Hace un par de noches estaba en la casa de una amiga que tiene un televisor de 75 pulgadas (exagero un poquito, pero era gigante…) y le pedía a ella y a Frances que se movieran y me dejaran ver, porque estaban pasando en ESPN el resumen de los goles del fútbol europeo.

Mirando las tribunas de los estadios alemanes, ingleses, italianos, viendo esas caras de los hinchas celebrando los goles de su equipo, me pregunté, ¿Cómo es posible que haya vivido tantos años sin disfrutar de ese ritual?

Porque el fútbol, para quienes casi nunca vamos a misa ni se nos ha aparecido la virgen que llora, es lo más cercano a una experiencia religiosa.Hoy, los Gigantes de Nueva York me dieron la oportunidad de vivir una emoción parecida (claro que nunca sabrán estos tíos lo emocionante que es saltar enmedio de la trinchera).

Pero ¡QUé PARTIDO!

El 2002 estuvieron a un paso de llevarse el Super Bowl, pero en la final fueron aplastados sin piedad. Este año no esperaba nada del equipo y creo que por eso fue más emocionante.

Me quedé ronco tras gritar el touchdown de Plaxico Burress. Y más ronco cuando el cronómetro llegó a cero y los Gigantes se abrazaron y en todo el estadio empezó a caer el papel picado.

No importa que haya sido el único en la calle en todo el Bronx, regresando del bar en el auto, tocando el claxon en una ciudad que parecía dormida (estoy seguro que todos siguen en el bar celebrando) Ahí estaba esa misma emoción de los grandes partidos de fútbol. Cierto: Fútbol americano. Pero qué importa. Un gran triunfo para el equipo de fútbol de esta ciudad que es –de lejos– la mejor de los Estados Unidos.

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