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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Westchester

Malditos vecinos

suburbios y arboles

Aquello de que las buenas cercas aseguran los buenos vecinos se debe aplicar solamente a quienes no tienen un árbol.

Hoy, a pesar de buenas intenciones y de constante cuidado , los vecinos que colindan con mi propiedad han invocado al infierno por culpa de una rama y dos arbolitos.

Desde que vivo aquí, la vegetación ha impedido que preste mucha atención al desorden que es la apariencia de las casas vecinas. Mis árboles, que los antiguos dueños colocaron en puntos estratégicos, si bien en invierno parecen simples adiciones (bellas) al paisaje de la casa, en el verano, cuando las hojas los cubren, nos brindan privacidad: uno de ellos impide que la ventana del baño se luzca frente a la ventana de nuestros vecinos, otro árbol impide que el interior de la sala se vea desde la calle.

Privacidad. Una palabra que nunca pensé encontrar asociada a la palabra árbol, acostumbrado como estaba a los cuadrados angostos de mi barrio de Lima, a los cercos de concreto con rejas, clavos, púas, trozos de botella y cables eléctricos entre los cuales crecimos.

Sin embargo, a principios de julio, un hombre de rasgos orientales que dice llamarse Hai (tal vez Hi) se mudó a la casa detrás de la mía y tuvo la brillante idea de reducir sus costos de mantenimiento deshaciéndose de los árboles de su jardín. Cuatro viejos pinos gigantes fueron derribados en el lapso de algunas horas. El espectáculo que dejaron fue macabro: raíces que se extendían por el jardín sin vida, sosteniendo muñones de troncos.  Además, la masacre había dejado al descubierto una casa cuya apariencia exterior es lamentable: paredes sucias y descascaradas, puertas roídas por el uso, techos que requieren reparación.

Ahora, en vez de los árboles que recreaban un paisaje campestre – en este barrio donde la ciudad empieza a convertirse en bosque– podemos ver, desde las ventanas de nuestra casa, una estructura sucia, un jardín de tierra y los residuos dejados por el arboricidio.

Además, los jardineros contratados por Mr. Hai nos donaron una rama quebrada: nuestro árbol, cuyas hojas crecían allá en la altura enredadas con los pinos, de algún modo fueron jaladas o golpeadas al momento de la masacre. Tres días después una de ellas cayó sobre el cerco que divide a Hai de sus vecinos, los G___.

Los G___. Recién esta semana he conocido el apellido de los vecinos, porque llegó una carta, en realidad una fotocopia de una carta certificada, con sello de recibo del municipio. En esa carta, la señora, el señor y los niños Glazier –pues The G____ Family figura como el remitente– dicen que la rama se cayó porque nuestros árboles están enfermos. Solicitan eliminarlos porque presentan signos de deterioro, en especial las dos hermosas ramas que cruzan el cerco y cuelgan sobre su territorio.

Debo decir, que la casa de la familia G___ es tan fea como la del Sr. Hai. Su techo está tapado por una lona de plástico y su cerco de madera hace años que luce descuidado y a punto de colapsar. La señora G____, casada con un baterista cincuentón y dueño de un negocio musical venido a menos (lo digo basado únicamente en la apariencia de su casa, podría estar muy equivocado) es una mujer de raza negra nacida en la Provincia Constitucional del Callao. Sí, en este pueblo a 40 minutos de Manhattan, como probándome que las malas costumbres te siguen alrededor del mundo, la bruja G___ es peruana.

Lo supe hace tres años cuando vino a tocar la puerta para quejarse de otra rama que había semi colapsado y amenazaba la integridad de su jardín (los G__no tienen árboles, ni siquiera arbustos. Su patio trasero podría estar ubicado en un barrio sin lluvia de Lima) Teníamos tres meses viviendo en la casa, pero doña G__ nos torturó hasta que nosotros pagamos para que la rama sea removida, si bien nuestros abogados nos previnieron que el costo de remover ramas tenía  que ser cubierto por los G__ . Entonces nosotros queríamos ser buenos vecinos. Hoy la llamo bruja y me parece un término bastante conservador.

