Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

Etiqueta

Novela

La forma de morir

Esta semana he estado leyendo Staring at the Sun, una novela de Julian Barnes publicada en 1986. Lo encontré entre la ruma de libros que ofrece gratis la biblioteca local (porque han sido donados, porque se los dejan semana a semana, en cajas, los usuarios, por motivos diversos: mudanzas, muerte de un familiar, etc.)

Si bien el título de este libro no me decía nada, me lo llevé porque me gusta cómo escribe Julian Barnes.

El personaje central de la novela es Jean Sarjeant, una mujer inglesa de clase media que crece en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Claro que la trama sólo es una excusa para que Barnes deslice en la historia –como lo hace en otros de sus libros– aquellos temas que lo obsesionan. La insatisfacción con la vida es uno de ellos. El otro es la muerte. Más específicamente: la forma de morir.

Por ejemplo, en una pasaje dedicado a explicar cómo Jean, después de ser madre a los 38 años (cuando los doctores le han dicho que ya no es posible), huyendo de su vida anterior y del padre (un policía que ella teme podría perseguirla pero que luego sabemos que que lo único que hace es informarse a distancia por si su hijo, o Jean, lo necesitan), Barnes se detiene a explicar la relación de Jean con los aviones: esos a los que decide subirse para viajar por el mundo cuando su hijo, Gregory, ya está grande.

Jean se obsesiona con visitar las siete Maravillas del Mundo. Y lo hace. Sin embargo la experiencia que reaparece una y otra vez en las páginas de este novela es la de su viaje a la China.

El pasaje de los aviones le sirve a Barnes para hablar de otro tema: los accidentes aéreos. Es decir, la posibilidad de morir en un avión. Barnes nos deja saber, a través de Gregory –el hijo de Jean, ya independiente, vendedor de seguros de vida, de un carácter introvertido y cuestionador– que morir en un accidente de avión es la menos elegante, la más vergonzoza, la más humillante de todas las formas de irse de este mundo.

Es impresionante cómo Barnes se va por la tangente. Es fabuloso.

Barnes utiliza varias páginas para detallarnos ese momento en que el cuerpo de los pasajeros de un avión encuentra su último destino aplastado por la mesa delantera del asiento, sepultado por las maletas de los compartimientos superiores.

You died with a little plastic fold-down table whose surface bore a circular indentation so that your coffee cup would be held safely. You died with overhead luggage racks and little plastic blinds to pull down over the mean windows. You died with supermarket girls waiting on you. You died with soft furnishing designed to make you feel jolly. You died stubbing out your cigarette in the ashtray on your armrest. You died watching a film from which most of the sexual content had been deleted. You died with the razor towel you had stolen still in your sponge bag (98)

Ese ejercicio de pensar en la muerte, lo desarrollará aún más en otro libro que leí el verano pasado: Nothing to Be Frightened Of.

Tal vez porque até esos dos cables (esos dos libros) escribí esta entrada.

La novela me hizo pensar en ese otro gran libro sobre la vida, la muerte y el significado del término «eternidad» que es To the lighthouse de Virginia Woolf. Una novela que además se burla, como Barnes, de cualquier pretensión literaria de alcanzar la trascendencia. Woolf ya nos decía que todo desaparece. Que todas las palabras, tarde o temprano, se las lleva el olvido.

La muerte es un tema que a mí también me obsesiona. No con el esfuerzo sistemático de Barnes, pero sí es verdad que, de uno u otro modo, suele aparecer en mis textos. Por ejemplo en este que escribí para la revista QSQOQST, que debería de haber sido sobre la satisfacción sexual pero termina siendo una invocación a la inevitable decadencia del ser humano.

(Recuerdo que al explicar esa obsesión una amiga me recordó que «tengo hijos» como si aquello me impidiera pensar en la forma de irme. También entendí que estas obsesiones no son las de todos nosotros.)

Este verano también leí el largo ensayo sobre Michel de Montaigne How to Live de la inglesa Sarah Bakewell que me hizo apreciar esa otra obsesión recurrente en los libros de Barnes: la insatisfacción con la vida. O mejor dicho: la observación de la vida como lo que es: una sucesión de momentos en los que se intercala lo extraordinario y lo banal, lo superfluo y los trascendental, lo horrible y lo hermoso, lo fascinante y lo trivial.

