Era una calle con un cartelito verde: Singapur Street. En realidad eran unas escaleras que conectaban a la paralela con el parque donde María José estaba filmando. Tenía una cámara un poco pasada de moda. Me recibieron como se hace con los viejos amigos, con buenos abrazos.
Me he olvidado de hablarle esta mañana a las piedras. Me he encontrado con la página 204. He terminado unos logos de Guevara que me han tomado siglos, pero creo que han quedado bien.
Amo el poder. Desciende desde mi columna y palpita en la punta de los dedos con los que escribo mis órdenes, en la garganta con la que las grito, en mis pies que hacen fuerza contra el suelo mientras hablo. Amo todo el aparato del poder.
Con un giro violento le reventó la cabeza con el palo de golf. ¿Por qué? Es lo que todavía se preguntan sus amigos, acostumbrados a sus amables respuestas y a sus aburridas conversaciones literarias. El detective, hombre de cafecito y lengua pausada, el que lo llevó a juicio y le consiguió la pena de muerte fue quien les dijo «a veces pasa», como si se tratase de casualidades con las que debe lidiar todos los días. ¿Y quién sabe? Tal vez. Nadie estaba en la cabeza de Sócrates Gimenez para decirnos lo que le acosó, molestó, lo que lo hizo temblar de furia y decidir estampar el tiro fijo al cráneo con la punta helada de titanio en la sien de su ¿enemigo? Ni siquiera eso, el finadito y Sócrates eran excelentes compañeros.

El candidato republicano no ha entendido lo que la gente pide en este momento: CAMBIO. El ciudadano promedio de los Estados Unidos, el inmigrante que ha llegado en busca de oportunidades, el trabajador de clase media, el intelectual que se preocupa por la imagen de su pais en el mundo, la madre que solo quiere estabilidad y seguridad para su familia, el estudiante que no quiere vivir con la angustia de no tener trabajo o no poder pagarse un seguro medico, el soldado que teme verse envuelto en otra guerra de la que no podrá salir con vida, el ciudadano americano promedio que ha visto como en dos períodos consecutivos el gobierno de George W. Bush ha dilapidado las reservas dejadas por Bill Clinton, envilecido la imagen de Estados Unidos en el mundo, depreciado el dolar, inmiscuido en dos guerras de las que no sabe como salir ni como demostrar los resultados que se habia propuesto conseguir al empezarla.
El gobierno de la bravuconada y el odio, del autosuficiente partido republicano que ha despreciado a todas las instituciones, organismos y naciones del mundo que se opusieron a su mal planeada segunda Guerra del Golfo y su toma de Baghdad, desde las Naciones Unidas hasta Greenpeace. El partido republicano y los ultra conservadores que se han burlado de la Convención de Ginebra y del Protocolo de Kyoto; que han vilipendiado a los pacifistas, a los ecologistas, a los evolucionistas. Maldita sea la hora en que los eligieron los norteamericanos.
El discurso de Barck Obama anoche en Colorado fue claro, inspirado y concreto. Estados Unidos puede ser un mejor país que lo que ha sido los últimos 8 años, Estados Unidos puede ser aún el último refugio de esperanza para quienes llegan a estas orillas en busca de un lugar donde se dignifica a quien trabaja y a quien quiere hacer dinero y prosperar en el campo que desee, en base a esfuerzo y sacrificio.

Desde que me mudé al Bronx, he estado pocas veces en Brooklyn. La más interesante de mis escasas visitas, ha sido sin duda la de esta semana a la casa del profesor Joaquín Martínez.
Es la tercera vez que nos reunimos con él y con Camilo y, para variar, ellos hablaron casi todo el tiempo y yo escuché. Ávido, sintiéndome afortunado, como aquél norteamericano con perfecto español que hace unos años se paró de una mesa contigua antes de retirarse, para saludar y lamentarse, pues había estado durante varias horas «disfrutando de la conversación».
