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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

noviembre 2005

>los cuartetos de Eliot.

>Nada en la ciudad. Toda la tarde entre los libros. Un lomo saltado y luego Los Cuartetos con una taza de cafe. Fabulosos. Y el juego del tema del tiempo escrito por Eliot antes que Borges. El libro del editor de Esquire (el que se leyó los 17 tomos de la Enciclopedia Británica) es ademas muy interesante y escrito con un tono de humor genial, me ha gustado mucho y recién voy por las primeras páginas.

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Primer capítulo La Cólera Funesta, 24 de noviembre

Lo escribí para el Bronx Journal, debería salir en próxima edición. Es el primer capítulo de la novela que pienso escribir sobre el asesinato de Tartufo, que es un tema al que le he venido dando vueltas desde 1999. En esa epoca escribi casi 100 páginas pero no llegué a nada. Ahora tengo una estructura general del libro y espero que eso me ayude a terminar la novela. el título también es tentativo. lo escogí porque son las primeras palabras del canto Uno de La Ilíada.
El final tiene que ver con el motivo del asesinato, que es algo que debo desarrollar en los capítulos siguientes del libro en que sus amigos descubren los hechos que han llevado al crimen y también algunos datos oscuros de la vida de Tartufo en sus viajes solitarios por Sudamérica. los datos encajarán solo en la parte final y la encargada de darle la forma final será Tatiana. el mapa que acompaña el texto lo hice en Illustrator y Photoshop sólo para esta edición del Bronx Journal.

La cólera funesta
Por Ulises Gonzales

El bar está en una de las calles transversales de la avenida Grand Concourse. No
recuerdo el nombre de la calle. Es pequeña y estrecha, no se extiende más de dos cuadras. El bar es antiguo y con muchos detalles de madera que le dan el aspecto de una cantina del viejo oeste. El piso es de cuadrados blancos y negros como los tableros de ajedrez. Esa tarde, en una mesa circular grande de madera descascarada, estaba sentado Tartufo de cara a la puerta, rodeado por la brasileña Tatiana, por su hermano Alexei, compañero de viajes por Sudamérica; y por Antonio, compañero de escuela al que no veía desde los últimos días del colegio. Por las puertas maltrechas, antiguas pero recién pintadas de negro, entraron los asesinos.

Eran tres y vestían de impecable terno gris. Cargaban las ametralladoras como si no les importara que los vieran. A Tartufo se le escapó una mueca grotesca mientras Tatiana daba de alaridos y Alexei se lanzaba a cubrirla. Antonio atinó a tirarse y quedó tendido en diagonal sobre dos recuadros negros. Cuando se terminaron las balas los asesinos corrieron hacia la calle y se perdieron entre los autos estacionados en las callejuelas paralelas. La policía nunca pudo explicar cómo tres hombres armados pudieron escapar sin dejar rastro en las calles ruidosas del Bronx.

El dueño del bar era un italiano viejo llamado Pizeli. Pasada la conmoción de los disparos ordenó cerrar dejando solo a los amigos del muerto. Tatiana lloraba abrazada a su hermano que miraba el rostro de Tartufo buscando alguna clave. Antonio intentaba recordar debajo de la sangre, al compañero al que ayudaba a repartir las caricaturas malditas de los profesores en los últimos años de la secundaria. Tatiana y a Alexei no conocían al Tartufo que él conocía. Él se acordaba de un sujeto pequeño con gafas de marco de carey y muy estudioso. Nunca supo nada del Tartufo viajero.

Los hermanos Gil habían llegado aquella tarde en un viaje que habían ido postergado durante más de una década. Tartufo había ofrecido varias veces, sin cumplir, ir a Brasil para el carnaval. Estuvieron a punto de coincidir en un congreso en Lima que se había cancelado intempestivamente por una crisis política. Después Tartufo había empezado a viajar y había resultado casi imposible ponerse de acuerdo.