Bakewell me hizo consciente de lo que La vida papaya en Nueva York le debe a ese caballero francés de fines del siglo XVI que decidió abandonar las obligaciones comunes a su rango y dedicarse las últimas décadas de su vida sólo a meditar sobre la experiencia fascinante que es una vida. La suya.

(Con Cervantes y Proust, Montaigne es una de las tres fuentes de las que bebe la obra de Antonio Muñoz Molina. Lo sé porque Muñoz Molina lo dice en El verano de Cervantes, un gran libro sobre sus lecturas de Don Quijote que me traje de Madrid en junio)

Y ya termino: Julian Barnes está obsesionado con la muerte pero también con la vida.

Quizá valga la pena mencionar aquí aquello que destaca Bakewell de sus múltiples lectura de los Ensayos de Michel de Montaigne y en lo que yo estoy muy de acuerdo (y probablemente Barnes también): Life should be an aim unto itself, a purpose unto itself.

Pensamos en la muerte porque nuestra vida nos fascina.

El pueblo de Veneno

No tendría que pasar algo así solo en el pequeño pueblo de Uruguay que me encontré en Veneno:

El inmigrante llega a la cantina de su pueblo natal. Los hombres que juegan cartas pretenden no reconocerlo. El personaje, Tapita, pone un billete de diez dólares sobre la barra y el cantinero le dice que se los acepta «solo si ya se va».

«Vivo en Nueva York hace trece años», le dice Tapita a un borracho que lo mira con sospecha y que luego se retira, como si Tapita fuera un apestado, como si algo no estuviera bien en que un hombre de Toledo, ese pueblo de polvo uruguayo, viviera tan lejos de allí.

Tantos lugares que se sienten como pequeños y barridos por el tiempo cuando uno se va. Solo recobran su importancia cuando uno descubre que sin ese lugar no seríamos nada. Tal vez por eso el apuro en sembrarse otra vez, en echar raíces. Porque si no el inmigrante se siente como un árbol al que han arrancado de la tierra. Un tronco que no consigue estar de pie.

Si bien el evento que da forma a la novela es el asesinato de un uruguayo acusado de incendiar un hotel en Texas, el tema principal de la historia es el desarraigo. Esa palabra tan dolorosa alrededor de la cual Fontana teje la historia del asesino Tapita.

 

 

Primer capítulo La Cólera Funesta, 24 de noviembre

Lo escribí para el Bronx Journal, debería salir en próxima edición. Es el primer capítulo de la novela que pienso escribir sobre el asesinato de Tartufo, que es un tema al que le he venido dando vueltas desde 1999. En esa epoca escribi casi 100 páginas pero no llegué a nada. Ahora tengo una estructura general del libro y espero que eso me ayude a terminar la novela. el título también es tentativo. lo escogí porque son las primeras palabras del canto Uno de La Ilíada.
El final tiene que ver con el motivo del asesinato, que es algo que debo desarrollar en los capítulos siguientes del libro en que sus amigos descubren los hechos que han llevado al crimen y también algunos datos oscuros de la vida de Tartufo en sus viajes solitarios por Sudamérica. los datos encajarán solo en la parte final y la encargada de darle la forma final será Tatiana. el mapa que acompaña el texto lo hice en Illustrator y Photoshop sólo para esta edición del Bronx Journal.

La cólera funesta
Por Ulises Gonzales

El bar está en una de las calles transversales de la avenida Grand Concourse. No
recuerdo el nombre de la calle. Es pequeña y estrecha, no se extiende más de dos cuadras. El bar es antiguo y con muchos detalles de madera que le dan el aspecto de una cantina del viejo oeste. El piso es de cuadrados blancos y negros como los tableros de ajedrez. Esa tarde, en una mesa circular grande de madera descascarada, estaba sentado Tartufo de cara a la puerta, rodeado por la brasileña Tatiana, por su hermano Alexei, compañero de viajes por Sudamérica; y por Antonio, compañero de escuela al que no veía desde los últimos días del colegio. Por las puertas maltrechas, antiguas pero recién pintadas de negro, entraron los asesinos.