Entre otras cosas, el tema más recurrente fue el de los libros leídos. Como siempre, he hecho una lista de los que me gustaría leer. La reunión anterior fueron The Winter’s Tale , de Shakespeare y Le Planetarium de Sarraute; esta vez han sido El maestro y Margarita de Bulgakov, The History of the Conquest of Mexico de Prescott e Historia de mi vida de Casanova (que ya he empezado).
Joaquín ha terminado de leer el libro de Prescott y parece muy impresionado por el trabajo del norteamericano, quien describe con pelos y señales un país que nunca había visitado, usando gran imaginación y capacidad de síntesis.
Uno de los temas de la conversación, entre muchos otros, fue el de la huachafería. Camilo mencionó un artículo de Vargas Llosa sobre el tema, que hoy he encontrado buscando en Internet: («¿Un champancito, hermanito?»). Me parece tan feliz, que aquí lo copio. Fíjense en el párrafo final, soberbio; y en su mención a Manuel Scorza («en Scorza, hasta las comas y los acentos parecen huachafos»).
Huachafería es un peruanismo que en los vocabularios empobrecen describiéndolo como sinónimo de cursi. En verdad, es algo más sutil y complejo, una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal; quien la desdeña o malentiende, queda confundido respecto a lo que es este país, a la psicología y cultura de un sector importante, acaso mayoritario de los peruanos. Porque la huachafería es una visión del mundo a la vez que una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.
La cursilería es la distorsión del gusto. Una persona es cursi cuando imita algo -el refinamiento, la elegancia- que no logra alcanzar, y, en su empeño, rebaja y caricaturiza los modelos estéticos. La huachafería no pervierte ningún modelo porque es un modelo en sí misma; no desnaturaliza patrones estéticos sino, más bien, los implanta, y es, no la réplica ridícula de la elegancia y el refinamiento, sino una forma propia y distinta -peruana- de ser refinado y elegante.
En vez de intentar una definición de huachafería -cota de malla conceptual que, inevitablemente, dejaría escapar por sus rendijas innumerables ingredientes de ese ser diseminado y protoplasmático- vale la pena mostrar, con algunos ejemplos, lo vasta y escurridiza que es, la multitud de campos en que se manifiesta y a los que marca.
Hay una huachafería aristocrática y otra proletaria pero es probablemente en la clase media donde ella reina y truena. A condición de no salir de la ciudad, está por todas partes. En el campo, en cambio, es inexistente. Un campesino no es jamás huachafo, a no ser que haya tenido una prolongada experiencia citadina. Además de urbana, es antirracionalista y sentimental. La comunicación huachafa entre el hombre y el mundo pasa por las emociones y los sentidos antes que por la razón; las ideas son para ellas decorativas y prescindibles, un estorbo a la libre efusión del del sentimiento. El vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito musical, a tal extremo que se puede formular una ley sin excepciones: para ser bueno, un vals criollo debe ser huachafo. Todos nuestros grandes compositores (de Felipe Pinglo a Chabuca Granda) lo intuyeron así y, en las letras de sus canciones, a menudo esotéricas desde el punto de vista intelectual, derrocharon imágenes de inflamado color, sentimentalismo iridiscente, malicia erótica, risueña necrofilia y otros formidables excesos retóricos que contrastaban, casi siempre, con la indigencia de ideas. La huachafería puede ser genial pero es rara vez inteligente; ella es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa, y, por encima de todo, sensiblera. Una mínima dosis de huachafería es indispensable para entender un vals criollo y disfrutar de él; no pasa lo mismo con el huayno, que pocas veces es huachafo, y, cuando lo es, generalmente es malo.