Tatiana era alta y delgada y su piel era de un brillante color naranja. Alexei mantenía el pelo largo y la barba descuidada con que Tartufo lo conoció. Alexei y Tatiana eran siquiatras graduados y trabajaban juntos en el hospital más importante de Porto Alegre. Tartufo había viajado y trabajado algunos meses en Europa, después se había instalado a vivir en Nueva York y conseguido una plaza temporal de profesor en una universidad del Bronx.

Tartufo los recogió del aeropuerto Kennedy en su Fiat rojo. Le dijo a Alexei que lo compró porque le recordaba el auto con el que ambos habían recorrido las playas brasileñas bajo la consigna de “una playa distinta y una mujer para cada día del verano” cuando eran dos amigos viajando por primera vez por Sudamérica. Tartufo se enamoró de Tache al conocerla, la primera mañana de carnaval y Alexei se enamoró de la mejor amiga de Tatiana: Mirelle. Unos días después, Tartufo se despidió de Tache para regresar a su país, con un primer tímido beso en la boca sin sospechar que no la vería por muchos años. Tampoco contaba con que el correo perdería el paquete inmenso con cintas de audio, videos y cartas que Tache le prepararó. Las cartas incluían una lista de todas las palabras groseras en el idioma portugués y una relación de los lugares del mundo a donde le gustaría viajar acompañada por él. En la cinta grabada Tatiana cantaba la canción Magdalena, la triste melodía que tararearon a dúo caminando abrazados por la playa donde recibieron juntos el amanecer del sábado de carnaval.

La noche previa a la llegada de los hermanos Gil a Nueva York, Tartufo había visitado a una amiga que acababa de dar a luz en una clínica de Manhattan. Ante su sorpresa el doctor era Antonio, al que no veía desde el colegio. Lo invitó: “Voy a llevar a unos amigos brasileños al bar Pizeli me gustaría los conozcas.” Antonio llegó tarde, para la tercera ronda de cervezas. Agregaron una silla a la mesa pero a Tache le disgustaba el aire frío que entraba por la puerta. “Tartufo te cambio de lugar,” suplicó Tatiana. Minutos después entraron los asesinos.

Tatiana y Alexei se quedaron dos días más para el entierro. Desde Brasil su madre les recordó entre sollozos que había vaticinado algo terrible para ese viaje preparado con tantos meses de anticipación. De Tartufo ella solo recordaba sus ojos bondadosos y una mochila gigante que cargaba a la espalda al llegar con sus hijos de la playa y que debía de pesar el doble que él. Recordaba además los comentarios entusiasmados de sus hijos acerca del peruano que se expresaba en portugués masticado y caminaba descalzo por las calles de Porto Alegre.

Alexei lo había conocido en un albergue juvenil en Viña del Mar, regresando de conocer Machu Picchu. Cargaba una maleta llena de baratijas compradas en el mercado inca de Pisac y una viejísima guitarra en la que interpretaba melodías quechuas aprendidas de un músico callejero del pueblo de Chincheros. Para Tartufo, Viña era la escala inicial en su primer viaje de mochilero por la geografía sudamericana. Salieron a la noche, a comer y a beber, con un grupo de argentinos y un belga ecologista demasiado preocupado por la cantidad de servilletas que utilizaban para limpiarse: “Cada servilleta es un árbol que muere en el Amazonas”, decía. A las cuatro de la mañana, borracho, Alexei gritaba por las calles de Viña a voz en cuello, la primera palabra en portugués que aprendió Tartufo: “Buceta”.