Eran tres y vestían de impecable terno gris. Cargaban las ametralladoras como si no les importara que los vieran. A Tartufo se le escapó una mueca grotesca mientras Tatiana daba de alaridos y Alexei se lanzaba a cubrirla. Antonio atinó a tirarse y quedó tendido en diagonal sobre dos recuadros negros. Cuando se terminaron las balas los asesinos corrieron hacia la calle y se perdieron entre los autos estacionados en las callejuelas paralelas. La policía nunca pudo explicar cómo tres hombres armados pudieron escapar sin dejar rastro en las calles ruidosas del Bronx.

El dueño del bar era un italiano viejo llamado Pizeli. Pasada la conmoción de los disparos ordenó cerrar dejando solo a los amigos del muerto. Tatiana lloraba abrazada a su hermano que miraba el rostro de Tartufo buscando alguna clave. Antonio intentaba recordar debajo de la sangre, al compañero al que ayudaba a repartir las caricaturas malditas de los profesores en los últimos años de la secundaria. Tatiana y a Alexei no conocían al Tartufo que él conocía. Él se acordaba de un sujeto pequeño con gafas de marco de carey y muy estudioso. Nunca supo nada del Tartufo viajero.

Los hermanos Gil habían llegado aquella tarde en un viaje que habían ido postergado durante más de una década. Tartufo había ofrecido varias veces, sin cumplir, ir a Brasil para el carnaval. Estuvieron a punto de coincidir en un congreso en Lima que se había cancelado intempestivamente por una crisis política. Después Tartufo había empezado a viajar y había resultado casi imposible ponerse de acuerdo.

Tatiana era alta y delgada y su piel era de un brillante color naranja. Alexei mantenía el pelo largo y la barba descuidada con que Tartufo lo conoció. Alexei y Tatiana eran siquiatras graduados y trabajaban juntos en el hospital más importante de Porto Alegre. Tartufo había viajado y trabajado algunos meses en Europa, después se había instalado a vivir en Nueva York y conseguido una plaza temporal de profesor en una universidad del Bronx.

Tartufo los recogió del aeropuerto Kennedy en su Fiat rojo. Le dijo a Alexei que lo compró porque le recordaba el auto con el que ambos habían recorrido las playas brasileñas bajo la consigna de “una playa distinta y una mujer para cada día del verano” cuando eran dos amigos viajando por primera vez por Sudamérica. Tartufo se enamoró de Tache al conocerla, la primera mañana de carnaval y Alexei se enamoró de la mejor amiga de Tatiana: Mirelle. Unos días después, Tartufo se despidió de Tache para regresar a su país, con un primer tímido beso en la boca sin sospechar que no la vería por muchos años. Tampoco contaba con que el correo perdería el paquete inmenso con cintas de audio, videos y cartas que Tache le prepararó. Las cartas incluían una lista de todas las palabras groseras en el idioma portugués y una relación de los lugares del mundo a donde le gustaría viajar acompañada por él. En la cinta grabada Tatiana cantaba la canción Magdalena, la triste melodía que tararearon a dúo caminando abrazados por la playa donde recibieron juntos el amanecer del sábado de carnaval.

La noche previa a la llegada de los hermanos Gil a Nueva York, Tartufo había visitado a una amiga que acababa de dar a luz en una clínica de Manhattan. Ante su sorpresa el doctor era Antonio, al que no veía desde el colegio. Lo invitó: “Voy a llevar a unos amigos brasileños al bar Pizeli me gustaría los conozcas.” Antonio llegó tarde, para la tercera ronda de cervezas. Agregaron una silla a la mesa pero a Tache le disgustaba el aire frío que entraba por la puerta. “Tartufo te cambio de lugar,” suplicó Tatiana. Minutos después entraron los asesinos.

Tatiana y Alexei se quedaron dos días más para el entierro. Desde Brasil su madre les recordó entre sollozos que había vaticinado algo terrible para ese viaje preparado con tantos meses de anticipación. De Tartufo ella solo recordaba sus ojos bondadosos y una mochila gigante que cargaba a la espalda al llegar con sus hijos de la playa y que debía de pesar el doble que él. Recordaba además los comentarios entusiasmados de sus hijos acerca del peruano que se expresaba en portugués masticado y caminaba descalzo por las calles de Porto Alegre.

