierba ignorantes de la violencia con que suele crecer en otros lugares, la hierba bien alimentada por la lluvia. Cae nieve, quema el sol, llueve  (con seguridad) y salen los insectos a bañarse. Una manada de jardineros aparece de madrugada para contener la grama, para entrenar al suelo a mantenerse parejo, similar al día anterior.

Algunos de estos hombres que juegan, experimentaron la guerra. Entonces marchan agradecidos porque tienen amigos que los acompañan, que tienen piernas, brazos, ojos que les permiten jugar al golf. Un juego estúpido, como todos. Un invento para asesinar el tiempo que nos queda.

Es verdad que para algunos de ellos es un reto: un viaje a la mano de un padre que te enseñaba el beneficio de la perseverancia, del temple que debe de tener el hombre que persigue una pasión. Sin embargo para esos otros que beben, que gritan, que marchan como monigotes, con sus ojos atontados, la boca torcida en gesto de pertenencia a la manada, el golf es una pérdida de tiempo. Es un juego que vale sólo para decir que lo han perdido. Ellos no disfrutan del ejercicio, ni del paisaje y ni siquiera escuchan lo que podría decirte ese hombre que los mira, dueño de algunas certidumbres.

Quisiera dejar pasar lo que he sentido hoy: deshacerme de una sensación (si no te importa el juego, no lo juegues). Supongo que lo escribo para que la sensación pase (por un tiempo), para reirme de ella –como deberíamos de hacerlos todos– al ver al hombre jodido frente a una pelota, al mono idiota, al imbécil que cree estar jugando al golf y no sabe que él es el juguete.

La nieve te hizo tan blanca

Las memorias que siempre vuelven, las de los amigos inmortales

The New York Street

Quisiera haber apuntado en una libreta todos los detalles. Porque luego me encuentro con ella y me dice: “No, así no fue ¿no te acuerdas?” Y  lo que yo me acuerdo tiene que ver muy poco con lo que en realidad pasó.

Ella llegó una mañana de febrero en que nevó, como hoy. Yo era más joven, vivía en Brooklyn y poco sabía del invierno. Ella llegó al aeropuerto acompañada de una amiga que–cuando pasó lo que pasó–se dedicó a criticar sin mirarme a la cara. Yo creí que les había prometido un tour por Nueva York pero ella me dice que les había prometido el Empire State. Puede ser cierto porque cuando neva clausuran el balcón. Y nadie sube hasta allá para darle vueltas a la tiendita de recuerdos y tomarse un café.

Ella era trigueñita, del bello color de la arena mojada–como leí en una crónica cubana. Tenía…

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