Tartufo y Alexei viajaron juntos hasta Buenos Aires. Al llegar a la frontera brasileña se separaron porque Alexei tenía que alcanzar a unos amigos en Florianópolis y Tartufo quería conocer Río de Janeiro. “Ve a Río, pero no pases el carnaval allí. Llámame para encontrarnos en Florianópolis. De allí vamos en mi auto hasta la casa de mis amigos en el litoral de Porto. Vas a pasar carnaval con mi gente.” Tartufo vivió dos semanas en Río y luego partió hacia el sur. Se encontró con Alexei y se turnaron conduciendo el viejo Fiat hasta la playa donde su hermana Tache y los amigos los esperaban. Tatiana ayudó al peruano a disfrazarse para el primer desfile de carnaval. Tartufo marchó por las calles del balneario disfrazado de brujo macumbero y entonando una sencilla melodía que Tatiana le enseñó. Tache iba al frente del desfile, disfrazada como la reina del grupo. Quedan muy pocas fotos de ese carnaval, pero en ellas siempre aparecen ambos abrazados y sonriendo.
Antonio, como médico, pudo entablar alguna conversación profesional con los brasileños durante el velorio. Pero ésta siempre acabó en detalles que no conocía de la vida Tartufo. El entierro fue tenso, sobre todo por los familiares que llegaron de Lima la tarde previa queriendo saberlo todo. Los padres no preguntaron nada pero los hermanos fueron un poco hostiles. No bastó que Antonio les dijera que no lo veía desde el colegio, que lo encontró la noche anterior en una sala de partos, que previamente no tenía ni idea que Tartufo vivía en Nueva York. Querían saber si había visto las caras. “¿Llevaban el rostro descubierto? ¿Dijeron algo?” “Claro que llevaban el rostro descubierto” respondió Antonio. Y sin embargo no se explicaba como ninguno de los testigos del bar, ni él ni los hermanos Gil habían podido colaborar en la elaboración de los retratos hablados. “¿Y dijeron algo? ¿Dijeron algo?” preguntó acusador el mayor de los hermanos, apuntándolo con el dedo medio. Antonio no supo qué responder.

Acompañó a los brasileños al aeropuerto y a los padres de Tartufo que le encargaron algunos trámites sencillos para la repatriación de los restos de su hijo. No pudo dormir bien durante varias noches luego del entierro. Dos semanas después del asesinato, Antonio despertó a su mujer con los gritos que profería en medio de una pavorosa pesadilla. “¿Qué decía?”, preguntó Antonio. “No lo sé. Era como si hablaras otro idioma, algún idioma antiguo”. Antonio se levantó más temprano que de costumbre y salió a caminar por el malecón del río Este. Recordaba alguna de las palabras de sus pesadillas y la voz gutural proveniente de unas bocas resecas, de las gargantas detrás de unos cercos de dientes amarillentos. No podía estar totalmente seguro de las palabras pero sí de otro detalle que lo aterraba tanto o más que la posibilidad de conocer la frase que creyó haber escuchado esa tarde en el bar Pizeli entre el ruido colérico de las metralletas: Veía en la pesadilla, delineados, casi como fotografiados, los rostros arrugadísimos y furiosos de las tres asesinas.

>Hijos

>

Eran tres hijos
y a los tres heredaría
un imperio ensangrentado.

Dos han salido lisonjeros
El menor: un atrevido.

Mira los ojos, mira los ojos, mira los ojos
El sonido fulminante de una escopeta
Mira como pasa el ciclón, las flechas

Ese cielo limpio, claro.
Una mano de amor
Un susurro de padre a hijo.

Nada vive en la tragedia
muere el guerrero, mueren los hijos
muere el boceto de William por órdenes
de Kurosawa.

Amar a Ingmar

Tres hermanas tres
las lágrimas rojizas
descienden por la pálida piel
de Anna.
Ojos grandes como sus senos, inmensos
maternos, robustos,
llenos de dicha.

Agnes a punto de morir
los tres juntos otra vez
en la casa de madre
el columpio
de niña osabas espiar.

¿Por qué me besas?
¿Por qué tus labios corren rápido hacia mi boca?
¿No sabes cuánto te odio?
¡Cuánto destesto tu estúpida felicidad¡
Tu sonrisa sin complejos, post-histórica.

El hombre le teme a la muerte
y somos tres hijas temiendo la suya
a las dos nos ha dejado la casa, el poder sobre Anna
a la más débil le ha quitado todo
¿Qué te hizo Agnes, Ingmar?

Corte a rojo. Nostalgia. Lear. Poder.