Alexei lo había conocido en un albergue juvenil en Viña del Mar, regresando de conocer Machu Picchu. Cargaba una maleta llena de baratijas compradas en el mercado inca de Pisac y una viejísima guitarra en la que interpretaba melodías quechuas aprendidas de un músico callejero del pueblo de Chincheros. Para Tartufo, Viña era la escala inicial en su primer viaje de mochilero por la geografía sudamericana. Salieron a la noche, a comer y a beber, con un grupo de argentinos y un belga ecologista demasiado preocupado por la cantidad de servilletas que utilizaban para limpiarse: “Cada servilleta es un árbol que muere en el Amazonas”, decía. A las cuatro de la mañana, borracho, Alexei gritaba por las calles de Viña a voz en cuello, la primera palabra en portugués que aprendió Tartufo: “Buceta”.

Tartufo y Alexei viajaron juntos hasta Buenos Aires. Al llegar a la frontera brasileña se separaron porque Alexei tenía que alcanzar a unos amigos en Florianópolis y Tartufo quería conocer Río de Janeiro. “Ve a Río, pero no pases el carnaval allí. Llámame para encontrarnos en Florianópolis. De allí vamos en mi auto hasta la casa de mis amigos en el litoral de Porto. Vas a pasar carnaval con mi gente.” Tartufo vivió dos semanas en Río y luego partió hacia el sur. Se encontró con Alexei y se turnaron conduciendo el viejo Fiat hasta la playa donde su hermana Tache y los amigos los esperaban. Tatiana ayudó al peruano a disfrazarse para el primer desfile de carnaval. Tartufo marchó por las calles del balneario disfrazado de brujo macumbero y entonando una sencilla melodía que Tatiana le enseñó. Tache iba al frente del desfile, disfrazada como la reina del grupo. Quedan muy pocas fotos de ese carnaval, pero en ellas siempre aparecen ambos abrazados y sonriendo.
Antonio, como médico, pudo entablar alguna conversación profesional con los brasileños durante el velorio. Pero ésta siempre acabó en detalles que no conocía de la vida Tartufo. El entierro fue tenso, sobre todo por los familiares que llegaron de Lima la tarde previa queriendo saberlo todo. Los padres no preguntaron nada pero los hermanos fueron un poco hostiles. No bastó que Antonio les dijera que no lo veía desde el colegio, que lo encontró la noche anterior en una sala de partos, que previamente no tenía ni idea que Tartufo vivía en Nueva York. Querían saber si había visto las caras. “¿Llevaban el rostro descubierto? ¿Dijeron algo?” “Claro que llevaban el rostro descubierto” respondió Antonio. Y sin embargo no se explicaba como ninguno de los testigos del bar, ni él ni los hermanos Gil habían podido colaborar en la elaboración de los retratos hablados. “¿Y dijeron algo? ¿Dijeron algo?” preguntó acusador el mayor de los hermanos, apuntándolo con el dedo medio. Antonio no supo qué responder.

Acompañó a los brasileños al aeropuerto y a los padres de Tartufo que le encargaron algunos trámites sencillos para la repatriación de los restos de su hijo. No pudo dormir bien durante varias noches luego del entierro. Dos semanas después del asesinato, Antonio despertó a su mujer con los gritos que profería en medio de una pavorosa pesadilla. “¿Qué decía?”, preguntó Antonio. “No lo sé. Era como si hablaras otro idioma, algún idioma antiguo”. Antonio se levantó más temprano que de costumbre y salió a caminar por el malecón del río Este. Recordaba alguna de las palabras de sus pesadillas y la voz gutural proveniente de unas bocas resecas, de las gargantas detrás de unos cercos de dientes amarillentos. No podía estar totalmente seguro de las palabras pero sí de otro detalle que lo aterraba tanto o más que la posibilidad de conocer la frase que creyó haber escuchado esa tarde en el bar Pizeli entre el ruido colérico de las metralletas: Veía en la pesadilla, delineados, casi como fotografiados, los rostros arrugadísimos y furiosos de las tres asesinas.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