Frente a nuestra casa había un olivo. Lo plantó mi abuelo con una rama que se trajo de su chacra cuando yo era un bebé y él vino a visitarnos. Ya tendría yo 10 años cuando aparecieron en la puerta los de una iglesia y nos pidieron permiso para podar unas ramas que usarían en la Semana Santa. Cortaron unas aquí y unas allá, bendijeron el árbol y regresaron por más al siguiente año. Y así.

Tengo una sola foto del olivo. Mi hermana se he trepado entre sus ramas y sonríe.

Mi abuelo también plantó un ciruelo y un durazno. Mi hermano y yo jugábamos ahí al fútbol y los troncos eran los postes del arco.

El olivo creció solo frente al rompemuelles que teníamos en la pista. A veces mi madre dejaba la manguera con un chorrito de agua para que se regara. Era una manguera vieja y fea porque alguna vez dejó allí una hermosa con un aparato de metal que dispersaba el agua y se la robaron.

La casa son tres pisos sólidos, amurallados Ahí entrábamos bien todos hasta que los hijos nos compramos autos para ir a trabajar. Mi madre decidió que frente a ese olivo podía abrir otro portón, un garaje para que nos estacionáramos adentro. No se puede dejar un carro solo en esa calle y mi madre es práctica. Así que mandó a cortar el olivo.

A veces los jardineros del barrio arrastraban sobre la vereda de la calle Los Químicos las matas y los troncos que podaban envueltos con unas telas enormes. Doblaban con ellas por Los Forestales, cruzaban la pista y arrojaban el contenido de las telas en el descampado al centro de la Avenida Javier Prado.

No sé quién cortó el olivo que plantó mi abuelo. Quizás un jardinero se llevó una ramita, la replantó y creció en algún lugar de Lima. Quizás.