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The New York Street

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Bob Dylan

En la Taconic, pensando en voz alta

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¿Qué me sorprende tanto? Tal vez es el dolor de cabeza, la sensación de agotamiento después de comerme una ensalada. Así es, amantes de los vegetales: La muchacha de la sonrisa bonita me ha preparado una dieta que está supuesta a rebajar el monstruo de 8 libras que se ha ido formando en estos meses sin ejercicio y vida sedentaria. Se ha reducido de tamaño, pero no del modo esperado. Sudo frío en ese angosto baño caliente. Creía ser afortunado: llevé un libro; ha sido peor. No me ha gustado nada de lo que he leído de Diamela Eltit: El cuarto mundo. Tal vez es un momento inapropiado para conocer a una autora de la que tus amigos te han hablado con tanto cariño. Tal vez no:

” Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado, parecía a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional”.

Tal vez la novela mejore. O acabará con mi mala costumbre de coger lo primero que veo de un autor nuevo en el librero.

La música acompaña el camino hasta el Bronx. Son canciones que creía haber perdido. Hay una de Miguel Ríos, viejo rockero cuya música terminé por asociar sólo con los karaokes.

Esta mañana han entrado a mi casa distintas personas, todas preocupadas por hacer mi vida mejor. La más interesante ha sido la que midió mi techo para decidir si es posible instalar paneles solares. Llevaba una gorra de los Yankees y sudaba como un perro. Se tomó el vaso de agua que le ofrecí en unos cuantos segundos y me dijo que él tampoco tenía aire acondicionado en su cocina “¿Para qué?” El otro personaje es Mike, un cincuentón con barba de hippie arrepentido que trabaja para Save A Tree y está dispuesto a salvar a mis árboles por un precio módico.

Vino también un mormón. Un viejo simpático, con una corbata amarrada al cuello, a pesar del calor.  Le estreché la mano y le dije, de la manera más amable, que somos católicos. Ahora que se caiga el mundo –y no mi árbol, que maldice mi vecino porque amenaza con destruír la cabañita de su jardín.

La mejor canción de esta mañana en el auto, por la Taconic Parkway, camino al Bronx: Tweeter and The Monkey Man de los Traveling Wilburys. Es increíble lo que podían hacer Dylan, Petty, Orbison y Harrison juntos.

Ahora, a trabajar.

Bob Dylan Concert


Correcta corbatita amarilla y pantalones de soldadito de plomo, sombrero de líder cuáquero y arrugas. Muchas.Ni bien pisa el estrado, correctamente se dirige a su teclado y se coge bien. Empieza con”Everybody must get stoned”.

La banda es la que marca la noche la que mueve a la tribuna, mientras la voz de Bob es la que embruja. No carece de fuerza, pero es oscura, entreverada, grave, como si estuviera gritándose a sí mismo. El público es diverso. Sesentones de largo pelo gris y jeans despintados y grupos de veinteañeras, muchachones de cabello largo y otros de pelo corto que no deben tener más de 30. Dylan ya no agarra la guitarra, a pesar de que se lo piden a gritos. Dylan apenas se dirige al público, no es un showman, sólo canta. Debajo del teclado veo que mueve los pies, taconea, sigue el ritmo.

Mucho rock and roll, la banda es buenísima, y sin embargo las canciones no son las que yo conozco. No soy un “hard-core fan”. Hay un grupo grande al lado de donde estamos nosotros, pegados a la barra, frente al escenario, que grita con cada tema.Sin embargo, cuando se va, se apagan las luces, el público lo llama insistentemente y Dylan regresa. Otra vez detrás del teclado para empezar con “Like a Rolling Stone” y despedirse con “Visions of Johanna”. Eso es más de lo que esperaba. Gritamos, aplaudimos, vibramos.

Dylan se va. Hace una venia muy formal al lado de sus músicos, una reverencia y un guiño-me parece- a los que estamos en primera fila. Cuando se apagan las luces del escenario se abre una cortinita al lado del estrado y sale Bruce Springteen. Pasa frente a mi, a un paso. Con una gran sonrisa, saluda a todos. Parece un fan más, feliz después de un gran concierto de Bob Dylan en Asbury Park, el pueblo en la costa de New Jersey donde Springsteen nació y pasó la mayor parte de su juventud.

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