Hamlet segun Auden y la muerte de un vendedor

En el libro acerca de sus conferencias en Nueva York sobre Shakespeare, Auden hace precisiones sobre el valor de Shakespeare en Hamlet como medio de experimentación con el verso y con la prosa. Según Auden: Shakespeare, aburrido porque las comedias ya las escribe demasiado bien y fácil, intenta experimentar con el personaje trágico. No es una obra bien lograda ni un personaje que le satisfaga completamente cuando es representado. Y tal vez, explica el poeta, a eso se deba que se haya tomado tanto tiempo para escribirla.
Lo que sí queda claro es que el período comprendido entre 1601 y 1608 es el que cambia para siempre la historia de la literatura, pues fue en ese breve lapso que Shakespeare escribe Macbeth, Othello, Hamlet y King Lear.
Es interesante que esta mañana en tro otexto haya llegado al mismo punto del aburrimiento como tema. Se trata del ensayo de Montalbetti sobre las pinturas de Jorge Cabieses en que enumera las características del hombre post-histórico, es decir del nacido luego del final de la historia. La más importante es el aburrimiento, y de ese aburrimiento ante todo nace un vacío que es representado mejor que nada por la sonrisa tonta que el hombre pone sea frente a Cristo o ante la publicidad de Mc Donalds o ante el prospecto de una vida mejor. La sonrisa tonta es el elemento que usa Montalbetti para cerrar su ensayo. Camilo decía que este ensayo le había fascinado. Montalbetti escribe usando mucha información y contexto y estableciendo ideas claras que se concatenan párrafo a párrafo. Es una escritura creativa, bien escrita y bien sustentada.

La clase de hoy fue sobre La muerte del vendedor y una discusión más o menos extensa y no muy entretenida sobre los valores relacionados en EEUU con el éxito. El éxito y el dinero. Si van juntos o no. La crisis de la familia, si la esposa tiene que ser solo esposa o no. Y el personaje principal Willy Loman, que es un perdedor porque decide serlo, porque no cambia con los tiempos y porque tiene demasiado orgullo metido como para aceptar sugerencias y ofertas de trabajo de personas a las que considera inferiores a él.

Apenas Hamlet

Esta mañana he terminado de leer Hamlet, Príncipe de Dinamarca. Es una de las tragedias más alabadas de Shakespeare sin embargo al terminarla queda uno con la sensación si se trata de una tragedia o sino es más bien una burla de lo que es una tragedia. Todas las muertes una tras otra: Polonius, Ophelia y al final en una seguidilla Gertrude, King Claudius, Laertes y Hamlet. Todos ellos empujados por la maldición del fantasma todos ellos muertos por casualidades, por equivocaciones, por torpezas.
No sé si es el espíritu con el que he leído Hamlet, pero no ha resonado en mí con la misma fuerza que Shylock cuando clamaba por sus 3000 ducados. Hay líneas brillantes, ciertamente el diálogo implica que relea una y otra vez todo Hamlet para entender toda la resonancia y todo el alcance de sus palabras. Pero como obra trágica, está resuelta-me parece- de un modo o burlesco. Esto es tragedia, que todos mueran, pues vamos a matarlos a todos. el personaje que brilla en toda la obra el único cuyo intelecto es incluso capaz de haber creado todo este drama para exaltarse a sí mismo es Hamlet. Hamlet, obra de Hamlet, y no olvidemos también que puede ser el fantasma del hijo del dramaturgo, al que el nombra en su honor, y la imaginación de Shakespeare que viaja a encontrarse con su hijo, poniéndole toda la sabiduría intelectual adquirida en un marco trágico donde Hamlet brille. Por otro lado no veo ninguna escena absolutamente memorable a no ser por los diálogos. Ninguna que tuerza la historia radicalmente como lo hace Portia en El mercader de Venecia o Ricardo III cuando decide la suerte de sus sobrinos.
Ayer estuve leyendo Miller, la “Muerte de un vendedor ” que le da vueltas a los temas del Gran Gatsby, el sueño americano, la felicidad a través del dinero, la unión familiar. Me hizo recordar demasiado a la desintegrada familia de The Corrections, tal vez por el padre en problemas, y la madre que trata de juntarlos a todos para que se despidan de su padre en gran forma. Pero Frazen me parece superior. El papel de las mujeres en la literatura de Estados Unidos otra vez no queda muy bien parado. Creo que solo Henry James ha conseguido personajes femeninos en la literatura de Estados Unidos que se eleven por encima de la mediocridad.
Ayer las conversaciones con Adelle fueron muy instructivas acerca de esto y las convenciones y el complejo edípico presente en Hamlet. No está, no lo veo explícito. Por otro lado Edipo nunca amó a su madre conscientemente, pues nunca supo que ella lo era sino cuando le fue revelado y entonces empieza la tragedia, tras la revelación del cruce de destinos de Edipo y su mujer-madre. En Hamlet no sucede nada parecido.
Adelle es genial. Aún no puedo olvidarme de la sonrisa de Gretty y sin embargo estoy pensando en Adelle. ¿Y Rachel? Ambas estaban preciosas. Lindísimas. ¿Y Stephanie? Una cerveza en el Galaxy y otras dos en Cider. Vuelven mis deseos vegetarianos, hemos quedado una vez a la semana. Por otro lado qué fascinante el viaje desde Brasil cruzando el Amazonas hasta Caracas. Qué inteligente, amante de los viajes. ¡Judía! Ambas bueno.
Y la mujercita iba por la vereda camino al Oyster Bar. Con su chalequito cerrado, los ojos brillantes y mirando a sus pies. Y va a estudiar periodismo dice, aunque su especialidad sea antropología. Stephanie es psicóloga pero estudia trabajo social.