Un inspector de la ciudad nos visitó para verificar el reclamo. Constató que nuestros árboles lucen mejor que la casa de los G__: frondosos y saludables. Desde la cerca que nos divide, debajo de las ramas en conflicto, miramos juntos la descuidada propiedad de los G___ y decidimos que nuestros vecinos no tenían sentido de lo que lucía bien y mal. Lo de Hai le provocaba al inspector el mismo disgusto que a nosotros. Nos contó su propia historia con vecinos insoportables: uno de ellos asesinó su cerco vivo rociándole químicos a las raíces. El vecino vendió la propiedad y se mudó a Miami dejándolo con una rabia atracada en la garganta que después de muchos años aún no se le pasa.

En estas semanas, dos expertos han revisado nuestros árboles y han declarado por escrito que crecen en buen estado y que merecen larga vida. Se podarán –como lo hemos hecho antes– las ramas muertas, las que podría llevarse el viento. El resto seguirá creciendo, dándonos sombra, protegiendo nuestro derecho a ignorar un tantito la vida privada de nuestros vecinos. Se les ha protegido con un líquido que bloquerá el impacto de las bacterias; la semana próxima un hombre araña se colgará entre sus ramas para colocar un cable que impida que las ramas en algún momento se abran demasiado y colapsen.

Me gustan mis árboles. Me preocupa que mis vecinos se levanten por las mañanas, los vean y encuentren en ellos enemigos. El inspector dice estar de nuestro lado. Nos ha pedido tomar fotos que documenten la desgracia,  que serán incluídas en el expediente para promover una ordenanza municipal que impondrá penas severas para quienes quieran imitar a Hai.

El día en que sea delito atentar contra los árboles, caminaré hasta la puerta de Hai y de G___ cargando una maceta con una pequeña mata. Tendrá una tarjeta y en ella una inscripción breve y cariñosa: Planten más árboles, malditos vecinos.

En la Taconic, pensando en voz alta

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¿Qué me sorprende tanto? Tal vez es el dolor de cabeza, la sensación de agotamiento después de comerme una ensalada. Así es, amantes de los vegetales: La muchacha de la sonrisa bonita me ha preparado una dieta que está supuesta a rebajar el monstruo de 8 libras que se ha ido formando en estos meses sin ejercicio y vida sedentaria. Se ha reducido de tamaño, pero no del modo esperado. Sudo frío en ese angosto baño caliente. Creía ser afortunado: llevé un libro; ha sido peor. No me ha gustado nada de lo que he leído de Diamela Eltit: El cuarto mundo. Tal vez es un momento inapropiado para conocer a una autora de la que tus amigos te han hablado con tanto cariño. Tal vez no:

” Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado, parecía a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional”.

Tal vez la novela mejore. O acabará con mi mala costumbre de coger lo primero que veo de un autor nuevo en el librero.

La música acompaña el camino hasta el Bronx. Son canciones que creía haber perdido. Hay una de Miguel Ríos, viejo rockero cuya música terminé por asociar sólo con los karaokes.

Esta mañana han entrado a mi casa distintas personas, todas preocupadas por hacer mi vida mejor. La más interesante ha sido la que midió mi techo para decidir si es posible instalar paneles solares. Llevaba una gorra de los Yankees y sudaba como un perro. Se tomó el vaso de agua que le ofrecí en unos cuantos segundos y me dijo que él tampoco tenía aire acondicionado en su cocina “¿Para qué?” El otro personaje es Mike, un cincuentón con barba de hippie arrepentido que trabaja para Save A Tree y está dispuesto a salvar a mis árboles por un precio módico.

Vino también un mormón. Un viejo simpático, con una corbata amarrada al cuello, a pesar del calor.  Le estreché la mano y le dije, de la manera más amable, que somos católicos. Ahora que se caiga el mundo –y no mi árbol, que maldice mi vecino porque amenaza con destruír la cabañita de su jardín.

La mejor canción de esta mañana en el auto, por la Taconic Parkway, camino al Bronx: Tweeter and The Monkey Man de los Traveling Wilburys. Es increíble lo que podían hacer Dylan, Petty, Orbison y Harrison juntos.

