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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

abril 2008

Dreaming

There is a theater performance were I kept going but I can’t stay until the end.

Rachel’s sister performs, Laura and other people that I don’t know. I go for a walk with them. We are a big crowd. We are walking on a sidewalk when I felt that somebody knocks on my leg. Sitting on a corner, in shorts and a white t-shirt, there is Mane. She greets me with a big smile. She looks relaxed, like when she went to watch the football games in Mayorazgo.

Outside the school I see the teacher Castañeda, walking slowly towards his car. A big golden minivan. He is mumbling “It is good to be a permanent teacher”. I stay a few feet away to see him leaving. When he leaves I am able to see a huge sign printed on the side, two big orchids, and the name of a flower company. “He is the delivery guy,” I think. That makes me sad. The minivan has only one big wheel at each side.

Apparently, one of the teachers is Mr. Monghelli. I remember having seen him entering in one class. In the dream, the idea makes perfect sense.

I enter to the school. I have to take the stairs. It is a black iron staircase. The school is empty, only the acting students are there, sitting around a drawing table, working on a essay that they have to finish.

I go out. There is a big field, full of swimming pools. The swimming pools seem to have been dug on the ground. The water is crispy, there are some leaves and grass floating on the water. I walk, looking at all the pools, when I bump into a couple of friends. One of them have his car parked next to the pools. He offers me a ride. I ask him if I have time for a quick swim. He accepts.

I took off my T-shirt. However, precisely at that moment, the people have finished their gym classes, the waters are murky and there is no room to swim. I kept walking around the field, looking for an empty and clean one. All the pools are full.

It seems that I start walking towards my friend’s car when I felt that someone is throwing rice at me. Standing at a certain distance, there is a group of young men from Yauca. One of them is holding a pair of binoculars. They want me to move my ass because I am ruining the view. I yelled at them, jokingly, that they are a bunch of perverts. Some of them don’t like it, and start reciting loudly some of the lines in my poems where I have references to sex.

I kept walking, listening, interested in hearing them, declaiming my poems.

Anatomy of my poetry

Don’t sing to me Vallejo, better tell me, confess
There wherever you suffer,
Bone over bone, tear over bone
Tell me if like Arguedas says, there is certain destiny
That picks a poet among the lice and let him understand
Shakespeare, Hugo, Pound but not Joyce,
Never Joyce (and well, depending,
I had a very good time with Dedalus)

Tell me Vallejo who I have to call, to fax, to mail
To get your wit, your poetry
And get rid of miserable melancholy
Do they hang out together nowadays?

They come and go, it’s true
But if I try to get, to grab them, they left my empty hand…
O Poet audacis naturae miraculum, take your heralds back!
Viceroy of poetry,
Give me power gimme grief to sing.

Certain books shall strike me yet
Yours is one, but certainly there are more
None of them cover the world
However they cover the word they say

Courage and patience over despair
And your cular especta triumph
Inspire the journey anyway
New translation eh? Getting popular? Damn!
Little too late maybe but receive the crown
Enjoy, and period period period.

En las calles de Harlem

El espíritu del barrio Harlem
Resiste entre las rosas y el veneno
Fuerte de antebrazo, de orgullo.

¿En qué piensan los blancos que caminan por Harlem?
¿En la trama del blanco y del negro?
¿O es que la mezcla brinda contraseñas de moda
nuevas tiendas, almacenes y en fin
El antiguo temor al color gris?

Reunión de integración


Tenía que haber algún desvío entre la avenida y el parque principal. Antonio nunca lo encontró. Era ya tarde y no podía llamar a nadie para pedir la dirección. Con lo único que contaba para orientarse era con los ruidos. “Tiene que haber bulla, música”, pensó. “Los chillidos de las muchachas me alertarán y sabré cuál es la casa”.

Los parques samborjinos siempre están mal iluminados. Lima se llenó de serenazgos pero a nadie se le ocurrió que con un poco más de luz era más fácil combatir el crimen. Es decir, es más probable que un asalto se cometa en esos cuadrados de sombras que bajo una bombilla de 300 Watts. Por regla genereal, al ratero no le gusta que le mires bien la cara.