Las máscaras y los nortes del último copista -Vigilia de los Sentidos de J. Wiesse

Durante las ultimas dos semanas he estado bosquejando esta reseña sobre el libro de poemas de Jorge Wiesse . El jueves envíe el artículo a Hueso Húmero y Abelardo Oquendo aprobó su inclusión en la revista de diciembre.
Me ha costado mucho trabajo y he recibido orientación de Camilo y ayuda del propio Wiesse cuyo artículo publicado en Hueso Humero 38 más o menos delineaba los objetivos de su poemario.
Acá transcribo la reseña:

Las máscaras y los nortes del último copista
UIises Gonzales

Vigilia de los sentidos es el primer poemario de Jorge
Wiesse. Consta de dos partes. En la primera, titulada
“Personæ”, Wiesse ha juntado 26 poemas, en su mayoría
sonetos. La segunda, titulada “Nortes”, comprende
siete composiciones de distinto metro, agrupadas por
temas, que aluden a distintas zonas geográficas
(“Apuntes toscanos”, “Diario romano” o “Lima”). La
primera parte es producto de la intensa relectura de
la Comedia y al mismo tiempo es un homenaje a Dante,
la segunda es un tributo al territorio de la infancia,
los amigos y la familia. Según el autor, tanto la
Comedia como un viaje de retorno al norte peruano de
su niñez fueron las causas de estos poemas. Al final
del libro se incluye una sección de “Deudas
advertidas”, casi siete páginas en la que Wiesse
detalla las diversas fuentes de inspiración de sus
versos. Vigilia de los sentidos es el primer libro de
una trilogía de cien poemas –como son cien los cantos
de la Comedia– cuyo título alude a una frase
pronunciada por Odiseo al descender al Purgatorio en
una escena figurada por Dante.

Vigilia de los sentidos es una respuesta a Dante en la
línea de la teoría de la crítica responsable de George
Steiner. Según Steiner, la mejor respuesta posible a
una obra artística es otra obra artística. De la
Comedia, Wiesse ha tomado: una línea declamada por
Ulises en el Canto XXVI del Infierno: “questa tanto
picciola vigilia d’i nostri sensi”, un epígrafe al
principio de “Nortes”, algunas escenas (como la de
Odiseo) y un personaje (Pia dei Tolomei). Pero lo más
importante ha sido la apropiación del estilo de Dante.
Borges decía que una de las principales marcas del
estilo dantesco era la capacidad para retratar
personajes con la mínima cantidad de palabras posible.
Al interrogar a Dante, Wiesse solo pretendía conocerlo
mejor, pero al apropiarse del estilo ya todo era
posible. Es como aquella aventura imaginada por Neil
Gaiman en The Sandman, en la que un escritor compra
como esclava a Calíope. Al tener a la musa de la épica
consigo, el escritor empieza a pensar con la magnitud
de Homero.