Ahora, a trabajar.

En Riverdale, el Village y arriba de Yonkers, 8 de mayo


Pol dice que me puedo demorar un poco con el comic. Sabe que los historietistas se toman su tiempo. Salman Rushdie escribe contando pedazos de vida, todos sabemos que la culpa de la mala leche de los londinenses es el clima, asi que Gibreel (Otelo), estrella de Bollywood y a la vez mensajero del profeta, transforma las calles de Londres en una vereda tropical. Chamcha (Iago) ha cambiado el acento anglo por los cachos del diablo, en fin: Todo se transforma. Todo cambia. El mundo same old same old? No no no.

Estamos en la 287 llegando a Port Chester, pero para Frances todo lo que sigue de Riverdale es Yonkers. Lomo fino, helado de piña en piña, jalea mixta. En el nuevo Acuario. Cuenta todo Chino, a ver, ya sale el Token. Pero en digital porque no hay plata, ve tu a saber a donde se fue el dinero. Ahora tengo que escribir la nota sobre Granta y terminar la historia para el curso de Yood.

Le muestro a la clase la fotocopia que me ha llegado, en el sobre con el membrete de la British Library: publicado por Amalia Elguera en The Listener, la legendaria revista de la BBC donde W.H. Auden publicara sus primeros poemas y Virginia Woolf, E.M.Foster, George Orwell y Bernard Shaw colaborararan con frecuencia. Comienza tomar sentido esta vida incompleta. Hay dos grabaciones en la British Library, pero es caro hacer las copias. Elguera lee con una famosa intelectualy periodista londinense.

Ayer hemos estacionado en Bedford Street, no fue dificil. Un sitiecito al lado de la bomba de agua en plena esquina de Commerce. Precioso atradecer en las callecitas del West Village que ahora que lo pienso tienen un airecito a Barranco pero con mejor cielo y mejor luz. Ha llegado el dinosaurio casi una hora tarde, su amigo ha empezado a sudar con un poquito de picante en el tacu tacu. El primer asiento confortable en el Pardos Chicken. Frances dice que la siguiente vez no nos sentamos hasta que nos aseguren el booth. Parece que hay que ir de cuatro a comer al Pardos. Maricucha para Frances, algarrobina para mi. Pisco sour y ensalada con pecanas dulces y bollos de ese pollito que tu me regalaste.

Dice el Mocano que los mexicanos saben bailar salsa. Celebraron todos el cinco de mayo pero la verdad que el barcito en Riverdale Avenue estaba bastante aburrido. Una Guiness y a dormir y el sabado a dormitar. Visiones sobre la mesa del Acuario. Pechos gigantes.

Le digo a Amparo mientras me corta el pelo que ayer Carlos estaba en el sueño presentándome “¿No conocés a las dos artistas?” Y enmedio del sueño las dos mujeres preciosas, sentadas sobre la cama del que antes era mi cuarto en Brooklyn, dando una explicación que al despertarme recordaba palabra por palabra, claro que ya no. Van a remodelar la parada de la 59 y los peluqueros se van a quedar varados por 6 meses. “Apunte mi teléfono, por si se le antoja cortarse el pelo antes”.

El almuerzo en el Whole Foods, “Eso me pasa por ser tan mañosa”, dice Maryneli. En Filadelfia hay una casita donde podemos ir. Y porfa: organicemos las semanas cortas-de lunes a miércoles- para ir de viaje. Kayaks sobre el Subaru ( o bicicletas), camping en la playa, paseos a Maine o trekking en los cerritos de los Adirondack.

En Middlemarch hay mucho que decir entre el doctor Lydgate y el millonario Bulstrode, al que se le ha muerto Raffles. Creo que George Eliot está apurando el paso, no hay muchas de sus frases brillantes. Middlemarch está empapelada con frases hermosas, brillantes, con la filósofa Eliot que habla sobre la vida, la muerte y el trabajo que dignifica o envilece al hombre. En The Great Tradition, Leavis habla de la gran influencia de George Eliot sobre Henry James. Si bien James pretenda que se la ha pasado por alto.

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