“Ahora, ¿A dónde chucha voy a comprar una botella?”, pensó Antonio. Esforzando la vista entre los arbustos del parque y los postes de luz enclenques, vio dos cosas: Una minúscula bodeguita, que parecía ser un garaje adaptado como tienda; y la figura deshilachada y alerta de Churrito, que caminaba volteando la cabeza, como si lo persiguieran.

“A mi hermano lo asaltaron en un paradero acá a la vuelta”, se justificó, mientras encendía su cigarrillo y lo compartía con Antonio. Churrito tenía la dirección de la casa. Sin embargo, también necesitaba una botella, así que enfilaron primero hacia la bodega.

Era una tienda pequeña pero bien surtida. Del mostrador más alto, el vendedor les sacó dos botellas de Pomalca. Compraron una botellita más, una chata adicional “Hay que empilarse un poquito, los huevones nos llevan ventaja, ” previno Antonio, mientras limpiaba el pico y pasaba el licor, mirando a ambos lados. Churrito hizo lo mismo. Mientras tomaba creyó ver un sereno, se agachó con prisa mojándose la camisa. “Carajo, ahora hay que andarle con miedo a los choros y a los tombos”.

Muchos años después de aquella velada adolescente, al sentir mareo tras dos copas de licor fino, Antonio aún se pregunta cómo era capaz de tomarse de la boca, media botella de ron. Y no era nada extraordinario, es decir, media botella aquella noche, no era menos que la cantidad de licor que se tomaba en las frecuentes reuniones de los fines de semana.

Cargando dos botellas, y siguiendo las instrucciones que Churrito llevaba, pronto llegaron a la casa. Era una típica vivienda samborjina de dos plantas, con portón de garaje y pequeña puerta de acceso en el mismo portón.

Escucharon poca música. Más eran las risas y, sobretodo, los descascarados gritos y en desgraciado inglés de Carlos que destruía una canción de Bon Jovi.

“Deben estar bien zampados si Carlitos ya está haciendo su show,” dijo Churrito, cuando sintieron los pasos acercándose y una mano que abría el pasador y los pestillos. Era Silvia, la dueña de casa, locuaz y de ojos brillantes.

Nadie del grupo pudo adivinar nunca, cuando Silvia estaba ebria o sana. Ella tomaba como todos pero duraba más que nadie. En lo mejor de las fiestas siempre desparecía, cuando los hombres empezaban a demorarse demasiado en el baño; o cuando cuando más de uno se percartaba del tamaño grosero de sus pechos; y, tal vez, mientras bailaban, una mano se iba demasiado arriba o demasiado hacia su cimbreante espalda.

“¡Hasta que por fin!” dijo Silvia, mientras los invitaba a pasar y les quitaba las botellas. Apareció minutos después en la sala, llevándoles los vasos mezclados con gaseosa. Así era Silvia. Iba de uno a otro grupo: celebrando las bromas de Antonio, los malos chistes de Churrito, a quien le gustaba apoyarse en una esquina de la sala y presumir que sabía fumar; y animando a Carlitos, que se tambaleaba de un lado a otro de la sala, se había mal puesto la camisa abierta y trataba de impresionar a Silvia, a Zoila, a Lena, a Rebeca, a Tabatha; las pocas mujeres que siempre asistían a las “reuniones de integración”.

Más tarde, ya cayéndose del sueño y del mareo, Antonio la vio borrosamente, en una esquina del jardín, abrazada a Churrito. Estaba en su rol de la hermana mayor que aconseja. En un rincón del patio, él hablaba y ella movía la cabeza y le sobaba la espalda.

Uno sólo de aquél grupo se había entusiasmado demasiado con Silvia. Esa noche, cuando ella se le acercaba a Antonio y él, disimuladamente la miraba; se dio cuenta de que los otros lo miraban, disimuladamente a él. “Qué desgracia”, pensó. “Ya todos lo saben”

Vale, vale

Y si el catarro gana por 3 a 2,
Pues el cajón gana por cinco a cero.
Con la guitarra, con la quijada, con la lengua
Con el ritmo endemoniado de la pampa

Si las tinieblas no lanzan musiquita
Si en las montañas no se oye la menestra
Póngale alma, corazón; póngale guitarra,
Póngale cajón.

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