Pero sería una equivocación deducir de esto que sólo hay huachafos y huachafas en las ciudades de la costa y que las de la sierra están inmunizadas contra la huachafería. El «indigenismo», explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú prehispánico estereotipado y romántico, es la versión serrana de la huachafería costeña equivalente: el «hispanismo», explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú hispánico estereotipado y romántico. La fiesta del Inti Raymi, que se resucita anualmente en el Cusco con millares de extras, es una ceremonia intensamente huachafa, ni más ni menos que la Procesión del Señor de los Milagros que amorata Lima (adviértase que adjetivo con huachafería) en el mes de Octubre.
Por su naturaleza, la huachafería está más cerca de ciertos quehaceres y actividades que de otros, pero, en realidad, no hay comportamiento u ocupación que la excluya esencialmente. La oratoria sólo si es huachafa seduce al público nacional. El político que no gesticula, prefiere la línea curva a la recta, abusa de las metáforas y las alegorías y, en vez de hablar, ruge o canta, difícilmente llegará al corazón de los oyentes. Un «gran orador» en el Perú quiere decir alguien frondoso, florido, teatral y musical. En resumen: un encantador de serpientes. Las ciencias exactas y naturales tienen sólo nerviosos contactos con la huachafería. La religión, en cambio, se codea con ella todo el tiempo, y hay ciencias con una irresistible predisposición huachafa, como las llamadas -huachafísicamente- ciencias «sociales». ¿Se puede ser «científico social» o «politólogo» sin incurrir en alguna forma de huachafería? Tal vez, pero si así sucede, tenemos la sensación de un escamoteo, como cuando un torero no hace desplantes al toro.
Acaso donde mejor se puede apreciar las infinitas variantes de la huachafería es en la literatura, porque, naturalmente, ella está sobre todo presente en el hablar y en el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos, como Vallejo, y otros que los son siempre, como José Santos Chocano, y poetas que no son huachafos cuando escriben poesía y sí cuando escriben prosa, como Martín Adán. Es insólito el caso de prosistas como Julio Ramón Ribeyro, que no es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una extravagancia. Más frecuente es el caso de aquellos, como Bryce y como yo mismo, en los que, pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza en el que hasta las comas y los acentos parecen huachafos.
He aquí algunos ejemplos de huachafería de alta alcurnia: retar a duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula «de» o la conjunción «y» en el apellido, los anglicismos y creerse blancos. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida real; llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y comérselos entre ola y ola; decir «pienso de que» y meter diminutivos hasta en la sopa («¿Te tomas un champancito, hermanito?») y tratar de «cholo» (en sentido peyorativo o no) al prójimo. Y proletarias: usar brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar rock and roll y ser racista.
Los surrealistas decían que en el acto surrealista prototípico era salir salir a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte. El acto huachafo emblemático es el del boxeador que, por las pantallas de televisión, saluda a su mamacita que lo está viendo y rezando por su triunfo, o del suicida frustrado que, al abrir los ojos, pide confesión. Hay una huachafería tierna (la muchacha que se compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar (y organizar) el mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas) parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los espartanos no; entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro. El más huachafo de los de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo es el XVIII y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacre Coeur y el Valle de los Caídos. Hay épocas históricas que parecen construidas por y para ella: el Imperio Bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras huachafas: telúrico, prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre o a una mujer), devenir en, aperturar, arrebol. Lo que más se parece en el mundo de la huachafería no es la cursilería sino lo que en Venezuela llaman la pava. (Ejemplos de pava que le oí una vez a Salvador Garmendia: una mujer desnuda jugando billar, una cortina de lágrimas; flores de cera y peceras en los salones). Pero la pava tiene una connotación de mal agüero, anuncia desgracias, algo de lo que -afortunadamente- la huachafería está exenta.
¿Debo terminar este artículo con una frase huachafa? He escrito estas modestas líneas sin arrogancia intelectual, sólo con calor humano y sinceridad, pensando en esa maravillosa hechura de Dios, mi congénere: ¡el hombre!
– Mario Vargas Llosa. Publicado en El Comercio, Lima, 28 de agosto de 1983. Derechos Reservados.