Varias máscaras con las que se ha confrontado Wiesse a
lo largo de su vida –al menos las que más lo han
conmovido– están detalladas en la primera parte de su
libro: “Personæ”. Wiesse convoca en el título y en la
ambición a Pound. Al igual que el viejo Ezra, escoge
sus personajes dentro del universo de los clásicos y
los hace hablar. Así imagina las palabras de la
hermana de Antígona, que en los exteriores del palacio
real de Tebas proclama las penas de su trágica
cobardía en “Lamento de Ismene”:

Paz, paz y aquellas sospechas violentas
Con que el tirano en confundir insiste
Mi cobarde lucidez y mi pena
Estéril? ¡Ah cabecita! Tú sigues

Serena en la eternidad del gran gesto
Mientras yo quedo amasando en los hornos
El pan oscuro de la vida. Muertos

Ya mi afán y mi linaje le robo
Al silencio estas voces y regreso
A mi papel: a lo blanco, a lo anónimo.

Wiesse resucita la voz de Ismene como si se tratase de
uno de los personajes de Lee Masters en el cementerio
de Spoon River, aludiendo a imágenes de Sófocles, pero
robándole líneas a Vallejo (“yo que me quedo amasando
en los hornos, el pan oscuro de la vida”). En otro de
estos sonetos (“A Grete”) Wiesse imagina el discurso
de la cucaracha que se arrastra mientras deja en el
suelo la grosera marca de su baba e intenta recrear la
voz sibilante del metamorfoseado Gregorio Samsa
invocando a su hermana:

Supuro sanies, sanguaza y saliva
Saburrosa– y un siseo sinuoso
que sale de mi sámago y es zonzo
Socolor, sucia sanguaraña cíclica.

Solo esta soflama, ya sibilina,
Te silbo: Será mi serga el solo
Serpeo con que el sanedrín silvoso
Me sancionó, y tu seca sevicia.

Wiesse utiliza los clásicos para generar cruces
intertextuales, a los que enriquece con sus
experiencias con la música, el teatro, la ópera, el
cine, el ballet, la fotografía y la pintura. En este
proceso de contaminación, el texto original se
enriquece con lecturas posteriores, a la manera de los
copistas medievales que iban agregando notas al margen
a sus nuevas copias. Ha escrito Wiesse que su mayor
goce como artista, “su epifanía lírica”, la encuentra
en el momento en que los textos se contaminan (“Dante
y yo. Del fuego a las cenizas”, Hueso Húmero 38).
Agreguemos que los epígrafes funcionan en este libro
como claves del proceso de contaminatio. Son una
invitación al lector, quien conociendo los textos
utilizados para el cruce intertextual puede disfrutar
del proceso creativo. Como en el poema “Balcón de
Julieta”, en el cual Pedro Salinas, Sergei Prokofiev y
los bailarines Alessandra Ferri y Wayne Eagling leen
el texto de Shakespeare y lo interpretan. En este
poema es Wiesse, imaginándose como el último copista,
quien fusiona las sensibilidades únicas del teatro, la
música y la danza y las moldea para que encajen en la
perfecta arquitectura de su soneto:

Vamos en luz buscando nuestra ruta
Por la región del aire. Confundidos,
Se sumen los neblíes; y la luna,
Perpleja, retira sus rayos fríos.
Atrás quedan la noche, las historias,
Los nombres. Sólo tú y yo, horizontes
Finales de nosotros mismos, formas
De unos sones que lucen bien sus goces.
Somos el blanco y la flecha y el arco
Y el ojo; somos la piel y los pulsos;
Somos los cuerpos que el viento calzaron
A sí; somos este aquí y su futuro…

Vendrá el silencio a reclamar su cuota:
Y se hará la música que nos nombra.