Jerome Robbins era un genio. Fue un compositor y coreógrafo prolífico: West Side Story, Fiddler on the Roof, Gipsy; por nombrar sus obras más famosas.
El momento negro fue su colaboración con el comité anticomunista del Congreso. Quienes lo conocieron, afirman que el remordimiento lo torturó hasta el día de su muerte, en 1998.
Las coreografías que compuso y dirigió para el New York City Ballet (NYCB) fueron también generosas, y en algunos casos extremadamente entretenidas. Tal es el caso de The Concert (or The Perils of Everybody), considerado por muchos como el ballet más divertido de todos los tiempos.
The Concert, fue el tercer ballet que nos tocó presenciar anoche, parte de un trio compuesto por Robbins utilizando música de Chopin: Definitive Chopin.
Una de mis mejores experiencias en el Lincoln Center.

Poussin’s Blind Orion Searching for the Rising Sun, inspiraría el Endymion de Keats
La exposición de Nicolas Poussin (1594-1665) en el Met de Nueva York es una colección de algunos de los mejores cuadros del maestro francés. Influenciado por las teorías de Leonardo Da Vinci, las pinturas de Poussin se cuentan entre los paisajes más hermosos que han sido pintados.
En uno de ellos, Orfeo deleita a los pastores y pescadores con su música mientras la serpiente amenaza a Euridice; en otro la viuda de Phocion–historia sacada de las Vidas de Plutarco–recoje las cenizas de su esposo mientras personajes anónimos prosiguen con su rutina al borde de un lago. Su tema favorito es el de la desgracia inesperada. Paz y luz llenan el paisaje cuando se asoma intempestivamente la violencia del oscuro infortunio. Poussin gusta representar a la tragedia en forma de serpientes.
Un benefactor italiano amigo del Papa y un banquero francés que le brindó su amistad, hicieron posible la vasta obra de Poussin. Dice la crítica que el autorretrato que el artista le dedica al banquero está inspirado en el concepto de la amistad definido según los ensayos de Montaigne.
Otro de sus cuadros es el retrato de tres monjes meditando frente al crepúsculo al lado del río Anio. Poussin habria querido imaginarse a Horacio, quien se sentaba allí a escribir sus Odas.
There is a theater performance were I kept going but I can’t stay until the end.
Rachel’s sister performs, Laura and other people that I don’t know. I go for a walk with them. We are a big crowd. We are walking on a sidewalk when I felt that somebody knocks on my leg. Sitting on a corner, in shorts and a white t-shirt, there is Mane. She greets me with a big smile. She looks relaxed, like when she went to watch the football games in Mayorazgo.
Outside the school I see the teacher Castañeda, walking slowly towards his car. A big golden minivan. He is mumbling «It is good to be a permanent teacher». I stay a few feet away to see him leaving. When he leaves I am able to see a huge sign printed on the side, two big orchids, and the name of a flower company. «He is the delivery guy,» I think. That makes me sad. The minivan has only one big wheel at each side.
Apparently, one of the teachers is Mr. Monghelli. I remember having seen him entering in one class. In the dream, the idea makes perfect sense.
I enter to the school. I have to take the stairs. It is a black iron staircase. The school is empty, only the acting students are there, sitting around a drawing table, working on a essay that they have to finish.
I go out. There is a big field, full of swimming pools. The swimming pools seem to have been dug on the ground. The water is crispy, there are some leaves and grass floating on the water. I walk, looking at all the pools, when I bump into a couple of friends. One of them have his car parked next to the pools. He offers me a ride. I ask him if I have time for a quick swim. He accepts.
I took off my T-shirt. However, precisely at that moment, the people have finished their gym classes, the waters are murky and there is no room to swim. I kept walking around the field, looking for an empty and clean one. All the pools are full.
It seems that I start walking towards my friend’s car when I felt that someone is throwing rice at me. Standing at a certain distance, there is a group of young men from Yauca. One of them is holding a pair of binoculars. They want me to move my ass because I am ruining the view. I yelled at them, jokingly, that they are a bunch of perverts. Some of them don’t like it, and start reciting loudly some of the lines in my poems where I have references to sex.
I kept walking, listening, interested in hearing them, declaiming my poems.
Camino a paso rápido por la calle 57. Estoy matando el tiempo en el mejor sentido posible. Salgo de mi clase de latín, y me dirijo hacia la estación del subterráneo para tomar el tren hacia Lehman. Ya me han empezado a entregar las primeras páginas que necesitan ser diagramadas para el Bronx Journal.
Según los informes de la radio esta mañana, el clima iba a ser bondadoso. Sin embargo, tengo las manos heladas.
Nunca había entrado al local de Borders en la esquina de la 57 con Park Avenue. Encontré el libro que reseñaron con tanto desprecio en el NY Times Review : My Unwritten Books de George Steiner. Se me ocurre que es posible adaptar ese camino de la envidia de los personajes hacia sus creadores. En la foto de la contraportada se le ve muy viejo al señor Steiner.
Nota, clase de mitología: ¡Qué hija de puta la Venus! Y las hermanas de Psique ¡Pirañas!
White Teeth de Zadie Smith, por recomendación de una profesora feminista de la escuela de idiomas, resultó ser el primer libro en inglés que leí ya viviendo en Nueva York. Me atrae la carátula anaranjada y abro la primera página para encontrar un epígrafe tomado de una novela de E.M. Forster que estuve leyendo en enero: Where Angels Fear to Tread. Leo las dos primeras páginas de la novela y me sorprende la facilidad para leer la misma página que en el 2001 me tomó tanto trabajo. La prosa de Smith es ingeniosa si bien después de haber leído a Rushdie, Smith ya no sorprende.
La diosa me comenta lo que yo ya sé. Hay fuerzas mucho más grandes que la voluntad. Allí no te puede dar apoyo ningún librito de auto ayuda. Pienso en la tarde de ayer, en la otra parada más placentera sobre el grass de Central Park. La vida te entrega sueños y ellos se te van escurriendo conforme caminas. Cuando abres la bolsa para ver los que te quedan a veces sólo descubres el reflejo de tus arrugas.
Martel explica cómo nació Life of Pi: Derrotado y en la India, frustrado al no haber podido darle forma a una novela histórica ambientada en Portugal, se tomaba un café. Se disponía a marcharse cuando un anciano se le aproxima y le ruega que lo escuche, que quisiera contarle una historia «capaz de hacernos creer en Dios». Presto un poco más de atención a los tacazos de las mujeres que caminan por la calle 57. En el subway, por lo general, todos usan zapatos planos o zapatillas.
Tom O’Hanlon se acerca hasta la puerta de mi oficina y me narra su epifanía de las ocho de la mañana:
Venía desde la casa manejando y maldiciendo todo lo que tengo que hacer hoy, y de repente se me ocurrió pensar que mi día nunca podría ser tan malo como el que le esperaba a Eliot Spitzer…
Y de todo el escándalo, de los cristales rotos de la carrera política de Eliot Spitzer, como de las cenizas, resurge el próximo gobernador del estado de Nueva York: ¡Nuestro gobernador es el primer gobernador negro (el tercero en la historia de los EEUU) y es ciego (el primero en la historia de los EEUU)!
Se vienen buenos tiempos en Albany.
Y a la deliciosa prostituta inspiradora de sus infidelidades, no han dudado en crucificarla con titulares en el Daily News y el New York Post. Como si no bastase que el NY Times nos haya otorgado el enlace a su página en myspace, donde ella resume su infancia difícil, los abusos a que fue sometida. El New York Post llena su portada: Conozca a la ramera que provocó la caída de Spitzer.
Otra nota (esta vez de mi clase de latín ¡Qué bien que escribe Ovidio!):
hoc opus, haec pietas, haec prima elementa fuerunt
Caeseris ulcisci iusta per arma patrem.