Si bien en “Nortes”, la segunda parte del libro, las
referencias a otras obras artísticas no son tan
abundantes como en “Personæ”, el esplendor y la
riqueza de la literatura se manifiestan en la idea
magnífica que los agrupa: en “Nortes” Wiesse se ha
transfigurado en el marinero griego que vuelve a casa
tras muchos años, cubierto de nostalgia, para
narrarnos sus viajes. Pero este viajero, diestro en el
uso de la lengua, carga consigo el don del estilo
dantesco. Para este juego de personajes
desenvolviéndose en tiempos y geografías distintos
resulta más que apropiado el epígrafe de Borges al
principio de “Nortes”: “…Esa Ítaca de verde
eternidad…”

En “Nortes” hay referencias peruanas e italianas. Las
italianas están agrupadas en “Roma” y en “Apuntes
toscanos”, donde se perciben las escenas más
románticas (caminatas por Roma, sensaciones eróticas
al lado de las fuentes romanas o bajo la sombra de las
colosales estatuas y monumentos). Las referencias
peruanas tienen que ver con el norte del país, a
excepción de “Lima”. El norte peruano es
reinterpretado y contaminado a través de los poetas
que Wiesse admira. Como “Puquio de Sausalito”, que se
declama con el tono elegíaco de Whitman (“Me llaman
por él, por él te invoco”) aunque en una de sus líneas
aparezca Machado (“crepúsculos sucios”) coloreado con
los nombres autóctonos de plantas y de parajes
baldíos. Con préstamos y datos autobiográficos Wiesse
escribe estas bellísmas líneas:

Mis nortes son siempre regresos
A la tierra nunca bien habitada
En que los desiertos sueñan
Con prados verdes
Donde el rumor del agua
Resuena en el gorjeo del pájaro

Y donde los sauces, los guarangos y los algarrobos
Filtran la luz de lo definitivo.

Toro de puquios y de huacas,
Dragón de papel y melancolía,
Ángel de raídas Huamanzañas,
Te he abrazado en ese confuso paraíso:
Se han apagado los crepúsculos sucios
Y me he llenado de auroras

En El canon cccidental Harold Bloom declara que uno de los motivos para elaborar un canon es la necesidad de concentrarse en la relectura de ciertas obras literarias ante la imposibilidad de leerlas todas. El apéndice “Deudas advertidas”, donde se encuentran creadores tan distintos como Mozart, Yourcenar, Fellini, Dinesen, Vallejo o Watanabe, es también un canon propio y a la vez una invitación del autor a compartir su universo lúdico, germen de este libro de versos que por su ambición y complejidad sitúa a Wiesse en la sagrada y breve línea de los poetas trascendentes.

Carátula del poemario Vigilia de los sentidos, Lima 2005


Vigilia de los sentidos. Editorial Laberintos, Lima,
2005. 107 pp.

Carboncito 8


Renso Gonzales escribe en el editorial del Carboncito 8 que uno de los comics que más lo ha hecho cagarse de risa es El hombre Araña en Resinápolis. Carboncito 8 me llegó el jueves y leer eso me ha emocionado. Además en el comic del perro Lito, con una fiesta donde participan diversos personajes del cómic nacional, fue extraño ver también al Hombre Pus detrás del sofá y luego robándose un jonca de chelas. Extraño al Hombre Pus.
El comic publicado en este número lo hice hace como tres meses. Es una mezcla de influencias de cine, el filme El Perfecto Humano de Von Triers, Corto Maltés y The Sandman. Pus es un inmigrante ilegal más cruzando la frontera por el desierto, y sobrevive a la noche y la persecusión de los agentes de frontera para encontrarse con una mesa de ajedrez donde se juegan una partida Corto Maltés y la Muerte (el personaje de Gaiman, una mujer)
Además me llegó la última edición del Crash Boom Zap. Creo que hay que hacer algo juntando todos los ingredientes. No sé exactamente qué todavía. Pero algo hay que hacer. Me he cagado de risa con la versión del perro Lito y la chola Jacinta. Todavía se puede hacer buen comic subterráneo en el Perú.

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